04 diciembre 2008
diagonal
ni en las vigilias
ni en el recurso gastado de pensarte
más cuando menos te pienso
y de soñarte
más cuando menos consigo
dormir / dormirme
estuviste.
Nunca supe cómo
esto de la ausencia se volvió
el sustituto de tu voz
aquí junto al montón de ropa tibia
que acababa de quitarte
para lavarte el cuerpo
de otros besos saliva
de otros brazos sudor
de otro cuerpo hoguera
con los míos.
Nunca supe cómo
comenzaste
a ser el suspiro breve de tu nombre
la apenas exhalación
de tus dos sílabas siamesas
la tenue desaparición de tu cuerpo
al empezar el día
-esta criatura casi etérea
que se me va
autoregenerando aprisa
en el mero caracol de los oídos.
Porque no fuiste nunca
ni apenas setecientos días después de nunca
-y por casualidad-
un cuerpo de piel y miedo
ni un calor de azafrán y canela
sino apenas aquello
la idea
el milagro
la multiplicación de los hubieras
la creación espontánea de los cuándos
el rezo
dios mío dios
el rezo.
Y al fin eres la nada
esa nada intangible
donde nada
mi todo
donde bogan mis naves
y el horizonte blanco
de las cuatro madrugadas
donde hubieron
tus ojos
donde hollaron
tus dientes
mi carne vil
mi piel metal.
Ahora ven conmigo
al invierno
camina sola mientras miro
tu espalda
bendice al ojo que no mira la nieve
camina sola mientras oigo
tu risa
bendice el oído que no escucha la lluvia
camina sola y luego
ven conmigo
al invierno
manténme tibia el alma
dame calor saliva
prende la hoguera piel
dame refugio vientre
abrázame
ya
ya no te vayas
ven.
11 noviembre 2008
Tres líneas arbitrarias de El lado oscuro del corazón.
"Yo no sabía que no tenerte podía ser dulce como nombrarte para que vengas, aunque no vengas y no haya sino tu ausencia, tan dura como el golpe que me di en la cara pensando en vos".
"No me sirve tan mansa la esperanza, la rabia tan sumisa, tan débil, tan humilde; el furor tan prudente no me sirve, no me sirve tan sabia tanta rabia".
03 noviembre 2008
Olor a regaliz.
Bernardo caminaba sin pausas sobre el linóleo alfombrado de la habitación, a veces mirando a Regina, siempre entretenida en desenrollar el regaliz y comer un trocito más, contemplando las luciérnagas durmientes y el saltamontes gourmet, a veces embebido en sus propios pensamientos. Había qué hacer algo con el vecino y con esa manía de dejar su basura en la banqueta ajena, con ese hábito tan poco sano de amontonar las hojas doradas pardas del otoño en la base del tronco del almendro. Había que hacer algo, sin duda, con el vidrio roto del ventanal del patio, por donde se colaba, sobre todo los lunes en la noche, una fresca ventisca que amenazaba con provocarle un buen resfriado a Regina cualquier mañana de estas.
Regina quería que Bernardo viniera hasta la cama, recostara la cabeza en su regazo y la dejase jugar con su melena grisácea mientras seguía masticando el regaliz. Pero a él le disgustaban los tonos dulzones del aroma que desprendía la golosina siempre al ritmo del masticado de la muchacha. Por eso seguía mirando la ventana y sólo vigilaba con el rabillo del ojo el sigiloso caminar de Bernardo, cuyos pasos apenas hacían un eco grave en la suave superficie blanco y negro de la alfombra. Él quería que Regina se pusiera de pie y fuera con él hasta el jardín y quizá corretearan juntos a las libélulas y él atraparía al maldito saltamontes que mordisqueaba todas las noches su botón favorito.
Era muy noche, él lo sabía, Regina nunca salía tan tarde hasta el jardín. A veces, cuando mucho, se servía una copa de merlot y caminaba con ella hasta los grandes cojines de la sala, ponía un viejo vinil de Debussy y lo escuchaba completo, bebiendo a sorbos muy lentos aquel vino oscurísimo que también tenía un recóndito olor de regaliz, mientras Bernardo comía algún bocado recostado en el suelo junto a ella. Regina siempre le acariciaba el lomo, frotaba el espacio detrás de sus orejas y pensaba en lo inteligente que había sido al comprar un gato que acompañara su soledad esas largas, eternas, noches de noviembre.
11 septiembre 2008
It's just business.
-Se llama Andrés- Dijo el primer hombre, mostrando la gran fotografía en blanco y negro donde el apenas llamado Andrés caminaba por una banqueta cualquiera, las manos metidas en los bolsillos del abrigo.
-¿Tu oferta?
-Un mentiroso, un infiel y un ladrón.
El hombre del traje gris lo miró detenidamente y la sonrisa fue desvaneciendo de sus labios. Sin la sonrisa, su barba pulcramente recortada formaba casi un tridente del mentón a las comisuras de los labios.
-Es una oferta generosa, ¿no?
El primer hombre encogió de hombros y entrecerró un poco los ojos, casi con coquetería. Su sonrisa era de un carisma avasallador.
-El hombre está enamorado- dijo.
-Entonces no tenemos que discutir más. Si el hombre está enamorado, es mío- Y el hombre del traje gris cerró su legajo de papeles e hizo un ademán de despedirse, pero antes tomó uno de los bollos de canela y lo remojó un poco en el café.
El primer hombre sonrió con una melancolía mucho mayor a la de sus ojos, se atuzó el bigote negro y encendió el tabaco de la fina pipa de cerezo con un chasquido de los dedos.
-Ay, señor- le dijo- Tantos siglos viendo a estos imbéciles y no has entendido de lo que es capaz el alma de un hombre enamorado. Hagamos negocios. Te estoy ofreciendo un infiel, un ladrón y un mentiroso.
El segundo hombre dio el mordisco al bollo de canela -que estaba particularmente dulce y suave y que sabía particularmente bien mezclado con el amargor del café- y se rascó un poco el área de la barba que cubría su mejilla. "Dios nunca se equivoca- pensaba- Pero por otro lado, el hombre está enamorado".
Y Dios dudó.
08 septiembre 2008
Lo demás sería cuestión de agendas.
Te lo aclaro ahora por si alguna vez te concediste el beneficio de la duda: nunca creí que fuera porque ese día no tenías ganas o porque pensabas que nuestra relación necesitaba de largas charlas y momentos especiales para ser un noviazgo. Nunca quisiste jugar a los noviecitos y lo sabías tan bien como yo. ¿De que otro modo me explicas que tras las primeras seis veces de habernos dejado mutuamente en calidad de lastre en la suite cuarenta y ocho del Mar y Tierra te hubieras animado a confesarme que no solo tenías un novio formal sino que además pensabas casarte en algunos meses? Te confieso que sentí una ternura sin límites de que te comieras mi cara de compunción, mi gesto contrito, mis ojos acuosos al reclamarte que me lo hubieras ocultado. Te confieso también que sufrí lo indecible para no reír en tu cara de la preocupación que me mostrabas cada una de las noches siguientes, cuando yo volvía invariablemente a pedirte que lo cambiaras por mí y te ofrecía todas las arenas del océano. Te veías tan linda confundida, pensando seriamente en cuánto te convenía la vida con aquel pobre mequetrefe y cuánto ibas a extrañas las noches conmigo en esa cama, la misma cama y el mismo espejo y la misma ducha y la misma maldita alfombra donde te hacía que aullaras como gata todas las madrugadas. Me gritabas Mi amor, ¿te acuerdas? Mi amor. Nunca gritaste mi nombre, ni una sola vez. Mi amor, Mi amor, decías y yo sabía que no estabas bromeando, era tu amor, te volvía loca el saber que yo realmente no te quería, que no te iba a querer nunca porque los dos entramos al juego sabiendo tú que yo era un desalmado y yo que tú eras una golfa. Entre gitanos no se ve la suerte.
Tristemente para ti, las golfas no son inmunes al amor. Detrás de tu facilismo erótico, de tu ninfomanía mal disfrazada de ansiedad afectiva, había una mujer proclive a los deslices y yo te resulté demasiado difícil de sortear. Yo sabía que me veías, siempre. Cada cosa que hacía en los momentos en que estabas presente era cuidadosamente vigilada por tus ojos amarillos bajo el fleco perfectamente recto que trazaba tu cabello en la frente. Y yo lo sabía, como casi todos los que te conocieron en esos meses. ¿Cómo demonios no te diste cuenta de que se reían de ti cuando decías que te tenía harta mi acoso? ¿Con quién querías jugar? Todos notaban que yo veía tus pechos tras el escote y tus caderas apretadas por los pantalones de dril con la misma atención de un comensal en un bufete. Tenías un cuerpo lindo, aún lo tienes, pero de eso a que yo te dirigiera la palabra con intenciones distintas de desnudarte había un abismo.
Aquella vez en el café, cuando hablábamos de él y de mí y tú hacías un hincapié constante a la seguridad que te daba tu próximo matrimonio, y te referías sin siquiera darte cuenta a tu ya demasiado obvia intención de vivir a su costa el resto de tus años, me dabas una pena enorme. Quiero decir: siempre supe que eras simple, pero saber que además de simple eras tan tremendamente predecible me rompió el corazón. Esa noche ni siquiera pude hacer que pasaras del tercer orgasmo. Habías dejado de ser divertida. Al quitarte el halo de misterio de la maldita zorra que se acostaba con quien le viniera en gana, te volviste la pobre putita sentimental que incluso me tomaba de la mano y lagrimeaba despacito, susurrándome te amos y diciéndome que me ibas a extrañar y ofreciéndome –eras, mujer, el colmo- los fines de semana que él estuviera fuera para desahogarnos mutuamente de las voracidades que sin duda se te irían sedimentando en las venas con aquel pobre pelmazo al que yo imaginaba un pésimo amante y casi seguro un eyaculador precoz. No sé cómo, dios mío, no te di ahí mismo un par de buenas cachetadas. Bien que te hubieran hecho.
Te gustaba jugar a que tú eras una loba y yo un niño bueno. Y eso hubiera estado muy bien si no hubieras perdido de vista que era eso: un juego. Cuando perdiste el hilo y empezaste a creer que de verdad eras la loba y yo de verdad era el pobre inocente al que podías manipular fue que perdiste el norte. Te sentabas a mi lado mientras veíamos cine francés y me acariciabas muy despacio la piel de los brazos. Yo sentía tus dedos pequeñísimos buscándome la piel entre la tela y sentía cómo se contraían en una garra que no se cansaba de calibrar la potencia de mis músculos. Te excitaba voltear a ver mi rostro, el brillo azul que reflejaban mis lentes de lectura, el negro absoluto de mi cabello contrastando con mi piel palidecida por la enorme proyección y mi mirada absorta mientras tus manos palpaban mis brazos y mi abdomen tenso. Yo sabía que estabas acostumbrada a una barriguita fofa y unos músculos lánguidos abrazándote sin pena ni gloria y que el sentirte levantada en vilo, ver la larga desnudez de tu cuerpo mecida por mis brazos en el aire mientras te penetraba de pie, simple y sencillamente te apagaba el cerebro. Gritabas blasfemias que ni siquiera creo que recuerdes y llorabas de placer. Llorabas. En tu mente estabas corrompiendo al muchachito estudioso cuyos tartamudeos te daban risa, al jovencito serio que no probaba el licor y despertaba todos los días a las siete para que le alcanzara el tiempo para la facultad y dos trabajos. Eso es lo que realmente te mataba, el creer que tú me estabas usando a mí. ¿Crees que no era capaz de oler a través del medio metro que nos separaba cómo se te empapaban las bragas cuando te besaba los hombros desnudos frente a docenas de personas en el viejo cine de Reforma?
Cuando por fin te fuiste con él me dio mucho gusto. Habías ido en tu cabeza de chef a sobrecargo, de sobrecargo a empleada bancaria, de empleada bancaria a pintora profesional y de pintora profesional a sobrecargo sin haber tenido la decencia de terminar la preparatoria. Esperé de todo corazón que la vida con un hombre centrado te ayudara a encontrarle un motivo firme a tu navegar por la vida. No volví a tener noticias tuyas hasta mucho tiempo después, y de la forma menos esperada. Recibir tu carta me puso inmensamente triste porque bastó ver tu nombre en el remitente para saber lo que decías. No eras feliz. Él viajaba mucho, te lo daba todo y no eras feliz. Habías conocido Bruselas y Marrakech, Canberra y Tokio, habías cebado mate en Montevideo y bebido pisco en Lima, habías fumado mota en Ámsterdam y comido gazpacho en Barcelona, te habías hecho tatuar en Florida –un hada pequeña en el tobillo, dijiste- y no eras feliz. Yo malvivía de escribir nota roja en dos diarios distintos y editoriales con nombres inventados y había bajado un par de kilos por la canícula inclemente del verano del norte, pero por aquellos días había empezado a llover con frecuencia sobre la terracita de flores de mi departamento y acababa de hacerle el amor por segunda vez a tu hermana menor, que tenía tu misma vocación amatoria con un poco más de carácter, así que me consideraba un hombre afortunado. El saber que regresabas me hizo reconsiderar.
Lo más ridículo es que haya sido tu hermana la que propició nuestro encuentro. Estaba desnuda en el sofá con el cabello rizado suelto derramándose sobre la alfombra cuando me dijo que hacía cuatro días que estabas en la ciudad. “Quiere verte” dijo “Quiere hablar contigo”. Me esforcé todo lo humanamente posible en recordar cuándo habías hablado conmigo de cualquier cosa distinta de acordar una hora y un lugar donde vernos y sólo pude recordar la vez del café, cuando tus ojos me suplicaban el Te amo que ya sabías que no ibas a oír y me dio risa pensar en todos los Te lo dije que hubiera podido propinarte si fuera un poco más sádico y un poco menos aguafiestas. “No me importa lo que pase entre ustedes” dijo ella todavía “Al fin y al cabo ella llegó primero”. Y yo volví a pensar que ella tenía todos tus dones pero había olvidado tus defectos. Practicaba el desapego y a mí me dio vértigo pensar que con un poco de esfuerzo podía llegar a quererla.
Supongo que eso es todo lo que ha sucedido hasta ahora. Como sabes bebiste conmigo dos botellas de Lambrusco y luego usaste como pretexto los humores del vino para aplicar tu truco favorito de quitarte los zapatos y acariciarme las piernas con los pies desnudos, de atisbar desde abajo de tu fleco –ahora un poco más rubio- con los ojos amarillos de siempre a los míos, tratando de decirme las cosas que nunca necesitaste decirme porque yo sé que tan sólo había que estirar el brazo para que vinieras a mí y te desnudaras prácticamente sola y te recostaras a mi lado ofreciéndome la espalda, mostrándome que en tu ausencia te habías torneado más la silueta y te habías bronceado quizá en Costa Azul o en Cabo o en el Rhin y que tan pronto sintieras mis labios en el cuello, subiendo hacia tu rostro, comenzarías a susurrar muy despacito Mi amor, Mi amor y a buscar apoyarte en mi cuerpo y sentir la tensión del miembro presionándote la entrepierna antes de empezar a gemir, ya conmigo dentro y empezar a decir Mi amor, Mi amor más fuerte, imagino que con la misma voz con la que se lo dices a él, con el mismo tono, quizá hasta con la misma sinceridad. Por eso mejor te llevé a tu casa, estacioné en la callecita y te di un beso leve en la mejilla, te dije Buenas noches y luego te vi caminar despacio hacia la puerta, pensando en lo bueno que sería que yo fuera un poco más sádico y un poco menos aguafiestas. Pero no voy a cambiar por una golfa cualquiera como tú, ni –¿a quién engaño?- por nadie más.
03 agosto 2008
Sullivan.
-¿Sullivan? ¿En serio? ¿Sullivan?
Yo era un apocado, pero Sullivan era una sabandija. Un menos que nada, un ninguno. Yo era parte de la otredad, un olvidable. Lo que fuera, siempre y cuando eso no significara alguien como Sullivan. Él bebía café –amargo, humeante- mientras yo daba sorbos esporádicos a una infusión de hierbas. Yo era un animal de hábitos, pero el café, por el solo hecho de ser preferido por Sullivan, se me volvía un brebaje despreciable. Los dos fumábamos, pero no la misma marca de cigarros. Sullivan fumaba unos americanos que costaban bastante más que mis delicados sin filtro, y los fumaba poniéndolos entre el anular y el cordial, inhalando profundo y con un notorio deleite antes de exhalar. Yo encendía un cigarrillo con la brasa de la colilla del anterior, y los liquidaba con prisa, sin ningún disfrute especial. Sólo buscaba el residuo amarillento de la nicotina, todo lo demás me daba igual, incluido el rito estilo western al aventar el humo.
-Sí. Sullivan Pérez.
Yo odiaba el nombre Sullivan. Odiaba el apellido Pérez. Yo hubiera odiado todo lo que oliera o sonara como el mequetrefe de Sullivan, ese eslabón perdido entre el excremento y el ser humano. Mientras la ceniza del cigarro iba acercándose con parsimonia a la yema de mis dedos, yo sólo pensaba en dejarla quemarme. Quería sentir el ardor escociéndome los pulpejos. Yo quería castigarme por estar ahí sentado frente a Sullivan, escuchando sus disertaciones sobre la vida disipada de los políticos locales mientras ostentaba en sus bigotes cobrizos algunas migajas de pan dulce. Pero yo era un cobarde sin resistencia al dolor, así que me castigaba pensando, sólo pensando, en las mil maneras en que podría liquidar a Sullivan sin resultar inculpado.
-¿Los gemelos?
-Pablo, el menor, tiene asma.
Estaba seguro que nadie más lo odiaba. Sullivan era un hombre bueno, probo, trabajador, padre responsable de dos hijas con su primera esposa y un par de gemelitos con la segunda. Había tenido la decencia de no llamar Sullivan a ninguno de sus vástagos y eso también era una prueba de su desprendimiento. Pero a mí me molestaba aquel casi viejo metido en su traje de desgastado casimir, que bebía de su café y hacía un breve gesto de asentimiento al pasar el trago, como aprobando el sabor del líquido. Yo solía beber café en ese lugar, y sabía que era infame, por eso me molestaba todavía más el gesto aprobatorio de Sullivan, mientras yo me resignaba a otro sorbo del despreciable té de quién sabe qué chingados que me había traído la mesera.
-¿Sabes que en Ciudad de México el lugar de las putas es una calle llamada Sullivan?
Yo nunca había ido más allá de la tercera página de la biblia. Detestaba la idea de que se pudiera rastrear mi linaje por generaciones infinitas hasta Adán o, por ejemplo, Moisés. Si desde la infancia me era repelente tener que besar a ancianas decrépitas y olorosas a talcos de alcanfor que mi madre insistía en presentar como mis tías, la sola idea de un billón de ancestros me provocaba arcadas. Ni siquiera sabía el nombre de mi bisabuelo y olvidaba constantemente el de mi bisabuela, aunque la había visitado todos los domingos de la infancia e incluso alguna vez la había besado sin que me ofrecieran dinero a cambio. Creo que estuve cerca de quererla, pero prefirió morirse a permitirlo.
-Por supuesto que lo sé. No sabes cuánta gente piensa en sorprenderme con ese dato. Yo he estado tres veces en la ciudad y alguna vez en Sullivan.
Mi última mujer me había dejado dos meses antes, cuando mis infidelidades se volvieron ofensivas además de excesivamente obvias. Había tenido la dulzura de acomodar muy bien mis cosas en el clóset, ordenar todos mis libros por orden alfabético y lavar y planchar mis mejores camisas. Antes de salir de casa me escribió una carta explicándolo todo y estoy seguro que escribió en ella cosas maravillosas. Lamentablemente no pudo resistir la grosería de prenderle fuego al resto de mis posesiones, así que nunca he de saberlo con certeza. Nunca contraté a una prostituta. Confieso que soy tímido y también que les tengo un respeto gigantesco.
-A mí no me gusta ir al D.F. Demasiada gente, demasiado ruido.
Mi traje era Ermenegildo Zegna. Gris ónice. La corbata –rosa pálido- era Carolina Herrera. Los zapatos Manolo Blahnik, la camisa Christian Dior, el perfume Hugo Boss. Yo llevaba tantos nombres encima que hubiera pasado por la guía telefónica de una ciudad pequeña. Me gastaba la mitad de mis ingresos en vestir bien y la otra mitad en pagar abogados para negarle a mi ex esposa hasta el último centavo. La perra me deja y espera que le pague los tragos a sus conquistas. Preferí hacer rico a un pendenciero que por lo menos no me escamoteaba los elogios. La camisa de Sullivan era de esas blancas de cien pesos, manchada de huevo cerca del bolso y de mostaza en el cuello. Procuraba taparlo con el saco, pero, como en toda su vida, no tenía éxito. Los pantalones tenían el lustre del uso y los zapatos estaban curtidos por el sol y las caminatas. Yo odiaba a Sullivan.
-¿Cuánto dinero?
Yo no creía que fuera cuestión de dinero. A imbéciles como Sullivan no les interesaba tanto la plata como su reputación. Pero el manual decía que había que ofrecer dinero y también decía que si vas a ofrecer dinero, ofreces mucho. Demasiado. Más de lo que puedes pagar. Sullivan quería ser un prócer, un mártir, una bandera de la causa. Y no le importaba comer migajón durante un año ni sacar de la preparatoria católica a su hija menor con tal de conservar impoluta su estatua de último periodista incorruptible del país. Me asqueaba Sullivan, sus remilgos, su decencia casi verosímil.
-Ya sabes que ni siquiera te voy a contestar. La nota sale mañana, sin falta. Primera plana, ocho columnas.
Yo no leía los diarios. Me enteraba de las noticias en el café o en alguno de los bares a los que me invitaba el comité del partido o a los que llevaba a las secretarias de mis colegas. Fingía estar enterado o al menos interesado, porque eso facilitaba mucho el momento de arrancarles las pantaletas. Yo era un romántico empedernido.
-Ningún diario te va a publicar eso, Sullivan.
-El diario es mío. Mañana, en primera plana. Ve pensando en tu contra campaña.
Mi último regalo para Susana, antes de que ella decidiera resolver nuestros problemas con un galón de gasolina y un cerillo, habían sido las obras completas de Dostoievsky. Susana era pintora y tenía tanto talento que dolía verla paseándose conmigo en bazares de caridad y exponiendo en galerías esnob que le pertenecían a amigos de mis jefes. Dolía verla vendiendo óleos en miles de pesos y creyendo que eso era la vida. Dolía verla enamorada de un pelmazo que conseguía mujeres en sus exposiciones y apuntaba teléfonos en la parte de atrás de sus facturas. Yo amaba a Susana, tanto como para obligarla a dejarme para siempre. No quería verla con alguien como yo.
-No habrá contra campaña, Sullivan. Nadie le hace caso a tu periodicucho.
-Esto es grande. Y lleno de mierda. Pasado mañana estará a nivel nacional.
A Susana le gustaba leer a los rusos. Usaba un Martini seco para tragarse dos tabletas de prozac antes de sentarse a leer y a mí me gustaba verla en el mecedor de la terraza, a la pálida luz que permitían las persianas de bambú. Yo leía a Donald Trump y a Sartori, y mezclaba a Maquiavelo con Coelho. Susana leía en ropa interior, con la copa empañada del Martini siempre en la mano. Para pasar la página se colocaba el libro en el regazo y se humedecía el dedo con el trago. Susana era una bestia en la cama y la única razón por la que me soportó durante años fue porque yo era un bastardo egoísta que basaba el placer propio en los decibeles que alcanzaban sus gemidos.
-Podemos ofrecerte otras cosas.
-No quiero nada de ustedes. Tú eras un buen tipo, incluso cuando trabajaste para mí. Lo que te paguen no vale por tu alma.
Yo nunca fui cursi, ni tampoco un buen tipo. Odiaba los gatos y cuando niño me gustaba llenarlos de queroseno y verlos arder; reventaba sapos a pedradas; hacía llorar a los niños gordos y a una niña medio bizca de la que siempre estuve enamorado. Yo era un fanático del sabotaje emocional. Un terrorista de mí mismo. Yo era Al-Qaeda y mi humanidad era Nueva York. Ordené otro té y un poco de miel de abeja. La mesera tenía piernas de esclava negra. Decidí que no me iría del café sin su teléfono.
-Entonces deja las aproximaciones y dime lo que quieres.
-No quiero nada. La nota sale mañana. Sin remedio.
Jamás hubiera podido distinguir a Tolstoi de Dostoievsky, aunque estaba seguro de haber leído a alguno de los dos, pero me gustaba el jazz suave y los ocasionales alegros virtuosos con los que Susana acompañaba la lectura. Me gustaba despertar todavía semi noqueado por el valium y ver la media luz que su lámpara esbelta de lectura proyectaba hacia la habitación y la punta finísima de su pie del cuatro y medio balanceándose en el vano de mi puerta. Me gustaba como se oía el chorrito de vermut cayendo entre los hielos cuando hacía la pausa del cambio de capítulo y aprovechaba para prepararse otro Martini. Me gustaba que fuera tan pretenciosa como para no poder beber café o un sencillo vaso de agua. Yo amaba a Susana, la hubiera apuñalado hasta la muerte con el mejor de mis picahielos si la descubría mirando a otro. Pero ella sólo me miraba a mí. Así de arrogante y de idiota era Susana.
-Reconsidera, Sullivan. No quisiera ver a la jauría refocilando en tus restos putrefactos. No serías el primer periodista que muere por la causa. Ni siquiera el más importante.
-No me voy a dejar amedrentar. Ya sólo los narcos matan periodistas. Y tu jefe no es narco, aunque es lo único que no es.
-¿Y los gemelos? ¿Y Laura?
-Por ellos.
Me quemé la lengua con el té y eso me terminó de amargar el humor. Sullivan había dejado de mirarme y se entretenía mirando sin recato a una pareja que discutía tras el ventanal. El tipo abofeteó de pronto a la mujer –una casi adolescente, maquillada para ocultarlo- antes de jalarla por el brazo y meterla en un Pontiac azul. Vertí miel en la cuchara y comencé a lamerla lentamente para paliar el entumecimiento de la lengua. No sirvió. Sullivan me ofreció uno de sus cigarrillos.
-¿Qué vas a hacer cuando te encuentren? Valles va a ganar, con tu nota o sin ella. Es más, te aseguro que ya hay veinte especialistas dedicándose a utilizar tu nota para engrandecerlo. No te sorprendas si le regalas un par de puntos de ventaja en las encuestas de pasado mañana.
-Si Valles gana yo me voy de esta ciudad de mierda.
La pareja del Pontiac azul había empezado a besarse con frenesí. La mano de él vagaba desde hacía minutos por debajo de la blusa de ella, le apretaba los pechos.
-Espero que no escojas el D.F.
Sullivan no pudo evitar la carcajada. Tosía entre espasmo y espasmo, soltando pequeñas trazas de humo. Yo fumaba el cigarro que me había ofrecido y procuraba guardarme mucho tiempo la exhalación. Era un tabaco rubio y suave, apenas placentero. Sullivan fumaba buenos cigarros. Bebía pésimo café y se vestía en tiendas departamentales. Era un acertijo que yo no tenía tiempo de resolver.
-Yo invito.
-No.
-Es mi dinero, no de ellos. Yo invito.
-Tú no tienes dinero.
-Éste es mío.
Pagué con la tarjeta de crédito. Sullivan estuvo de pie todo el tiempo, fingiendo que leía las portadas en las revistas de política que rodeaban a la cajera. En realidad husmeaba que no pagara con la corporativa.
-Salúdame a Susana.
-Nos divorciamos.
Susana y su padre no se hablaban desde hacía cinco años, cuando ella se casó conmigo. Sullivan era un hombre orgulloso y ella una rebelde compulsiva. Nunca averigüé si se había casado conmigo por que me amaba o porque no podía dejar de desafiarlo. Nunca olvidaré tampoco que tuve que encañonarlo para que dejara de abofetearla. Hubiera dado mi brazo izquierdo porque le diera el último manotazo para jalar el gatillo sin remordimientos, pero Sullivan era un miserable que me negó hasta ese gusto.
-Quemó nuestro departamento. Tu desayuno y tu café se pagaron con el seguro.
No me respondió. Garabateó trazos en una agenda de piel y arrancó la hoja para dármela.
-El número de cuenta del diario. Doscientos cincuenta, ni un peso menos.
Sonreí. El Pontiac azul acababa de dejar la acera y se encaminaba a hacer un alto breve en el semáforo de la esquina. Lo imaginé entrando a cualquier motel de la 51 y luego imaginé al tipo golpeando a la colegiala entre jadeos y aullidos.
-Te llamo mañana en la mañana, pero es un hecho.
Tomó el primer taxi que se detuvo y no volteó a mirarme. Lo vi desaparecer en el mismo semáforo que el Pontiac, encendiendo otro cigarrillo rubio. La mesera de las piernas me miraba a través de la doble hoja de cristal con una sonrisa promisoria. Me dio su número en la misma hojita de papel en la que Sullivan me había anotado los suyos. No le di vueltas al asunto hasta que tuve que buscarla para autorizar el depósito bancario. Era la cuenta de Susana.
Lo encontraron cerca del kilómetro doce, por la 51. Tenía una bolsa de lienzo atada con cordel a la altura del cuello y seis tiros en el pecho. Nadie en la agencia tuvo absolutamente nada qué ver. Llamé a Susana media hora después que me confirmaron la noticia. Yo odiaba a Sullivan, odiaba su decencia casi verosímil; pero amaba a Susana, no hubiera podido pensarla sufriendo a solas. Antes de encontrarla en el bar de siempre me aseguré de tener al día el seguro de mi nuevo apartamento. Tampoco era cosa de volverse loco.
16 julio 2008
REW/FFW
¿Por que pasó tanto tiempo sin post? Bueno, multitud de razones. La primera y más importante, hay mucho trabajo, me voy temprano del departamento, regreso tarde y con ganas de cenar algo rápido y dormirme lo más profundamente posible. Además no ha habido así que digamos mucha inspiración para escribir post nuevo, las ideas de mi cabeza han agarrado la fea costumbre de llegar cuando no las puedo concretar y esconderse cuando sí puedo, lo que me deja en un estado de incapacidad creativa del que rara vez salgo bien librado.
El fin de semana fue la segunda presentación de Dos píldoras azules. La dirección de cultura del H. Ayuntamiento de Navojoa me invitó a presentarla como parte de los festejos por el 85 aniversario de la ciudad como municipio de sonora y el evento fue en el Museo Regional del Mayo, que por cierto es un lugar muy agradable y muy desconocido por los que somos originarios de allá. El presidente municipal, como era de esperarse, no fue, sino que mandó representante (una regidora muy guapa, por cierto y muy joven), el director del museo es un tipazo, de esos que desde lejos uno puede decir "ese tipo es un genio" -boina, lentes bifocales, torpe manualmente- y los dos presentadores me cayeron muy bien.
Fue mucha más gente de la que esperaba (incluso en las ciudades grandes este tipo de eventos pasan desapercibidos, imagínense en una ciudad pequeña y sin gran historia literaria), fácil había unas 60 o 70 personas, sin contar a mis familiares, que eran unos diez. Pero el evento en general fue muy agradable, un ambiente íntimo, desenfadado, que nos permitió hablar con campechanería de temas tratados en la novela y dejó que los profesores hicieran preguntas y yo tratara de dar algunas respuestas -las cuales espero hayan sido útiles-.
Y pues ya, después del evento hubo firma de libros, firmé como unos quince, lo cual es un récord personal para un sólo día y luego una exposición de pintura en la sala de exposiciones del museo. Estuve un rato nada más, porque tenía mucha hambre y terminé haciendo mi primera comida del día a las cinco p.m. en la misma pizzería de la infancia. Luego un rápido viaje Cd. Obregón y de regreso a Huatabampo.
El domingo nos fuimos -Ángel, mis papás, un primito de Ángel y yo- a Álamos, llevamos a los niños a un lugar de albercas y parrillas y nos la pasamos muy bien. Un niño empujó a Ángel a una de las albercas hondas y le puse una regañada de esas con mi cara de homicida sicópata que generalmente funcionan muy bien.
Y ya. El lunes muy temprano volví por carretera a este Hermosillo de calor, rutina, trabajo y vuelta a esta realidad donde no soy escritor serio ni vendo libros ni me piden consejos los jóvenes creadores, sino que sigo picando piedra para abrirme camino por la senda de la narrativa.
La semana se siente pesada y el tiempo chicloso. Pero a lo mejor soy yo, no me hagan caso.
****UpDate*****
Ah, sí, por cierto, Marisol tomó varias fotos del evento, se las dejo aquí. Les debo el video, YouTube se rehúsa a cooperar hoy.
01 julio 2008
Regresiva (outro)
VI
Resignación
y un cigarrillo
para volver a comenzar
tomar la pluma
la hoja en blanco
y retratarnos sin mirar.
VII
Fotos vacías
vasos rotos
y una palabra desigual.
Miradas frías
labios rojos
otra mujer que se nos va.
VIII
Calles de noche
que destellan
brillos de lluvia en la avenida.
Viento que duele
y un poeta
con voz de láminas lascivas.
IX
Te mueres fácil
de suicidio
de motu propio
qué mas da
Si ya no sabes
si vivías
o eras un personaje más.
X
Tal vez después
vacío de besos
dejes morir tu cuerpo herido
Despertarás
verás delirios
y corazones enemigos.
Regresiva (intro)

I
Tal vez después,
vacío de besos
deje morir mi cuerpo herido.
Sólo tal vez,
pues los lamentos
me dejan laxo, fallecido.
II
Quizás un día,
vacío de noches
deje mi insome recorrido.
Quizás jamás,
pues no morir
y despertar son parecidos.
III
Ya no sé si
tras las palabras
se esconde un fondo de dolor
Es tan vacío
esto del loco
que escribe por desilusión.
IV
O si pensar
que algo se mueve
por el mensaje de un poema
Es tan absurdo
como el que odia
o de salvarse desespera.
V
Y sin embargo
qué nos queda
de la sublime maldición
de que una musa
nos acose
y fustigue sin compasión.
10 junio 2008
Y no lo sabes
Lo que me queda
cuando regalas el silencio
cuando se va tu rostro
y la sonrisa
esa sonrisa que no es tuya
-o al menos ya no sólo tuya-
es esta guerra.
Lo que me queda
tras los vestigios de batalla
en que me tornas las noches
sin quererlo
pero siempre consciente
-es esa tu coartada-
son estas ruinas
de reino consumido por el fuego.
Tu defecto es saberte indefectible
¿Sabes?
porque el miedo no nace –como dicen-
de aquello que se pierde
sino de todos los “tal vez” que se escabullen
cuando se acepta un “quizás” antes de tiempo.
Y no es que diga –dios me libre-
que seas menos perfecta.
Lo que digo es más bien que tus defectos
jamás serán más grandes
que la inmensidad que llevas en los ojos
y en la que me sumerges cuando miras
así, tan dulcemente
y me sonríes
así, tan homicida.
Sin embargo
Y a lo que iba todo esto
era a decir –ya ves, uno es soberbio-
lo que me queda
cuando tu rostro desaparece
quizá para siempre.
Pero es que lo que me queda
es esta nada,
este silencio,
esta mi breve nostalgia.
Y, vamos,
tampoco es cosa de aburrirte.
09 junio 2008
Julieta despierta.
La luna es una herida sangrante y blanca en el profundo y negro lienzo de la noche y los gatos pordioseros yacen abúlicos, tirados sin reparos entre latas y restos malolientes, por banquetas polvorientas, callejones de muerte y techos destejados.
En uno de estos callejones, situado sobre la acera de Carrington, está un pequeño apartamento de paredes viejas y roídas, cuya pintura amarillenta muestra rasgos de una humedad corrosiva y ampollas de salitre a todo lo alto de la construcción. La puerta de hierro negro tiene un dintel y seis barras que protegen un grueso cristal resquebrajado, cubierto por dentro con papel de aluminio. A su lado hay una ventana diminuta en la que puede verse la luz filtrada a través de unas cortinas que alguna vez fueron blancas.
Si se pasa la puerta principal se llega a una salita de estar, en la que se halla una mesa de café sobre la que un viejo teléfono de disco acumula capas de un polvo ligero. A su alrededor, dos taburetes forrados de cuero y un sillón para dos personas. En la pared frente a la puerta, una pintura al óleo que representa un mar embravecido de los peores abriles del pacífico. A la derecha, un vacío donde antes hubo un muro, y dentro una estufa y un mueble de dos cajones. Luego sigue el vano de un pasillo que termina en muro, y a lo largo, tres puertas. En la primera un baño sencillo, con sanitario, lavabo y una regadera separada de éstos por un cortinaje de plástico. En las paredes del baño, varias losas de mosaico lucen rotas y en la parte baja del lavabo se aprecia en la tubería el verdín del moho. La siguiente puerta da a un cuarto aún más pequeño, que había estado destinado como alacena en los mejores tiempos de la casa, y que ahora se encuentra lleno hasta el tope de periódicos amarillentos, de papel quebradizo, como viejos manuscritos de los sabios alquimistas, y en cuyos encabezados podía verse desde una fundación ferrocarrilera del siglo diecinueve hasta un golpe de estado de cualquier república de primates.
La última puerta, única en todo el apartamento que no está carcomida por tiempo, roedores y humedad, es de madera blanca, y su aspecto destaca a grandes gritos por su anacronía con el resto de la construcción. Franquearla vale encontrarse con una habitación amplia, en cuyo techo dos grandes tragaluces permiten la entrada de la lluvia de plata de la luna. En las paredes, infinidad de recortes de diarios se arremolinan unos sobre los otros; unos pegados con cinta adhesiva, otros clavados con tachuelas; aquellos pegados en mala forma con goma de mascar; éstos otros simplemente sostenidos entre papeles pegados meses antes. Cada muro, de los cuatro de la habitación, aparece ante los ojos que los miran como una gigantesca página del periódico de ayer, de hoy, de hace cien años. Los cuadros que alguna vez estuvieron colgados a un clavo en esos muros viejos, ahora yacen inclinados en el piso, recargados contra el muro que fue su hogar, tristes, cabizbajos. Una cama de sábanas grises, pequeña, de apariencia rústica, alberga un cuerpo dormido.
El bulto, esbelto, grácil, oscila al ritmo de su respiración, inhalando grandes alientos y sueños, exhalando dudas inquietas, profundos temores ocultos. Sobre la almohada se derraman largos cabellos negros, como chorros de tinta que el tiempo ha detenido en su camino al suelo.
Es alta madrugada, y los gatos de afuera se ponen inquietos. En la mente de la ocupante de la cama, desfilan imágenes grotescas, fotografías exactas de traumas que la psicología aún no se encarga de explicar, rostros ajenos, desfigurados por el miedo. Por fin, la largamente amenazante lluvia se decide a caer, a gotas bobas, sobre los tragaluces del techo, y entonces, simultánea con un trueno, un grito y un agudo maullido, Julieta despierta.
-Negra es la noche, grave el trueno, agudo el maullido del callejón y terrible el grito que escucho. Mi sueño ha sido el miedo y ahora tiembla mi piel, mi piel todavía dormida ¿Quién soy ahora? ¿Quién si no el cuerpo que duerme? Soy la noche, el grito o el maullido, tal vez, o quizá soy el trueno ¿Qué hago despierta en alta madrugada?
Cuando termina de decirlo, Julieta se da cuenta que está frente al espejo, y que mientras hablaba se puso de pie, dio tres pasos suaves, felinos y se detuvo frente a la superficie aluminada en la que su cuerpo, enfundado en ropas blancas, se refleja.
-¿Qué estoy diciendo?- Se pregunta en voz alta, confundida por las palabras que, segundos antes, han salido de su boca, pronunciadas por su voz.
-¿Qué estoy diciendo?- Dice sin voz la Julieta del espejo, al mismo tiempo que ella, pero su rostro no tan confundido.
Luego regresa a la cama y se sienta de lado en el colchón duro, en la parte que su cuerpo ha dejado tibia. Estira la mano hacia el buró y toma un vaso de cristal en el que hay una flor larga, amarilla y de pétalos largos. Con la otra mano, entre el índice y el cordial, toma la flor por el tallo y la saca del vaso. Poniendo la flor en la cama, del lado donde nadie ha dormido, se bebe el agua.
La lluvia comienza a gotear dentro de la habitación, en gotas pesadas que se aglomeran a lo largo del hierro del tragaluz, saturándolo de agua, que poco a poco gana terreno, hasta sobresalir por los bordes, donde los empaques y el cristal no se unen tan fuerte. La primera gota suicida viaja interminables metros, gritando con fruición por el perdón de sus pecados y va a estrellarse en la frente perlada de Julieta, que casi muere del susto al sentir el helado proyectil reventándose en su piel. Una segunda gota se pierde en la nada de las sábanas grises y una tercera cae sobre un recorte que habla de la muerte de un poeta.
Julieta vuelve a ponerse de pie y enciende la lámpara de aceite con el último cerillo de la caja. La burbuja rota de cristal de la lámpara exhala un humo blanquecino y luego comienza a chorrear una luz amarillenta sobre todas las cosas que se le acercan. Julieta la coloca en el centro del cuarto, temiendo un incendio con tanto papel alrededor. Se sienta frente a la lámpara y junta las manos sobre la débil llamita que danza a sus compases. Se frota las manos una contra otra, como en un invierno lejano, y se las lleva luego a las mejillas, que se sienten frías y suaves. Luego toma un lápiz del buró y arranca un pedazo de diario de la pared más cercana, exactamente sobre la cabecera de la cama. Coloca el papel al revés sobre la lámpara y lee a contraluz, con las letras invertidas: Diez mil muertos en Bagdad. Con el lápiz escribe sobre las letras de un aviso de ocasión: ¿Quién soy ahora?
Vuelve a ponerse en pie y recoge del muro otro recorte de periódico al que también escribe ¿Quién soy ahora? Sigue arrancando recortes de los muros, como quien arranca pétalos de una flor y escribiendo las mismas tres palabras, hasta que la punta del lápiz está tan gastada que no logra de ella más que un rechinido y un escalofrío al deslizarla sobre el papel. Camina hasta la cocina, llevando en la mano la lámpara de aceite. Mientras camina, contempla las sombras danzando al ritmo de la llama frenética, escucha a lo lejos los silbidos del viento y los relámpagos estentóreos de la tormenta. En la cocina, abre el primer cajón y busca el cuchillo largo y plateado. Encontrada la presa, regresa al cuarto.
-¿Cuándo me volví loca?- Pregunta para nadie cuando vuelve a sentarse, recargando la espalda en el colchón.
-Yo no estoy loca- Dice en su mutismo la Julieta del espejo, y empieza con el cuchillo a sacar punta al lápiz.
Cuando ambas terminan, Julieta va al muro de la puerta y arranca otro recorte. Comienza a escribir en él: Veintiséis de Julio de 1819. México. Los traicionaron, los mataron por la espalda, les dieron un kilo de plomo cuando les habían prometido toneladas de maíz. Los volvieron a matar después de haberlos matado de hambre, de desesperanza.
El papel se queda sin espacio y recoge otro de la fuente inagotable del muro, que parece retoñar papeles cada vez que lo desfolian. Julieta escribe de espaldas a la lámpara, sin ver el trazo de la letra: Dieciocho de Diciembre de 1941. Alemania. Están todos muertos, no tuvieron piedad. Los mataron como a animales por llevar una estrella en el hombro y un brillo en la mirada. Los asesinos tienen la gloria.
Vuelve a quedarse sin papel. Mira los tragaluces: La noche está al terminar, la lluvia se ha detenido. El aceite de la lámpara comienza, también, a agotarse. Toma el lápiz y cierra los ojos. En su mente desfilan imágenes de todos los que han muerto y escucha tantas y tantas voces implorando por misericordia. Se encuentra con miradas de ancianos de Etiopía, muertos por balas que querían sus tierras, con mujeres de Polonia, muertas por fuego que deseaba borrarlas de la tierra, de niños de México, muertos por machetes que querían dejarlos sin voz, y todas la miran, preguntándole ¿Quién eres ahora?
22 mayo 2008
Es que era un día de esos, ya sabes, de esos en los que simplemente sales, o mejor dicho, te avientas a la calle, con la esperanza de que el tránsito, las marabuntas peatonales, los merolicos, el humo y el calor se junten y te revuelvan el estómago y te hagan fruncir el ceño y querer derramar las tripas ahí mismo en el asfalto, con las palmas apoyadas contra las banquetas que hierven y las piedrecitas clavándose en tu piel y lacerando la carne, aunque nomás sea para que sientas algo, lo que sea.
Es que era un día de esos, en los que el cañón de la pistola te mira y te seduce y te susurra al oído mil promesas, De esos en que las navajas del rastrillo te ofrecen baratas las caricias y la sangre te quema en las venas y sientes la necesidad de dejarla correr por los azulejos blanquísimos del baño. De esos en los que no anhelas tic tacs ni lifesavers ni m&m's, sino mejor el dulce sabor de los diazepam de 800grs, el agridulce chisporrotear de los tafil en su frasquito ambarino, el refrescante descanso ligeramente avainillado de los rivotriles siempre impares en la caja.
Es que era un día de esos en que no hay más solución que enamorarse, aunque sepas muy bien que una vez más le haces honores al efecto placebo.
03 mayo 2008
Ya nadie se ahorra el gesto de tedio cuando escucha al pasar junto al grupúsculo nuestra disertación sobre las subtramas de los caballeros del zodiaco, o aquel episodio perdido de mazinger z, que entre las muchas retransmisiones sólo alcanzamos a ver una vez.
A nadie le importa ya cuántos de tus playmobile conservas intactos y cuántos han perdido una mano, el cabello, han entrado directo al hospicio para mutilados. Nadie quiere saber cuántos fetiches de G.I. Joe alcanzaste a coleccionar antes de que Pokemon, Yu Gi Oh, Bob Esponja y todos los demás vinieran a darle una sólida patada en el culo a los juguetes con corazón.
Por supuesto nadie quiere compartir contigo las culpables memorias de tus tardes viendo sailor moon, o la vez que lloraste con una trágica sesión de candy candy o de la ballena Josefina. El recuento de los klínex que te costó aventarte Remi capítulo a capítulo o cuántas monedas de mil pesos (ah, las sólidas y pesadas sor juanas) dejaste en la tiendita de doña equis en trueque por libros de estampitas, gomitas de coca cola o sobrecitos de chocomilk. No, nadie ofrece un carajo por esa parte de la bitácora de tu vida.
Y sabes bien porqué, ¿o no? Es sencillo...
Vamos...
Anda, esfuérzate un poco...
¿Nada?
Pues porque a nadie le importa, hombre. Es elemental. Los que vivieron esa etapa contigo vieron las mismas jodidas caricaturas, jugaron con los mismos carísimos juguetes, los rompieron, tiraron y olvidaron sin imaginar que estaban renunciando a la posibilidad de un recuerdo tangible para el futuro que ahora es el presente. Olvidaron. Y los que no lo vivieron, por ser demasiado viejos o demasiado jóvenes, tienen su propia carga de recuerdos, de nostalgias y de carencias adoptadas como para interesarse en recoger las tuyas. ¿Queda claro?
Luego entonces, por favor recoja su trago (es un martini, grandísimo pretencioso?) y vaya a intentar otro tema con otro grupo, que aquí todos traemos el tarro lleno de vivencias.
A chingar a su madre, ándele.
17 abril 2008
Twinkle twinkle
El doctor Rivera dice que ese sueño –episodio onírico recurrente, dice en realidad- es un reflejo neurológico de un conato de ansiedad producido por eventos anteriores. El doctor Rivera dice que ese sueño –episodio onírico recurrente, acomodándose los lentes sobre la nariz, parpadeando dos veces- sigue produciéndose por la razón exclusiva de que el sujeto –siendo yo el sujeto, claro, bien sujeto- no acierta a identificar ergo remediar la razón germen del episodio ansioso cuya consecuencia sigue despertándome en las madrugadas, con la espalda del pijama húmeda de sudor y las venas del cuello tensas como cables. El doctor Rivera me cobra quinientos pesos por cada media hora que le dedica a embelesarse con los móviles esféricos de su escritorio que suben, bajan, chocan, suben, bajan, mientras le cuento el sueño y por repetirme lo del episodio onírico recurrente que estoy segurísimo que sacó de una muy interesante –la de mayo, si no me falla la memoria- de a treinta pesos el ejemplar.
El doctor Montes de Oca me da rohypnol, que es de prescripción exclusiva al especialista psiquiátrico, uno de los muchos títulos que cuelgan en la pared de su despacho que dice librero inglés más de lo que dice especialista del sueño. Me tomo la mitad de una cada noche antes de dormir y esas noches no lo sueño, pero me despierto cada hora por un vaso de agua porque los fármacos siempre me secan la boca y cada dos horas a orinar porque la vejiga siempre me ha trabajado más rápido cuando estoy horizontal. A la semana o a los quince días, cuando pienso que el rohypnol ha espantado definitivamente al sueño donde me veo muerto, suspendo la ingesta –su uso excesivo puede resultar en adicción, advierten las redondas itálicas impresas en el cartoncillo blanco- y esa misma noche me vuelvo a asfixiar y a manotear boqueando antes de morirme y despertar otra vez como al comienzo. El doctor Montes de Oca anota muy rápido con una pluma de acero en una libreta muy grande que apoya en una tabla de esas de inventario de almacén y dice ajá, cuando digo agua, ajá cuando digo horizontal y ajá cuando digo comienzo. Cada ajá me termina costando alrededor de ochenta pesos.
Y yo me despierto pensando en no volver a dormirme, al menos hasta que sea seguro. O más barato. O esté seguro que va a ser la última vez.
