14 agosto 2014

Papá



Cuando crecía lento, tiernísimo, rosáceo
en el vientre de mi madre
mi padre tallaba con paciencia los maderos
de la cuna que fuese de mi hermana
y le procuraba suavidad y nuevos brillos
a aquel árbol o docenas de árboles
de donde había nacido nuestro lecho
probablemente compartido

el sapientísimo doctor de batas blancas
había dicho Esperamos otra niña
y mi padre, visiblemente emocionado
se pensó padre de dos princesas absolutas
rey de un reino doméstico
que olía a pan y mantequilla
pastor de dos ovejas esponjosas
de dos cabritas locas e inocentes

pero cuando nací, rubicundo y viscoso
con mis más de tres kilos de vida
y cargando a cuestas la cruz de adán
la condena terrena de un pene
y toda la instalación que lo acompaña
mi padre
aquel hombre en cuyo cráneo
los cabellos empezaban el motín
abandonó en volandas los pasillos del nosocomio
y compró con todas sus monedas
una cuna blanca y grandísima
una cuna con cerrojos y barrotes
una cuna con un oso y un pequeño zorrillo
una cuna de tersos capiteles
protegida con tules y hule espuma
guarecida de insectos y de soles

Nací un mayo soleado y floreciente
del vientre de mi madre / casi en junio
pero nací también, al mismo tiempo
del pecho de mi padre
del lugar tibio y con un piso de paja
donde mi padre tuvo siempre el corazón

Mi padre entonces era pobre
Y pobre era mi madre
En nuestra casa se reunían como viejos amigos
Docenas de recibos
Y nuestra casa nunca fue
realmente nuestra casa
Sino las casas de otros
que mes con mes aparecían
a cobrarnos con metal y papeles
la osadía de vivir bajo sus techos
de ocultarnos del frío entre sus muros

Sin embargo
Cuando el doctor de mameluco verde
Cortó de tajo el puente que me unía
al cuerpo de mi madre
dijo a todos: contemplad el moño condal
con que los dioses han decorado este regalo
y mi padre supo que yo estaba ahí
y era su vástago varón
y que sobre mí pesaba ahora su simiente
y que en mis piernas reposaba todo el peso de su sangre
abandonó de pronto toda prudencia
y se hizo construir para mí
el lecho real
la cuna monárquica
donde dormí mis sueños primigenios.

Siempre me supe el hijo de mi padre
No sólo porque encontraba su rostro
A veces descansando
Entre mis cejas gruesas y negrísimas
y mi mentón de lisa prominencia
Sino también porque en las noches
Cuando mis sueños los poblaban sombras de tiniebla
Y diablos de negrura
Y todos los temores
Me refugiaba en la cama de mis padres
Y sus manos
Aquellas manos grandes y morenas
Bendecían mi frente y mis espaldas
Y la paz era dicha
Y la paz era hecha
Y mis sueños eran entonces
sólo sueños.

Coleccioné en un frasco
Renacuajos
Y todas las luciérnagas del cielo
Con mis amigos fabriqué cometas vivos
amarrando una piola
de la armadura verde de un mayate
y me perdí en el mar
esos fueron mis primeros siete años
y en todos ellos estuvo mi padre
sentado al borde de su cama,
poniéndose las botas
para ir a buscar la vida.

En aquellos entonces, mi padre no era pobre
ni era pobre mi madre
pero ambos trabajaban de sol a sol
para poner manzanas en el cesto
del centro de la mesa
y rebanadas de pan en mi mochila
que yo lanzaba a los pichones de la plaza
felizmente indigente.

Cuando cumplí los ocho
Mi padre me compró
La más perfecta bicicleta roja
Con todos los ahorros de un año de trabajo
Y yo,
Un niño más tonto que feliz,
Me la dejé robar en pocos días.

Recuerdo el pánico terrible de las horas
Que sucedieron al robo de mi bici
El miedo atroz de los regaños
Que dejarían la boca de mi padre
El previo erizamiento de la piel
Presintiendo el estallido del cinto de baqueta,
En heridas todavía cerradas.

Pero
Las cicatrices de aquellos cintarazos
No existen
Pues no ocurrió nada de eso.
El cinto de mi padre descansó
En el respaldo de una silla
Sus botas se juntaron al borde de la cama
Y su rostro se hundió entre las manos
Aquellas manos morenas
Y viriles
Que alejaban mis pesadillas
Recibieron las primeras lágrimas que vi nunca
en los ojos de mi padre.
Llevo en mi corazón la herida siempre abierta
de haber hecho llorar al viejo magnífico
al viejo invencible
al viejo insuperable
y sabe Dios que todo lo daría
porque en mi piel se conservaran
en vez, los cintarazos.

Fui, poco a poco
dejando de ser niño
a la sombra del árbol guardián
que fue mi padre.
Cuando nació mi primer hijo supe
Que llevaría su nombre
Pues era, como él, grande, fuerte
Y parte de ese todo del que yo soy parte
Y fue parte mi padre antes que yo.
Y se vieron y se amaron por siempre
Y mi padre supo ser, también, su padre
Y mi hijo supo ser, también su hijo
Porque los abuelos son padres más perfectos
Y los nietos, hijos más queridos.
Mi padre amó a mi hijo con un amor purificado
y siempre nuevo.

Entonces yo dejé de ser un hijo
Para ser un padre
y el viejo pasó a ser
algo así como mi sparring
y como el otro padre de mi hijo.

Años después, mi padre ya era abuelo
De tres varones hermosos y robustos
En cuyos cuerpos, hay restos de mi padre
Los encontramos en sus ojos,
En ciertas señas cifradas en sus bocas
En las orejas decididas
O en la curvatura matemática
De sus cráneos pequeños.

Hoy hace un mes de que murió mi padre.
Su corazón había crecido,
Sus riñones tiraron la toalla.
Y le dije a mi madre:
¿Cómo no iba a crecer su corazón,
si pasó tanto tiempo llevándonos a todos?

Lloré la muerte de mi padre como se lloran los dolores profundos
A solas
En secreto
En público traté
De ser el ancla de mi madre
El pilar de mis hermanas
El faro de la noche que se nos vino encima
No sé si lo logré
Pero sé que si algo pude
Fue por la fuerza de mi padre.

Inclinado sobre su cuerpo,
Contemplado aquella piel verdosa, abotagada
Del que fuera mi padre
Le dije que lo amaba
Pero él ya lo sabía
Jamás vi a mi padre sin besarlo
Jamás dejé pasar un día a su lado
Sin pasar la mano por su calva
O aliviar los dolores de su cuerpo
Con mis manos de hijo.
Le dije que le deseaba buen viaje
Porque él me deseó buen viaje tantas veces,
Cuantas veces viajé
Y nunca tuvo miedo por mí,
Pues me sabía el hijo de mi padre.
Y sin embargo, yo tengo ahora tanto miedo
De estar sin mi padre
De ser de nuevo el hijo
Que necesita tanto de su padre
Tengo tanta ilusión
De que el teléfono suene y sea él quien llama
Para recordarme
Que no debo dejar de cambiar el aceite al carro
Que la temperatura sube en el verano
Y es bueno usar anticongelante
Para decirme
Que en esta vida, el vivo vive del que no lo es
Y que hay que ponerse muy abusado.
Para decirme que siempre estará ahí para mí,
Aunque ya no esté aquí para mí.
Para decirme
Que el carbón está listo para echar la carne
Y los camarones se cuecen en jugo de limón
Que todos nos esperan
De corazón abierto
Que la casa por fin es nuestra casa
Para decirme que me cuide mucho
Aunque ya no haga falta que lo diga,
Porque ahora, como siempre lo hizo
Es él el que nos cuida.





10 mayo 2014

A.P.R.A.

Feliz cumpleaños. Siempre.

24 mayo 2013

Manos



Tus manos sabias
se posan en mi vientre y me hablan del tiempo
de las horas que corren como arroyos
los minutos largos como miradas
los días dorados y marrones de tu pubis

Tus manos sabias
acarician mi espalda y con su tacto
borran de mi existencia los pesares
desaparecen los rastros de memoria
como un oleaje lavan mi cansancio
me buscan el alma con las uñas

Tus manos sabias
posan un dedo en esta torpe boca mía
y con su trino de pájaros felices
tocan la sed que me secó los labios
y construyen en ellos cataratas
de miel y leche y árboles de fruta

Tus manos sabias recorren mis orejas
como dos caracoles andando el ciclo
de la vida
como el sol da la vuelta al mundo
en el verano
y me regalan con el don del oído:
la música de tu cabello desordenado sobre el rostro
las flautas dulces de tus gotas de sudor
los clavicordios solemnes de tu risa
el latido africano de tu sexo

Tus manos sabias
cumplen años asidas a mis piernas
y caminan con ellas como raíces
que brotan del profundo seno de la tierra
y se enredan como brazos verdes
me pueblan de saltamontes, catarinas,
escarabajos azules, mariposas,
tornan mis vellos oscuros en tabaco,
campos eternos de café, cañaverales

Tus manos hurgan en la tierra negra y fresca
de mis prados
encuentran dentro la vena de mi sexo
y entrelazan sus venas manantiales
al túnel germinal
el principio del todo
la multiplicación de los océanos
y luego vuelven tus manos
a ser sabias.

07 mayo 2013

"Sobre la novela de un desconocido que quién sabe si vuelva a escribir"

Ese fue, si no me traiciona la memoria, el fragmento de título que Hermes D. Ceniceros le dio a esta breve reseña de mi primera novela, Dos píldoras azules, en el ahora lejano 2007. Se las comparto después de tantísimo tiempo, porque ahora el Hermes es mi compa, y conseguí por las maravillas de la tecnología, que la rescatara del olvido y me la hiciera llegar. Aquí va:
 ...

Por Hermes Díaz.

Siglo XXI, muchos queremos ser escritores y retratar nuestras nueva realidad postmoderna en Sonora, renegando de nuestro entorno… Los que estudiamos letras, artes plásticas, comunicación y demás rarezas sin futuro nos movemos gracias a la ebullición de las hormonas y a esa necesidad inseparable de la edad por posicionarnos en nuestro lugar en el mundo con una opinión y una insolencia de: “yo sí sé cómo se deben de hacer las cosas”. 

Empezamos a publicar revistas a lo bárbaro; formamos varias capillitas, apadrinadas por viejas capillitas y como por arte de magia descubrimos que todos los caminos llevan al pluma. Pero la realidad nos ha estado saboteando los planes de volvernos los escritores y los intelectuales que este estado necesitan. Tal vez sean los Valores Sonora o el Sonora Proyecta de Bours que generan una inestabilidad y un vacio nefastos para la sincera creación literaria y el desarrollo intelectual o que aun nos hace falta madurar, crecer, viajar y conocer mundo; quizás también sea una combinación de las dos opciones anteriores o que nos han faltado el valor y la disciplina para sentarnos a escribir en serio. 

Aun así, en este panorama un desconocido por el medio de las capillitas literarias gana en el género de novela el concurso del libro sonorense en el 2006. Es un tal Gerardo Hernandez Jacobo que nació en Navojoa, creció en Huatabampo, Hermosillo y Guadalajara y que según me conto el Iván Figueroa, quien estuvo encargado de la publicación de su libro: “el bato bien aca, como si no le importara, dijo que estaba escribiendo otro libro pero que no sabía que pedo”.


La novela de este desconocido, Dos píldoras azules, está lejos de ser la gran obra que todos los de una generación de revisteros soñamos escribir. En la primera parte las voces narrativas se confunden, incluso llega a ser tedioso y soso, pero conforme se avanza la trama empieza a volverse interesante, los personajes cobran vida y las atmosferas se vuelven creíbles. Podría decirse que pasando el primer tercio los dos tercios restantes son un excelente relato largo.

El tema es un ajuste de cuentas en una ciudad consumida por la corrupción en todos los niveles, el sexo, las drogas están a la orden del día. Es una novela donde no hay héroes ingenuos sino antihéroes humanos, que de alguna manera proyectan como somos en y como vivimos los del desierto.

Quizás nuestro desconocido no se convierta en el escritor de una generación de revisteros pretenciosos, pero su insolencia lo llevo a escribir una novela que vale la pena leer y reconocer como la primera de una generación que aun no ha podido tener una producción literaria interesante y verdaderamente propositiva.

26 marzo 2013

Manías de escritor


He descubierto en el enorme baúl de mis manías viejas y nuevas, la de quitarme los lentes para escribir. Antes solía quitármelos también para comer. Esto último no es tan ilógico, pues suelo comer en un área segura —el comedor— donde corro pocos riesgos de comer algo tóxico o beber un solvente industrial ­—los cuales guardo en el refrigerador para beberlos fríos— y por tanto comer sin lentes no entraña nunca un gran riesgo. Además, no me sentía cómodo comiendo con ellos, pues mis lentes tienen la manía de comer solos, cuando nadie los mira, y por lo general comen minifaldas, piernas lindas o pequeños ombligos de moderada profundidad. También mis lentes tienen sus manías y no seré yo el ingrato que los reprenda por ello.

Escribir sin lentes, por el contrario, tiene una incongruencia burda, como una cuerda demasiado justa en la guitarra, que provoca con grosero tang donde esperamos un melodioso ting, pues es por lo menos deseable que un escritor revise un par de buenas veces lo que está escribiendo, y elimine los tangs o por lo menos los convierta en tings, antes de que el eventual lector llegue a enfrentarse con el texto. Y no es que yo no vea sin lentes —mi vista sigue siendo bastante decente, a pesar de lo que les decía de los ombligos y las minifaldas, y con su ligera graduación mis lentes sirven más para el reposo que para aumentar en forma prodigiosa el alcance de mis ojos— pero tampoco es que me estorben para escribir. Sin embargo suelo quitármelos.

Al escribir esto soy consciente de pronto de que también suelo quitarme el anillo que uso siempre en el anular izquierdo y el reloj grueso que suelo llevar en la muñeca, a pesar de que ninguno —anillo y reloj— me estorban en lo más mínimo a la hora de la escritura creativa o de cualquier tipo. Esto me recuerda a aquella ocasión en que una mujer, en las postrimerías del amor, sollozó mientras buscaba sus pantaletas en el suelo porque yo, en las prisas del juego previo, había olvidado retirarme los calcetines. Al parecer hay una regla, traída directamente del porno, de que uno solo se deja los calcetines con las amantes de ocasión y las mujeres intrascendentes. Para el acostón esporádico, por algún motivo que ignoro, el calcetín es una prenda aceptable y hasta imprescindible. Sin embargo, la mujer amada, la pareja estable e incluso la amante de guardia, tienen derecho al pie descalzo y a la vista nada romántica de mis empeines peludos y mis uñas mal recortadas.

¿Qué tipo de intimidad o de callada aceptación rodea al pie desnudo? No lo sé, pero pregúntenselo ustedes a aquella persona con la que habitualmente humedecen sus tendidos y quizá obtengan respuestas mejores que las mías. Yo sólo sé que desembarazarse de la ropa —de toda ella— es un acto íntimo, de exposición y de fragilidad confiada y de una cierta aceptación de la vulnerabilidad, y quizá en ese punto está el germen de mi manía de quitarme lentes, anillo y reloj para escribir. Quizá sea una forma de pararse frente al río de lo literario, poblado de los caimanes del cliché, las pirañas de la indisciplina y las piedras filosas del error gramatical, meterse el cuchillo entre los dientes y brincar, confiado, hacia el quién sabe. 

25 marzo 2013

Fábulas con inmoraleja (Con perdón de Esopo)


El perro de las dos tortas.
Un perro que caminaba por la ribera del río cargando en su hocico una deliciosa torta, volteó de pronto hacia abajo y vio ahí a otro perro con una torta aún más apetecible que la suya. Deteniéndose a pensar un poco, el perro concluyó que aquel era sólo su propio reflejo, pero analizando las propiedades mercadotécnicas de hacer que la comida se viera más apetecible en imagen que en la realidad, el perro decidió fundar Mc Donalds, Carl’s Jr. Y Burger King, y el día de hoy es multimillonario. ¡Guau!

Juanito y el lobo.
Un pequeño pastor llamado Juanito, llevaba a su rebaño de ovejas diariamente para que comieran algo de pasto y hierbajos en la cima de una montaña a las afueras del pueblo. Como se aburría allá arriba, su mayor diversión consistía en gritar con vehemencia “¡El lobo! ¡Es el lobo!” para que todo el pueblo lo escuchase y acudiere en su ayuda. Al llegar, los pueblerinos descubrían que no había lobo y que Juanito los había engañado. Varias veces lo hizo, hasta que un día, un Lobo 2013 con siete sicarios fuertemente armados levantaron a Juanito para encobijarlo. No lo hemos vuelto a ver.

El perro en el pajar.
Un perro se metió un día en el pajar de una granja, y gruñía fieramente a las bestias que se acercaban con la intención de comer. Bueyes, vacas y potros rondaban hasta la puerta, solo para encontrarse las babeantes fauces del perro que les ladraba para ahuyentarlos.
“Pero los perros no comen paja- dijo el buey -¿por qué no nos deja comerla a nosotros?”
Nadie sabía que el perro tenía el monopolio de los espantapájaros de los ranchos locales.

20 marzo 2013

Mi pequeña armada propia y privada


Pido un minuto de su atención para mi lonchera verde. Reclamo de su tiempo, oh, caros lectores, oh, nobles transeúntes de esta letra, para la minúscula caja de metal en la que mañana tras mañana, transporto mis viandas hasta el vetusto edificio donde discurren mis labores.

Miradla ahí, metálica y verde, metálica y brillante, metálica y fría. Conteniendo dentro el calor necesario para que mis pábulos se conserven apetecibles el tiempo necesario. A veces no se abre hasta las dos o tres de la tarde, y entonces, en silencio, me contempla por más de cuatro horas, esperándome, paciente, mudo recordatorio de que ella guarda, ahí dentro, sin falsas esperanzas, la provisión que habrá de mantenerme lúcido y nutrido.

Hay en su cerrojo algo de callado asombro, algo de insólito y sagaz conocimiento. En ese recinto plateado donde anidan las posibilidades, recae la seguridad de mis antojos. Hay días en que no sé los secretos que guarda en sus entrañas. Días en que me sorprende con oleajes de crema y cereales, o con olores antiquísimos y sazones ancestrales envueltas en tortillas de harina. Días en que sólo alberga el más dulce de los panes. A veces, como en el cantar de los cantares, pienso al verla: “hay miel y leche debajo de tu lengua, amada mía”. Y es que a veces, en el fragor salivante de las once treinta en la mañana, yo amo desaforadamente a mi lonchera.

Junto a ella, guardián incansable de su espalda, fiel soldado al costado de sus armas, se yergue sólido y platinado mi termo de café. Su sombrero negro galante le cubre la cabeza, y el asa es un brazo saludando marcialmente al superior. Siempre lo encuentro en pose de saludo, lo imagino gritando un “¡soldado del café, sin novedad en el frente, señor!”. Es el primer trompeta del regimiento y por las mañanas es él quien despierta a la tropa jovial e indisciplinada de mi cuerpo. Luego viste su uniforme oscuro y cálido y toma su lugar junto a la lonchera, bajo la luz siempre encendida del monitor y vela paciente por la tranquilidad del recinto. Cuando huele a café no es otra cosa que los recorridos de patrulla que el primer trompeta hace por los alrededores.

Yo pido este minuto para ellos, soldados siempre anónimos de lo menos granado del regimiento. Sus uniformes sencillos sin medallas hablan poco del mérito que tienen. Son los que mantienen a flote esta mi nave, bregando estas mis velas, sin esperar el corazón púrpura o el almirantazgo prometido. Me miran tranquilos, desde ahí donde viven despacio sus misiones. Me contemplan en calma, con la satisfacción de su deber cumplido. Yo soy su patria y me ven sano. Así son los soldados buenos, los que habitan solamente en la ficción.

14 febrero 2013

Hola, hombre de 30.


No estamos hablando de que nada sea viejo, o demasiado joven; tampoco estamos diciendo que sea el desgaste el cáncer que nos ha comido. Tan solo, simplemente, decimos que las cosas pasan y se van, como los días, el tiempo y la corriente de un río, que es a la vez siempre otra y siempre la misma.

Eso es todo lo que estamos diciendo, y aunque parezca poco, es decirlo todo, decir lo demasiado. Decir y al terminar de decir, ya no tener más nada que decir. Esforzarse para tener de nuevo qué decir. Porque nos hemos consumido en nada, en el simple transcurso de los sueños y vigilias predestinados. En comer y dormir y cagar, porque hay que cagar, dormir y comer y porque una cosa lleva a la otra y la otra vuelve a la primera.

No estamos, digo, demasiado viejos. Pero en definitiva ya no somos demasiado jóvenes. No encontrarás savia fresca si cortas esta piel, pero en definitiva, tampoco estamos hechos de la fibra apropiada para un juego de valijas. Esta es una época triste, en la que ya no tienes el refugio de la inexperiencia, la tozudez y el frescor que la inocencia rocía como brisa matinal, pero aún no llegan las hojas doradas, la paja tibia, la nieve ligera sobre el tejado de tu pelo. Eres middle age crisis. Eres “señor” para las niñas apenas reventando las flores de sus senos, cuyas piernas apenas depiladas te causan todavía un letal calambre en la entrepierna. Podrías ser, no su padre, pero sí su querido tío. 

Eres auto nuevo y ropa perfecta. Eres rasurado impecable y perfume caro. Eres ipad, iphone y gps. Eres visa gold y crédito en Liverpool. Ya no eres cincuenta pesos en el peluquero, sino trescientos en el salón spa. Has olvidado el escalofrío de la navaja estilo Butch Cassidy afilándose en el cuero, sumergido en la delicia de fresca lavanda del champú herbal de Paul Mitchell, que unos dedos entrenados desvanecen en tu melena acicalada. Ya no eres Saint Seiya y Dragon Ball, no siquiera Headbangers y Raizónica. Ni hablar de Ren y Stimpy. Ahora eres FoxLife, Queer Eye for the Straight Guy y casi siempre ESPN.

Tu pene ha dejado de ser un dictador, para ser relegado a un accesorio. Lo cuidas con esmero, como tus uñas o las nuevas ojeras de los treinta, pero ya no gobierna más tu vida. Todos los dictadores derrocados son miserables y tu pene no es la excepción. El apetito se ha refinado y es para siempre. Ya no sufres de un síndrome de polinización imperativa de cuanta púber cruce miradas contigo, pero ahora has entrado a un grupo peor: el gourmet sexual. No te engañes. No eres mejor por haber dejado atrás el sexo rápido y torpe en autobuses oscuros y salas familiares deshabitadas. El que necesites edulcorar tus faenas con una cena bien conversada en ese lugar de comida vietnamita, una hora de baile en el lugar de moda y lencería de quinientos dólares comprada por internet es aún más patético. Al final entenderás que el sexo es siempre el sexo. Y entre más barato, mejor. Terminarás eyaculando entre jadeos tres o cuatro gotas tristes, y no sin evocar con añoranza el recuerdo de unas piernas morenas saliendo por debajo de la falda a cuadros de tu novia del colegio. 

Desearás una mujer que no te deje penetrarla, sino apenas frotarte contra ella como en los escarceos de tus dieciséis. Anhelarás una piel que no huela a Givenchy, sino un poco a Rexona y un poco a Chamoy. Buscarás la portada del “dónde jugarán las niñas” de Molotov para masturbarte rabiosamente a las cuatro de la mañana, cuando todas tus conquistas se hayan dormido o te hayan dicho que no las llames más hasta que estés listo para ofrecerles una vida de mierda en un fraccionamiento de interés social, una quincena raquítica y un divorcio lo más violento posible.

Depositarás tu semen caliente en un pañuelo que luego irá a la basura y te dormirás pensando cómo es que tu vida llegó a ser esta caricatura dantesca, cómo te convertiste en esta cosa despreciable y nimia, dónde fueron muriendo uno a uno tus propósitos vitales.

Luego tendrás sueños hermosos y despertarás listo para vivir un nuevo día. Bienvenido al resto de tu vida.

09 agosto 2012

No robes mi paz mientras llovizna.

Respirar. Afuera llueve. No recuerdo un verano en el que lloviera tanto en la ciudad. Respirar. Desde hace semanas las ranas se congregan en mi patio, bajo el naranjo y el limón y miran a la montaña mientras croan y croan y croan. Respirar. Después de llover sopla una brisa ligera y el aroma de azahares llena la casa, rezuma las habitaciones y parece devolverle a todo la vida ausente. La oscuridad es casi perfecta. Casi. Las ranas croan y dan un par de saltos sin orden aparente. Sus patas se flexionan y tensan y las veo elevarse veinte o treinta centímetros y de pronto están en otro lugar, fichas móviles de un tablero de damas. Veo los lomos brillantes y viscosos. Pienso en las bolsas de sal que guardo en la cocina. Respirar. Mis impulsos ranicidas son pasajeros, como los homicidas y los suicidas que a veces pasan también por aquí y se quedan un rato, como las ranas, mirando a la montaña.

Respirar. Alrededor de los pilares de hierro del pórtico se forman unos charcos pequeños y llenos de piedrecillas que me recuerdan irremediablemente a mi niñez. Sin embargo, los charcos de mi niñez eran de tierra oscura y agua sucia, a diferencia de estos pequeños estancos de agua muy limpia y piedrecillas como arena en el fondo. Recuerdo con distorsión mi propia infancia y sabiendo eso, dudo de todos mis otros recuerdos. Respirar.

Pienso en tu odio. Pienso en lo visceral de tu odio. Pienso en lo anacrónico de tu odio. Tu odio hacia mí. Tu odio hacia tu recuerdo de mí. Ya no puedes odiarme. Ya no me conoces. Ese que fui entonces ya no existe. Ese que recuerdas fue un tipo distinto. Ese mal recuerdo al que te aferras en odiar, esa piltrafa a la que pateas en el suelo, a la que le escupes todo el veneno que guardas, ese nadie, ese ninguno al que vomitas encima, en el que gustosamente te cagarías o molerías a golpes, no sobrevivió. Respirar. Tu odio sigue aquí, vigente, contenido, encapsulado en esas palabras que engolas una tras otra. Tu odio no es para mí desde hace tiempo. Tu odio fue durante demasiado tiempo mi odio. Me odié más de lo que tú podrías odiarme por más tiempo del que podrías odiarme, con mejores razones de las que tuviste para odiarme. Al final el odio es como el fuego que arrasa con todo y lo reduce a cenizas, a escombros, a ruinas, pero cuando lo ha consumido todo no puede seguirse alimentando y se extingue. Respirar. Tu odio sigue vivo porque lo alimentas con las cosas que no te perdonas.

Respirar. Afuera llueve. Las gotas caen indiferentes a tu odio o a mi indiferencia por tu odio. Ya no me conmueves. No lo haces porque ya no hay razones para que me conmuevas. Al igual que ese yo al que aborreces, todo lo que amé de ti murió. Si ya no eres esa a quien amaba, ¿cómo podrías conmoverme? Yo no te compadezco. Los recursos esos melodramáticos, los "lo siento por ti", no son para nosotros. Yo creía conocerte hasta que te hice daño, entonces te conocí. Respirar. El viento vuelve a mecer el naranjo. la tierra del patio está cubierta de limones pequeños y amarillos que el viento arrancó y que viven su primera madurez como despojos en esa tierra húmeda, entre hormigueros y las ramas secas que más tarde quizá haga arder si no me derrota el sueño.

Yo te amé. Te lastimé y Te perdí. Cumplí mi ciclo completo y luego te solté. Mi pecado fue tan fuerte como mi penitencia y desde que pagué mis culpas, soy un hombre libre. Tus palabras no son mis grilletes. Tu odio no es mi cadena. Tú eres la única posesionaria de tus rencores y lo seguirás siendo el tiempo que quieras. Siempre fuiste testaruda. Esa es otra cosa de ti que me gustaba. Yo nunca quise cambiarte. Aún hoy, no lo haría. Mi tranquilidad, mi paz, no tienen nada qué ver contigo. Tus arranques, tus vituperios, me son tan relevantes como esa lluvia mansa y plácida que cae afuera, sobre el naranjo, los troncos y las ranas. Son un buen pretexto para escribir un poco, una anécdota para tostar café con mis dos buenos amigos. Un mal sabor de boca alguna madrugada. Ensucias mi recuerdo de ti y debo confesarte, con mucha pena, que eso me parece de mal gusto. Un defecto que nunca pensé que tuvieras.


03 julio 2012

detesto...

...encontrarme con gente que te conoce y me conoce y que sabe de nosotros y nuestro ya no más nosotros y que de repente, tras las dos o tres frases de saludo, de pronto miren de reojo a su derecha y piensen en preguntarme por ti, por aquel nosotros que se fue y luego espanten el pensamiento como nube de moscas y me pregunten cómo va todo, qué es de mí, cuántos nuevos planes tengo para la vida que me queda, para esto que me queda y que llaman vida, por no encontrar un nombre mejor.

30 junio 2012

Silencio en el que nada se mueve

Cuánto me hago daño cada vez que miro las fotos que me diste
(cómo me hago daño, este dulce, grato, dolorosísimo daño)
Fotos en las que a veces estoy contigo, como acompañándote, como siendo tuyo
(aunque hoy, todavía, así de lejos y de muerto para ti yo siga
acompañándote y siendo tan tuyo)
y en las que a veces estás sola pero conmigo, porque en tus ojos estoy solo
y sé que estás mirándome con ese mirar de casi niña, que baja la frente y eleva los ojos
y clama, suplica, exige de mi amor sólo los frutos más dulces y radiantes
(aunque de mi amor ya no haya frutos, ni flores, sino solo el otoño amarillo,
de muerte fría y sepia que es mi amor desde que se fue contigo para siempre).

Cuánto quisiera pensar que lees esto, que mis palabras todavía resuenan en las habitaciones
más oscuras de la casa de tu mente
(y cuánto quisiera pensar que no lees esto, que me olvidaste por fin, que soy solo el mal recuerdo que merezco)
para escribirte más cosas y decirte más mentiras disfrazadas de verdades que son mentiras pero son las
más genuinas, auténticas y fieles palabras que nunca dije a nadie.
(porque solo contigo he sido labios tibios en la lluvia,
un abrazo interminable en el océano,
una bachata bajo el agua que aún sigue resonándome en el pecho)

Pero sé que nada es más cierto que toda la tierra que por fin nos separa
que todo el amor que se murió esperando
como se mueren con el frío las últimas flores del cerezo
cubriendo el suelo con el último refugio de toda su belleza
(la misma belleza frágil, imperecedera y viva que tienes en todas esas fotos
que tanto daño me hago cuando miro
y te encuentro todavía igual, pero con ese que yo fui,
la última vez que fui feliz).

11 mayo 2012

Hace horas se cumplió exactamente un año de la última vez que cruzamos palabra.

Un año.

365 días completos sin escuchar para nada, ni remotamente, un eco siquiera de tu voz, después de que esa voz lo fuera absolutamente todo para mí. Después de que esa voz me despertara, me llevara a dormir, me diera fuerzas y ánimos para pensar que podía romper el mundo en dos madrazos. Después de que esa voz me cantara una canción a medio mundo de distancia y yo me enamorara como un pendejo para siempre.

Y hace un año la escuché por última vez.

Yo sé que esto ya no es nada para ti (y soy justo, sé que eso es lo correcto), pero a mí no me queda nada más que esto. Venir y dejarlo aquí, vomitarlo, sangrarlo y gritarlo aquí, porque donde tú estés, sea donde sea, ya pasó un año y no es como aquí, que todo mundo me dice que ha pasado un año y yo me abro el corazón y te busco y ahí estás toda completa, con todas las raíces intactas como si fuera Agosto en Manzanillo o Enero en aquel hotel ruinoso de Mariano de la Bárcena o cualquier día del pasado remotísimo en el que ayer hubiera sido solo tu cuarto cumpleaños conmigo. Y no mi primer año sin ti.

Daría lo que fuera por no volverte a soñar nunca. Por no tener que conformarme con eso.

Feliz cumpleaños. Ayer.

27 noviembre 2011

Patos de mar

Hay en mi armario una puerta que uso siempre. Todos los dias me procuro de ahí reloj, cartera y algún otro ítem. Esa puerta protege o guarda, no lo sé de cierto, una foto donde nosotros (aunque ya no deba usar esa palabra) nos besamos. Cada vez que abro esa puerta la imagen me mira y yo la miro. El portarretratos fue un regalo suyo, y lo compró para mí en ese mismo viaje.

Detrás la playa, que atardece y va tornándose roja, un par de aves que vuelan quién sabe a dónde. En primer plano ella, su cabello siempre hermoso jugando con el viento, su boca adherida a la mía, con esa dulzura y esa entrega completísima que siempre supo poner cuando la unía con la mía. Y yo, víctima insalvable de uno de esos besos con los que ella podría haber obtenido de mí lo que quisiera, incluida toda la sangre de mi cuerpo.

Sé que ya no debería tener esa foto. Que pronto será un año sin ella. Que no más. Pero yo guardo esa foto y sigo soñando todas las noches con ella. La única diferencia es que ahora eso significa despertar cada día un poco más triste. Es decir, viceversa.




24 noviembre 2011

Hola, gente del internet. Noticias del mundo: Me he unido al universo del Kindle, así que a partir de ya, pueden comprar mi más reciente libro (Crucigrama, Novela, 2011) en amazon.com para el maravilloso aparatito ese. Les dejo el enlace en la barra de la derecha, dando click en la portada de Crucigrama.

El libro cuesta 1 dólar, por la maravilla del e-book que no requiere papel, tinta, ni nada mas que bytes. Cómprenlo, léanlo, vuelvan.

En aproximadamente una semana o dos estará disponible también mi novela anterior (Dos píldoras azules, 2007) y quizá me decida también con mi cuentario (Equívocos y Ficciones, 2009).

Saludos vulcanos. Cambio y fuera.

20 noviembre 2011

El elemento Pop

Nada de lo que escribo es nuevo. Nada de lo que escribo es nuevo porque utilizo un idioma que yo no inventé, siguiendo reglas gramaticales que tampoco inventé y queriéndolo o no, sigo de forma inconsciente con muchas de las influencias de grandes maestros de la narrativa a la hora de ejecutar mi propia prosa. Nada de lo que escribo es nuevo, porque remo en un mar finito de palabras y mi único mérito es buscar combinaciones estéticamente afortunadas para que esas palabras se lean de una forma rítmica y tengan una melodía coherente, un sentido último al lector.

 Dicen que soy un creador, pero yo sé que no tengo el don de la vida. No puedo crear a la manera divina (existir viene literalmente de ex sistere: salir de la nada) y acaso puedo aspirar a contar historias que no se han contado de esta manera (muchas veces descubro que sí, ya se habían contado, y hasta mejor). Sin embargo escribo porque soy un poco necio y un poco perezoso. Un poco necio para dejar de hacer algo para lo que siento que tengo aptitudes y un poco perezoso para dedicarme a la música, las artes plásticas o el macramé.

Hay un elemento secreto, un gramo de locura en todos los que decidimos dedicarnos a lo creativo y hacer piruetas mentales un día sí y otro no, con el afán de describir realidades secretas, y es ese elemento el que no suele dar reposo, un poco a la manera del hambre, que uno trata de ignorar yéndose temprano a la cama o fumando un cigarrillo, pero que sigue ahí, clavándose de a pocos en el vientre hasta que uno la sacia con comida y no otra cosa que comida. Un poco así.

Soy muy infeliz cuando no escribo. Puedo escribir esa frase al revés. Cuando soy muy infeliz, escribo. Realmente la frase al revés debía ser Cuando no escribo, soy muy infeliz. Pero creo que todo es cuestión de sintaxis. Una conocida filóloga y lingüista local sigue burlándose de mí porque alguna vez dije en un taller que yo sólo escribo de lo que me da rabia. Quizá sea cierto que es risible, pero no es menos cierto que es verdad. Muchas veces he escrito como una forma de reclamo hacia mí mismo.

Mi primera novela, ya olvidada gracias a los cielos, era un bofetón en el rostro de mi cobardía adolescente (un amor frustrado por nada más que indecisiones), y mi segunda novela una sucesión de quejas hacia mi existencia veinteañera (nunca probé las drogas, nunca fui un desenfrenado, nunca maté a nadie). No fui un tío divertido, ni lo soy ahora. Mi novela más reciente (Crucigrama, editada este año) es una catarsis desde el humor negro de todo lo que me molesta en la actualidad de mi país. Mi país del que tanto me quejo. Juro que no es pose. Pero no odio al país. El país no existe mas que como una abstracción. Odio a la gente que lo habita por los mismos motivos que suelo odiarme a mí. Por indolente. Por perezoso. Por abúlico.

No los voy a aburrir con mi reseña trillada de lo que pienso del país. Lo resumo muy fácil: tenemos uno de los peores gobiernos del continente con los peores gobiernos. Fin. Crucigrama trata eso desde la burla sesgada. Lo hice así porque trato de que mi narrativa sea sincera y sinceramente de esa forma es como lo llevo. No puedo evitar ser sarcástico con los policías que me detienen tres veces por semana para ver si voy manejando borracho y pueden llevarse una tajada. No puedo evitar violentarme ante sus comentarios burlones cuando les digo que no pruebo el alcohol. Me molesta que duden que pueda pagar mi camioneta con el trabajo que tengo y también que necesiten ver mi licencia y documentos cuando no he cometido ninguna infracción. No le están haciendo un favor a nadie. Seguro que en marzo, mientras me robaban mi carro de afuera del departamento, había una patrulla parada a menos de cinco cuadras molestando a otro trabajador honrado y cansado como yo cuando vengo de la chamba. Son una mierda. Todas las autoridades judiciales de este país lo son y yo los detesto desde lo más profundo de mi corazón. Si alguno de mis hijos decide ser policía, lo mataré antes de que entre a la academia o lo convenceré de volverse transexual, narcotraficante o cantante pop. Lo que sea, menos policía.

Lo mismo pienso de la clase política (municipal, local y federal, es lo mismo). Estoy en ese momento vital en el que, siendo graduado de la escuela de leyes, mi generación universitaria empieza a ocupar los cargos de mediana importancia en el aparato estatal. ¿Y qué veo? Obvio: todos los ineptos, ebrios consuetudinarios, cocainómanos, cabezas huecas, pedantes hijos de papi, son los nombres elegidos. Los pocos compañeros brillantes que tuve, están atascados en el aparato judicial: actuarios, secretarios, con miras a la eternidad. Ser un lamehuevos es el camino al éxito. Si esa es verdad, no conoceré el éxito en esta vida.

Ser rico está muy bien. No hace calor cuando se es rico. No hace hambre cuando se es rico. Las distancias son cortas, las enfermedades llevaderas. La comida sabrosa y veloz. Las sobremesas largas. La muerte es igual de infalible, claro, pero dice un buen amigo: si te vas a matar en un choque, trata de que sea en un ferrari. No le tengo miedo ni asco al dinero, pero definitivamente quiero que llegue limpio. Sin sangre y sin mierda, que son dos fluidos muy infecciosos.

Pero divago: Crucigrama trata de estas cosas y además del germen de la revolución, del terrorismo social, de la nueva realidad que existe en estas burbujas de irrealidad que se crean en los que "viven bien", y en las que es facilísimo abstraerse de las tragedias que se siguen forjando y el caldo de cultivo que sigue fermentándose detrás de los cerros, en la vida real de perros sarnosos y días sin comer. Ahí es donde está el ochenta por ciento del país al que nadie se está ocupando de educar ni alimentar. Cuando los pobres enloquezcan, lo primero que harán será comerse a los ricos y cagar en sus albercas. Así me dijo un amigo sociólogo y yo decido creerle y además, esperar que tenga razón.

Por eso escribí Crucigrama estando enojado. Por eso espero que, como me sucedía a mí cuando releía pasajes, rían un rato, pero la sonrisa se les vuelva una mueca de rabia o por lo menos un chasquido de la lengua.

Sé que no voy a cambiar al país, pero no pienso morirme sin darle una buena patada en los huevos.