08 noviembre 2009

Duraznos todavía.

Porque la verdad es que ni siquiera Marsha, y eso que ella se complicaba por temas mucho menos estéticos y mucho más teóricos, siguió quejándose de aquello después de lo de abril. Ni Marsha con sus piernas feas y demasiado pálidas surcadas de venitas azules, insistía en lamentarse como ella, como Ana, de no haber salido así como llegaron, nulas, inmaculadas, cuando se juntaban por la tarde en la terracita del club a hablar de intrascendencias con dos vasos helados de té de jazmín por cuyos bordes resbalaban gotas gruesas y brillantes, como los lagrimones que Marsha a veces le secaba cuando ya le iban por las mejillas y aún no le tocaban los labios, y le decía Come on, Annie, you’ll be okay aunque ella le había dicho treinta veces que nada de Annie, nunca y por nada del mundo, sino Ana, sólo Ana y de ninguna otra manera. Pero a Marsha no la detenían esas menudencias a la hora de secarle las lágrimas con aquellas manos huesudas y blanquísimas de dedos resecos que raspaban la piel del rostro y olían como a loción de hombre y a jabón.

Lo más triste de todo es que yo le compraba los cigarros que odiaba verla fumando las tardes en que regresaba caminando desde el bar de Lucho, con las manos azuladas de frío en los bolsillos del sobretodo de pana que me cuidó todo el invierno. Se los compraba en un estanquillo sobre el periférico, por una ventana hueca, junto a un par de mazapanes para mí y una coca cola ocasional los días de pago. Nunca vi esos cigarros en ninguna de las muchas tiendas por las que me pasé a buscarlos, ni tampoco en los grandes centros comerciales por donde paseábamos los fines de semana elaborando planes para pagar a plazos la cocina y remodelar por fin el piso de azulejos. Alguna vez pregunté por ellos en la gran librería de Navarra, cuyos dueños surtían puntualmente las vitrinas con habanos legítimos y puros de cualquier calidad y con cajetillas coloridas y costosas de varias partes del mundo y no sólo no pudieron darme razón de sus cigarros, sino que un empleado con pinta de erudito se atrevió a asegurarme que esos rubios habían dejado de circular a fines de los ochenta.

A mí no me dejaba de sorprender que oliera a duraznos a pesar de que su ropa olía a tabaco, de que su cabello guardaba por muchas horas el olor del humo. Su piel en el rincón del cuello por donde siempre comenzaba a besarla olía a duraznos y agua fría que iba templándose conforme mis labios descendían por el escote de la blusa y buscaban la sutil coronación rugosa de sus pechos. Abrevaba mucho tiempo de los pezones delicados y en las breves pausas de nuestras caricias aspiraba hondo el olor a duraznos en el espacio entre los dos. Hacíamos el amor por horas largas y silentes; la majestuosidad de aquel mutismo sólo era rota por los gemidos ocasionales de su voz enronquecida por la excitación. Luego ella buscaba a tientas la cajetilla de rubios en el cajón de cartas y pastillas que tenía al lado de la cama y encendía uno y lo fumaba a veces ahí acostada y a veces envuelta en la sábana y de pie en el balcón que daba sobre la avenida de la paz.

Marsha nunca dio muestras de extrañar su cabello. A mí incluso me pareció siempre un poco feliz cuando la miraba frente al peinador blanco de su cuarto, acicalando con esmero las diez o doce pelucas que había ido acumulando con el tiempo. Creo que disfrutaba cambiar todos los días el color y el largo, jugar a tener un flequillo marrón y rebelde los martes y una larga melena color caramelo los sábados. Los domingos, por tradición, era rubia y de cabellos de hombre bajo las boinas grises que se ponía para jugar a las cartas con Ana en la misma mesita blanca en la que habían visto todos los fines de semana de sus últimos dos años.

Ana, en cambio, fue un pabilo frágil consumiéndose durante toda su última primavera, y era triste como nada verla contemplar por la ventana las explosiones de color de la estación rabiosa que florecía y retoñaba en los jardines vecinos mientras ella iba quedando sin color, su rostro palideciendo y sus ojos siempre azules apagándose entre unas ojeras cada vez más grises, más profundas. La veía mesarse los mechones de su propia peluca de cabellos negros hasta el hombro con una tristeza singular por lo solitaria, por lo interior. Una tristeza que era como una mansión de muchos cuartos por los que Ana caminaba un poco a tientas, sin habituarse por completo.

A veces la encontraba en el mecedor junto a la misma ventana y veía su cuerpo iluminado en sesgo por el sol de marzo y en sus manos la peluca muy negra que ella seguía acariciando como si la tuviera puesta, casi con cariño, aunque yo sabía que la odiaba, que la veía como otro síntoma de esa putrefacción invisible que iba todos los días destruyéndole las entrañas.

La puta vida y sus putas ganas de burlarse de uno no hicieron menos irónico que Marsha terminara muriéndose primero. Cómo la recuerdo recostada con los brazos en cruz sobre el regazo, el traje gris claro de blazer y pantalón cubriendo su cuerpo ya completamente óseo, su silueta que a fuerza de ser agónica había terminado por ser angélica también, un tanto asexuada y de un gesto tiernísimo en el rostro, en los ojos verdes radiantes como cristal. Cómo se me quedó en la mente que entre sus últimas disposiciones quedó la de que la enterraran con la peluca rubia de cabellos cortos con la que se reunía con Ana, con esa y con ninguna otra, como si la Marsha que se fuera al otro mundo tuviera que ser exactamente la Marsha que esperaba todos los domingos a mi Ana en la misma silla blanca de jardín, ya con los dos vasos servidos pero ambos intactos hasta que ella llegara. Y a mí no me pareció tanto una cortesía ni un detalle lindo de su parte como un presagio de los más aciagos, porque desde ese día todos los días se me volvieron el probable domingo en el que Ana podía irse a ver a Marsha para siempre, a beberse el primer sorbo de aquel té de jazmín y luego mirar a lontananza hacia donde ya no estaría la ventana que la ponía tan minúscula, tan ínfimamente triste, sino el horizonte verde y blanquecino de la muerte.

Desde ese día terminó para mí el martirio de los domingos largos de buscar algo qué hacer en el tiempo que Ana tardaba en regresar de sus pláticas con Marsha, pues en las mañanas despertaba para encontrarla vistiéndose frente al espejo, demorándose con las manos en acariciar su costado, donde habían comenzado a sobresalir los huesos de la pelvis, la silueta insinuante de las últimas dos costillas, el ombligo delicado y la pequeña cicatriz de su apendicitis de adolescente. Peinaba la peluca todavía puesta en la cabeza de maniquí que nunca se pareció a ella y a mí se me empequeñecía el corazón imaginándola cepillar los cabellos de la hija que nunca llegaríamos a tener y a la que yo ya había decidido llamar Sofía y luego se la ponía y volvía a parecerse a sí misma con el largo cabello lacio cayéndole sobre el perfil.

Me metía bajo la regadera todavía viéndola frente al espejo, entretenida en poner colores con sus trucos de artista sobre el lienzo cada vez más blanco de su rostro. Ponía azules pálidos en los párpados y carmines sutiles en las mejillas. Rosas perlados en los labios y negros nocturnos en las pestañas y yo sentía que se estaba inventando un rostro de la misma forma en que Marsha se había inventado tantos cuando elegía de entre sus muchos distintos cabellos y que en esa libertad de elección radicaba ya la última de sus felicidades patibularias.

Estaba más solo que nunca cuando no estaba con ella, sentado frente a la pantalla muda de la computadora, contestando mecánicamente en las charlas digitales que hablaban siempre de Ana y de la salud de Ana, y que intentaban cada dos por tres hablarme de un dios de infinita sabiduría que sin lugar a dudas tendría un motivo insondable para más temprano que tarde terminar de llevarse a la mujer que estaba quitándome en abonos. Yo respondía a todo que sí, Ana se pondrá mejor, sí, Tendré fe, sí, Ánimo y esperanza, sí, Contaba con todos ellos, ajá, y luego me quedaba encerrado en un silencio de muchos ecos, mirando las hojas electrónicas con los balances del mes y comprobando junto al equipo de contadores que las cosas iban mejor que nunca.

Lo único que podía pensar era en Ana hojeando el viejo álbum de recortes de su infancia, aquel desgastado libro verde que había rescatado de casa de mis suegros un fin de semana del invierno pasado y en el que había, contenidos en papel adhesivo, docenas de recuerdos de la que ella había sido. Hojas secas y flores, conchas marinas y piedritas de río, rostros de Marilyn Monroe y de Jayne Mansfield, una envoltura de caramelo y antiquísimos boletos de matiné.

Por supuesto que me culpaba, qué esperabas, si cada vez que veía las placas contra la luz y encontraba ahí, en los espacios que deberían ser oscuros entre sus costillas aquella como nube amorfa que los médicos llamaban el problema, no podía dejar de recordar que era yo quien le llevaba los cigarros por las tardes, en parte porque sentía la culpa rencorosa de ir al bar con los colegas en lugar de ir directo hasta donde me esperaba ella recién salida de la ducha y con su batín de algodón suave y sus pantuflas y en parte porque aunque odiaba verla fumar a cualquier hora, ya no podía vivir sin el olor del humo de ese cigarrillo que se fumaba cuando terminábamos de hacer el amor como animales en la habitación, en la sala, en el cuarto de baño y alguna vez en el balcón, sobre la cornisa de las macetas y sin apenas desabrocharle el batín. Claro que me culpaba y pensaba que si yo no le hubiera tolerado aquel desliz del cigarrillo, el espacio oscuro entre sus huesos hubiera seguido siendo oscuro y yo no habría tenido que dejarla irse entre mis dedos como terminó yéndose lenta, dulcemente.

Con Marsha fue distinto, porque como ya te dije, Marsha fue una eficiente organizadora de su partida. A mí incluso me pareció más de una vez animada con los preparativos de su fiesta mortuoria. La recuerdo yendo y viniendo por el recibidor enorme de la casa que compartía con su esposo, disponiendo en qué esquina iban a estar las margaritas y en cuál los crisantemos y decidiendo inspirada que en la mesita del centro quería un canasto con once tulipanes y que se sirvieran empanadas de jamón y queso crema. Su marido la seguía atónito, sin saber si aquella gringa mexicanizada y loca con la que se había casado se estaba tomando aquello a broma o si sus tratos con la muerte eran tan serios que en lugar de preocuparse por dejarlo solo se afanaba en ser buena anfitriona de sus deudos. No puedo culparlo por haberle cumplido hasta el último de los caprichos, los once tulipanes, las empanadas y las galletitas de pasta, la peluca rubia y las canciones de Brassens, si yo sé muy bien que si Ana me hubiera pedido que su ataúd lo transportaran dromedarios, yo hubiera batido Arabia sin pensarlo mucho. Pero Ana se resistió hasta su último segundo a aceptar que se estaba muriendo. Siempre enfrentó su agonía como algo pasajero, como una mala noticia que iba a desmentirse pronto.

Por supuesto que yo sentía que mi sumisión había tenido algo qué ver, aunque bien sabía que si no hubiera sido yo, hubiera sido ella misma o alguien más quien se pasara por el estanquillo y comprara la dichosa cajetilla de rubios que Ana iba a fumarse entre el balcón, la sala y nuestra alcoba, uno por uno, con esa paz diletante con la que encendía la punta del cigarro y lo acunaba entre las manos y luego cerraba los ojos para inhalar la primera bocanada con un placer tan evidente que uno casi olvidaba los resquemores y se abandonaba a verla fumar su cigarrillo. Sobre todo, como ya te dije, cuando acabábamos de hacernos el amor furioso de todas las noches y ella se lo fumaba con el doble placer del orgasmo que seguía sucediéndole en la piel mientras se le consumía el tabaco entre los dedos y el humo picante le escocía las entrañas híper sensibilizadas por el clímax. Cómo quisiera no haberle negado las caricias las últimas noches en que se acurrucó junto a mí en la cama y me acarició el cuello con su nariz graciosa y fría, pero la verdad es que me daba un pánico insondable verla morir entre mis brazos y conmigo dentro, besarla y que de repente su piel ya no respondiera a mis besos. Me exasperaba acercarme a su mejilla cuando dormía en su cama de hospital para darle un beso de buenas noches y descubrir que olía a duraznos todavía, a través de químicos y soluciones, de cloro y de ruinas, olía a duraznos y al agua fría de siempre y yo tenía que salir de la habitación para no consumirme de las ganas de volver hasta sus pechos y bebérmela como tantas veces ahí mismo, con la cánula del suero inserta en su vena lánguida y sus ojos apenas abiertos y su voz cada vez más apagada, menos viva.

Era mucho más difícil imaginarla muerta, pensarme a mí mismo sin ella recorriendo los pasillos del centro comercial hasta donde la llevaba los domingos después de que Marsha murió y la observaba probarse ropas nuevas que se ajustaran mejor a su creciente delgadez, de lo que terminaría por ser vivir después de su verdadera muerte. Me asomaba como al descuido por sus tiendas favoritas con la ilusión infantil de encontrarla curioseando entre los precios de la galería de arte egipcio, o probándose el abrigo marrón con el que jugueteó sus últimos dos meses frente al espejo del probador, sin atreverse nunca a comprarlo. No tenía caso, decía ella misma sonriendo con un sarcasmo que no era suyo, si para el invierno ya habría recobrado los kilos perdidos. En realidad no hubiera tenido caso, porque Ana no llegó a ver el invierno, sino que esperó apenas la plenitud dorada del otoño para irse a hablar con Marsha de las tardes castañas y los amaneceres pardos de Noviembre.

Yo me seguí pasando por el estanquillo y comprando la cajetilla de rubios y los dos mazapanes todo el invierno y la primavera y el verano siguientes. A veces todavía me compraba la coca cola y la bebía a sorbos lentos mientras escuchaba el futbol o los viejos vinilos de Brassens que el esposo de Marsha me había dejado quedarme después del sepelio. Silabeaba pequeñas frases en mi pésimo francés mientras hurgaba en la alacena por un bocado y me intrigaba un poco que aquella música que debía serme tan triste me pareciera la más alegre del mundo. En las noches demasiado frías encendía uno de los rubios del cajón de las cartas y lo dejaba consumirse lentamente en el cenicero de cristal sobre el buró. El olor del tabaco me ayudaba a recordar más claramente a Ana, a su tosecita ridícula cuando se reía de repente en medio de una bocanada y yo me burlaba de ella diciéndole que le salía humo por las orejas como a los dibujos animados y ella me daba golpecitos en el hombro y luego me besaba despacito y su boca sabía apenas a tabaco y un poco a nuez y su cuerpo era tibio y elástico cuando me rodeaba con las piernas, sentándose a horcajadas en mi regazo y todavía besándome más hasta que el cigarrillo se consumía solo en el cenicero y Ana otra vez no estaba. Se me llenaban de lágrimas los besos.

Sí, esas dos cajas que tú me ayudaste a tirar a la basura el día que dejamos el apartamento estaban llenas con esos mismos cigarrillos. Fueron lo último que dejé ir cuando me convencí de que había superado el dolor de Ana en el refugio de tu regazo y en el tibio olor de jazmín de tus cabellos, cuando por fin acepté que te amaba y que ese amarte ya no significaba olvidar a Ana, ni ofender su memoria, sino sencillamente resignarme a que yo me había quedado de este lado de la muerte y que ni Ana ni yo debíamos estar solos. Por eso cuando tú quisiste que nos mudáramos al segundo piso de aquel edificio viejo pero lindo y con estupenda luz en las ventanas, supe que era hora de hacer las paces con mi conciencia y concordar en que Ana se había muerto porque la gente se muere sin saber por qué, ni para qué, ni cómo y que yo seguía vivo porque todavía tenía que aprender que uno no deja de creer en el amor porque uno quiera, sino porque el amor también a veces deja de creer en uno. Por eso me estoy yendo. Por eso y porque dos años después de todo este querernos, después de haber pintado las paredes y clavado los cuadros, después de por fin haber encontrado la cantidad exacta de leña que la chimenea necesita para calentarnos sin sentir que nos quema, después de todo este tiempo de mentirnos, me ha quedado claro que por más que tú lo quieras y yo lo quiera, no eres Ana. No eres Ana. Nunca lo serás.

07 noviembre 2009

Inviertan 7 minutos de su día en ver este clip



Si después de eso no se sienten como un ser humano totalmente patético, inútil, quejumbroso, lleno de achaques, llorón, cobarde y pusilánime, hay algo mal en ustedes y deberían correr al barranco más cercano y saltar

La música es mala y la calidad del video no es la mejor, pero ni una cosa ni la otra son de mi autoría, así que lo siento, traten de ver más allá de esos dos inconvenientes o véanlo con silenciador y pongan en su reproductor algo que les guste más como fondo. Yo sugiero WildSide de Motley Crue.

04 noviembre 2009

Cliqueen aquí para el programa de la Feria del Libro Hermosillo 2009

03 noviembre 2009

A little piece of poetry...

Párpados cayendo
ahí detrás de la mañana
en el anverso del juego
no jugado en pausa insert coin

Nos desgastamos en el roce ficticio
te veo
no
no te veo
te supongo en pixeles, nada más
pero te escucho
y mis oídos te dibujan
para que mis manos
(esas sí)
te vean
con todo lujo de detalles

...tampoco esta vez te has recortado
el pequeño sembradío castaño
que recubre tu pubis
y mis dedos se enredan como palabras
y se desenredan suavemente
sin que gimas
sin un quejido de tu voz
cursan la vía
hasta el arroyo tibio que yace
bajo el monte
esta noche tampoco...

Y eso que no estás aquí
imagina que tu presencia fuera
algo más que el sueño

que tuvieras algo más que mi mente
retorcida, soez, penumbrera
para transportarte
y estar entonces sí entre mis dedos
mis verdaderos, rudos, gentiles
ágiles, gastados
ásperos dedos
para que te caminaran
como te caminan de noche
cuando duermes, sudando
en el estero
y tu aliento disfraza la noche
de albahácar
y canela

seguro que corrías
huyendo como de un lobo
o una jauría de lobos
o sólo un lobo
seguro que gritabas


y eso que no soy un lobo
y me faltan al menos cuatro para ser jauría
(aunque tengo que aceptar
que si fuera lobo, tú
serías luna) y estaríamos otra vez como al principio

es decir, lejos

es decir tú
blanca y
hermosísima
y yo
peludo y feo
es decir, como siempre,
o al menos
como al principio

que es, por decir algo
todo
lo mismo.

02 noviembre 2009

Pa'lo'mero Weekend

Como ya he dicho demasiadas veces, el lunes 9 de Noviembre empezamos el taller de guión cinematográfico con el maese Armando Vega Gil y estamos emocionados como colegialas en concierto de los Jonas Brothers.

Y resulta que Vega Gil nos pide como requisito para iniciar con el pie derecho que lleguemos al taller digiriendo el siguiente paquete de filmes:










Lo cuál debe darles una idea aunque sea somera de por dónde va la cosa. Terciopelo azul, de David Lynch, es la única de ellas que aún no he visto, por lo que me daré a la tarea de conseguirla entre mañana y el viernes. Todas las demás están en mi videoteca, en la sección de favoritos, donde pertenecen. Pronostico que la tienda cerca de mi casa está por sufrir un desabasto de doritos, por si alguien quiere ir antes que yo.

Y sí, a mí también me molesta que blogger justifique las imágenes y el texto a su placer, pero: ¿quién soy yo para contrariarlo?

30 octubre 2009

Y agregándole a Noviembre...

...también el Domingo 15, recién confirmado, estaré tomando parte como conferencista en el ciclo del Taller literario que impartirá Liliana Chávez para jóvenes de preparatoria.

El taller se llama tentativamente "Para tramar: Jóvenes escritores en busca de historias", y tratará precisamente de eso: Cómo uno decide qué historia contar y cómo contarla. Los ponentes serán, además de un servidor: Claudia Velina, Iván Ballesteros y Josué Barrera, que hablarán de Cuento, Poesía y Ensayo, respectivamente. Yo me dedicaré a Novela. Hablaré un poco de las 3 que ya he escrito y un poco menos de la que actualmente estoy trabajando (que es por mucho, creo yo, la más interesante) y trataremos por todos los medios de sacarle inquietudes a la multitud de pequeños emos descarriados que seguramente asistirán.

Con lo anterior, oficialmente tengo copados desde el domingo 8 hasta el domingo 15, con posibilidad de albóndigas el 16.

Por cierto, traigo una fijación con las grosellas desde hace días y no tengo ni idea de dónde puedo conseguir algunas. Si alguien lo sabe, dígamelo, por favor. También se les conoce como zarzaparrillas, creo.

28 octubre 2009

Noviembre.

Hace un par de meses una buena amiga me pasó la película que lleva el mismo título de este post. Es un filme muy bueno, con una historia originalísima, un guión que peca de bueno y un final que te encoge las pelotas y te deja listo para odiar al mundo.

La película, en fin, me encantó. Y como mi vida no sería mi vida sin el montón de paralelismos que la rigen, Noviembre ha resultado también un buen mes para mí, o al menos pinta para serlo. Por lo pronto se confirmó el taller de guión cinematográfico que dará el maestrazo Armando Vega-Gil y al que por supuesto ya estoy enlistado. Si alguien por ahí tiene el interés, en el programa de la Feria del Libro 2009 vienen las fechas y requisitos. Googléenlo. No esperarán que lo haga por ustedes, ¿verdad?

Además del taller y en el mismo marco de la Feria, su servidor ha sido invitado a presentar el libro Meteoro y otras historias de sol, del sinaloense Juan Esmerio. La presentación será el lunes 09 de Noviembre, el lugar y la hora están por confirmar. Tan pronto tenga el dato exacto se los haré saber acá por si alguien quiere y puede echarse la vuelta.

Ah, también ya me entregaron el número nuevo (11 y último) de La línea del cosmonauta, donde viene mi cuento Dibujar un círculo. Contáctenme vía comentario si quieren hacerse de un ejemplar, o pueden ir a comprarlo en la Libreria Milenio de esta ciudad.

A lo mejor por eso le dicen Sweet November. Paz para todos ustedes.

20 octubre 2009

Sabes que tu vida va bien...

...cuando asistes a dos funciones de teatro el mismo día, cenas en tu restaurante favorito, terminas un libro fabuloso, empiezas otro igual de bueno, te tomas un café con tu mejor amigo hablando de un proyecto común y de pronto estás en la cama a la una de la mañana, con una bolsa mega jumbo de sabritones y una película que has querido ver por años pausada en los créditos iniciales, esperando sólo que termines de publicar en tu bitácora electrónica para empezar con dos horas de amena diversión son sabor chile y limón.

19 octubre 2009

La insoportable brevedad del ser.

Un fragmento de Benedetti leído hace mucho, no recuerdo dónde ni cómo ni por qué, rezaba: Los suicidas lo que quieren es confiscarle a la muerte algunos palmos de vida.

Honestamente la frase no me reveló su sentido completo hasta hace hoy poco más de un año, cuando estuve a punto de morir. La anécdota (que ya conté aquí en los archivos de agosto del 2008) viene a colación hoy, un año después y tras un lindo fin de semana pasado con mi hijo Ángel, que está a menos de una semana de su quinto cumpleaños.

Se dice popularmente que un hombre no es un hombre completo hasta que ha plantado un árbol, tenido un hijo y escrito un libro. Mentira. Yo he plantado tres árboles, escrito tres libros y sido bendecido con la paternidad y de ninguna manera puedo decir que he vivido o que soy un hombre completo. Al contrario, si hubiera muerto aquel día en el mar o si muriese el día de mañana, sería uno de los primeros formados en la oficina de quejas del otro mundo, reclamando el cobro anticipado de mis derechos de habitación de la vida terrenal.

La verdad es que la vida no alcanza para vivir. Mea culpa, claro, como diría mea culpa el 98% de los habitantes de esta enorme bola de piedra. Nos preocupamos tanto por sobrevivir que queda poco tiempo para vivir. ¿No es esto contradictorio?

Una semana de vacaciones al año deja poco tiempo para viajar, para ver todo lo que hay qué ver. Hace menos de un año, contando 27 de edad, vi por primera vez la nieve. Y no la de vainilla o napolitano, sino esa con la que se juegan guerritas en las películas de Hallmark. Nunca he visto un bosque, o una selva. Desconozco cuatro continentes de los cinco que tenemos en inventario y la montaña más alta que he pisado no llega a los mil metros de altura.

Pero por supuesto no pienso que sea un asunto geográfico este de vivir o no vivir. Lejos de ello, pienso que personas que nacen y mueren en la misma casa llegan a tener una vida plena, una existencia feliz. Aquellos hombres, por ejemplo, consagrados al estudio de los libros y la práctica de la vida ascética, que poblaron los monasterios y abadías del siglo doce al dieciocho, legaron importantes obras filosóficas, teológicas y científicas a la humanidad,volviéndose perdurables en la memoria colectiva, inmortales.

Hay dos razones, creo, para tener miedo de morir joven. Una, el estar aterrado de no saber qué habrá después de la muerte: Un cielo y un infierno, o la nada absoluta. Castigo eterno, gloria sin fin o un final tajante y sin regreso. El pánico de no volver a despertar para ver el rostro de un ser querido, los primeros pasos del anhelado primer nieto, caminar el pasillo de la iglesia para entregar en matrimonio a la hija menor. Otra razón, la que me parece realmente atemorizante, es el querer seguir descubriendo cosas del mundo que se habita hasta encontrar una saciedad que, sin embargo, no llegará nunca. Comerse la vida, toda la que se pueda, antes de que la muerte llegue a reclamar su parte.

Eso, creo, es a lo que se refería Benedetti. El suicida se mata para que la muerte, cuando venga, se regrese con menos, con casi nada. Desgraciadamente, también en eso, el suicida está equivocado.

07 octubre 2009

nada más triste que un hombre solo y sin dios

Hace muchos, muchos años, cuando los Flippys dominaban la tierra, yo era un mocoso de escasos 5 años, famoso por hablar al revés y ser la voz oficial de unos comerciales de la radio.

En aquellos lejanos entonces, gozaba de un salario regular consistente en una moneda de cinco mil pesos, que me era pagada con puntualidad intachable por mi viejo cada mañana de escuela. Los domingos, por ser día de asueto, recibía doble sueldo a cambio de asistir a clases de religión y a una ceremonia de una hora que las señoras llamaban misa y el sacerdote llamaba eucaristía y mis amigos y yo llamábamos "esa hora del domingo que las mamás le roban a Chabelo".

Mi educación eclesiástica, de cualquier manera, concluyó antes, mucho antes que mis estudios académicos. Mi graduación fue muy parecida a la de la primaria (de hecho el uniforme fue igual, curiosamente) y en lugar de "graduación" le pusieron "comunión". Por ahí supe que hay un posgrado llamado "confirmación", pero como entonces, ahora tampoco siento ganas de confirmar nada de lo que me enseñaron ahí.

Pocos años después, a los 17, me mudé a la capital para estudiar una licenciatura. La mudanza trajo consigo un montón de cambios. Sobre todo cambios de ropa, que metí en mi maleta con el fin de no ponerme lo mismo todos los días. También trajo otros cambios: los cambios que mi papá tuvo que meterle a su camioneta el día que me vino a dejar, el cambio que le dieron cuando pagó las casetas de peaje. Muchos, muchos cambios. Y entre esos cambios llegó uno muy importante: De haber crecido en una casa sin libros, llegué a una casa con demasiados.

Mi madre, aterrada ante la idea de que su hijo se mudara al equivalente estatal de Babilonia, lloró y suplicó que pasara mi primer semestre universitario en la casa de unos tíos, para que la transición no fuera "tan dura" y hubiera quién "me echara un ojo". Yo, hijo maravilloso y ejemplar, acepté.

Resultó que los tíos con los que me instalé eran maestros normalistas. Mi tía Elvira, para placer de mi madre, es una devota católica; mi tío Daniel, para horror de mis padres, es un tipo genial.

Y cuando digo genial quiero decir Ateo, Socialista, Rebelde, Inconforme, Malhablado y con una barba más Cubana que la de Fidel.

Pues ese tío adornaba sus paredes con lo que todo hombre que se precie debería decorar su casa: Libros, libros y más libros. Mi primer encuentro con Engels, La primera lectura de Marx, la casi totalidad de libros de Rius, Süskind, Kafka, Vargas Llosa, fueron peligrosas incursiones off the record a los libreros de mi tío Daniel.

Es de todos conocidos que no me gustaba mucho ir a clases, así que gran parte del día me la pasaba tirado en una jardinera leyendo tanto como fuera posible y en mi mochila por lo general había tres o cuatro libros, ninguno de ellos referente a mi carrera.

La primera consecuencia de esto fue que empecé a juntarme con puro bicho raro. La segunda consecuencia de esto fue que en primer semestre tuve uno de los promedios más bajos de mi vida (creo que 9 o algo así). La tercera consecuencia fue que dejé de creer en la religión organizada.

Para ser honestos, todo el asunto de la religión siempre me había parecido sospechoso. No estaba muy seguro sobre cómo congeniar todo ese asunto de que el sacerdote hablara y hablara sobre la renuncia a los bienes materiales y la pobreza de Cristo y los apóstoles minutos antes de pasar la charolita repleta de billetes y monedas del diezmo por los incómodos asientos del templo. Tampoco me quedaba muy claro todo el tejemaneje de la Biblia, ese libro tan llevado y traído sobre el que se basaba todo el sistema.

O sea, vamos a aclararlo: Yo estudié una carrera que se basa única y exclusivamente en saberse casi de memoria libros y libros llenos de leyes. Sabemos quién hizo esas leyes. Sabemos que son obligatorias. Sabemos que pueden gustarnos o no, pero es necesario seguirlas si no queremos un castigo. Pero cuando alguien viene y me cuenta que la Biblia es una aproximación bastante libre a lo que se supone que alguna vez quizá pudo haber pasado no-te-lo-juro-pero-créeme, contado por hombres que nacieron 400 o 500 años después de esos eventos (más, en algunos casos), algo me hace sospechar que me están dando atole con el dedo.

Hay que ser muy quisquillosos en esto: La religión católica (y para el efecto todas las que tienen a Dios-Jehová como base) está cimentada en su totalidad sobre un libro que nadie sabe quién escribió (O cuéntenme: ¿Quién fue Lucas? ¿En qué año nació? ¿En qué año murió? ¿En que café realizó las entrevistas con Dios que arrojaron como resultado la entretenida biografía llamada Holy Biblia?)...decía...Un libro que nadie sabe quién escribió, cuándo lo escribió y cómo pudo haberlo escrito si no había ningún tipo de registro histórico de los hechos consignados (El archivo general de la nación se fundó como 1469 años después, en tiempos de López Portillo).

¿Qué les puedo decir? A mí me nació el sospechosismo.

Un sospechosismo que creció a la luz de docenas de libros dedicados a poner las cosas claras. Ejemplifico, para no dar de cara con el fanático promedio:

1.- En la Biblia (Génesis) Dios crea la luz el primer día, pero se espera hasta el cuarto para crear el sol. Eso me hace pensar que el Señor es el todopoderoso fundador de Enron y General Electric y que Thomas Alva Edison es autor de uno de los plagios más desvergonzados en la historia del mundo.

2.- Según la imaginaria religiosa, Dios modela a Adán a partir de un montón de barro. Al más puro estilo de Wallace y Gromit. Luego le arranca una costilla y con ella crea a Eva. Por lo tanto: ¿No debería de faltarnos a todos los hombres una costilla? ¿No deberíamos los hombres ser habitados por lombrices de tierra? ¿No deberían las mujeres de ser cocinadas a la parrilla con salsa BBQ? ¿Por qué si se hace un análisis químico de la composición molecular de un humano es TAN distinta a la del barro? ¿No debería de ser igual? ¿Por qué Dios no usó plastilina marca crayola para hacer hombres más bonitos y coloridos?

3.- ¿Por qué si Dios siempre está diciéndoles a todos que lo suyo es el negocio del perdón y la misericordia hay capítulos buenísimos (los mejores) de la Biblia, donde se dedica exclusivamente a partirle el culo a cuanto humano se distraiga, con meteoros llameantes, tormentas de fuego, perrísimos diluvios y otro sinfín de eventos especiales?

4.- ¿No les parece extraño que por ejemplo, se tronó Sodoma sin pestañear porque unos quince o veinte muchachos descarriados gustaban de darse amor mutuamente y ahora haya MILLONES de chicuelos con el mismo gusto habitando campantemente el mundo y dominando el medio de la moda, el espectáculo, las artes y la carrera de enfermería de la Unison?

5.- A mí no me la vengan a mamar conque Dios prefirió matar a SU HIJO que era un tipazo, inteligente, bien parecido, con futuro y que sabía hacer milagros chidísimos, que matar a todo el resto de humanos insignificantes, feos y leprosos, que además creían en Zeus, Júpiter y en becerros de oro.

Y no salgan conque Cristo se entregó a cambio de que se perdonara a los demás, cuando es de sobra conocido que al buen Yisus nunca se le hizo un buen plan eso de que lo crucificaran y demás cosas dolorosas. Invoco la cláusula Dios mío por qué me has abandonado para ilustrar el caso.

En resumen y para no seguirlos mareando, me brinca todo el concepto de seguir algo que está basado en falacias. No digo que sean falacias sólo porque a mí me da la gana. La comunidad científica, famosa por no dar paso sin huarache, ha demostrado que lo son. Eventos como el desarrollo de la prueba del carbono 14, la decodificación del ADN, la teoría de la evolución, han dado al traste con la mitología que rodeaba a la Biblia y al montón de crédulos que la siguen al pie de la letra.

Citando al fantástico Groucho Marx: No tengo nada contra Dios, pero no soporto a su club de fans.

04 octubre 2009

la importancia de no tomarse en serio

Power line: Sinceramente pienso que escribía mejor cuando nadie leía mis cosas.

Y vamos, no estoy diciendo que ahora mi trabajo sea leído por miles de personas alrededor del mundo (aún), pero es un hecho incuestionable que el haber publicado ya en un par de ocasiones me ha hecho ser leído, forzosamente, por quizá un par de cientos de seres humanos.

Quizá conozca a medio centenar de esos lectores, si acaso. Del resto sólo tengo pista cuando se me acercan en el bar y me dicen "oye, está muy bien tu libro" o "¿no eres el bato del libro de la morra del pelo azul?". Sin embargo, del mismo modo en que a la chica que canta y baila frente al espejo usando un cepillo como micrófono se le doblan las piernas al hacerlo en el auditorio de la preparatoria, a mí me entra una neurosis esquizoide que me hace borrar y desechar renglón tras renglón de cada mísera cuartilla sobre cualquier tema, e incluso para las insulsas notas que a veces publico en este espacio electrónico.

Un amigo escritor me cuenta que el día que conoció a García Márquez tuvo la oportunidad de ayudarlo a salir de un restaurante donde una concurrencia fanática le asedió durante casi una hora por firmas y charla casual y que el maestro, al tomarlo del brazo antes de subir a su auto, le dijo: Amigo, nunca se haga famoso.

Desde ese día utiliza esa anécdota como pretexto para las bajísimas ventas de sus libros. No quiere contrariar al Gabo, dice.

El asunto, creo, es precisamente ese. No me da ninguna pena decir que he terminado un par de proyectos forzadamente con el único fin de participar con ellos en un certamen literario. Reconozco, sí, que a veces terminé llevándolos a un puerto muy distinto del que les había pensado. Pero ahí radica la maravilla del asunto: no tomarme en serio, no asumirme como un tipo al que los lectores van a reclamar por lo que hace con sus historias me facilita muchísimo todo el proceso creativo.

Y en esas pocas ocasiones en que sé que lo que escribo terminará frente a los ojos de la critica, todo se vuelve más constipado. Como un estreñimiento literario.

¿Por qué digo todo esto? Bueno, porque una institución cultural está evaluando en estos días un proyecto bastante grande que está totalmente a cargo de este que les escribe, y de su aprobación o negativa dependerá todo el curso del próximo año para mí y los míos. Así que no es poca cosa.

Sólo espero recuperar a tiempo mi capacidad de no tomarme en serio y tomar en serio únicamente lo que hago. Sé que lo hago bien, como todo. Excepto, claro, fracasar.

29 septiembre 2009

paradojas

Una de las más curiosas es que entre menos tiene uno qué decir, más tiempo y más palabras se demora en decirlo.

21 septiembre 2009

(De)Generación.

En su amenísima novela Pixie en los Suburbios, Ruy Xoconostle hace una referencia bien interesante hacia un rasgo ditintivo de la gente nacida a mediados de los 70: Somos la generación que le pone nombres a las otras generaciones.

Efectivamente, los que rondamos la treintena pertenecemos a una época que sufrió de lleno la dicotomía de ser bendita y maldita por el boom del acceso al conocimiento y la repentina terrenalización de la ciencia y la tecnología. Quienes apenas ronden su segunda década sobre la esfera azul llena de basura que tenemos por planeta no pueden decir lo mismo, dado que prácticamente nacieron en un mundo que ya funcionaba así.

Sólo a algunos de nosotros nos tocó ver la desaparición paulatina del trompo y el yo-yo, la cuerda y la matatena, cediéndole su lugar al tamagotchi y sus nietos los pokémon. Presenciar la muerte de la casita del árbol y al nacimiento de las salas de chat; sólo a unos cuantos no nos pasó desapercibido que de pronto los niños de la otra cuadra ya no eran El Cochi, El güero y La pecas, sino El Neo, El Matrix17 y la SexyRedGirl, como sus nicknames afirmaban.

México tenía en 2005 una población de 103 millones de personas, de las cuáles 23 millones son usuarios cotidianos de internet y por ende tienen acceso a un caudal virtualmente ilimitado de bases de datos. Literatura, Cine, Tutoriales de cualesquier tema técnico y científico, música de todo el mundo en cualquier género. Vamos, ¿Cuántos de ustedes que leen esto ahora no hicieron una tarea de 25 páginas en 10 minutos, usando sólo Google, Yahoo, Wikipedia y algún par de otros websites? ¿Quién de ustedes no sabe lo que es un copy/paste? ¿Cuántos segundos demoran en decidir entre buscar en el diccionario o buscar en internet cuando no saben el significado de una palabra?

Somos una generación dependiente. Somos, también, una generación decadente. Lo digo una vez más por los que pasamos el cuarto de siglo, los menores no pueden quejarse: Nunca tuvieron oportunidad. Los que tuvimos el privilegio de tener que inventarnos los juegos en lugar de simplemente iniciar un motor de búsqueda que nos pusiera a la mano un salón de billar, un tablero de ajedrez con rival computarizado, un scrabble en línea y tantas otras linduras (Estoy viendo hacia ti, Muffia), y que tuvimos que rompernos la cabeza creando veinte juegos distintos que usaran la misma lata llena de piedras como herramienta principal, o basábamos nuestro prestigio en cuántos trompos habíamos roto a picotazos y no en cuántos Followers tenemos en Twitter. Esos, Nosotros, somos los que deberíamos ser llevados a una isla y luego fustigados hasta las lágrimas.

Nos dejamos vencer muy fácilmente. Nos sedujeron las posibilidades. Creímos en la aldea global, en el intercambio de información, en el aprender el sistema para luego derrotar al sistema. Hemos descubierto que el sistema nos rebasa. Creíamos que éramos rebeldes por despreciar a Gates y a Microsoft, corrimos hacia Linux, pensamos en golpear a los gigantes y lo único que conseguimos fue creernos las patrañas propias. Cada dólar que le negamos a Microsoft se lo regalamos a Apple. Cada vez que enviamos un mensaje de texto desde el Nokia destartalado hicimos un peso más rico a Carlos Slim.

Nos vencieron sin pelear. Nos vendieron necesidades y les creímos como los niños que éramos. Compramos nuestro celular, nuestra computadora y nuestro auto. Nos dieron el poder de la tarjeta de crédito y las compras en línea. Se burlaron de nosotros pagando la filmación de Trainspotting y Fight Club y diciéndonos en la cara la clase de sodomización a la que estábamos siendo sometidos. Nos vendieron Matrix mientras revisaban nuestros estados de cuenta y decidían de qué forma nos exprimirían al día siguiente y nosotros no sólo llenamos los cines, sino que compramos la edición especial en DVD y luego creamos una segunda mitología en torno a la mitología.

Nos enojamos con el mundo leyendo Mafalda, pero lo calmamos comprando algo más en el mismo Sanborns donde estábamos. Gritamos consignas en las marchas contra el imperialismo, pero marchamos usando converse y Levi's como todo el mundo alrededor.

Nos derrotaron. Hemos de lamernos las heridas antes de dormir. Despertaremos y procuraremos darnos prisa para checar tarjeta en la oficina antes de que terminen los quince minutos de tolerancia. Pasar las siguientes ocho horas jurándonos que falta poco, que dentro de unas semanas será la última vez. Tan sólo hay que terminar de pagar la casa, el auto, el nuevo blackberry y la pantalla. Ya casi estamos fuera, casi estamos listos para volver a luchar.

05 septiembre 2009

Crónica de una crónica anunciada.

Me enteré por Edith Cota -Encargada de prensa del ISC- que Arturo Mendoza planeaba dirigir un taller de periodismo cultural en esta calurosa ciudad. Mendoza fue editor de Milenio Diario, Revista Chilango, Emeequis y un par de otras importantes publicaciones, así como guionista de 3 películas 3 del cine nacional (con Bolado Films). Su obra publicada puede conseguirse en casi cualquier librería grande y es, sin duda, uno de los grandes en el medio en el que uno empieza a desenvolverse tímidamente (en realidad no es tímidamente pero me gusta sonar modesto).

Sobra decir que tan pronto recibí la información me anoté en la lista de talleristas y un par de días después recibí el temario en mi correo. "Claves del Periodismo Cultural: Instrucciones para cultivarlo y desafiar". Así nombró Mendoza el curso y a mí me pareció bastante acertado a juzgar por lo visto en estos cuatro entretenidos días de trasnocharme (mis horas de sueño normalmente inician a las 4 am, el taller a las 9am) y tomar mucho café y comer kilos de galletas a cuenta de CONACULTA.

Por cuestiones de la vida no pude estar el primer día, pero me incorporé al segundo ya con un tema a medio trabajar. La dinámica era presentar tu tema el primer día y enviar un primer avance por la noche. Dicho esto, el martes que me presenté por primera vez, ya llevaba leídas las propuestas de los dos talleristas que enviaron sus trabajos. El debate fue bastante entretenido y creo que a todos nos pareció iluminador el pequeño arsenal de trucos efectistas que Mendoza fue sacando de las mangas de su saco (sí: saco en verano, en Hermosillo, el hombre tiene pedos) para mejorar los textos tanto en lo estructural como en lo que toca a su impacto en el lector.

El grupo fue una cosa de lo más interesante por su pluralidad multidisciplinaria. Teníamos dos fotógrafas -Edith Cota y Esperanza Barrón- interesadas sobre todo en el aspecto gráfico del periodismo cultural. Un músico -Emmanuel Cobos- de la escena indie nacional, cuyo trabajo fue convirtiéndose poco a poco en lo que bien podría ser El manifiesto indie. Tuvimos también una pareja de licenciados en literatura -Magdalena Frías e Iván Camarena- que dieron un innegable aporte teórico-filosófico a la construcción de los textos. Josué Barrera, sicólogo según su título universitario, narrador según su oficio cotidiano, aprovechó la experiencia que le han dado sus dos libros de cuento y la dirección desde hace cuatro años de la Revista La Línea del Cosmonauta, para dar un enfoque técnico, artesanal, a la observación de las lecturas y a la crítica. El Doctor Manuel Santillana, tengo qué decirlo, fue un elemento bien importante en la dinámica: el que más mandaba textos, el que siempre tenía un comentario, el que más contó anécdotas y el que más cosas hace. Locutor, Conductor de televisión, Médico Familiar, director del cineclub, Novelista, Periodista y muy probablemente sea Batman por las noches.

Completamos el círculo Joel Alejandro Gastélum, mi socio, y este que les escribe. Creo que en un principio fuimos los más fuera de lugar: Un comunicólogo interesado en hacer cine y un Abogado metido a Literato. Pero para el tercer día ya nos apodaban "Los tigres del diseño" (cortesía de Santillana el apelativo), por la pasión tecnológica del Joel y el empuje creativo de acá este servidor de vosotros.

Para el final del ciclo ya teníamos casi amarrados dos proyectos nuevos en los que empezaremos a trabajar la próxima semana y que nos tienen bastante ocupados en estos días.

¿Resultados? Les van:
1.-Dos crónicas muy bien insinuadas sobre los trágicos eventos del 5 de Junio, cortesía de Magdalena Frías y Josué Barrera.
2.-Un estructurado ensayo sobre las implicaciones morales, sociales, políticas y emocionales del mismo lamentable suceso en letras de Iván Camarena (por cierto ganador del Estatal de Cuento en 2008);
3.-El esbozo de una colección fotográfica titulada La Mesa, de Esperanza Barrón, cuya temática gira alrededor de dicho mueble como elemento unificador de la estructura familiar y de encuentro con uno mismo a la hora de las viandas;
4.-El manifiesto indie
, de Emmanuel Cobos, que resulta un documento divertidísimo de leer y que a cualquier melómano le hará asentir complacido.
5.-La fundación y uso corriente de los nuevos paradigmas generacionales: La generación teclado y la generación olivetti.
6.-Una profunda reorganización de mi cuentario Equívocos y Ficciones, que sufrió un Extreme Makeover y está quedando más chulo que el Pano Salido.
7.-Un par de magníficas ideas para el titánico esfuerzo que está haciendo el Joel con su trabajo sobre la deformación del lenguaje cortesía del internet.

Ojalá hubiéramos tenido más tiempo para aprovechar a Mendoza; estoy seguro que se hubiera concretado un sabroso libro de aportaciones multitemáticas difícil de evitar para cualquiera que esté tangencialmente interesado en la cultura en el estado. Anoche en el cóctel de despedida me enteré de que regresa en un par de semanas y ya todos lo amenazamos con tenerle algunos textos esperando para entonces. Sobre aviso no hay engaño, maestro.

Por cierto, ¿ya les dije que en tres semanas me voy a Cuba? ¿No? Ah, bueno, entonces a lo mejor no quiero decirles.

Bueno, no hubo post del taller...

Pero eso fue sólo porque el taller terminó convirtiéndose en algo muy distinto (buenísimo, pero distinto) de lo que pensábamos que sería. Fueron cuatro días geniales de intercambiar idearios y opiniones con gente de mucho talento y bagaje cultural.

Mis agradecimientos al Doctor Manuel Santillana, Emanuel Cobos, Magdalena Frías, Iván Camarena, Josué Barrera, Edith Cota, Esperanza Barrón, Joel Alejandro Gastélum y el bato que nunca supimos cómo se llama pero que dijo que yo soy muy guapo, por la retroalimentación diaria, la crítica sana, el debate malpedo e incluso por el pleito leve en ciertos temas. Agradecimiento muy en especial al coordinador Arturo Mendoza Mociño (por mucho el tipo más cabronamente culto que yo haya conocido) por las cuatro horas diarias de dato tras dato tras dato sobre obras, autores, momentos históricos y sucesos definitivos de la historia de la humanidad.

He dormido 16 horas en 4 días, pero de verdad que lo volvería a hacer.

En un post posterior les contaré con más detalle las peripecias de los talleristas, el contenido del curso en sí y los positivos resultados de haber asistido para mis proyectos a corto plazo. Por ahora creo que optaré por dorm...

04 septiembre 2009

Gracias, Frida.

Nomás gracias, ¿qué mejor cosa puede haber para decirte?

01 septiembre 2009

desde el taller de periodismo cultural de Arturo Mendoza.

Posteando con ayuda de la red del hotelote que está enfrente, nomás pa recordarme que no se me olvide postear sobre este mismo taller, laters....

29 agosto 2009

Rostros de vos


Tengo una soledad tan concurrida,
tan llena de nostalgias
y de rostros de vos.


De adioses de hace tiempo
y besos bienvenidos.
De primeras de cambio
y de último vagón.

23 agosto 2009

Tanta intrascendencia para tan poquito sujeto.

De esos días que uno nomás no, por más que acá. Si sabes, ¿no? De esos en los que de plano nada, por mucho que uno újule...

Pero pues bueno, uno qué puede hacer cuando el mundo se confabula para que todo tss, valiéndole madre que uno rampee y rampee y nomás nada, puro chale y pues sobres, ya qué.

Total, si de todos modos todo viene ahí nomás a la vuelta de la esquina, qué más da que uno deje de ir a buscarlo y se siente cómodamente -como estoy ahorita, con un cafecito y en un clima inmejorable- a esperar a que llegue. O sea: ya entendí que lo de tipo proactivo no me queda, que lo mío debería ser más bien el pedo zen, acá, todo monástico. Paciencia y tolerancia, espera y suspira, aguántala que viene con todo.

Y en resumen, se muere un proyecto definitivamente, se acaba algo muy lindo por nada -eso es lo triste- pero a la vuelta de unas horas un proyecto más grande nace y empieza a consolidarse rápido rápido como avalancha y atropella a todos con un titipuchal de pendientes y las cosas empiezan a configurarse de nuevo y el único inconveniente es la tristeza de uno que de repente se ha quedado medio vacío de eso tan lindo que de pronto kaputt y ya no sabe uno por dónde empezar a remar.

So this is life or something like it. So this is love, or was, at least.

15 agosto 2009

De nuevo: Buenas noticias para los que aman las Malas noticias.

Ayer fue oficialmente uno de los peores días de mi vida reciente.

Ana terminó conmigo.

Nos negaron definitivamente la beca del FONCA, posponiendo indefinidamente la filmación del corto.

Y yo decidí reabrir este blog.

Puras tragedias.

Bueno, no tengo más que decir. Iré por un litro de helado y rentaré varias comedias románticas para sumergirme en la depresión. No se asusten si este lugar empieza a oler.

13 julio 2009

Cerrado.

Por muchos y muy diversos motivos, esta bitácora que tanto he querido y cuidado durante cinco años, llega a su fin. Tiene un par de meses agonizando en el abandono y la situación no es justa ni para ella ni para mí, así que para evitarnos el mutuo disgusto de vernos las caras con gesto de reproche todos los días, queda constancia de que Monitor es de hoy en adelante, una galería de recuerdos.

Gracias a todos los que nos frecuentaron. Fue bueno mientras duró. Les dejaré saber si en algún tiempo inicio otro proyecto similar. Tengan todos una excelente vida.