03 septiembre 2008

Trasnoches.

Ayer fue cumpleaños de uno de mis amigos más cercanos, Noé, y por ese motivo los muchachos del bar y yo decidimos adelantar el cierre e irnos a su casa a darle un buen abrazo, beber algunas cervezas con él y su domadora y pasarla relax hasta el amanecer.

Eran las 2a.m. y yo conducía por el Salazar atento a los faros del jetta de Diana, que me seguía a cierta distancia y oteando de vez en cuando al horizonte en busca de la clásica patrulla jodona que nunca falta en la madrugada. No es que tuviera nada qué temer -como saben, no bebo- sino que simplemente cada vez se me vuelve más molesto el concepto que la policía mexicana se ha encargado de formarnos a los mexicanos de ellos y me da muchísima tristeza el preferir encontrarme con un malviviente que con un policía durante la noche.

Tomamos República de Belice hacia el norte y cuando ya estábamos a un par de cuadras de la reunión, por fin aparecieron las torretas bicolor en mi espejo retrovisor. Las ignoré -obviamente- a pesar de que se me acercaron muchísimo y empezaron a hacerme el cambio de luces. "Me vale madre" dije, "si no me dan el claxon de pato no me paro". Me lo dieron cuadra y media después, cuando se volvió demasiado notorio que los estaba mandando a la chingada. Marqué el direccional, estacioné el carro y puse las intermitentes. No apagué las luces, ni el motor, sino que me bajé -encabronado, como suelo ponerme- y caminé a toda velocidad hacia la patrulla. El oficial -gordo, bigote mal cortado, somnoliento- se asustó muy histriónicamente con mi actitud.
M: Buenas noches, oficial, ¿Por qué me detiene?
P: Buenas, joven, No, pues nomás, revisión de rutina.
M: Ajá, ¿revisión de rutina en busca de qué? ¿Trae la orden del operativo?
P: No, es que no es un operativo, es revisión de rutina.
M: Entonces me está diciendo que rutinariamente va a detener a cada uno de los automovilistas que pasen por aquí.
P: No, pues no.
M: Entonces, ¿por qué me detiene?
Aquí como que el policía se acordó de que supuestamente el asustado debía ser yo y el mamila él, así que trató de recuperar posición.
P: No pues, ¿qué haciendo tan tarde por acá?
M: Pues no es que le importe, pero vengo del trabajo, ¿cómo ve?
P: ¿Y dónde trabaja?
Aquí volteé a ver de la manera más "comoserásimbécil" posible mi camiseta cuyas enormes letras rojas dicen London Pub y luego lo volví a ver a él.
M: Entonces, ¿Por qué me detiene?
P: No, pues es que, ¿por qué tan tarde?
M: Mire, trabajo en un bar, uno de mis compañeros cumple años hoy y hay una fiesta en su casa con mucha paella y mucha cerveza. Vive a dos cuadras de la iglesia de allá y si no le molesta, quisiera irme ya, antes de que se acabe la comida.
P: Ah, sí, vengo de esa fiesta, les fui a pedir que bajaran el volumen. Si quiere sígame, yo lo escolto.

Y ya. No me pidió mi licencia, no revisó el carro, sólo hizo un par de bromas respecto a mi abstemismo y nos llevó a la casa de Noe.
Me caga la policía.

Ah, sí, la paella de Becker estaba riquísima, el pastel de Diana fabuloso, la coca cola de... Bueno, la coca-cola también estaba muy rica y la gente y el ambiente estuvieron tan agradables que cuando me di cuenta ya eran las 5:30, habíamos ido al bar por otros dos cartones de cerveza, nos habíamos terminado la comida y el pastel, se habían terminado los chistes y era hora de ir y fingir que dormíamos por algunas horas. Noe se la pasó genial y eso me da mucho gusto. Hoy es cumpleaños de Tifanny y espero que no haya planes, ¡quiero dormir!

02 septiembre 2008

Delivery Status Notification: Happy.


Resulta que los famosos Autobuses de La Piedad hacen escala en Guadalajara. Resulta que en Guadalajara vive la que no es michoacana, sino celestial y resulta que fue ella -hablando de deseos cumplidos- quien me envió el paquete.

Puedes quedarte con la herencia, mi querido destino, hoy me siento Rockefeller de todos modos.

Aquellos años idos. Parte 1.

Yo fui un niño muy feliz. Yo fui un niño tan feliz que recuerdo días enteros de mi infancia, de principio a fin, paso a paso y acto por acto y en esos pasos y esos actos recuerdo la simplicidad en la que radicaba la dicha de ser un niño en una época y una ciudad en la que ser niño valía mucho más la pena.

Como algunos de ustedes quizá recuerden, los años mozos de mi vida transcurrieron en una ciudad pequeña, agrícola y costera, al sur de Sonora. En ese viejo punto de la geografia de mis recuerdos dejé una cantidad de alegría incomparable. Tengo nítidos en la memoria los momentos en que fui consciente de estar asistiendo al nacimiento de mis nostalgias. Recuerdo sin lugar a dudas una mañana de junio del '91. La calle de mi casa había sido excavada por potentes bulldozers y se encontraba abierta en una zanja de quizá seis metros de ancho y unos ochenta de largo. Supongo que los mandamases de obras públicas no previeron que llovería de una forma tan caudalosa como terminó lloviendo durante tres días y que su zanja hecha para la reinstalación del sistema de drenaje terminaría convirtiéndose en una espectacular alberca improvisada para los ocho mocosos que componían nuestra pandilla. No sé en que inhóspito rincón se encontraría el diablito del buen juicio de mi madre, pero el asunto es que me dejó que nadara durante horas con mis amigos, chapoteara como loco, me tirara clavados, hiciera guerras de lodo y, en fin, fuera el niño que mi asma bronquial y mi naturaleza más bien enfermiza a veces no me dejaban ser. A media tarde, cuando ya el cuerpo no daba para mucho más, salimos del agua y caminamos tiritando del frío hasta el patio de casa de los Valdéz. Pensábamos secarnos bajo las grandes hojas de los tamarindos, pero nos encontramos con la sorpresa de que Don Alejo, el patriarca, había hecho llenar el patio con toneladas de granos de maíz de sus silos y todo nuestro mundo estaba cubierto de aquellas partículas doradas que se perdían entre los puños, se moldeaban como argamasa, funcionaban como proyectiles y eran, en fin, más que un producto agrícola, el sueño de cualquier infante travieso. Justo en ese momento, enterrándome hasta el cuello en granos de maíz, pensé: "estoy seguro de que me acordaré de esto cuando sea grande". Y hoy me acordé.

Frente a la casa de mi familia había en aquellos años idos una construcción bastante amplia, destinada también a ser una casa, pero detenida en obra negra por, supongo, falta de dinero de los dueños. Las paredes, el techo, los pasillos, todo estaba terminado, pero la construcción no tenía puertas ni ventanas. Era como un gigantesco queso roquefort, y este que escribe, junto con el resto de los pingos de mi calle, jugábamos a ser los ratones que escapaban de un gato imaginario. Jugábamos al 18, corriendo por los pasillos mientras uno de nosotros tenía que alcanzarnos y jalarnos a su equipo, saltábamos por los vanos de las ventanas, dábamos inesperadas vueltas por los corredores, éramos como unos pacman's con shorts y tenis panam. En el patio de esa casa habitaba un viejo sauce, alto como tres pisos y de ramas gruesas y fuertes. Un día entre todos logramos subir una pesada puerta de hierro y colocarla entre las ramas de forma horizontal. Voilá: esa puerta se convirtió en el piso de nuestra primera casita del árbol, la que seguimos construyendo todos los días de un largo verano y que al final terminó siendo la casita perfecta donde urdíamos planes infalibles para cambiar el mundo, vencer a la muerte y ganarles en la cascarita a los de la otra cuadra. Y cada vez que íbamos de noche a la casita del árbol y contábamos historias de miedo iluminados por una vela, yo me sentía dichoso y pensaba: "Cuando crezca, de seguro me voy a acordar de esto". Y hoy me acordé.

Update.

Volví a las tres con quince minutos y la bendita dependiente me recibió con la sonrisa más estúpida que pudo esbozar y me salió con que "siempre no" habían vuelto los repartidores de la ruta y que no volverían sino hasta las siete de la tarde, pero sólo para cerrar inventario y blarablá, en realidad no dijo blarablá sino muchas tonterías que no tiene caso reseñar.

Yo, por supuesto, siendo el tipo comprensivo y humano que soy, le hice un reclamo estratosférico por haberme hecho dar dos vueltas dos hasta su sucursal en el meritito casa de chingasatumadre de Hermosillo para decirme dos veces dos que mi famoso sobrecito nomás no estaba y no iba a estar sino hasta mañana que vuelvan a abrir. La mujer, ruborizada y creo que sinceramente arrepentida de su falla, se comprometió a que no volvería a pasar algo así y a tener mi paquete pasara lo que pasara mañana a las ocho a.m. Así que ya veremos si entonces me entero de lo que es y quién lo envía. Esperen noticias.

A menos que en efecto sea la millonaria herencia que imagino, en ese caso no esperen volver a saber jamás de mí, a menos que...

01 septiembre 2008

I'm intrigued, Mr. Bond

Desperté a las cuatro de la mañana (y el silencio no supo a ti, nunca ha sabido así, el silencio sabe como a piel de durazno con un par de horas fuera del refrigerador, sumergido por algunos segundos en jugo de naranja y masticado aprisa) para no encontrarte. Volví a dormir y desperté de nuevo casi a las once, aburrido por una resaca resultado de algunas León y mucha carne asada y salchichas alemanas, porque sonaba el timbre.

El arquitecto con el que trabajo en un proyecto nuevo vino a mostrarme bocetos y hablar un poco de nuevas oportunidades en el medio editorial. Me dio un recado que encontró en la puerta del departamento: un repartidor de paquetería aprovechó el panfleto de una iglesia cristiana para comunicarme que tenía un paquete a mi nombre y que, en vista de que nomás no pensaba estar presente alguna vez en mi casa, optaría por dejarlo en sus oficinas y esperar a que yo pasara por él.

Fuimos hasta las oficinas tras la charla -provechosa charla- sólo para encontrarnos con la noticia de que los repartidores no habían vuelto de la ruta y por tanto los paquetes no estarían disponibles para su retiro sino hasta las dos de la tarde. No quisieron -o pudieron- darme el nombre del remitente, sólo una compañía: Autobuses de La Piedad.

Sólo estuve en Michoacán una vez, hace cuatro años, y no creo haber olvidado nada. No dejé nostalgias ni recuerdos inacabados en ninguna de las tres ciudades que visité. Me quedé con una imagen fabulosa del lago de Pátzcuaro visto desde lo más alto de la isla de Janitzio, el sabor del pescado blanco con tortillas negras y la charanda con jugo de piña y naranja en ollitas de barro. Pero no dejé ningún amigo o alguien que pudiera pensar en enviarme un paquete. Así que no tengo idea de quién me lo envía, y siendo tan naturalmente curioso como soy, confieso que estoy intrigado y que no he podido concentrarme al 100% en las cosas que he hecho el resto del día porque vienen a mi mente posibilidades que descarto y reconsidero al mismo ritmo con que tomo y recibo llamadas y resuelvo pendientes del día.

Obviamente me encantaría que el paquete fuera de ella, pero ella, como sabemos, no es michoacana. Si lo fuera vendería paletas y aguas frescas. Lo único que sé es que es un sobre y que por lo tanto debe contener:

a) Una carta -que espero sea misteriosa y aterradora.
b) Documentos -que espero me hagan heredero de una fortuna de algún magnate remotamente emparentado conmigo.
c) Tarjetas postales -que no necesitan sobre para enviarse y son, por tanto, una opción estúpida.
d) Dinero en efectivo -el cual espero en billetes no seriados y de baja denominación.

Volveré a las 3 en punto a ver qué pasa con ese paquete. Es divertido, hace mucho tiempo no estaba intrigado.

30 agosto 2008

Dibujar un círculo.

Ella le puso nombre a mi computadora, me horneó las primeras galletas que alguien alguna vez hizo sólo para mí, fue la primera mujer que se atrevió a subirse a un escenario y frente a un centenar de gentes decir que me amaba y cantarme una canción -cantaba horrible, cómo lo recuerdo-; dejó la vida privilegiada que tenía -con sus coches, sus casas y sus vacaciones anuales en Europa- por irse conmigo a recorrer la península sin más lujos que el de poder besarnos en todos lados y a todas horas, me besó por primera vez durante la peor de nuestras peleas, me hizo poner tan celoso como para enojarme con ella y hacerle un tango por hablar con un tipo durante varios minutos en un bar, se desveló conmigo muchas noches hasta las 4 o 5 a.m. en uno de esos cafés de 24 horas sólo porque mi horario era nocturno pero al terminar tenía ganas de verla, me hizo aprender a verme al espejo al vestirme y a no ponerme el talco de los pies como niño chiquito, me hizo subir 7 kilos en 4 meses alimentándome con pura comida sana, me ayudó a comprobar mi fetiche por los fetiches, me puso los primeros apodos originales y cariñosos al mismo tiempo, me hizo recuperar la fe en mi propia capacidad de enamorarme.

Luego me dejó y me sumió en la más profunda de las depresiones que he tenido hasta el día de hoy.

¿Qué vale más?

Que me maten si lo sé. Aún hoy, con el tiempo que ha pasado y las cosas maravillosas y terribles que me dejó el haberla tenido a mi lado, no sé si hubiera preferido que jamás se cruzara en mi vida, que jamás hubiera llegado a enseñarme el sinfín de posibilidades cuya existencia yo simplemente había dejado de concebir.

Siempre he dicho que mi vejez la imagino en una cabaña aislada a la orilla de un lago límpido y azul, sentado en un mecedor de bejuco con una escopeta remington en el regazo y las obras completas de mis autores favoritos en los libreros del interior, unos días pensando argumentos para mis propias obras y otros caminando con mis perros por entre los altos pinos de la propiedad. Ella me hizo considerar una vejez distinta, rodeado de hijos y nietos en fiestas ruidosas y elegantes, todos bien vestidos y con modales envidiables. Me hizo confiar en los estereotipos que toda la vida he deleznado y luego reforzó cada uno de esos estereotipos cuando me di cuenta de que me dejaba por las mismas razones por las que se había fijado en mí. Por ser de mundos distintos. Por que yo no quería que ella fuera para mí lo que ella quería ser. Por esto y aquello.

Y aún ahora, cuando el dolor por fin se ha ido y puedo invocar su recuerdo sin que me duela muchísimo el pecho y puedo considerarla libre de nostalgias y rencores y puedo verla exactamente como fue, me doy cuenta de que la quise tanto que la hubiera dejado partirme la vida en todos los pedazos que ella hubiera querido si eso significaba verla feliz y la odié tanto que pude haberla matado con mis propias manos si eso significaba no volver a verla nunca. Pero no la quise a tiempo, ni la odié a tiempo. Así es como suelen pasarme las cosas. Siempre un poco tarde.

Y de repente llegas tú, y vienes con toda esa presencia demoledora y arrastras todo este lastre, el óxido de mis malas memorias, el dolor que me quedaba vivo y encarnado como una infección y me miras a los ojos y me dices que has empezado a quererme a pesar de todo y decides que está bien si yo te quiero y no huyes ante la vista de mis enormes defectos y me abrazas tan despacio y con tanta ternura que me haces pensar que todo, absolutamente todo lo malo que ha pasado no ha sido sino el preámbulo, el pago por adelantado, de toda la felicidad que encierran esas breves horas que paso contigo.

Y a mi me duele, ¿sabes? me duele mucho que a pesar de que tú me quieras tanto como crees y yo te haya empezado a amar tan pronto, todos los días me levanto y pienso que será el último día de tenerte, que hoy sí tendré el valor de pedirte que te alejes de mí, que hoy sí te haré el favor de salvarte de la persona tan dañina que puedo ser, que hoy sí te diré que este NO es para siempre, que te quiero tanto, que estoy tan emocionado con la mujer que eres que simple y sencillamente dejaré que encuentres a alguien que pueda quererte sin cicatrices.

Pero quién chingados soy yo para decidir por ti. Si ni siquiera tomo bien mis propias decisiones.

29 agosto 2008

Si hoy me preguntaran si prefiero Amor sin Sexo o Sexo sin Amor, respondería:

Pero ya saben, yo leí Pixie en los Suburbios cuando aún era muy joven.

27 agosto 2008

Si hoy me preguntaran cómo me siento a una hora de haber terminado mi cuentario, respondería:


Pero claro, todo el mundo sabe que yo soy mucho mejor para las trompadas.

26 agosto 2008

Si hoy me preguntaran cómo fue mi relación con mi ex, respondería:


Pero ya saben, yo soy fan de los Simpson y muy pocos entienden nuestros chistes.

25 agosto 2008

Si hoy me preguntaran por qué me gustan las mujeres con el cabello corto, respondería:

Pero ya saben, soy un voluble y a lo mejor si me preguntan mañana respondo diferente.

Pot & Pastry

Anoche probé, por primera vez en mi vida, un funny brownie. Estuvo muy rico. Gastronómicamente, quiero decir, porque en cuanto a manifestaciones apreciables de las consecuencias, la única perceptible fue que se me secó gachamente la boca y me dio un hambre enorme toda la madrugada. ¡Ah! y me dormí bien rápido y bien a gusto.

Dicen que me desperté en la madrugada y puse los episodios de Felix the cat y me estuve riendo y diciendo estupideces muy divertidas (lo cual es raro porque mis estupideces aunque son muchas rara vez son divertidas). Menos mal que tenía a un lado de mi cama la canasta de galletas que Diana me regaló la tarde de ayer y con las que me saqué el hambre muy a gusto (sopéandolas en coca-cola, weird).

Y bueno, siempre me había preguntado cómo sería andando pacheco. Y pues es una duda menos para mi vida: Me pongo gracioso y buena vibra. Bien dicen que siempre sacas el lado oculto.

Además es muy buenaonda haberme puesto pacheco sin violar mi política de no drogas (¡hey! los condimentos de repostería dudosamente cuentan como drogas, ¿o sí?) y haber despertado sin ningún tipo de resaca o arrepentimiento.

Mi nombre es Monitor, y soy un adicto a los postres. Clap clap clap.

22 agosto 2008

Melomanía y otros deslices que no padezco.

Ayer, cavilando sobre distintas cuestiones mientras preparaba un arsenal de martinis de chocolate, tomé sin darme cuenta por la difícil ruta de las buenas ideas que no escribí a tiempo y que se volvieron, como la leche que se deja sin refrigerar o los planes económicos neoliberales, en cosas que fueron buenas y ya no sirven para nada.

Entre muchas otras cosas, sobresale el hecho de que nunca, en los cuatro años de existencia de esta bitácora que ahora ustedes leen, me he tomado el tiempo para hablar sobre música. Supongo que podría aducir varias razones, especialmente la mayor y más profunda de que no me interesa imponerle a nadie mis eclécticos gustos musicales, ni me interesa tampoco iniciar la discusión que ya he visto en demasiadas páginas electrónicas sobre si un género es mejor que otro o si uno es basura y otro digno de seres divinos o si blarablá.

Pues bien, resulta que ayer, habiendo terminado los martinis y empezado a fabricar media docena de margaritas -las mejores que han probado sus lenguas- llegó a mi mente aquella somera discusión entre dos buenos amigos sobre lo pusilánime que es el lirismo de los géneros "populares" y el añejo conformismo de aquellos que escriben sus piezas. En concreto: Jamás metería las manos al fuego por una composición musical que basa su fuerza poética en esta estrofa

Caminaba un día por la playa
cuando de pronto
me enamoré.

O qué les parece una maravilla de aliteraciones y fuerte metaforización como:

Uno, dos y tres

¡Tamarindo!

Sin embargo, y para regocijo de mis mejores tiempos, puedo rescatar para ustedes pequeñas cápsulas de idolatría que tampoco pasan de ser viles remiendos linguísticos hechos para acompañar a un beat visceral que, en resumen, le haga a uno experimentar el impulso irrefrenable de entregarse al baile. Verbigracia:

Sacúdelo, nena
Tuércete y grita,
sacude, sacude, sacúdelo, nena

¿Daddy Yankee? ¿Don Omar? ¿Nigga? No, queridos lectores míos, intenten John Lennon, Paul McCartney, Ringo Starr o George Harrison, conocidos juntos como The Beatles. Pero bueno, los cuatro copetudos no están solos en esto, continúo.

Viólame
viólame, amiga
viólame
viólame otra vez

¿Alejandra Guzmán? ¿Lupita D'Alessio? Nope. Kurt Cobain & Co. Los Nirvanos, en sus años mozos, antes de que a Kurt le interesara el sabor de las balas de escopeta.

Es una discusión estéril la de establecer si es naco escuchar banda o si es poser escuchar canciones que ni siquiera sabemos lo que dicen -no se me olvida el hit que fue Tu m'as promis- si al final el punto de la música es que cumpla con un cometido cierto en el momento que se le escucha. Un buen Bach cuando se trata de digerir un libro denso, un sabroso Coldplay cuando se clavan cuadros en una habitación recién pintada, un cachondo Barry White cuando se le hace el amor a esa mujer que realmente hace el amor, y ¿por qué rayos no? un tamborazo de la banda el Recodo en una noche de tequilas con esa bella mujer bien agarrada por la cintura.

Hay tiempo para mucho, que no para todo. Yo no me cansaré de exigir de regreso los 4 minutos de mi tiempo que significó escuchar completo la bazofia de Chacarrón tratando de dilucidar si había palabras en algún idioma, o las catorce veces que escuché forzadamente Aserejé por la imposición maléfica del dj de algún bar, ni las muchas veces que me he tenido que chutar la discografía completa de Valentín Elizalde por vivir a tres casas de un taller mecánico cuyo dueño suele ponerse sentimental las madrugadas de domingo.

Pero mientras Voltaire siga vigente, yo seré un empecinado portador de mi reproductor portátil, los audífonos más potentes que tenga a la mano y una buena dotación de burbujas individuales en donde pueda trasladarme del punto A al punto B sin tener que hacer gárgaras de bilis ante los devaneos musicales del prójimo. Dios bendiga al proceso de individualización del ser humano.

20 agosto 2008

Hoy no hay post.

Oh, no, esperen.

19 agosto 2008

De mendicantes, pedigüeños y otros seres necesitados.

Uno de los eventos definitivos en la biografía del Yo narrador que les cuenta esto es sin duda la primera mudanza en solitario de la que fui autor intelectual y víctima principal al mismo tiempo.

Habiendo nacido y crecido en ciudades muy pequeñas -siempre en el valle del mayo-, el arribo a la capital -también pequeña, pero vaya, enorme en comparación- significó el repentino conocimiento de muchas cosas, deseables e indeseables, para un pueblerino que, si bien traía un bagaje cultural muy aceptable, carecía por completo de un bagaje vivencial que le permitiera descifrar los eventos repentinamente cotidianos.

Una de esas cosas, quizá la que mejor recuerdo, fue el aumento drástico de la población mendicante al alcance de la vista. En la ciudad de mis años idos, el viejo Sauce, tenemos algo así como cinco vagabundos; todos ellos tan identificados con la sociedad a la que pertenecen, tan conocidos por los diarios transeúntes, tan relacionados y bienamados por aquellos que de vez en cuando les invitan un taco o una cerveza, que más que vagos o mendigos son símbolos del lugar en la misma medida que la fuente de la avenida principal, el quiosco de la plaza o la tumba del general. Sus apodos son del dominio público y todo el mundo les saluda cuando se los encuentra al amanecer, todavía alcoholizados y saliendo de las fondas taciturnas del mercado público, donde uno se ha zampado la orden grande de menudo con su cilantrito y su cebollita morada picada bien finita o el caldo de cabeza con tortillas de maíz hechas a mano y calentadas en el fogón.

No tienen más que pasear por las calles y tocar alguna puerta para que se les sirva un plato de comida caliente, se les brinde abrigo y conversación, se les pague la siguiente dosis de licor, se les quiera un poquito, lo poquito que necesitan para no morirse de soledad.

Quizá por eso fue que, llegar a Hermosillo, transitar sus calles y encontrarse en cada crucero con un tragafuegos, tres limpiaparabrisas, una mestiza con al menos dos niños pequeños, todos ellos estirando la mano hacia ti, casi exigiendo unas monedas, fue, por decir lo menos, descorazonador. Lo fue mucho más recorrer las calles del centro, siempre con la mochila al hombro, y encontrarse en puertas y bocacalles a los muchos mutilados a los que la polio, la gangrena, una puñalada trapera o, en el mejor de los casos, la genética, había privado de brazos o piernas o cualesquier otro pedazo de cuerpo, de esos que uno no aprecia al cien por ciento hasta que los necesita de verdad. Y todos estiraban la mano, si la tenían, o los ojos lánguidos y la voz apagada, pidiendo sus propias monedas, su caridad pa'l taco, su cambiecito pa'l alcohol, lo que sea su voluntá.

Lo confieso: pecaba de ingenuo. Por pláticas postreras con mi madre me he enterado que de niño no fueron pocas las ocasiones en las que lloré lo necesario para que ella se desprendiera de unas monedas para la viejecita que pedía dinero para el medicamento de una nieta inexistente. Que regalara la comida que nos hacía falta a nosotros para el borrachín que tocaba a la puerta y me decía con los ojos nublados que tenía cuatro días sin comer. Que, en fin, hiciera ella lo que no podía hacer yo con mis cuatro años y ninguna moneda. Ella tenía qué hacerlo, porque de lo contrario le rompía el corazón a su nene favorito y además contradecía todas las oraciones y plegarias que el sacerdote y mi maestra de catecismo se esforzaban en hacerme tragar como jarabe cada sábado y domingo.

Entonces, mis primeros meses en Hermosillo, salía a la calle con los bolsillos repletos de morralla, y literalmente, caminaba como un príncipe Persa, repartiéndolas en cada esquina, deséandole un buen día a cada mendicante, a cada señora con sus bebés empaquetados en la espalda, a cada mengano con una historia medianamente creíble para necesitar de un poco de dinero para resolver sus problemas. Al final, como muchos, terminé por entender que el 90% de los personajes de la trama eran sólo eso: personajes. Mis monedas se habían estado malgastando en thinner, chemo, aguardiente y vivales proxenetas que se dan la gran vida trasquilando crédulos.

Con eso en mente, mi respuesta se volvió más refinada. Si estaba en un puesto de tacos y se me acercaba un escuinclito a pedir lana, le decía: mejor te sientas y te tragas los que te dé la gana, yo los pago. De cien casos, creo que dos me los aceptaron (y se tragaron como 20 tacos cada uno, pero no importa, valió la pena el triunfo) y los demás me dijeron que no, que mejor el dinero y yo les dije que no, que mejor se fueran mucho a la chingada. Si me pedían para medicamentos me los llevaba a la farmacia más cercana a surtir la receta y en ningún caso fue cierto. Si me pedían para un pasaje de vuelta a cualquier punto geográfico les ofrecía llevarlos a la central y pagarles lo que les faltaba sólo por el gusto de verlos subirse en el camión. Nadie aceptó. Nunca.

Tan desilusionante es esta realidad para alguien que creció con una imagen idealizada del mendigo del pueblo, ese viejecito amable y siempre ebrio que soltaba las groserías más arrabaleras que recuerdo y hacía reír a todos con las ocurrencias de su propia desgracia, o aquel loquito manso que bailaba en las banquetas al sonido del carrito de las nieves, que tuve que reformar mi política nuevamente. Ahora la decisión de dar o no dar unas monedas al pedigüeño no depende de lo trágico de su historia, ni siquiera de su capacidad histriónica, sino única y específicamente de la sinceridad. Verbigracia: Si un tipo llega conmigo y me dice "compita, hágame el paro con unas monedas porque ando bien crudo y la quiero seguir", lo más probable es que le patrocine gustosamente una caguama bien helada en la cantina de su preferencia.

En resumen, creo que el oficio de vagabundo, limosnero, pedigüeño y otros derivados y similares no se toma con la seriedad y el profesionalismo que se requiere. Por lo tanto, el oficio de generoso también ha de perder vigencia, por lo menos de mi parte.

18 agosto 2008

Pata de perro, capítulo Guadalajara.

Amanece. Son las 6:45 de la mañana y de pronto soy consciente de que si estuviese en mi ciudad, serían apenas las 4:45. Muy probablemente me estaría disponiendo apenas a dormir, a posar la cabeza en la almohada y desear que en el episodio onírico subsecuente, el escenario fuera la ciudad en la que efectivamente estoy: Guadalajara, Jalisco.

No me dispongo a dormir. Ya lo he hecho; hace unos minutos sonó el despertador, abrí los ojos y vi las aspas metálicas de un ventilador de techo girando activamente con un monótono clac clac sobre mi cuerpo. Mi mente tarda un par de segundos en ubicar geográfica y temporalmente el punto en que ella y su envoltura se encuentran: La habitación 202 de un hotel barato de Hidalgo y Bárcenas, en el mero corazón de la Perla. La cama es espaciosa y cómoda, dos burós la limitan a los lados, frente a ella un peinador con una luna grande y rectangular en la que aprecio la aluminada superficie del espejo reflejando mi cuerpo casi inerte. Sólo la sutil elevación de mi pecho al ritmo en que respiro da señales de vida. Eso y el ventilador, que sigue girando y retocando su clac clac en una monotonía que invita a continuar el sueño.

No es tiempo de dormir. Guadalajara ya respira ahí fuera, tras la enorme puerta de madera que me resguarda de miradas ajenas la costumbre nada noble de dormir en calzoncillos. Salto de la cama con una energía y una presencia de ánimos que rara vez son míos a esta hora de la mañana. El agua fría que cae sobre mi cuerpo reanima los músculos doloridos, resarce la vitalidad de las células y acelera en varios terabytes la velocidad con la que mi mente procesa los datos más recientes. El olor del champú arranca mi sistema olfatorio, se junta con el del jabón y con mi propio aroma, creando una mescolanza enteramente agradable. Las manos con las que realizo la diaria rutina de limpieza se sienten como ajenas, como si fuera tocado por otras manos y no las mías. No tengo prisa hoy, ni siquiera por la ansiedad que late en mis sienes, impulsándome a arrojarme a las calles y caminar por la ciudad, a contemplar los rostros, oler los humores, saborear los guisos, a vivirla.

Termino mis abluciones y me visto de la manera más cómoda posible -los converse de batalla omnipresentes- preparándome para la larga caminata. Cuando por fin dejo la habitación son las 7:15 a.m. y empieza a amanecer un día color índigo. En Hermosillo a esta hora ya habría un sol naranja, un calor de quizá 38 grados, calles repletas de autos, sobre todo en el centro de la ciudad y supongo, un malhumor radiante en mi entrecejo. Reviso: estoy a 22 grados, el sol aún no domina el firmamento y la luz, entorpecida por las nubes entretejidas, es de un azul terriblemente pálido. Tomo el andador Pedro Moreno y camino sin prisa. Green Day toca en el reproductor, Billy Joe canta I'm one of those melodramathic bulls y yo me pregunto mientras ellos le pegan el porqué es el oído el único de los sentidos que no le estoy dedicando de lleno a Guadalajara. Retiro los audífonos. Los vuelvo a colocar. Fuera de la burbuja no hay más que claxones desenfrenados, rugidos mecánicos, pregones de merolicos, canciones de moda anunciando ofertas que nunca estuvieron de moda. El oído no es para la ciudad. Mejor Billy Joe Armstrong versificando suburbeces.

Me detengo en la Calzada Independencia y recuerdo cuántas veces he cruzado este puente que divide al centro histórico del centro histérico: Del otro lado de estos escalones, como en los arcoiris, está la olla de historias que representa el mercado de San Juan de Dios. Cuando vivía aquí venía por lo menos un día de la semana. A veces por películas que entretuvieran mis muchas horas muertas, a veces por ropas que sustituyeran a las que iban acumulándose en el cesto de la que nunca lavé, a veces por dulces y mangos y helados de tantos sabores que no he vuelto a encontrar en ningún lado y cuyos matices se me quedaron para siempre en la memoria y años después siguen siendo los mismos, siguen regresándome el frío y el calor y las nostalgias de aquellos días en los que los probé por primera vez. Cruzo el puente ignorando con un silencio glacial a los promotores que me ofrecen volantes y mercancías bara-baras, refugiado en la excusa de Minority que amenaza mis tímpanos y me deja abstraerme de las voces zalameras que ofrecen las diez baterías por diez pesos y los cuatro rastrillos gillete por nada más quince varitos y la práctica pluma que además le contiene una linterna con una potencia de 25 vatios y que yo tengo órdenes de ponerla al alcance de su bolsillo por la módica suma por la ridícula cantidad por la irrisoria erogación de nada más cinco pesitos.

Cuando entro a San Juan apenas van a dar las 8 de la mañana y de pronto soy consciente de que nunca he venido tan temprano al enorme bodegón de tres niveles donde se oferta todo lo humanamente imaginable. Lo soy todavía más cuando atravieso el primer pasillo y me impacta la vista de un túnel horizontal de cien metros de cortinas de acero color rojo cerradas y aseguradas con grandes candados dorados. La imagen, por su simetría, es hermosa. Camino a pasos lentos, imaginando una escena casi perfecta para el cortometraje que tenemos seis meses planeando y cuando llego a la primera encrucijada de la trama, llego a la primera encrucijada de pasillos y volteo a izquierda y derecha sólo para encontrarme con otros dos pasillos iguales al que recorro. Un escalofrío me delata: estoy sufriendo la fobia del laberinto. Recuerdo aquella ocasión en la infancia en que estuve perdido por unos minutos en una casa de los espejos y en la que encontré la salida por un golpe de suerte pero juré no volver a entrar mientras me quedaran fuerzas para evitarlo. No sucede lo mismo; he recorrido San Juan tantas veces que podría salir de él o encontrar un puesto en particular con los ojos vendados, guiándome sólo por los olores y los ruidos.

Alrededor del patio central encuentro los únicos puestos abiertos: Dulces típicos, fruta, a lo lejos las grandes lonjas de carne recién fileteada, más allá los aromas de los guisos de las fondas nocturnas. Compro pequeñas cosas aquí y allá para llevarlas de recuerdo a mis amigos de Sonora, converso como siempre con la gente de los puestos, les invento historias y dejo que ellos inventen otras para mí. En cierta forma pago más por las historias de ida y vuelta que por las mercancías que al final ni siquiera he de quedarme.

A las nueve de la mañana, mientras los comerciantes trasnochados empiezan a subir sus cortinas, acomodar las mercancías en los mostradores, poner las canciones con las que se animarán la jornada, inician sus diálogos de todos los días con una frescura y una improvisación que hace pensar que es la primera vez que los sostienen, pero en realidad es el jazz de lo cotidiano, las pequeñas notas de felicidad en la vida que uno adopta y a la que sólo de vez en cuando se le agrega un solo de saxofón que quizá arranque una risa al amigo del puesto de junto, a la señora que vende borrachitos o al talabartero retirado que ahora ofrece sus huaraches labrados al son que le toquen. Yo empiezo la retirada, un poco triste de que todo esto -este mundo que aprendí a hacer mío en los días que lo habité- siga quedándose aquí cada vez que me voy. Vuelvo sobre mis pasos -en Pedro Moreno el comercio apenas empieza a respirar el nuevo sol- un tanto dubitativo, considerando y desechando ideas sueltas para un cuento tristealegre.

Camino hasta el café de Alcalde, cruzo la puerta, elijo una mesa junto al ventanal, para seguir viendo la vida mientras recupero un poco la mía con el olor del americano, los muchos platos de fruta que viajan hacia las mesas, la voz musical de la mesonera que ofrece el menú y más cafecito y los arpegios sutiles del sonido ambiental. Tomo estas notas sueltas en mi libreta de apuntes y luego levanto la vista y la veo entrar a ella al café, su hermoso cabello café dorado suelto a ambos lados del rostro, su saco de marinera, los jeans ajustados. La veo caminar por un tiempo, todo el tiempo posible hasta que ella también me ve a mí y me sonríe.

Podría acostumbrarme. Sin duda, podría acostumbrarme.

17 agosto 2008

Variaciones sobre un tema del maestro.

Hace ya algunos años, en los tiempos idos de la facultad de derecho, se conformó alrededor de una banca de concreto una logia de amantes del arte en todas sus presentaciones a la cual tuve la suerte y el gusto de pertenecer. Como lo he dicho ya hasta la monotonía, yo crecí en una ciudad muy pequeña y en una época muy estática de la misma, en la que ni siquiera el intercambio comercial era una vía de consolación para obtener el acceso a las expresiones artísticas más valiosas, contemporáneas o atrasadas. En ese sentido, la biblioteca pública, un recinto de unos veinticinco metros cuadrados con no más de mil volúmenes de literatura universal, era el único oasis posible para un perro sediento de letras como era este que escribe en la infancia y posterior adolescencia.

La logia, que nunca se llamó así, tuvo siempre una conformación mínima de cinco integrantes y nunca mayor de diez. Puedo decir con certeza que las piedras angulares, vaya, los pilares -me pudre esa conceptualización- del grupo fuimos Otto Gómez Esperón-poeta, cinéfilo, amante de la danza y prosista ocasional-, Alejandro de la Rosa -Poeta de inspiración, promotor cultural, descubridor de cine de arte y gurú de los lugares baratos- y un servidor -chaparrito, moreno y de cejas pobladas-. Por cuestiones y azares de la vida, de esos que nunca son azares y rara vez cuestiones, soy el único que sigue tomándose en serio esto de juntar letras y ofrecérselas a los ojos críticos para su consideración.

El caso es que el grupo -en el que por supuesto había quien no practicaba ninguna expresión artística pero las disfrutaba todas o casi todas- solía reunirse los viernes en casa de cualquiera de los miembros para tener unos maratones de cine independiente (y podría decir artístico, pero todo el maldito cine es artístico, por eso el cine es un arte y no me vengan a felar con que Hollywood y la basura y la mamá de supermán porque no es lugar ni momento). Y fue en uno de esos viernes (viernes bélicos, se llamaban) en que empezó la tradición de robarnos para siempre frases de las películas que veíamos durante horas y usarlas por todo y para todo en las grandes bacanales, en la juerga campechana y en la mañana automática que generalmente empezaba los lunes.

Es mítico en las cada vez más escasas reuniones de la banda, que Otto de pronto se levantaba, ya sosegado por los humores de varias cervezas y empezara la arenga citando a Oliverio. "Me importa un pito que mi mujer tenga los pechos como magnolias o como pasas de higo", Alejandro/Zinho le siguiera diciendo: "Una piel como de durazno o como papel de lija"; de nuevo Otto: "Un aliento afrodisíaco o un aliento insecticida"; y luego este que ahora se los cuenta: "Soy perfectamente capaz de soportar una nariz que ganaría el primer premio en un concurso de zanahorias". Todos o casi todos reían por la cada vez menos sorpresiva ocurrencia y luego se hacía el breve silencio en el que Otto lanzaba el melancólico remate: "Pero eso sí, y en esto soy irreductible, por ningún motivo y bajo ninguna circunstancia les perdono que no sepan volar. Si no saben volar, pierden el tiempo conmigo".

La cita, por si alguien está perdido, es de "El lado oscuro del corazón", cinta de realización argentina, con dirección de Eliseo Subiela (Hombre mirando al sudeste, su obra más premiada) y en la que seguimos a Oliverio (magistralmente encarnado por Darío Grandinetti) en una cruzada contra la normalidad y el estereotipo cotidiano del amor, buscando por toda la ciudad y por la vida a una mujer que lo haga volar cuando hace el amor. El guión -que cuenta con una infinidad de citas de Oliverio Girondo y Mario Benedetti (que también tiene un cameo en la película)- nos lleva de una forma tranquila y reposada, a veces incluso divertida, a recorrer la gama de clichés que las relaciones de pareja se ven obligadas a enfrentar por convencionalismos sociales, por simple acondicionamiento, por tantas y tantas razones siempre insuficientes. La muerte, interpretada por Nacha Guevara, es la fiel perseguidora de Oliverio, charla con él en bares y cafés, lo seduce y le recuerda siempre que si no aprende pronto a volar será ella quien lo espere por las noches en su cuarto. Al final, y como era de esperarse, Oliverio encuentra a su maestra de vuelo escondida bajo la piel de una prostituta (Ana) que lo lleva a volar desde su cama por sobre techos y azoteas.

Yo vi la película por primera vez en mi departamento, auspiciada por Zinho, como siempre, y un par de años después, de nuevo gracias al mecenazgo del señor De la Rosa, me llegó a las manos la segunda parte, la cuál, si bien no aspira a la intensidad emocional de la precuela, sí supera con creces los alcances líricos de la misma.

Y bueno, después de este largo, larguísimo prefacio, entramos en materia: La gravedad horizontal.

La muerte acosa a Oliverio, baila tangos con él, le habla al oído. "Ya no seré yo quien te persiga- le dice- ahora será él". Un motociclista con casco velado: El tiempo. Así nace de la mente de Oliverio la obsesión por la gravedad horizontal. La gravedad vertical, la que todos conocemos, es la fuerza con la que nos jala el planeta -una aceleración de 9.8m/seg- hacia abajo. La gravedad horizontal es la fuerza con la que nos jala el tiempo hacia adelante -1seg/seg-. El hombre ha inventado todo tipo de artilugios para escapar a la gravedad vertical: aviones, propulsores, naves espaciales. Pero la gravedad horizontal sigue siendo de una eficacia irremediable. Vamos siempre, sin pretenderlo, sin evitarlo, hacia el futuro, hacia la vejez, hacia la muerte.

¿Cómo remediarlo? ¿Cómo burlar la gravedad horizontal? ¿Cómo avanzar en el tiempo sin ser absorbido por él? Esa es la duda que esta vez carcome al poeta, deambulando por las calles de una ciudad nueva, enamorándose de una funambulista que escribe versos en paredes y cortinas, en la piel de sus brazos. No les arruino el final -véanla, yo les prometo que les gusta- pero es maravilloso. La respuesta es de una simplicidad tan sublime, de una lógica tan a prueba de fallos que ni siquiera te permite opinar; sólo sonríes y dices: ¡claro!

Dicen que todos los que escribimos, pintan, tocan, esculpen, fotografían o de cualquier manera construímos, somos las personas con el mayor miedo de la muerte. Nuestro impulso creativo no es más que el miedo de morir y ser olvidados, dejados atrás, nada más que un recuerdo en pocas o muchas memorias que también terminarán por extinguirse. La búsqueda por la trascendencia es nuestro único brebaje contra el miedo. Morir para ser recordados, seguir en cierta forma vivos, presentes, quizá incluso queridos. Sólo nos quedamos con aquello que damos, dicen, y lo poco que podemos dar es esto, este puñado de palabras, este mosaico de imágenes al óleo, esa catarata de notas musicales.

¿En cuanto al tiempo? Les contaré: Hace tres días perdí un vuelo. Llegué cuatro minutos tarde al aeropuerto y ya no me dejaron abordar. Hice las averiguaciones pertinentes y resultó que el siguiente vuelo factible era hasta el día siguiente. En teoría, suena a que perdí más que un vuelo, perdí veinticuatro horas en una ciudad mientras debía estar en otra poniendo orden en el trabajo, avanzándole a la rutina, siendo otra vez el de siempre. En teoría. En realidad, jamás gané tanto al perder algo. A veces la felicidad te juega esta clase de bromas, a veces el tiempo es cómplice de las travesuras que hace Dios para recordarte cuánto le importas.

Tengo la felicidad en una cajita de metal, partida en muchos pedacitos de papel. Tengo la felicidad en forma de una fotografía en el anverso de mis párpados que veo cada vez que cierro los ojos. ¿Perder el tiempo? No, amigos míos, eso nunca.

16 agosto 2008

De cómo no morí por cuarta vez.

Alguna vez relaté aquí mismo -en forma de cuento breve- las tres ocasiones en que la muerte, esa ósea burócrata de las oficinas de lo eterno, me ha enviado citatorios que la vida, esa rebelde sin inhibiciones, me ha evitado cumplir. Pues bien, hace casi una semana recibí el cuarto y esta vez, por ser yo mayor y un poco más consciente, creo que ha sido la impresión más profunda hasta el sol de hoy.

Nadaba en Manzanillo, el día era de nubes, cielo gris, vientos encontrados. El oleaje ligeramente embravecido derivando en corrientes bastante más fuertes que las del mar tranquilo y manso de mi infancia. Con el nivel del agua por los hombros, me entretenía en capotear las olas de cuarenta a sesenta centímetros que reventaban a escasos metros de mí y de vez en cuando en bromear con los muchachos sobre anécdotas viejas y nuevas. Recuerdo con certidumbre que cerca de mí nadaban Lala, Toño y Jesús -tres tapatíos muy recientemente conocidos- y que justo por esos momentos yo pensaba que aquello se parecía mucho a la dicha. Entonces ocurrió. Una ola apenas más grande -sería de quizá ochenta centímetros, me sumergió totalmente y el jalón intenso de la marea de reflujo me llevó casi un metro más allá de donde estaba, hacia el fondo. A juzgar por el declive natural de la arena, no debía haber problema, pues el agua debía darme a -quizá- el mentón, pero Poseidón se sentía bromista y en lugar de pisar normalmente, mis pies se fueron varios centímetros más abajo: era un hoyo que recibió la mitad de mis piernas, dejándome por ahí de medio metro bajo el agua, con muy poco aire en los pulmones.

Mi primer instinto fue saltar, sacar el rostro del agua y jalar oxígeno que me permitiera una reacción más serena. Sin embargo, a pesar de que mi salto en el agua siempre ha sido bastante bueno, apenas y alcancé a estar una fracción de segundo fuera, inhalar casi nada y de vuelta al silencio lapidario del mar. Me asusté. Me asusté todavía más cuando me di cuenta que, lejos de luchar en el mismo lugar, la corriente había empezado a jalarme más hacia dentro. Volví a saltar y esta vez logré aspirar casi la bocanada completa, llevé mi cuerpo a la posición horizontal y comencé a bracear hacia la costa. Toño, a unos cuatro metros de mí, debe haber notado mi rictus de preocupación, porque me gritó: "¿Estás bien?" "Sí"-recuerdo que contesté- "Caí en un hoyo y no tenía aire, pero ya bien". Error. Confiado en mi confianza, Toño empezó su propia salida -la corriente ya era obviamente homicida, todos los bañistas empezaban el abandono de las aguas- y yo seguí nadando con la vista al sol, con la garganta un poco estragada por la sal.

Creo que el verdadero miedo empezó cuando me sumergí por tercera vez, golpeado por una ola grande y pesada, y cuando recuperé la vertical y salté para asomar la cabeza, me di cuenta que los cuatro metros que me separaban de Toño se habían duplicado: La marea me había estado manteniendo en el mismo sitio a pesar de que nadaba con mis pocas fuerzas. En la desesperación de quien se siente de pronto en peligro de morir, me di tiempo de escuchar mi respiración y ahí estaba el chillido del asma: mis pulmones se pasaban al bando contrario. Me sumergí voluntariamente por última vez, me impulsé hacia el frente y nadé con todas mis fuerzas. No tenía ningunas ganas de entregar los converse en esa inmensidad salada y voluntariosa.

Nadé por un par de minutos antes de que se me terminara el impulso del oxígeno. Cuando me detuve a flotar, me di cuenta, esta vez con pánico genuino, que me había alejado un poco más de la orilla. Una ola repentina me empujó hacia el fondo y al salir sólo escuché el lejano grito de Lala: "Ay, no maaa-mes". Giré rápidamente la cabeza para ver la razón: una ola de casi dos metros de alto y unos doscientos kilogramos de fuerza reventó sobre mi cuerpo y me envió definitivamente al fondo, ya sin aire ni fuerzas para pelear.

Había llegado a Manzanillo menos de 24 horas antes. Había volado dos horas, recorrido cuatro más por carretera, tenido un par de semanas de doble trabajo para dejar todo estable en los escasos días en que mi ausencia podía ser un problema, había administrado mis finanzas de la mejor manera posible para que los imprevistos no lo fueran, había dormido mal y comido peor. Y de pronto me golpeó la idea de haber hecho todo eso como los preparativos finales de mi muerte.

¿En qué se piensa cuando uno es consciente de que va a morir en cuestión de minutos? No sé decirlo con certeza. En mi caso, el único del que puedo hablar fehacientemente, sentí una especie de aceptación, rabia, una tristeza infinita y varias ideas sueltas que supongo, fueron al mismo tiempo el impulso final. Pensé al mismo tiempo en la sonrisa de mi pequeño enano cuando tenía un par de meses de nacido, pensé en los labios de ella -los labios que creía haber conocido pero en realidad aún no termino de conocer- pensé en una plenitud literaria que aún no llega y que, de haber muerto entonces, no habría llegado nunca, y pensé que había valido la pena ir a morir a ese mar y a ese minuto, si era el precio por vivir tanto amor y tanta vida y tantos sueños.

Luego no pensé más, porque la inconsciencia empezó a abrazarme y a contarme maravillas de las blancas praderas de la muerte, donde el descanso se prolonga hasta más allá de los atardeceres y el horizonte sigue difuminándose aunque uno se acerque y se acerque y se acerque.

Yo no pude acercarme más, porque justo entonces sentí una fuerza ciclópea arrojándome por las piernas hacia el frente, sentí mi cabeza salir del agua, mi cuerpo jaló aire por puro instinto, abrí los ojos y vi venir otra gran ola. La monté y con unas fuerzas que no sé de dónde salieron, nadé sobre ella por algunos metros. Cuando esa repentina energía terminó, me di cuenta que ya podía pisar la arena y mantener mi cabeza fuera del agua. La marea, aunque seguía siendo muy fuerte, ya no me arrastraba hacia adentro, sino sólo entorpecía mucho mi salida. Sentía que había hecho gárgaras con hojas de afeitar, me temblaba todo el cuerpo por el miedo y cada uno de los músculos del cuerpo me punzaba. Pero estaba vivo.

Lo siguiente que recuerdo es que estaba tirado en la arena mirando al cielo y pensando en lo maravilloso que es Dios cuando decide hablarte directamente.

Me contaron que Jesús -que fue quién me dio el empujón submarino que a la postre me salvó la vida- tuvo que nadar varios metros para llegar hasta mí y que incluso él -que es uno de los nadadores más diestros y veloces que he tenido oportunidad de ver, tuvo dificultades serias para salir del punto donde yo estuve a punto de doblar para siempre mi bandera. Vaya desde aquí mi sincero y eterno agradecimiento para él.

Y pues nada, sigo vivo. Sonrío, me entristezco, duermo, despierto, como, y hago las cosas como normalmente las hago. Pero lo acepto, algo es distinto. No sé si sea el descubrirme de pronto otra vez tan frágil, no sé si sea el haber visto de nuevo a las órbitas vacías de la helada Átropos, o si sea el haber descubierto, casi al mismo tiempo, que estoy rabiando de amor desde hace tiempo, pero de pronto la vida es mucho más bella. Y eso, incluso para la vida, es un gran mérito.

03 agosto 2008

Sullivan.

-¿Sullivan? ¿En serio? ¿Sullivan?

Yo era un apocado, pero Sullivan era una sabandija. Un menos que nada, un ninguno. Yo era parte de la otredad, un olvidable. Lo que fuera, siempre y cuando eso no significara alguien como Sullivan. Él bebía café –amargo, humeante- mientras yo daba sorbos esporádicos a una infusión de hierbas. Yo era un animal de hábitos, pero el café, por el solo hecho de ser preferido por Sullivan, se me volvía un brebaje despreciable. Los dos fumábamos, pero no la misma marca de cigarros. Sullivan fumaba unos americanos que costaban bastante más que mis delicados sin filtro, y los fumaba poniéndolos entre el anular y el cordial, inhalando profundo y con un notorio deleite antes de exhalar. Yo encendía un cigarrillo con la brasa de la colilla del anterior, y los liquidaba con prisa, sin ningún disfrute especial. Sólo buscaba el residuo amarillento de la nicotina, todo lo demás me daba igual, incluido el rito estilo western al aventar el humo.

-Sí. Sullivan Pérez.

Yo odiaba el nombre Sullivan. Odiaba el apellido Pérez. Yo hubiera odiado todo lo que oliera o sonara como el mequetrefe de Sullivan, ese eslabón perdido entre el excremento y el ser humano. Mientras la ceniza del cigarro iba acercándose con parsimonia a la yema de mis dedos, yo sólo pensaba en dejarla quemarme. Quería sentir el ardor escociéndome los pulpejos. Yo quería castigarme por estar ahí sentado frente a Sullivan, escuchando sus disertaciones sobre la vida disipada de los políticos locales mientras ostentaba en sus bigotes cobrizos algunas migajas de pan dulce. Pero yo era un cobarde sin resistencia al dolor, así que me castigaba pensando, sólo pensando, en las mil maneras en que podría liquidar a Sullivan sin resultar inculpado.

-¿Los gemelos?

-Pablo, el menor, tiene asma.

Estaba seguro que nadie más lo odiaba. Sullivan era un hombre bueno, probo, trabajador, padre responsable de dos hijas con su primera esposa y un par de gemelitos con la segunda. Había tenido la decencia de no llamar Sullivan a ninguno de sus vástagos y eso también era una prueba de su desprendimiento. Pero a mí me molestaba aquel casi viejo metido en su traje de desgastado casimir, que bebía de su café y hacía un breve gesto de asentimiento al pasar el trago, como aprobando el sabor del líquido. Yo solía beber café en ese lugar, y sabía que era infame, por eso me molestaba todavía más el gesto aprobatorio de Sullivan, mientras yo me resignaba a otro sorbo del despreciable té de quién sabe qué chingados que me había traído la mesera.

-¿Sabes que en Ciudad de México el lugar de las putas es una calle llamada Sullivan?

Yo nunca había ido más allá de la tercera página de la biblia. Detestaba la idea de que se pudiera rastrear mi linaje por generaciones infinitas hasta Adán o, por ejemplo, Moisés. Si desde la infancia me era repelente tener que besar a ancianas decrépitas y olorosas a talcos de alcanfor que mi madre insistía en presentar como mis tías, la sola idea de un billón de ancestros me provocaba arcadas. Ni siquiera sabía el nombre de mi bisabuelo y olvidaba constantemente el de mi bisabuela, aunque la había visitado todos los domingos de la infancia e incluso alguna vez la había besado sin que me ofrecieran dinero a cambio. Creo que estuve cerca de quererla, pero prefirió morirse a permitirlo.

-Por supuesto que lo sé. No sabes cuánta gente piensa en sorprenderme con ese dato. Yo he estado tres veces en la ciudad y alguna vez en Sullivan.

Mi última mujer me había dejado dos meses antes, cuando mis infidelidades se volvieron ofensivas además de excesivamente obvias. Había tenido la dulzura de acomodar muy bien mis cosas en el clóset, ordenar todos mis libros por orden alfabético y lavar y planchar mis mejores camisas. Antes de salir de casa me escribió una carta explicándolo todo y estoy seguro que escribió en ella cosas maravillosas. Lamentablemente no pudo resistir la grosería de prenderle fuego al resto de mis posesiones, así que nunca he de saberlo con certeza. Nunca contraté a una prostituta. Confieso que soy tímido y también que les tengo un respeto gigantesco.

-A mí no me gusta ir al D.F. Demasiada gente, demasiado ruido.

Mi traje era Ermenegildo Zegna. Gris ónice. La corbata –rosa pálido- era Carolina Herrera. Los zapatos Manolo Blahnik, la camisa Christian Dior, el perfume Hugo Boss. Yo llevaba tantos nombres encima que hubiera pasado por la guía telefónica de una ciudad pequeña. Me gastaba la mitad de mis ingresos en vestir bien y la otra mitad en pagar abogados para negarle a mi ex esposa hasta el último centavo. La perra me deja y espera que le pague los tragos a sus conquistas. Preferí hacer rico a un pendenciero que por lo menos no me escamoteaba los elogios. La camisa de Sullivan era de esas blancas de cien pesos, manchada de huevo cerca del bolso y de mostaza en el cuello. Procuraba taparlo con el saco, pero, como en toda su vida, no tenía éxito. Los pantalones tenían el lustre del uso y los zapatos estaban curtidos por el sol y las caminatas. Yo odiaba a Sullivan.

-¿Cuánto dinero?

Yo no creía que fuera cuestión de dinero. A imbéciles como Sullivan no les interesaba tanto la plata como su reputación. Pero el manual decía que había que ofrecer dinero y también decía que si vas a ofrecer dinero, ofreces mucho. Demasiado. Más de lo que puedes pagar. Sullivan quería ser un prócer, un mártir, una bandera de la causa. Y no le importaba comer migajón durante un año ni sacar de la preparatoria católica a su hija menor con tal de conservar impoluta su estatua de último periodista incorruptible del país. Me asqueaba Sullivan, sus remilgos, su decencia casi verosímil.

-Ya sabes que ni siquiera te voy a contestar. La nota sale mañana, sin falta. Primera plana, ocho columnas.

Yo no leía los diarios. Me enteraba de las noticias en el café o en alguno de los bares a los que me invitaba el comité del partido o a los que llevaba a las secretarias de mis colegas. Fingía estar enterado o al menos interesado, porque eso facilitaba mucho el momento de arrancarles las pantaletas. Yo era un romántico empedernido.

-Ningún diario te va a publicar eso, Sullivan.

-El diario es mío. Mañana, en primera plana. Ve pensando en tu contra campaña.

Mi último regalo para Susana, antes de que ella decidiera resolver nuestros problemas con un galón de gasolina y un cerillo, habían sido las obras completas de Dostoievsky. Susana era pintora y tenía tanto talento que dolía verla paseándose conmigo en bazares de caridad y exponiendo en galerías esnob que le pertenecían a amigos de mis jefes. Dolía verla vendiendo óleos en miles de pesos y creyendo que eso era la vida. Dolía verla enamorada de un pelmazo que conseguía mujeres en sus exposiciones y apuntaba teléfonos en la parte de atrás de sus facturas. Yo amaba a Susana, tanto como para obligarla a dejarme para siempre. No quería verla con alguien como yo.

-No habrá contra campaña, Sullivan. Nadie le hace caso a tu periodicucho.

-Esto es grande. Y lleno de mierda. Pasado mañana estará a nivel nacional.

A Susana le gustaba leer a los rusos. Usaba un Martini seco para tragarse dos tabletas de prozac antes de sentarse a leer y a mí me gustaba verla en el mecedor de la terraza, a la pálida luz que permitían las persianas de bambú. Yo leía a Donald Trump y a Sartori, y mezclaba a Maquiavelo con Coelho. Susana leía en ropa interior, con la copa empañada del Martini siempre en la mano. Para pasar la página se colocaba el libro en el regazo y se humedecía el dedo con el trago. Susana era una bestia en la cama y la única razón por la que me soportó durante años fue porque yo era un bastardo egoísta que basaba el placer propio en los decibeles que alcanzaban sus gemidos.

-Podemos ofrecerte otras cosas.

-No quiero nada de ustedes. Tú eras un buen tipo, incluso cuando trabajaste para mí. Lo que te paguen no vale por tu alma.

Yo nunca fui cursi, ni tampoco un buen tipo. Odiaba los gatos y cuando niño me gustaba llenarlos de queroseno y verlos arder; reventaba sapos a pedradas; hacía llorar a los niños gordos y a una niña medio bizca de la que siempre estuve enamorado. Yo era un fanático del sabotaje emocional. Un terrorista de mí mismo. Yo era Al-Qaeda y mi humanidad era Nueva York. Ordené otro té y un poco de miel de abeja. La mesera tenía piernas de esclava negra. Decidí que no me iría del café sin su teléfono.

-Entonces deja las aproximaciones y dime lo que quieres.

-No quiero nada. La nota sale mañana. Sin remedio.

Jamás hubiera podido distinguir a Tolstoi de Dostoievsky, aunque estaba seguro de haber leído a alguno de los dos, pero me gustaba el jazz suave y los ocasionales alegros virtuosos con los que Susana acompañaba la lectura. Me gustaba despertar todavía semi noqueado por el valium y ver la media luz que su lámpara esbelta de lectura proyectaba hacia la habitación y la punta finísima de su pie del cuatro y medio balanceándose en el vano de mi puerta. Me gustaba como se oía el chorrito de vermut cayendo entre los hielos cuando hacía la pausa del cambio de capítulo y aprovechaba para prepararse otro Martini. Me gustaba que fuera tan pretenciosa como para no poder beber café o un sencillo vaso de agua. Yo amaba a Susana, la hubiera apuñalado hasta la muerte con el mejor de mis picahielos si la descubría mirando a otro. Pero ella sólo me miraba a mí. Así de arrogante y de idiota era Susana.

-Reconsidera, Sullivan. No quisiera ver a la jauría refocilando en tus restos putrefactos. No serías el primer periodista que muere por la causa. Ni siquiera el más importante.

-No me voy a dejar amedrentar. Ya sólo los narcos matan periodistas. Y tu jefe no es narco, aunque es lo único que no es.

-¿Y los gemelos? ¿Y Laura?

-Por ellos.

Me quemé la lengua con el té y eso me terminó de amargar el humor. Sullivan había dejado de mirarme y se entretenía mirando sin recato a una pareja que discutía tras el ventanal. El tipo abofeteó de pronto a la mujer –una casi adolescente, maquillada para ocultarlo- antes de jalarla por el brazo y meterla en un Pontiac azul. Vertí miel en la cuchara y comencé a lamerla lentamente para paliar el entumecimiento de la lengua. No sirvió. Sullivan me ofreció uno de sus cigarrillos.

-¿Qué vas a hacer cuando te encuentren? Valles va a ganar, con tu nota o sin ella. Es más, te aseguro que ya hay veinte especialistas dedicándose a utilizar tu nota para engrandecerlo. No te sorprendas si le regalas un par de puntos de ventaja en las encuestas de pasado mañana.

-Si Valles gana yo me voy de esta ciudad de mierda.

La pareja del Pontiac azul había empezado a besarse con frenesí. La mano de él vagaba desde hacía minutos por debajo de la blusa de ella, le apretaba los pechos.

-Espero que no escojas el D.F.

Sullivan no pudo evitar la carcajada. Tosía entre espasmo y espasmo, soltando pequeñas trazas de humo. Yo fumaba el cigarro que me había ofrecido y procuraba guardarme mucho tiempo la exhalación. Era un tabaco rubio y suave, apenas placentero. Sullivan fumaba buenos cigarros. Bebía pésimo café y se vestía en tiendas departamentales. Era un acertijo que yo no tenía tiempo de resolver.

-Yo invito.

-No.

-Es mi dinero, no de ellos. Yo invito.

-Tú no tienes dinero.

-Éste es mío.

Pagué con la tarjeta de crédito. Sullivan estuvo de pie todo el tiempo, fingiendo que leía las portadas en las revistas de política que rodeaban a la cajera. En realidad husmeaba que no pagara con la corporativa.

-Salúdame a Susana.

-Nos divorciamos.

Susana y su padre no se hablaban desde hacía cinco años, cuando ella se casó conmigo. Sullivan era un hombre orgulloso y ella una rebelde compulsiva. Nunca averigüé si se había casado conmigo por que me amaba o porque no podía dejar de desafiarlo. Nunca olvidaré tampoco que tuve que encañonarlo para que dejara de abofetearla. Hubiera dado mi brazo izquierdo porque le diera el último manotazo para jalar el gatillo sin remordimientos, pero Sullivan era un miserable que me negó hasta ese gusto.

-Quemó nuestro departamento. Tu desayuno y tu café se pagaron con el seguro.

No me respondió. Garabateó trazos en una agenda de piel y arrancó la hoja para dármela.

-El número de cuenta del diario. Doscientos cincuenta, ni un peso menos.

Sonreí. El Pontiac azul acababa de dejar la acera y se encaminaba a hacer un alto breve en el semáforo de la esquina. Lo imaginé entrando a cualquier motel de la 51 y luego imaginé al tipo golpeando a la colegiala entre jadeos y aullidos.

-Te llamo mañana en la mañana, pero es un hecho.

Tomó el primer taxi que se detuvo y no volteó a mirarme. Lo vi desaparecer en el mismo semáforo que el Pontiac, encendiendo otro cigarrillo rubio. La mesera de las piernas me miraba a través de la doble hoja de cristal con una sonrisa promisoria. Me dio su número en la misma hojita de papel en la que Sullivan me había anotado los suyos. No le di vueltas al asunto hasta que tuve que buscarla para autorizar el depósito bancario. Era la cuenta de Susana.

Lo encontraron cerca del kilómetro doce, por la 51. Tenía una bolsa de lienzo atada con cordel a la altura del cuello y seis tiros en el pecho. Nadie en la agencia tuvo absolutamente nada qué ver. Llamé a Susana media hora después que me confirmaron la noticia. Yo odiaba a Sullivan, odiaba su decencia casi verosímil; pero amaba a Susana, no hubiera podido pensarla sufriendo a solas. Antes de encontrarla en el bar de siempre me aseguré de tener al día el seguro de mi nuevo apartamento. Tampoco era cosa de volverse loco.

02 agosto 2008

Relaciones de pareja y ferias de pueblo.

El rito del cortejo malentendido es como el tiro de dardos, aquel en el que hay una pared llena de globos y tienes que reventar 3 con 5 proyectiles. Uno lanza sus mejores intentos buscando las áreas sensibles de aquella tras cuya osamenta va y espera reventar algunos y probablemente recibir un lindo patito de felpa al final.

Las relaciones destructivas son como el barco vikingo o el tren lunar: uno sabe que va a terminar mareado, con el estómago hecho nudos y los ojos llorosos, pero es tan encabronadamente divertido que se sube de todos modos.

Las relaciones de mucho tiempo, esas de las que se dice son"por costumbre", son como el carrusel de los caballitos, aburridas, circulares, con muy leves subidas y bajadas, pero quienes están trepados siempre considerarán mejor eso que estar mirando desde abajo cómo se divierten los demás.

Las relaciones por atracción puramente sexual son como el circo de fenómenos, la casa del terror o el laberinto de espejos: Uno sabe muy bien que no va a encontrar nada verdadero ahí, pero sí se va a llevar un par de sustos y buenas sorpresas. Adrenalina mata.

Y el amor verdadero se parece mucho al juego de canicas: No importa cuántas veces lo intentes, cuánto falles o en qué huequitos caigan tus esferas: siempre te quedarás el premio y la sonrisa.

31 julio 2008

¿Hola?

Y es que es bien raro, ¿sabes?, porque yo ya te conozco, o sea, no es tanto que te conozca sino que ya hemos convivido, ¿si me entiendes?, y por eso se supone que la cosa no se trataría tanto de "oye, estoy nervioso, mira" sino mucho más bien de "hey, qué gusto verte otra vez", pero no es así, la cosa es actualmente el mirar el reloj e incluso el calendario y considerar de cuántas maneras distintas se me ha revuelto el estómago hasta ahora pensando en ese momento preciso en el que verte de nuevo ya no sea un momento largamente esperado sino el evento preciso que está sucediendo a todo nuestro alrededor y peor aún dentro de nosotros, porque nosotros ya no es sólo una palabra, sino a lo mejor hasta toda una figura y por eso me siento como que no sé muy bien lo que siento cuando miro tu sonrisa y te brillan los ojos y pierdes la mirada en cualquier punto impreciso y tus labios van de nuevo hacia las mejillas y dices cualquier cosa sólo para disimular que no quieres decir nada, sólo seguir sonriendo, verme como sabes que yo también te veo, seguir siendo tonta, muy tonta, como yo.

Por eso es tan raro pensar en volar y dejarlo todo, despegarse del mundo que es ese "todo" para buscar el mundo que realmente podría serlo "todo" basado en suposiciones tan carentes de bases, tan ausentes de fundamentos lógicos, tan descabezados y puzzleformes, tan parecidos a todo lo bueno que ha sucedido en mi vida, a todo lo que alguna vez me ha hecho feliz. Sí, soy complicado, sí soy tan rubikpoliédrico como siempre, a pesar de clamar que he aprendido mucho y a pesar de sentirme tan feliz siendo infeliz -o quizá por eso- de no ser completamente complicado (aunque por tu culpa ahora tengo un prejuicio nuevo, lo que complica las cosas).

Y es que eres un lugar. Y te he buscado tanto tiempo y he creído llegar tantas veces y nunca ha sido cierto. ¿Será que realmente era una cuestión de especies? ¿Será que era necesario volar para llegar tan alto que por fin estuvieras ahí?

¿Será que todo podría quedar resuelto para siempre, todos los misterios, todas las dudas, todas las noches de morirnos mutuamente? ¿Todo con sólo decir "Hola"?

28 julio 2008

Post en tiempo real desde Vips Rosales

La mesera tardó quince minutos nada más para venir a preguntarme: ¿Te ofrezco algo? Las opciones fueron:

a) No, gracias, es que no me gustan los cibercafés.
b) No, gracias, sólo quería un refugio de la lluvia.
c) No, gracias, esperaré a que te vayas, seguro la mesera del siguiente turno volverá antes que tú.

Pedí café y una hamburguesa (la quiero con mayonesa, sin ketchup y con mostaza), el café llegó en 3 minutos, la hamburguesa sigue en proceso desde hace 20.

Tengo esta mala suerte en Vips de que siempre me toca una mesera distinta. Y no es que roten mucho personal, sino que elijo mi mesa basado en:
a) Que tenga toma de corriente para Abril.
b) Que haya alguien fumando cerca.

Y por ello rara vez repito mesera. Sólo en las escasas ocasiones en que me toca una conocida es que me atienden bien. Sé que es inevitable que influya la forma en que visto. Nueve años de experiencia me han enseñado a no juzgar a priori a alguien joven, solo y malvestido, pero comprendo que las meseras de aquí no sepan hacerlo. Por lo general el mal servicio cambia después de una propina jugosa -memoria de mesero- pero aquí hay veces que ni eso funciona.

Mi hamburguesa llegó. 24 minutos.

************UpDate****************
La hamburguesa sabe a taco, las papas a cartón y el queso a jalapeño. Sería molesto si no fuera porque, como dije irónicamente, me la trajo la mesera del siguiente turno, callándome así la sarcástica boca.

************UpDate Dos*************
Me comí el 75% de la hamburguesa, el 30% de las papas y el 12% del queso. Llevo tres tazas de café. Quiero que la mesera se lleve los platos porque el olor me empieza a dar náuseas. Tengo que terminar el cuento que empecé en la mañana y tengo las palabras tan atascadas que necesito un bulldozer con pala hidráulica para sacarlas.

************UpDate Tres************
Alerten a los profetas: Tengo frío en Julio, en Hermosillo, ¿esos de allá son jinetes? Nos cargó la flaca.

25 julio 2008

Elepés

Sabes que la relación con esa ex fue mala cuando re-organizando el re-organizado cataclismo que es tu habitación, te encuentras debajo de una pila de libros y ropa con este disco y a pesar de no recordar cómo llegó a tu poder lo pones en tu reproductor y todas y cada una de las canciones tienen sentido, te ponen eufórico y una mala mañana te descubres cantándolas a todo pulmón, con los ojos cerrados y los puños todavía crispados con la ira que jamás convertiste en el par de cachetadas que debiste dar a tiempo.

Sabes que no te sirvió de nada la experiencia cuando manejas en tu coche por la avenida más transitada de la ciudad nefasta en la que habitas, con un calor de todos los carajos, tarde para el trabajo, malcomido, peordormido y re-enojado y en un semáforo activas tu reproductor y está puesto el último sencillo de este tipo y para cuando el semáforo vuelve a ponerse en verde, ya te has reprochado mentalmente por lo menos diez veces el que te sepas la letra, y no conforme con sabértela, la estás cantando con tamaña sonrisa de estúpido que los rockeros de la expedition a tu lado te miran con un reproche severo a través de la ventana.

Perdóname, señor.

24 julio 2008

Brindo por eso.

Llueve ligera, muy ligeramente, mientras yo pienso calmada, muy calmadamente, que es un día precioso el que late ahí afuera y pienso también que seguirá siendo precioso aunque te hayas ido quizá para siempre de este pedazo de mi vida que te correspondió por derecho.

Perdona mi temperamento, pero el que te hayas ido no me cambia nada. Saber que existes me bastó por tanto tiempo que, de una manera u otra, tendrá que, tarde o temprano, volver a ser suficiente. Salud por el sabor de los labios que nunca llegaron a ser de mis labios.

19 julio 2008

Pata de perro. Capítulo La Baja.

"Correteando espejismos" es una frase que define muy bien las razones de mi partida a Baja California. La franquicia para la que solía trabajar decidió enviarme ahí para ver si mis pocas o muchas capacidades gerenciales podían ayudar a dos sucursales cuyas ventas andaban flojas. Mexicali, la sucursal más grande de américa latina, fue el primer destino. Ahí me dieron más que nada entrenamiento para hacerlo mejor en las dos tiendas a las que iba destinado: Tijuana y Ensenada. Me ofrecían un muy buen sueldo, bonos, prestaciones, departamento, etc. En teoría era una buena oferta, una posibilidad de ascender en la compleja jerarquía administrativa de la franquicia y, en resumen, un escape de un ambiente del que ya estaba enfermo.

En fin, podría dedicarle varios párrafos a las dos razones muy íntimas que me hicieron aceptar sin una gran reflexión la oferta que llevó mis huesos a La Baja, pero eso no interesa a esta serie de entregas, por lo que paso directo y sin escalas a:

Mexicali: Le tengo rencor a Mexicali. No lo puedo evitar. Sufrí los calores más intensos de toda mi vida (lo cuál es casi gay viniendo de alguien naturalizado Hermosillense), fui por primera vez víctima severa de la delincuencia, trabajé como perro para que terminaran menospreciando mi labor, dormí mal, comí peor, y para chingarla de acabar, tomé la decisión más estúpida (en un largo récord de decisiones estúpidas) que he cometido en mi vida.
Pero estábamos hablando de la ciudad, ¿no? Bueno. Mexicali se me hizo una ciudad esencialmente fea. Creo que es como un niño que creció demasiado rápido y los padres en lugar de comprarle ropa nueva le fueron pegando retazos a su ropa de siempre. El resultado es lamentable: A Mexicali le duelen las costuras, la mancha urbana está diseminada en salpicones, conectados por largos y aburridos caminolibres (freeway, wey) . No hay casi ningún lugar que no apeste, literalmente, elige un punto de la ciudad en donde colocar tu humanidad y aspira hondo: Olerá mal, garantizado. Hay una amplia gama de esencias a elegir, pero todas son malas. Hay mucho comercio, mucho trabajo, mucho trashumante esperando brincarse la rayita geográfica que divide la jodidez del esplendor económico y la remesa prometida y mucho malviviente que ya se resignó a la vida de unos meses aquí y unos meses allá, esperando la deportación.
La gente promedio tiene un perfil no tan distinto a la masa común de mexicanos que habitamos el resto del cuadrante, pero Mexicali tiene una especie particular de gente, aquellos que trabajan del otro lado y viven de este. Es decir, facturan en dólares pero gastan en pesos. No importa el trabajo, no importa si son lame-botas, pero todos ganan "bien" -considerando, repito, que gastan acá-. Obviamente esta gente tiene unas ínfulas tan dolorosas de ver y tolerar como un tumor ocular. Hablan un spanglish malentendido, manejan Hondas, ah, otra cosa, en Mexicali puedes comprar un carrazo con 3 pesos, así que cualquier infeliz maneja un BMW, un Hummer, Escalade o lo que tú quieras, y eso despachando detrás de un mostrador de farmacia o cortando boletos en un cine.

Me caga Mexicali.

Tijuana: Me siento obligado a decir que llegué a Tijuana con un montón de expectativas. El haber tenido a maese Manuel Lomelí como gurú y puerta de entrada al sub-mundo de la blogósfera me colocó a Tijuana como esa ciudad casi mítica en la que las cosas no tenían orillas definidas y en las que se confundían muy bien las posibilidades de la delincuencia y la justicia, lo legal y lo prohibido, el arte, la música, la escena literaria y el culturosismo.
Tijuana no me decepcionó. Los breves paseos por sus calles me bastaron para entender que no se puede entender Tijuana si no se nace y se vive en ella, si no se le ama y se le odia por lo que ofrece y lo que roba, no se puede entender a una ciudad tan bizarra que si uno se detiene en cualquier bocacalle, le da la impresión de no estar mirando una ciudad, sino el dibujo de algún niño hábil, que juega con colores y perspectivas. No tiene nada de simétrica, nada de exacta, es casi una escena de Labyrinth, donde todo cambia cuando uno parpadea.
Ah, sí, en ningún lugar del mundo las putas son tan reales y tan perfectas como en Tijuana. Es el lugar a dónde ir para aprender a construir putas veraces a la hora de narrarlas en prosa. Sólo eso me bastaría para declararme fan de Tijuana, pero también está esa sensación eterna en el estómago de que en cualquier momento alguien va a atravesarte un pulmón con una varilla y a llevarse sus pertenencias llenas de tu sangre. Por lo tanto, me declaro, como todo visitante de Tijuana, ansioso de volver pero renuente a quedarme.

Ensenada: Un clima genial, gente despreocupada, fiesta intensa y rocanrolera todos los días, buena comida, playa, todo eso tiene Ensenada y ni con eso basta para considerarla un buen lugar para vivir. Lamentablemente, el actual Ensenada se construyó pensando en la enorme afluencia de turismo norteamericano, dándole así en toditita la torre a lo autóctono y declarando casi ausente una genuina cultura local. La ciudad es bonita, casi una villa, pero con un comercio que florece, gentes paseando por sus calles a cualquier hora del día y de la noche con una delincuencia prácticamente nula, el centro es prendido a la hora que usted guste y en las madrugadas la fiesta sigue por toda la playa.
Creo que lo mejor que tiene es su gente. Los ensenadenses rara vez están preocupados por algo. Tienen esa sangre porteña, costeña, como se le quiera llamar, que les permite tomar los problemas con juerga y algarabía, pasarla bien, ir por unas cervezas y besarse en todos lados y a todas horas.
Lo único malo es que las procesadoras de pescado hacen que algunas partes de la ciudad huelan de lo peor a ciertas horas y en ciertas fechas.
Ah, sí, nota: Todo mundo parece saber de vino en Ensenada, por lo que es un placer para los enólogos aficionados entablar conversaciones al respecto.

Saludos a toda la gente fabulosa que conocí en La Baja. Y al tipejo que robó mi vieja lap-top: Te sigo buscando, infeliz, algún día arderás en el infierno.

17 julio 2008

Pata de perro. Capítulo Sonora.

Hasta el sol de hoy, este que escribe puede contar que ha vivido en ocho ciudades por lapsos razonables de tiempo, y puede decirles también que, tras todo el proceso, ha terminado por aceptar que las fábulas de Esopo no andaban tan erradas, y que al final, los lugares no son mucho más que las gentes que los habitan. Las ciudades, los pueblos, las pequeñas villas rurales que en esta -la más mi tierra de todas las tierras- son cosa común, van formándose una vibra, una particular acumulación de energías que siempre e inevitablemente, se transmiten a aquel que llega como viajero o como nuevo habitante. De esa vibra deriva la primera sensación cuando uno atraviesa el andén del aeropuerto, las puertas abatibles de la central de autobuses, la portezuela del coche o desciende del lomo del caballo y toca por fin la tierra -esa que no es tanto mi tierra, sino apenas tierra- para saber, para estar casi seguro, de lo que esa ciudad terminará significando en las nostalgias, en el viejo y empolvado álbum de las memorias donde quizá termine por no haber ni siquiera una fotografía pequeña de ese punto específico del mundo.

Así, puedo conversar libremente con ustedes, nutrido lectorio, y darles a grandes rasgos la perspectiva de lo que para mí han sido esos lugares donde he realmente vivido (aclarando que considero el vivir como realmente habitar y no ser simplemente un frecuentador de puntos turísticos. Lo aclaro porque he pasado vacaciones exageradamenta largas en lugares que no mencionaré y no considero que haya "vivido" en ellos. En fin).

Etchojoa: Casi casi mi pueblo natal (en realidad nací en Navojoa, Sonora, lo habité durante 18 horas y luego empezó mi vida en el pequeño pueblo del que hablamos). Etchojoa tiene ese elemento mágico de los lugares donde uno puede vivir sin complicarse mucho. Hay un río que cubre todo un margen del pueblo (como debe ser), hay árboles gigantes que dan sombras generosas en la mayoría de los sitios públicos, la mitad de la gente habla en dialecto mayo con mucha fluidez y la otra mitad cuela palabras en la lengua entre las frases en castellano, dándole a sus conversaciones una musicalidad muy genuina y muy primigenia. Es un pueblo de gentes trabajadoras, hombres serios y muy amantes de la borrachera, mujeres disciplinadas que gobiernan la sociedad mucho mejor de lo que lo harían sus maridos y niños que se divierten mejor que la mayoría de los niños, con mucho terreno, muchas piedras y mucho lodo para jugar. Las abuelas todavía preservan el legado de leyendas que desde siempre han dado origen y fundamento a mi gusto por la literatura. Hay todo un universo de criaturas míticas, seres sobrenaturales y eventos paranormales que ahí son de lo más normal. Es un lugar maravilloso para pasar las navidades comiendo el pavo relleno de la manina y la sopa de elote de mis tías.


Huatabampo: El lugar en el que invariablemente pienso para los recuerdos de la infancia. Viví ahí desde los cuatro años hasta los diecisiete, es decir, la mayor cantidad de años pasados en el mismo lugar. Ahí estudié primaria, secundaria y preparatoria, e hice, por tanto, la mayor cantidad de amigos que he tenido en la vida. Eminentemente agrícola y pesquero, Huatabampo está rodeado de parcelas de cultivo, por lo que al llegar o salir de él, es un placer deleitarse con las grandes extensiones geométricamente precisas de un verde intenso, un dorado metálico, vetas rojas del tomate maduro, blancos nevados del algodón que ya brotó, guijarros de sorgo, mazorcas altivas y orgullosas. La playa está a diez minutos de la ciudad y es un mar sereno, poco habitado, donde uno puede ir entre semana y caminar kilómetros sin encontrarse ni un alma por la arena desde la bahía de Santa Bárbara hasta el puerto de Yavaros. De manera similar a Etchojoa, sus gentes son de bien, mujeres y hombres trabajadores pero eminentemente abúlicos en cuanto a emprendimiento de proyectos. Se trabaja en lo que hay, sea el jornal, el comercio, los oficios técnicos o la burocracia, pero rara vez se inicia algo nuevo. Es uno de los municipios de Sonora con mayores índices de desempleo (por si alguien se preguntaba por qué no regresamos los que salimos a estudiar la carrera). Es un buen lugar para darles infancia a tus hijos.

Hermosillo: Nunca tuve planes de vivir aquí. En realidad se conjugaron cosas malas para que no pudiera irme a Guadalajara al terminar la preparatoria y no empezara medicina a los diecisiete años, como era el plan. De cualquier modo, Hermosillo significó la puerta a la libertad. Habiendo crecido como un niño enfermizo, débil, llorón y hogareño, el shock de la "gran ciudad" fue más bien difícil. Hasta mi segundo año de universitario, cuando me mudé con dos amigos más fiesteros que las hermanas Hilton, en un departamento a media cuadra de los dos antros más populares de la ciudad, empecé a encontrarle el sabor a esas cosas que sólo había imaginado. Trasnochadas, desvelos, caricias censuradas por la iglesia católica y demás lindezas.
Hermosillo es económicamente floreciente, hay muchísima inversión, hay desarrollo inmobiliario creciente, hay una población flotante bastante considerable (lo cual apesta, pero hay que mencionarlo), hay poca agua, hay un calor de los demonios, hay mentalidad retrógrada, cheros, darketos, bohemios, hippies, pachucos, cholos y chundos, chichinflas y malafachas... No, esperen, ya me fui. En general Hermosillo es una ciudad con muchas más ínfulas que realidades. Económicamente apenas empiezan a despuntar jóvenes empresarios con buenos proyectos, socialmente apenas empiezan a salir del siglo veinte y como que asoma al 21, culturalmente llevamos eones de atraso con respecto a sociedades que no tienen mucho más tiempo de reconstruidas y políticamente sigue sumergida en cacicazgos y líderes charros, como la mayor parte de este país en el que deambulamos con más o menos suerte.

Próximo capítulo: Baja California, o "Correteando espejismos"

16 julio 2008

REW/FFW

A ver, ¿por dónde empezar?

¿Por que pasó tanto tiempo sin post? Bueno, multitud de razones. La primera y más importante, hay mucho trabajo, me voy temprano del departamento, regreso tarde y con ganas de cenar algo rápido y dormirme lo más profundamente posible. Además no ha habido así que digamos mucha inspiración para escribir post nuevo, las ideas de mi cabeza han agarrado la fea costumbre de llegar cuando no las puedo concretar y esconderse cuando sí puedo, lo que me deja en un estado de incapacidad creativa del que rara vez salgo bien librado.

El fin de semana fue la segunda presentación de Dos píldoras azules. La dirección de cultura del H. Ayuntamiento de Navojoa me invitó a presentarla como parte de los festejos por el 85 aniversario de la ciudad como municipio de sonora y el evento fue en el Museo Regional del Mayo, que por cierto es un lugar muy agradable y muy desconocido por los que somos originarios de allá. El presidente municipal, como era de esperarse, no fue, sino que mandó representante (una regidora muy guapa, por cierto y muy joven), el director del museo es un tipazo, de esos que desde lejos uno puede decir "ese tipo es un genio" -boina, lentes bifocales, torpe manualmente- y los dos presentadores me cayeron muy bien.

Fue mucha más gente de la que esperaba (incluso en las ciudades grandes este tipo de eventos pasan desapercibidos, imagínense en una ciudad pequeña y sin gran historia literaria), fácil había unas 60 o 70 personas, sin contar a mis familiares, que eran unos diez. Pero el evento en general fue muy agradable, un ambiente íntimo, desenfadado, que nos permitió hablar con campechanería de temas tratados en la novela y dejó que los profesores hicieran preguntas y yo tratara de dar algunas respuestas -las cuales espero hayan sido útiles-.

Y pues ya, después del evento hubo firma de libros, firmé como unos quince, lo cual es un récord personal para un sólo día y luego una exposición de pintura en la sala de exposiciones del museo. Estuve un rato nada más, porque tenía mucha hambre y terminé haciendo mi primera comida del día a las cinco p.m. en la misma pizzería de la infancia. Luego un rápido viaje Cd. Obregón y de regreso a Huatabampo.

El domingo nos fuimos -Ángel, mis papás, un primito de Ángel y yo- a Álamos, llevamos a los niños a un lugar de albercas y parrillas y nos la pasamos muy bien. Un niño empujó a Ángel a una de las albercas hondas y le puse una regañada de esas con mi cara de homicida sicópata que generalmente funcionan muy bien.

Y ya. El lunes muy temprano volví por carretera a este Hermosillo de calor, rutina, trabajo y vuelta a esta realidad donde no soy escritor serio ni vendo libros ni me piden consejos los jóvenes creadores, sino que sigo picando piedra para abrirme camino por la senda de la narrativa.

La semana se siente pesada y el tiempo chicloso. Pero a lo mejor soy yo, no me hagan caso.

****UpDate*****
Ah, sí, por cierto, Marisol tomó varias fotos del evento, se las dejo aquí. Les debo el video, YouTube se rehúsa a cooperar hoy.


10 julio 2008

Bola negra en hoyo tres.

Pasamos la mitad de la vida haciendo las cosas de las que nos arrepentiremos la otra mitad. Deberíamos empezar a vivir desde la segunda mitad y evitarnos así los arrepentimientos, viviendo la vida desde la parte en la que uno ya sabe las cosas que le causarán remordimiento y de las que se sentirá orgulloso y feliz. Las decisiones que se tomen ya no serán imputables ni a la mala suerte ni al designio divino, quitando así toda posibilidad de queja del género humano hacia las fuerzas superiores y borrando de un plumazo -de pasada- el pretexto favorito de los infelices.

Por supuesto, de nada serviría vivir esa vida si uno habita un cuerpo ya en franco declive que no le permita disfrutar de la felicidad y la inteligencia inherentes a nuestra nueva calidad de maestros de la vida plena, así que proponemos también que uno sea viejo la primera mitad de la vida y conforme se acerque la segunda mitad venga también llegando la juventud necesaria para disfrutarla con todos los agregados.

Yo, por lo pronto, me declaro a favor de la propuesta, que leí en algún lado que no logro recordar y que sólo hoy comienzo a entender a carta cabal. Además me da el pretexto perfecto para seguir viviendo mi juventud actual como un anciano anquilosado y en paz con la vida, en espera de la vejez que dará pie -por fin- a mi alocada vida de excesos y rocanrol.

Salud, con absynthe en un old fashion glass con dos hielos y un par de semillas de yuca. El desayuno de los campeones.