19 noviembre 2008

Paternidad y béisbol.

Mi padre siempre fue uno de esos hombres a la antigüa: un gran proveedor, un firme aplicador de la disciplina, un trabajador incansable y un líder contra el que no cabían las discusiones. Nunca jamás me pegó, ni tampoco le di motivos, pero creo que no lo hubiera hecho aún teniéndolos. Nunca en mi infancia tuvimos una conversación distinta a preguntas sobre la escuela y uno que otro regaño por mis tonterías de niño y mi arraigadísimo vicio de jugar maquinitas.

La primera vez que lo vi orgulloso, que me sentí realmente a la altura de lo que mi padre esperaba de mi, fue la primera vez que me vestí con el uniforme del equipo de béisbol de ligas menores. La única afición intensa de mi padre fue siempre el béisbol. Nunca disfrutó del cine, el teatro, beber con los amigos o apostar. El béisbol fue siempre su remanso y dentro del béisbol, su equipo bienamado: Los Mayos de Navojoa.

Mi padre creció frente al Estadio Oro, un viejo recinto deportivo que en los años 50 y 60 fue la casa de Los Mayos, y desde que era un niño en pantalones cortos encontró siempre la forma de colarse a los partidos los fines de semana. Equipos que ya no existen, como los Rieleros de Empalme o los Ostioneros de Guaymas jugaron ahí contra los Mayos de mi padre, y sus jugadores escucharon las rechiflas y los insultos de la palomilla del niño que fue. Me resulta bien difícil imaginar a mi padre de niño, sabiendo que mi abuela siempre fue una vieja miserable que no supo quererlo, pero sé de buena fuente que era un mocoso extremadamente trabajador. Hizo de todo, el viejo, desde bolear zapatos con un cajoncito de madera por las calles del centro a vender paletas y periódicos y desde ayudarle a sus abuelos en los quehaceres de rancho hasta comerciar con las melcochas que hacía su nana Trini. Pero los días que jugaban los Mayos, dejaba guardado el cajón de bola, la canasta de melcochas y lo que hubiera, para ponerse una gorra vieja y doblada y colarse al estadio a ver el béisbol.

Cuando yo empecé a jugarlo de manera seria, mi padre empezó a comprar junto con su boleto para cada partido, un boleto infantil. Ahí puedo decir que empezó la etapa real de convivencia con mi padre. Antes de eso, yo había sido el niño al que mantenía y al que supongo que siempre amó. Pero a partir de nuestras noches en el estadio, sentados lado a lado, comentando las jugadas del partido, las características de tal o cuál jugador, empezamos realmente a ser Padre e Hijo.

Mi padre me enseñó lo que es un Wild Pitch, un Squeeze Play, un "podrido", me llevó de la mano por los más intrincados recovecos del argot beisbolero: La cuenta de las delgadinas, el Lucky 7, un Mata Rally y me habló de tantos jugadores y tantos partidos como apenas puedo recordar. Me acuerdo que me maravillaba que el anunciador dijera en el sonido local: "Cambio de pitcher, sale Héctor "el caballo" Heredia y entra..." y antes de que tuviera tiempo de decirlo, mi padre decía algo como "entra Isabel "Chabelo" Ceceña" e inmediatamente después el anunciador lo confirmaba. También mi padre me contaba detalles biográficos de los bateadores. Cuando anunciaban por ejemplo a Remigio Díaz, mi padre me decía "este muchacho es de Benjamín Hill, tiene 27 años y antes era segunda base, pero quedó mejor en el short. No batea mucho pero es muy confiable con el guante". Y yo me quedaba atónito de que mi padre supiera tantas cosas de tanta gente.

Yo, por supuesto, no iba tanto por el juego como por el sinfín de chucherías que vendían en el estadio y por la facilidad ridícula con la que mi padre accedía a comprarme todo lo que cotidianamente me negaba. Si yo le pedía dinero para, por ejemplo, unas pizzerolas, siempre me preguntaba "¿y ya comiste?", si le pedía para una coca cola me decía "te va a doler la panza" y así. Pero en el estadio podía cómodamente pedir un elote, una bolsa gigante de doritos, un montón de chocolatinas, un duro con chamoy, y mi padre no sólo no preguntaba nada, sino que se compraba su propia dotación de cacahuates, su propio elote y su coca cola y los comíamos juntos, prediciendo la próxima jugada, el inminente ponche, el esperado jonrón.

A mí me gustaba ser amigo de mi padre. Cuando el equipo hacía una de esas proezas heroicas, como regresar de un marcador de 5-0 para ganar en extra innings 6-5 con un largo y panorámico doblete, mi padre gritaba eufórico y rápidamente buscaba mis pequeñas manos infantiles para chocarlas en alto con las suyas. Era siempre el primer aficionado con el que festejaba, por encima de sus amigos y de los asistentes eternos con los que también habíamos terminado por camarear. Después de todo habíamos compartido tantas alegrías y tantas penas en este estadio que ser amigos era el único remedio. Pero mi padre siempre celebró primero conmigo.

Muy pronto el béisbol dejó de ser mi deporte. En la secundaria descubrí el futbol y empezó mi fiebre que perdura hasta el día de hoy. A mi padre nunca le entusiasmó gran cosa que yo jugara futbol, a pesar de que tuve algunos logros mejores que los que tuve en el béisbol, pues el deporte de las patadas siempre le pareció demasiado chilango. Nunca dejamos de ir al estadio y a mí cada vez me gustaba más ver los partidos y estar con mi padre. Un día me aventuré a hacer mis propios comentarios sobre las decisiones del coach y me senti muy orgulloso de que mi padre, el conocedor, las aprobara con la cabeza. Ya por la preparatoria empezamos a estar en desacuerdo y los partidos se volvían cada vez más divertidos. Él pensaba que era mejor meter al cerrador desde la séptima y yo sostenía que era mejor tener un intermedio y relevarlo en la octava con un taponero y discutíamos hasta que el mánager hacía una de las dos cosas y el partido terminaba en victoria o derrota para los Mayos y para uno de nosotros.

Cuando me fui de casa de mis padres, Papá fue dejando paulatinamente de ir al estadio. Siempre argumentando que el equipo iba mal, que no tenía tiempo, que esto y aquello. La verdad -y yo siempre lo he sabido- es que dejó de ir porque ya no estaba su eterno compañero de palco, el aficionado al que él le enseñó a amar el equipo y los colores con su misma pasión. La prueba de ello es que cada vez que voy por unos días a visitarlos, mi padre me recibe con boletos para Los Mayos y nos pasamos por lo menos una noche en el estadio, volviendo a conocer al equipo, haciendo nuestros pronósticos ingenuos de siempre y comiendo todo lo que nos quepa en el estómago.

El domingo pasado, sin embargo, la cosa volvió a ser única y mágica. A mi padre y a mí se nos unió un invitado especialísimo: El único nieto de mi padre, mi hijo de cuatro años. No pudimos evitar pensar en el niño que fue mi padre colándose al estadio, y el niño que fui yo, llegando de la mano de mi padre a un estadio distinto a ver al mismo equipo. Pero cuando Ángel se comió sus primeras golosinas teniendo como fondo musical los aplausos de la gente y el crujido de los bates al golpear la de hueso, creo que tanto mi padre como yo entendimos que la vida sólo da vueltas para mejorar.

15 noviembre 2008

Chau número tres

te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía

M. Benedetti


Porque la verdad de las cosas es que hay pocas situaciones tan tristes como descubrir que te alejas de alguien no porque pienses que ese alguien ya no le aporta nada a tu vida, ha dejado de enriquecerte con sus retroalimentaciones o ha cultivado en su interior, y sólo para ti, un hermoso y profundo silencio, sino que un día, buscando en tu propia alma la cajita de cartón donde guardabas las envolturas de los dulces comentarios que tenías para ella te das cuenta de que la caja está vacía y que te has quedado sin nada más que dar y te aterrorizas cuando piensas que tu vida con esa caja vacía tiene tanto significado como el que tuvo cuando la caja estaba llena, pero su trascendencia y su baraja de posibilidades se ha reducido a la mínima expresión.

Es bien triste darte cuenta que el número de personas que han salido de tu vida en los pocos años que llevas caminándola como se caminan los pasillos de un supermercado es mayor que el de las alegrías que llevas en el carrito y que además en ese tiempo tú has salido por la puerta de atrás de la existencia de muchas personas que se hubieran apostado la vida a que siempre estarías ahí al lado cuando les hicieras falta. Y que no te ha dolido. Y que no extrañas a nadie. Y que nadie te extraña. Porque al final de todo, lo único realmente trascendente es cómo recuerdas a la gente y la etiqueta que le cuelgas para siempre en el cuello cuando por fin logras purificarla de odios y amores y rencores y dichas y le quitas el polvo y la colocas en la vitrina de las memorias inmaculadas como lo que fue: Tu ex-mejor amigo, tu ex-novia más amada, tu ex-amante más disfrutada, tu ex-mejor compañero de fiesta, y un largo y profuso etcétera.

Mi vida está hecha de las ausencias más hondas. Y sé que mi muerte se compondrá también de ausencias. A veces me pregunto si desde el crisol pálido del más allá podré ver quién en todo el mundo será la persona que más me extrañe, y si alguien llorará por mí las mañanas de enero en que haga frío. Y quiero pensar que no, pero es muy triste. Pero a veces pienso que sí, y eso, hermano, es muy triste.

Por eso o quizá por eso, he sido siempre un desapegado. Y tal vez por eso o seguramente por eso, hay gente a mi alrededor que piensa que mi sistema emocional no funciona y vino mal de fábrica o alguna de las muchas mujeres que han cohabitado mis días la pateó hasta el cansancio y terminó por averiarme el corazón. No es así, lamentablemente, pues de ser cierto eso supondría la posible compostura de lo roto. Pero no, la verdad es que he amado tanto o más que cualquiera y he odiado con la misma intensidad y he mentido por amor, golpeado por odio, blasfemado por dolor y estoy muy seguro que mataría si el destino me pusiera en esa disyuntiva.

Pero la verdad es que aprendí hace tiempo a pararme en el muelle y despedir el barco donde parten las personas que encuentran en otras costas una playa más bella y aprendí a darme la vuelta y caminar de regreso al pueblo cuando el barco se hace muy pequeño en el horizonte y me queda claro que ya no bajará el ancla ni navegará de regreso. Mar tranquila y próspero viaje, y todas esas cosas que se dicen.

Otras personas llegan y se van, otros barcos atracan y zarpan, otras nubes ocupan el cielo y otros cangrejos colonizan la playa. Pero el cielo es el mismo, el mar es el mismo, la playa es la misma. Aquí estará cuando regrese.

Mar tranquila y próspero viaje.

11 noviembre 2008

Monitor responde:

María Jesús: claro que me acuerdo de ti, aunque no recuerdo haber sido tu paño de lágrimas, creo que más bien tú fuiste el mío. Me da mucho gusto saber de ti.

Perséfone: A mí también me gusta más este que parezco ser ahora, aunque a veces me caen bien todos los que parezco no ser y soy de todos modos.

Charlotte: Sí, las cosas encuentran su lugar en el mundo cuando uno encuentra el suyo, y todo se vuelve una gran cubeta de legos. Siempre me gustaron los legos.

Gracias a las tres por la visita, no deja de causarme curiosidad el que mi lectorio sea tan avasalladoramente femenino.

Tres líneas arbitrarias de El lado oscuro del corazón.

“Nunca veas a una puta con luz de día, es como mirar una película con la luz encendida. Como el cabaret a las diez de la mañana, con los rayos de sol atravesando el polvo que se levanta cuando barres. Como descubrir que ese poema que te hizo llorar a la noche, al día siguiente apenas te interesa. Es como sería este puto mundo si hubiera que soportar las cosas tal y como son. Como descubrir al actor que viste haciendo Hamlet en la cola del pan. Como el vacío cuando te pagan y no sentís ni siquiera un poquito. Como la tristeza cuando te pagan y sentiste por lo menos un poquito. Como abrir un cajón y descubrir una foto de cuando la puta tenía nueve años. Como dejarte venir conmigo sabiendo que cuando se acabe la magia vas a estar con una mujer como yo, en Montevideo”.

"Yo no sabía que no tenerte podía ser dulce como nombrarte para que vengas, aunque no vengas y no haya sino tu ausencia, tan dura como el golpe que me di en la cara pensando en vos".

"No me sirve tan mansa la esperanza, la rabia tan sumisa, tan débil, tan humilde; el furor tan prudente no me sirve, no me sirve tan sabia tanta rabia".

05 noviembre 2008

Mutatis mutandis.

Yo alguna vez fui un estereotipo del muchacho que toda madre quiere para su hija. Hace mucho, mucho tiempo, pero lo fui. Era cotidiano verme recorriendo los pasillos de una facultad inmaculada, enfundado en mis dockers de pinzas, camisa planchada a la perfección, cinturón y zapatos a juego, reloj de acero, lentes de lectura, dos o tres volúmenes jurídicos bajo el brazo, un maletín de documentos y legajos colgado de mi hombro, buscando entre distraído y divertido un número de aula. Al igual que hoy no fumaba, ni bebía, manejaba un automóvil relativamente nuevo, tenía un empleo bien visto y otro bien remunerado, y acudía religiosamente a mis clases siete horas al día.

Era, en resumen, el yerno que las mamis de todas ustedes hubieran querido. Atento, caballeroso, de buena cuna, económicamente desahogado, de familia católica apostólica y romana, amante de la literatura, el buen cine, el teatro y todas las formas de arte, buen conversador, de una nobleza vergonzante y practicante activo del celibato. Coordinaba un área de la sociedad de alumnos, participaba en la campaña de un candidato a gobernador, litigaba en un despacho de prestigio y escribía cuentos a veces malos y a veces regulares y algunos poemas que pecaban de dulces pero que cumplían el cometido de tocarle una fibra a la destinataria ocasional.

Era un asco de ser humano, claro, me causaba arcadas el 90% de la gente con la que convivía, detestaba mi trabajo, se me hacía repelente verme en un espejo y parecerme tan ajeno, tenía pláticas inteligentes cuando mucho dos veces al mes y el resto del tiempo lo gastaba en charlas que no me interesaban o en casos drásticos me hacían sentir más falso que un billete de tres pesos. Pero era exactamente lo que mis padres, mis jefes, mis maestros y el mundo en general esperaban que fuera.
Y un día me di cuenta de que estaba cansado, muy cansado, de no sólo trabajar, estudiar, escribir y organizar congresos, conferencias, eventos deportivos y un largo etcétera, sino además de hacer todo eso siendo alguien más. Era como ser actor de tiempo completo, en un rol que no sólo no me correspondía, sino que con el tiempo había terminado por volvérseme aborrecible.

Renuncié a la sociedad de alumnos. Renuncié al despacho. Renuncié al restaurante. Renuncié a los dockers de pinzas y a las camisas cavallati, a los zapatos y al cinturón, al automóvil y al maletín de expedientes y demandas. Renuncié a todo lo que pudiera considerarse un rastro de lo que yo había sido y una buena mañana me desperté con la perspectiva maravillosa de tener 16 horas por delante sin tener la más mínima idea de por dónde comenzar a armar la nueva rutina de mis días.

Tomé un autobús de la ruta 16 hasta el centro de la ciudad y caminé por largos minutos entre los puestos y tenderetes del mercado, recorrí las librerías de viejo, escudriñé las curiosidades de las tiendas de segunda, me senté a leer a Benedetti en la vieja plaza de armas, comí unas chimichangas exquisitas en el viejo parque de rectoría. Mis pasos dejaban huellas polvosas tras de mí, los pies cómodos en los añorados vans de aquellos días, las piernas malcubiertas por unos rotos pantalones de mezclilla, en el rostro los primeros indicios de una barba que crecía furiosa por los largos meses de represión y en los ojos el brillo de la ausencia. Salía de mí mismo y proyectaba mi ser hacia todas las cosas que rodeaban mi cuerpo y bajo el mediodía blanco y naranja de la ciudad de aquel entonces mi mente tomaba una nueva conciencia de las cosas.

En esos días decidí que sería escritor. Mis tablas se reducían un par de cientos de libros leídos y a una imaginación pletórica de recursos para apuntalar como estacas largas y sosegadas historias de amores contrariados, sueños psicotrópicos, tragedias urbanas de esas de todos los días, visceralidades propias de una adolescencia apenas concluída y narrativas serenas más coherentes con la madurez que se veía venir tranquilamente por la gran avenida del tiempo. Fue así que escribí mis primeros cuentos –Bohemia de un amor que no existió, Aquella mala película francesa, Se fueron los pájaros, entre otros- y algunas de mis escasas poesías –De ausencia, Extraños, Líquida, por mencionar las menos malas. Fue así también que escribí mi primera novela –Quince minutos tarde- que fue un intento valiente pero falto de prudencia de narrar con recursos estilísticos más acabados que aún estaban fuera de mi alcance. Seguí escribiendo por varios meses, más por capricho que por convicción, hasta que una mala tarde decidí mandar el folder con el manuscrito al cesto de la basura y olvidarlo para siempre.

Me consolaba pensando en Hemingway, uno de los gordos, cuyos cuentos eran estructuras sólidas como el concreto, pero cuyas novelas cojeaban siempre de una pata invisible. Así que el cuento breve se convirtió en mi herramienta idónea para producir sin grandes riesgos –“cuentos de una sentada” les llamaba entonces, pues si no los escribía de principio a fin de un solo tirón y en menos de tres horas no los terminaba nunca y quedaban para siempre en el limbo de lo que pudo ser- y la novela en ese objetivo futuro e incorpóreo en el que uno pone a las cosas que desea y teme al mismo tiempo.

Una noche, mientras escribía uno de esos “cuentos de una sentada”, asistí al momento providencial del nacimiento literario. Recuerdo haberle puesto el punto final a la frase corolaria de aquella historia, haberle dado enter a la opción de “guardar archivo como”, haberle puesto nombre al documento –Aurora, se llamaba- y haberme levantado de la silla, dispuesto a buscar algún bocado en la cocina. Y luego me recuerdo de nuevo frente al teclado, escribiendo enfebrecido lo que a la postre sería el segundo capítulo de Dos píldoras azules. No fue, por supuesto, la primera vez que una historia decidió por sí misma lo que había de pasar, pero quizá haya sido, hasta el momento, la más afortunada.

Desde hace tiempo me considero, sobre todos los oficios y empleos que pueda tener, un escritor. Tal vez ya no sea el muchacho aquel que toda madre sueña para su hija, pero soy un tipo que ha encontrado su lugar en el mundo. Y eso, en muchos sentidos, es mejor.

03 noviembre 2008

Olor a regaliz.

Regina contemplaba la noche a través de la ventana. Las dos luciérnagas habían quedado dormitando sobre las hojas frescas del laurel, y un saltamontes furtivo hacía su cena de los pétalos blancos del rosal. Regina comía un trozo de regaliz y toda la habitación rezumaba el olor de caramelo de aquella masticación irregular y de chasquidos frecuentes en cuya profusa salivación podía suponerse con toda claridad el deleite que el sabor a cereza causaba bajo la lengua de Regina, en la parte interior de sus mejillas, el calor extraño que le recorría los costados del vientre y hacía una espiral en los pezones por el gusto todavía infantil del regaliz.

Bernardo caminaba sin pausas sobre el linóleo alfombrado de la habitación, a veces mirando a Regina, siempre entretenida en desenrollar el regaliz y comer un trocito más, contemplando las luciérnagas durmientes y el saltamontes gourmet, a veces embebido en sus propios pensamientos. Había qué hacer algo con el vecino y con esa manía de dejar su basura en la banqueta ajena, con ese hábito tan poco sano de amontonar las hojas doradas pardas del otoño en la base del tronco del almendro. Había que hacer algo, sin duda, con el vidrio roto del ventanal del patio, por donde se colaba, sobre todo los lunes en la noche, una fresca ventisca que amenazaba con provocarle un buen resfriado a Regina cualquier mañana de estas.

Regina quería que Bernardo viniera hasta la cama, recostara la cabeza en su regazo y la dejase jugar con su melena grisácea mientras seguía masticando el regaliz. Pero a él le disgustaban los tonos dulzones del aroma que desprendía la golosina siempre al ritmo del masticado de la muchacha. Por eso seguía mirando la ventana y sólo vigilaba con el rabillo del ojo el sigiloso caminar de Bernardo, cuyos pasos apenas hacían un eco grave en la suave superficie blanco y negro de la alfombra. Él quería que Regina se pusiera de pie y fuera con él hasta el jardín y quizá corretearan juntos a las libélulas y él atraparía al maldito saltamontes que mordisqueaba todas las noches su botón favorito.

Era muy noche, él lo sabía, Regina nunca salía tan tarde hasta el jardín. A veces, cuando mucho, se servía una copa de merlot y caminaba con ella hasta los grandes cojines de la sala, ponía un viejo vinil de Debussy y lo escuchaba completo, bebiendo a sorbos muy lentos aquel vino oscurísimo que también tenía un recóndito olor de regaliz, mientras Bernardo comía algún bocado recostado en el suelo junto a ella. Regina siempre le acariciaba el lomo, frotaba el espacio detrás de sus orejas y pensaba en lo inteligente que había sido al comprar un gato que acompañara su soledad esas largas, eternas, noches de noviembre.

30 octubre 2008

Si hoy me preguntaran cómo está mi creatividad últimamente, diría:



Pero claro, siempre regresa, ojalá no mandara a la melancolía de suplente.

29 octubre 2008

La vida ligera.

Redacto un consejo a consideración de la banda lectora de estas diatribas cotidianas:

Huyan de la medianía como si se tratara de la peste.

En serio, amable público lector, les voy a dar el mismo tip que si me los encontrara en mitad del periférico cuando el semáforo cambia a verde y la avalancha de vehículos arremete contra ustedes como si de una manada de toros en pamplona se tratase: Corran hacia cualquiera de las dos orillas, no se queden en el medio ni corran para adelante. Más temprano que tarde los alcanzará el madrazo.

¿A qué me refiero? Exactamente a eso: la medianía no es un punto deseable. Yo sé que hay muchos refranes y proverbios en mi contra, pero como todo lo que alguna vez ha estado en contra de mis puntos de vista, están errados y faltos de certeza. Nada de "ni muy muy ni tan tan", olvídense de "entre azul y buenas noches", quemen sus "ni tanto que queme al santo ni tanto que no le alumbre". No, jóvenes y jóvenas, señoras y señoras, carameeelosh y boliiitash, ni madres.

Me explico, como es usual, usando mi vida como ejemplo. Y no es que mi vida sea precisamente un ejemplo a seguir (además no podrían seguirla, no va hacia ningún lado), sino que es la única vida que tengo a la mano y la única sobre la que puedo decidir (de influir influyo en muchas, gurú y sopotamadre), así que es la que uso y ya. Bueno, mucha arenga y pocas avellanas (noten lo alternativo de mis citas recientes) así que sin más fanfarrias paso a la explicación.

Hay en la vida puntos sobre a los que a veces se pasa sin darse cuenta. A veces esos puntos están determinados por etapas cronológicamente determinables; verbigracia, llegar a los treinta para los hombres, los quince años que marcan el salto de las niñas a canchas oficiales. Y en otras ocasiones quedan señalados por eventos aleatorios, como conseguir el empleo en el que se pasará casi todo el resto de la vida, perder la virginidad, casarse, bla bla blarablá.

Ahora bien, al mirar en retrospectiva, pueden suceder dos cosas. Uno puede recordar con toda la serenidad del mundo los detalles más nimios de la ocurrencia de tales eventos y bastantes momentos sueltos de la etapa que su ocurrencia abrió en la vida del analista. Uno puede voltear a ese túmulo de vivencias y, en una calma de navegante, pensar cómo se dieron los pasos necesarios para llegar exactamente al suelo que se pisa. O uno puede despertar un día, mareado y con un chipote marca llorarás en la cabeza, preguntándose "¿qué coños hago aquí?". Las dos cosas están bien.

Anoche, por ahí de las dos de la mañana, llegué a mi departamento, estacioné el coche, subí los vidrios, puse los seguros, bajé las cosas que había que bajar, caminé hasta las escaleras, fui hasta la puerta, abrí, entré al comedor, prendí la luz y sentí miedo. No un miedo racional (ladrones en la casa, Jason con una motosierra tras la puerta, una cabeza de caballo en mi cama), sino uno totalmente irracional (...inserte miedo irracional...). Lo ignoré, como suelo hacer con los miedos de cualquier tipo y dejando mis pocas cosas sobre la mesa, volví a salir del apartamento. Caminé tres cuadras hacia la esquina donde un viejito metalero vende los hotdogs más malos de la comarca, pero los únicos que están abiertos a las 2 de la mañana, y todo el camino sentí el mismo miedo. Incluso creo que cometí la imbecilidad de voltear a ver si alguien me seguía. A la cuadra y media me empezó a ladrar un pinche perro que estaba como a dos cuadras de distancia y al que nomás le faltó marcarme al celular y ladrarme por teléfono. Pinche perro huevón, ni siquiera fue para levantarse a corretearme como un perro decente. Pero ya me desvié. El punto es que llegué, compre el hot dog, regresé y en el camino de regreso sentí el mismo miedo. Nunca me pareció tan oscura la calle, ni tan solitarias las banquetas, ni ten lejanos y apagados los ruidos de la ciudad. Nunca.

Un poco más tarde, habiendo cenado y leyendo un poco a Ospina, me puse a reflexionar y creo que llegué sin darme mucha cuenta a la conclusión de que las pocas justificaciones para mi miedo anterior estaban basadas en el temor de una pérdida material cuantiosa. No pude evitar pensarme a mí mismo en ciudades más grandes y calles más peligrosas a horas más inadecuadas, deambulando con la tranquilidad con la que un pescador arroja el cebo a una piscina. No pude evitar pensarme en los años en que todo mi atuendo junto valía doscientos pesos y mi billetera era abultada por boletos del cine, recibos atrasados y tarjetas de presentación. Me recordé malcomido en alguna parada de autobús, contando las monedas para ver si ese día me alcanzaría el dinero para algo más que los pingüinos marinela y la botella de agua con los que distraía al hambre en lo que llegaba algo mejor. Me recordé lavando mi ropa por las noches para tener cómo vestirme al día siguiente. Me recordé feliz. Era feliz dependiendo de absolutamente nada. Vivía en una habitación sencilla con una cama y una mesa para escribir. Tenía tres cajas de libros pendientes por leer, comía mal y poco, pero apenas y me acordaba de hacerlo entre libro leído y cuento escrito, salía por las noches a respirar un aire que no estuviera viciado por el café, el tabaco y el incienso de mi habitación, y caminaba kilómetros enteros en una ciudad desconocida. Nadie me miraba y eso parecía cosa de magia para un voyeurista empedernido como yo. Era feliz de tan miserable.

Y ahora, como sabrán, tengo un empleo, un coche, pequeñas posesiones que aunque son patrimonialmente insignificantes, son fetiches materiales con los que uno termina desarrollando una relación simbiótico-dependiente de la que es difícil salir bien librado. Si fuera, por ejemplo, asquerosamente rico, me mudaría a una isla desierta (lo juro), contruiría una casa pequeña y muy cómoda y alrededor pondría un lago con cocodrilos, tiburones y pirañas (que se morirían todos, pero en fin) y unos cien mercenarios bien pertrechados con morteros y lanzagranadas, manzanas, naranjas y demás. Imitaría a aquel rey de las mil y una noches que se disfrazaba de mendigo para salir al pueblo, volvería a caminar por esas calles oscuras y concurridas, a mirar los aparadores sin intenciones de comprar, a apetecer los pasteles y manjares de los restaurantes y a escribir docenas de cuentos y a leer centenares de libros.

Huyan de la medianía. Huyan. Corran. Sean felices o sean miserables, pero nunca más o menos. Estén muy bien o estén muy mal, pero nunca regular. Amen u Odien, pero no sean indiferentes. Pártanse la madre para vivir como ustedes quieren, sea entre seda y terciopelo o entre manta y mezclilla, pero de verdad, no sean medianos. Habrá quien los quiera con toda el alma y quien los aborrezca igual, pero ustedes serán felices. A fin de cuentas, es todo lo que importa.

27 octubre 2008

Noticias frescas desde el apocalipsis.

Hola.

Sí, ya lo sé. No. Tampoco. Tú cállate. A ver. Ajá. Sí. También. Dos o tres veces, pero mayormente café y algún plato suelto de froot loops.

Bueno, resueltas las preguntas, entramos en materia.

1.-¿Ya se dieron cuenta de lo feo que se ha puesto el asunto para los jodidos en el país? Aquellos de ustedes que compartan la senectud con este servidor, recordarán que la crisis noventera en méxico destruyó hasta los más ocultos cimientos de lo que era la clase media baja, mandándolos de un saque hasta más abajo de lo bajo. Se crearon varios millones de nuevos pobres en el sexenio terminal de C.S.G. e inicial de E.Z.P. Pues bien, les notifico que según la gente que entiende de estas cosas, el nuevo madrazo viene contra los mismos jodidos que solían ser pobres y que ahora, con las nuevas condiciones económicas mundiales entrarán de lleno y sin escalas, en la dudosa categoría de miserables. Para llorar, el asunto.

2.-¿Han hecho el super últimamente? Este que les escribe suele hacerlo los domingos, entre una cosa y otra, lavandería, café, balompié nacional, comida, et caeteris, y por lo general me ando gastando por ahí de 500 pesitos en la canasta básica (que incluye mitad de artículos básicos para todos y mitad de artículos básicos para mí, bleh), pero el fin de semana pasado, compré EXACTAMENTE LAS MISMAS COSAS DE TODAS LAS SEMANAS, y fueron 750 pesitos (ititititos, así de chiquitos). ¿No hay inflación? ¿No hay crisis? ¿No pasa nada? Chinguen a su madre.

3.-¿Cómo cuántos tacos creen que se ande chingando el H. Secretario de Hacienda en una sentada? Yo le tiro por ahí de unos 20, fácil. Y sí tiene una esposa y unos dos hijos igual de jamones que él, son 80 tacos, pelados. Acá en mi tierra los tacos andan entre los 15 y los 20 pesos, así que 80 taquitos de a 17 varos (en promedio) son 1360 varos, sin refresco. Podría hacer el super de dos semanas, ¿y ustedes?

4.-¿A poco de veras de veras me juran que no se dan cuenta de que les están dando atole de mierda con el dedo, señores? Ya los caché viendo La última generación de la academia, cantando/bailando/humillando por un sueño, y de seguro andan planeando su donativo para la próxima edición del Teletón, verdad, munchies? Si son unas ternuritas, todos. A ver, ¿a cuánto amaneció hoy el dólar? ¿Cuántos millones de ameros envió estados unidos a los bancos de china en días pasados? ¿Cuántos de dólares ha subastado Banxico para financiar la flotabilidad del peso? Voten por Pee Wee, estúpidos.

Qué bien se siente, ¿no? Ustedes también deberian escribir sus diatribas y acusar a todos de no ser tan radiantemente inteligentes como ustedes, es reparador. También deberían salir a correr a toda la velocidad que les permitan las piernas y sentir cómo en cualquier momento podrían saltar y caer de bruces en el suelo, tragarse la tierra que pisan y algunas briznas de pasto, deberían caer de vez en cuando rendidos en el suelo, manchándose las ropas de polvo y lodo, jadeando por el esfuerzo, sintiendo que se les contrae el alma al mismo ritmo que los pulmones, que el sudor les escurre bajo las ropas y los impregna de una marisma salobre, deberían de exigirle el máximo a su cuerpo y darse cuenta que en el momento climático de la casi muerte de agotamiento, el alma se vivifica y el dolor les recuerda la dulzura de estar vivos.

Claro que si son demasiado perezosos para obedecer el mandato de sus piernas, podrían ponerse un tatuaje nuevo, como el mío.



Y sí, esto es una forma muy moderada y parabólica de decirles: He vuelto, pequeños, alégrense con la noticia de mi segunda venida. Snif.

23 octubre 2008

Breve nota aclaratoria.

Con una única destinataria, cuyo nombre no será dicho porque aquí se le sigue queriendo demasiado, pero de la que diré que es bella, vegetariana, chaparrita, ballerina, excelente repostera y pronto una de las mejores chef del mundo, además de una persona bellísima:

Tienes razón, no tienes pies feos, ni ninguna de las otras cosas que mencioné. Por eso te amé tanto y con tantas fuerzas durante mucho más tiempo del que debí haberte amado, pero mucho menos del que me hubiera gustado haberte amado.

Dijiste que eras feliz y espero que lo seas de verdad, a mí me costó un trabajo horrible y muchisimos días de dolor y desesperación entender que la vida sin ti era la única opción que me quedaba.

Acepté tu adiós hace muy poco tiempo. Como alguna vez te dije, te llevaste todo lo que yo era cuando te fuiste, y no tuve más opción que reconstruirme. Hoy soy otro, y gran parte de eso te lo debo a ti. Gracias por el amor y gracias por el dolor.

12 octubre 2008

This is it.

Cada vez que intento hablar con una mujer sobre por qué soy casi totalmente incapaz de querer a alguien hasta el punto inmediatamente anterior al amor, termino por hacerme odiar por ella y además por todo su círculo de amigas. De seguir así terminaré por ser una especie de marginado, un morlock de las pre-relaciones, un leproso, el tipo ese del que se murmura en los cafés: "no pierdas tu tiempo, amiga, ese nada más juega contigo y luego te bota".

Claro, siempre quedaría la opción de nada más no hablar de eso, pero esa opción es una ficción total, siempre, todas y cada una de las mujeres que quieren/quisieron/querrán algo conmigo han terminado/terminan/terminarán por querer tener esa conversación que explique de modo más o menos convincente por qué no se puede aspirar a ser mi pareja por los siglos de los siglos, amén.

Y mis razones, la verdad sea dicha, son bastante malas. Soy una pareja terrible. Gruñón, para empezar, exigente para continuar, posesivo hasta la demencia, celoso hasta extremos casi irreversibles, empalagoso a niveles diabéticos, soberbio, preguntón, apasionado (se supone que es bueno, no lo es), patológicamente infiel, carajo, muy infiel, más infiel que todos los infieles del mundo juntos, mentiroso, muy mentiroso, más mentiroso que un político en campaña. Todo eso soy con las mujeres que entran a mi vida con la intención de ser "mi compañera" (snif) y se van luego por la puerta de atrás, azotándola y sin más intenciones que ser la enfermera instrumentista de mi castración.

La cosa funciona de la siguiente manera: Yo no confío en ustedes. Nunca. Por nada del mundo. No confío en ustedes porque no las conozco. No quiero conocerlas. Ustedes me molestan.

Soy un misógino por las mismas razones por las que soy un agnóstico: Desconfío de lo que no comprendo. Y la verdad, mujeres, es que no las comprendo ni me interesa en lo más mínimo entender porque parecen perseguir la contradicción y la autorepresión como modus vivendi. Atraigo a las mujeres equivocadas, eso me queda muy claro. Por lo general las que se fijan en mí padecen de todos los síndromes que detesto, y que podría comenzar a enumerar en orden descendente así:

a)Ausencia total de una pasión dominante en la vida.
b)Desconocimiento casi absoluto del mundo que las rodea.
c)Desidia monstruosa por el conocimiento de ese mundo.
d)Pies feos.
e)Mala ortografía.

Y así ad infinitum, ad nauseam.

Por todas estas razones, mi larga vida que cuenta hasta ahora veintiséis mayos calurosos y bellos, sólo ha conocido dos noviazgos de los que conservo algún recuerdo fantástico y dos o tres tragos amargos. ¿Relaciones casuales? Uf, tell me about it, pal. Durante mucho, mucho, pero mucho tiempo, el sexo casual y las parejas de "salgo-contigo-pero-no-andamos-así-que-salgo-con-alguien-más-si-quiero" fueron mi manera de entender esa cosa extraña que a niveles exponenciados y narcóticos llaman amor (ah, imberbes) y de eso conservo, más que nada, una media sonrisa que se me terminó formando por las ingeniosas groserías que he terminado por recibir junto con la rigurosa patada en el trasero.

He terminado por entender que el amor no tiene direcciones, ni sentidos. Esto del amor no se parece a nada y por esa singularidad, es una materia complicada y pegajosa de la que uno no termina por desprenderse en ningún momento de la vida. Asumirlo es ligeramente menos complicado que practicarlo de forma eficiente, sobre todo ante la carga de pesadumbre que el mundo se encarga de ponernos sobre los hombros y que poco a poco se constituye en una parafernalia prácticamente inseparable del rito del amor. Terminamos por comprar la idea de que el amor incluye días de visita, arreglos florales, serenatas con mariachi, estuches rojos de chocolates en forma de corazón, caminatas por la orilla de la playa, noches interminables comiéndose los labios mutuamente, pedida de mano con rodilla al suelo y anillo de diamantes, vestido blanco con lazos de organdí, bla bla blarablá.

Carajo, con tantas cosas por hacer, no queda tiempo de quererse, ¿no? ¿A qué horas se va uno a conocer si todo el tiempo se espera que se haga algo? Se pasa la mitad de la vida pensando en el siguiente paso, planeando, perseverando, y la segunda mitad pagando la pensión alimenticia postdivorcio. ¿Qué salió mal? Déjenme ayudarles, queridos míos: Pasaron tanto tiempo preocupados por hacerse querer que olvidaron quererse.

Hace tres años conocí a la mujer a la que amo. Hace bien poco menos de esos tres años supe que terminaría por enamorarme de ella más tarde o más temprano. Por una de esas cosas que tiene la vida, aquel no era el momento. Mi vida estaba llena de grandes cortadas abiertas por donde manaban sangre y pus y dolores a veces ocultos y a veces gritados y yo no estaba por ningún motivo facultado para querer a alguien. Ustedes no tienen idea de lo difícil que es encontrarte todos los días a la mujer que sabes que podría hacerte tan feliz como sólo has soñado y saber que el único gran impedimento para tenerla eres tú mismo y el lugar al que tus decisiones te ha llevado. Cállense, no la tienen.

Hace algunos meses le dije por primera vez que la amaba. Y fui sincero. Hace dos meses volví a verla tras dos años de ausencia total, de mutuo silencio, de desaparición casi total de nuestras vidas. Y me di cuenta que a pesar de que ella seguía siendo la misma mujer, era también una mujer distinta y de que yo, a pesar de ser un hombre distinto, seguía siendo también el mismo hombre, y la vida, por otra de esas cosas que tiene, se rió de mí cuando entendí que aunque ambos éramos otros y ambos éramos los mismos, esta vez era distinto, porque ella, en lugar de mirarme y sonreír como sonreía casi siempre que nos encontrábamos en aquellos días aciagos del 2005, me miraba largamente y me dejaba verla muy de cerca y ambos nos deleitábamos en besos eternos y suaves y dulces.

Ya no tengo nada más para decir sobre el amor. Como ella, Ana, mi Ana, dice todo el tiempo: La vida se encarga todos los días de hacerme tragar mis palabras.

Ana, mi Ana. Es tan lindo poder por fin decirlo. Ana, yo te amo.

08 octubre 2008

Break

Me imagino que ya notaron que tengo tiempo sin postear.


Bueno, no lo han notado, pero tengo tiempo sin postear.


Sí, ya sé que a nadie le importa, pero el hecho es que padezco una extraña enfermedad mental que me hace creer que lo que escribo en el blog es leído por personas extrañas, con vidas, actividades, intereses y un sinfín de propósitos, eventos todos que requieren de su tiempo, y parte de ese tiempo lo invierten en venir aquí y leer mis cosas, por lo que mi condición mental me obliga a darles una somera explicación del porqué de mi ausencia y por lo tanto del porqué de la falta de publicaciones recientes.

Pues bien, he descubierto que estoy un poco cansado. La terminación a marchas forzadas de mi nuevo cuentario (Dibujar un círculo, Editorial Jus, Mayo de 2009, tal vez) me ha dejado con una leve sequía de ideas y una severa cuasijaqueca de la que ni siquiera me había dado cuenta hasta el fin de semana pasado cuando apagué la computadora y me dediqué a corretear con mi hermoso hijo en mi ya no tan hermoso pueblo de crianza.

Estoy un poco cansado y creo que voy a dejar en paz esto de las letras por algunos días, hasta que se me desacalambren las manos y se me desentuma el cerebro. Está difícil pelear contra 26 años de entumecimiento, pero a ver si un coñaquito ayuda. Ni modo.

Regreso pronto. Hay pizza en el refri, sólo quítenle la pelusa y métanla al micro. Saludos.

30 septiembre 2008

Ahora sí, Sexo.

La filosofía taoísta proviene de China donde, desde hace más de dos mil años, se tiene la conciencia de que la sexualidad es una parte integral del ser humano. De China nos han llegado cosas tan rompemadres como la pólvora, la imprenta y los portátiles piratas de tetris que me hicieron felices las esperas en tantas dependencias burocráticas cuando era un mono jurídico.

Para el Tao no existe el morbo, la represión o la culpa. El sexo no sólo es satisfactorio, sino muy saludable tanto física como psíquicamente y está relacionado con la belleza y la longevidad. La gente en la zona oriental del mundo, ha practicado el “arte sexual” durante milenios partiendo de los principios básicos del Tao, y dicen los que saben que por eso hay un chingo de chinos y de hindúes y los japoneses trabajan a lo bestia.

Los puntos más importantes en los que el Tao del sexo y del amor difieren de la sexualidad occidental son la regulación de la eyaculación, la satisfacción plena de la mujer y la diferencia entre orgasmo masculino y eyaculación. Estos aspectos han empezado a ser retomados en Occidente por los sexólogos, ya que han descubierto que proporcionan una mayor satisfacción en la relación de pareja. Y es que, no nos hagamos los pendejos, el mexicano “promedio”, considera al sexo como el acto de aprovechar el medio tiempo del chivas - américa para echar el brinquito semanal con la fodonga, o dar tres bombeos y asomarse por el cristal de atrás del carro a ver si viene la patrulla, o un largo etcétera.

El Tao y las teorías sexuales modernas confluyen en el hecho de que el objetivo en la relación sexual no debe ser ni el orgasmo ni la eyaculación. El Tao va incluso más allá, pues indica que el objetivo del sexo es la salud mental y física tanto del hombre como de la mujer. O sea que se puede tener un sexo fantástico sin terminar haciéndole un batidillo a su pareja de turno, muchachos, o sin el miedo de que al baboso de turno se le “olvide” salirse a tiempo, niñas ingenuas.
Para el Tao, la armonía existente entre el yin y el yang se aplica en el acto sexual, de manera que sin importar el cansancio, la energía o el tiempo que se tenga, se puede llevar a cabo una unión sexual satisfactoria que involucre un alto nivel de amor entre la pareja, por lo que el vínculo se verá fortalecido. El Tao invita a los amantes a disfrutar el uno del otro sin prisa, a jugar y, en definitiva, a lo que en Occidente llamamos retozar, y mucho más comunmente foreplay, cachondeo, faje, agasaje, y demás finísimos apelativos.

Las técnicas del Tao sexo muestran un conocimiento profundo del funcionamiento del cuerpo y de las emociones humanas de cada sexo. Su objetivo es cultivar el placer y lograr aumentarlo cualitativa y cuantitativamente mediante el erotismo. Pero éste no se basa sólo en caricias mutuas, sino en la manifestación de sentidos: tocar, oír, oler y saborear a la pareja. El Tao te proporciona muchas ideas para preparar el arte de retozar: Plantearlo como una ceremonia. Prepara todos los pasos con detalle y tómate tiempo para estar lista o listo internamente (date un baño, escucha música relajante, cuida tu cuerpo) Tienes que pensar en la relación sexual como en una parte importante de tu vida, y no como una actividad para saciar un deseo animal o matar los minutos que faltan para el Monday Night Football.

Decorar el ambiente donde se va a consumar el encuentro amoroso. Cada pareja debe construir su propio templo. Se puede hacer desde lo más cliché y cheesy del mundo, como realizar masajes con esencias aromáticas, esparcir flores por la cama, vestir ropa sensual, poner velas, música, colocar pequeños cuencos de comida con sabores que ayuden a despertar el apetito sexual (frutas pequeñas, miel, chocolate, té aromático, etc.), hasta lo más kinky y desviadote del mundo, como darse de madrazos, agarrarse a mordidas, pelearse “de mentiritas”, o decirse cochinadas. Lo que te prenda, vale.

Libera el cuerpo. Es necesario quererlo como es, animarse a mostrar las mejores cualidades del mismo sin trabas ni complejos, y halagando a la pareja. A tu pareja le vale pito si tienes celulitis, estrías, los antebrazos gorditos o las tetas un poco caídas, si se está acostando contigo es porque le gustas; de la misma manera, amigos míos, si ustedes tuvieron poca suerte en la repartición de “dotes”, les tengo buenas noticias: Ellas los prefieren petite, dicen que son mejores por la variedad de cosas y posturas que se facilitan y que con un miembro más grande resultan dolorosas.

Para el taoísmo es esencial mantener relaciones sexuales constantemente, para enriquecerse de forma mutua en todos los aspectos. Y por constantemente quiero decir diario, no a cada minuto, aunque estaría muy bien si se pudiera y no hubiera que ir a trabajar.

Es necesario, para un desmpeño óptimo y una satisfacción cada vez mayor de ambos, trabajar la respiración de forma suave. Es preciso hacerlo de manera adecuada y por la nariz, relajándose y olvidando todo lo que acontece fuera. Lo único que importa es el placer de disfrutar del momento. Yo les recomiendo muy encarecidamente realizar además algo de ejercicio cardiovascular para aumentar su capacidad pulmonar y su rendimiento cardiaco, lo que incrementa super efectivamente tanto la duración como la constancia y la potencia de su cuerpo a la hora cuchi cuchi, la hora chingüengüenchona.

Una vez finalizado el acto sexual, el Tao recomienda a la pareja no separarse, ya que es un instante de extremada sensibilidad. Es el momento de intercambiar las experiencias positivas. Mi opinión personal es que no hay que tomarse esto al pie de la letra, se me haría muy mamila realizar una evaluación profesional del acto tan sincero que acaba de llevarse a cabo y del que aún se conserva en el propio cuerpo el aroma y el sudor (entre otros fluídos), más bien díganse las cosas buenas que sienten uno por el otro, aprovechen la fragilidad emocional que el instante brinda y si se aman, díganselo, si nada más se quieren, díganselo, si de plano sólo son cogicuates, recuérdense lo bien que se caen, lo mucho que se gustan, lo agradecidos que están con ese alguien especial por poder brindarse a fondo y disfrutar juntos con alguien en quien confían de un acto tan bello, confortante y satisfactorio como una buena sesión de orgasmos simultáneos.

Salud. Y a practicar, pequeños padawan.

27 septiembre 2008

Autopista Dos

De tal modo que Santiago, de quien ya hemos dicho que no pugnaba por salir del molde, conducía a noventa kilómetros por hora y escuchaba una canción aleatoriamente elegida por el sistema de reproducción del ford entre las mil seiscientas veinticinco que le permitía su capacidad de almacenaje. A Santiago le gustaba saber –y lo pensó en ese momento- que mil seiscientas veinticinco canciones era la capacidad real de almacenaje de su equipo de reproducción y que por eso, cuando elegía la opción de selección aleatoria, cada vez que terminaba una pieza él tenía una probabilidad de uno sobre mil seiscientos veinticuatro de acertar a la siguiente, aunque nunca había acertado. Santiago era una de esas personas de las que hace un rato le comentaba que les van las cuentas, y también tenía un poco de mala suerte en lo que a nimiedades se refiere.
La ciudad a la distancia era simétrica y rectilínea y sus colores arbitrariamente mezclados la hacían parecer un collage de infantes. A Santiago le gustaba verla de noche, en las contadas ocasiones en que volvía de dejar a Sofía tras haber ido al cine o al café de artistas donde hablaban por horas de la relación que no tenían ni podían tener, porque le gustaba cómo las pequeñas esferas naranja de miles de luces encendidas asemejaban insectos abrevando de una colmena unidimensional. Quizá esta manía le quedaba de la infancia en casa de los abuelos, aquel patio lodoso de un pasado remoto en donde los primos mayores le habían llevado muchas veces a cazar luciérnagas en cajas de cerillos. Santiago no podía recordarlo y mucho menos saberlo con certeza, pero aquella había sido para él la única edad feliz. Sin embargo ahora no era de noche, sino apenas de una tarde agonizante y el trayecto, aunque se le antojaba en ese momento eterno, no le daría más de diez minutos, muchos menos de los necesarios para que anocheciera.
Sofía, mientras tanto, lloraba con la cara contra la tela de la almohada, sin pensar que las manchas del rímel eran difíciles de quitar y pensaba, no sin un rencor tan malsano como el interés de usted por seguirse enterando de todo, que Santiago lloraba también tras el volante del ford y que las lágrimas no lo dejarían conducir sano y salvo hasta casa, sino que quizá le harían volcarse y morir en un revoltijo de hierros y sangre, pensando en ella. O, mejor aún, que en ese mismo momento Santiago manejaba de regreso a ella, al beso que había rechazado por imbécil pero que deseaba tanto como bien lo sabía, a fin de cuentas no era el primero que le daba y Dios era testigo de la arritmia inoportuna que aquellos besos solían provocarle y de lo suave y lo tierno que le aprisionaba los labios y la miraba a los ojos un segundo antes de separarse de ella. Sofía era, además de predecible, muy ingenua.
A Santiago, por supuesto, no le molestaba que Sofía fuera ingenua. Más allá, ese rasgo de Sofía había sido factor importante para que Santiago le dedicara dos años de su existencia a la insidiosa tarea de descifrarla con una precisión y una minuciosidad de relojero y luego a ponerle pequeñas y estratégicas trampas en las contadas noches en que ella le concedía citas breves y rigurosamente calendarizadas, hasta que un día se despertó con la certeza de que ya Sofía estaba perdida en el terreno pantanoso del amor adolescente.
Ella, cosa lógica, jamás se dio cuenta de que el muchacho con el que se divertía jugando al peligroso arte de seducir sin ceder ni un ápice de la intimidad que ya deseaba, también se estaba divirtiendo. Al contrario, el mayor de los placeres de aquella desviación riesgosa lo encontraba en los arranques de rabia que de pronto él le hacía públicos y en los que siempre e irrevocablemente terminaba mandándola al demonio sólo para llamarla al día siguiente y pedirle sin resquemores la siguiente cita, la nueva oportunidad
Los padres de Sofía, y particularmente el Doctor Guerrero, veían con buenos ojos al muchacho serio y casi demasiado formal que llegaba a su casa los viernes por la tarde, caminaba los doce pasos del jardincito a la puerta principal y tocaba tres veces con los nudillos en la madera. Santiago sabía que el interruptor del timbre estaba justo al lado, pero la sensación de los huesos chocando contra la sólida puerta ornamentada le regresaba la sensibilidad de las manos entumecidas por los nervios. Y es que Sofía lo aterrorizaba desde el día que la conoció, y ese temor reverencial tardó casi un año en desaparecer completamente, mucho más de lo que había tardado en conseguir de ella un beso y alguna que otra caricia más profunda. Lo aterrorizaba por la frialdad con la que sabía verlo a los ojos con sus pupilas casi violetas y con la que sabía decir las palabras más afiladas y glaciales con un tono tan neutro de la voz que Santiago no sabía si llorar o correr.

26 septiembre 2008

Hablemos de sexo.

Yo crecí -es un decir- en la creencia de que había esencialmente dos formas de vivir la sexualidad: La primera, el sexo rutinario y eventualmente aburrido con tu pareja de siempre; la segunda, el sexo siempre nuevo, riesgoso, emocionante y eventualmente aburrido con un montón de parejas distintas.

Yo crecí -es un decir- equivocado y víctima de la mala suerte de estar rodeado de vecinos un par de años mayores que yo y con acceso demasiado fácil al porno y al machismo existencial. Cuando tus dos mejores fuentes de información cosifican a la mujer, uno está prácticamente condenado a una vida de malas relaciones íntimas.

Yo crecí -y, de nuevo, es un decir- con dos hermanas, una madre y un padre maravillosos, pero totalmente despreocupados de mi educación sexual. Mi madre intentó hablarme de sexo a los 19 años, cuando yo ya... Yo ya. Además intentó hablarme de la forma más moralista, rígida y atemorizante que uno puede utilizar para hablarle a alguien y de la que sólo recuerdo las palabras Embarazo, Sida, Homosexual y Cuidadito. Con esos truenos, las ganas de intercambiar ideas que pude haber tenido se disiparon para siempre y decidí seguir haciéndome el ingenuo.

Durante la adolescencia, mi hermana mayor pensó que era una buena idea catequizarme sin dirigirme la palabra directamente, y me dio a comer ese ladrillo de moralina llamado Juventud en éxtasis (¡todos lo leyeron, no se hagan pendejos!) del opusdeísta Carlos Cuauhtémoc Sánchez, una obra pensada estrictamente para defender la más antigüa postura católica respecto al sexo fuera del matrimonio (y que podría resumirse a una palabra: NO) en el contexto de la vida de un joven desenfrenado y vividote que se contagia de una de esas cosas que hacen que se te caiga el pito y luego encuentra un gurú puritano y el amor verdadero y de manita sudada.

Habiendo llegado a este punto sin más información que un altero de películas cochinas y revistas igualmente puercas que la vida me puso en las manos siendo un mocoso sin criterio, el tocar el otro extremo, la castidad como meta deseable, me pareció un tanto vomitivo. Sin embargo, sirvió para darme la idea providencial de buscar el punto medio entre una cosa y la otra. Es decir, yo no creía en eso de llevarle una pizza a la vecina y terminar follándomela sobre la mesa del comedor tras un par de frases, pero tampoco me cabía en la cabeza que algo tan apetecible como el sexo tuviera consecuencias tan funestas como la pérdida de apéndices necesarios para la micción.

Y fue por este camino por el que llegué al lejano Oriente.

Resulta que la buena gente de China y la India tiene una doctrina milenaria respecto del sexo. A mí me llegó, como me han llegado muchas cosas en la vida, en forma de un libro pequeño cortesía de mi suscripción a la gallega revista de divulgación científica llamada Año Cero. El mini libro se llamaba Tao del sexo, era rojo y mínimo y en su interior había página tras página de una forma maravillosa de entender la sexualidad y la relación entre hombre y mujer en el momento de comunicación más profunda posible, que es obviamente desnudos y sudorosos. Era tanto un libro como un manual, pues además de la teoría de la serpiente Kundalini, el dogma de los chakras, las técnicas reiki y otras tantas filosofadas de aquellos lares, había técnicas de respiración, contracción muscular, enfoque mental y otras muchas pequeñas maravillas destinadas a convertirlo a uno en un amante prodigioso.

Curiosamente, en la doctrina oriental, el placer de uno se basa en el placer del otro, y siempre y sobre todo en el flujo de la energía de uno de los cuerpos al del contrincante amatorio en cuestión. Pór tanto, aunque el sexo casual está "autorizado" e incluso "recomendado", se le prodiga al sexo con amor un trato especial de manjar deseable e insustituible a cuya luz puede alcanzarse el verdadero umbral de la iluminación. Se antoja, ¿no?

Lamentablemente, a muy pocos, y sobre todo a los que desfilamos del lado masculino del género humano, les importa evolucionar sexualmente. Según la encuesta durex, los mexicanos ocupamos el segundo lugar en satisfacción sexual con un honroso 63%. No sé si ya lo hayan ustedes notado, pero los mexicanos somos bien mentirosos. O si no, yo conozco a pura gente que pertenece al otro 37%. Y es que cada vez que me meto por ls difíciles terrenos de platicar de sexualidad con grupos de amigos, surge la insatisfacción, sobre todo del lado de ellas, contra "el rapidito", "el soso", "el puerco", entre muchos otros temas.

Según mis entendederas, una buena sesión de sexo puede durar alrededor de una hora. Sin embargo, la media nacional es de 22 minutos. Obviamente esos 22 minutos no incluyen el juego previo, el cual puede ser de un segundo o de dos horas, pero según me dicen las féminas que han tenido los cojones de sacarlo de su ronco pecho, no son muchos los varones preocupados por darles esa mínima ventaja a ellas y acercarlas así un poco a la meta deseable. 22 minutos de coito, es tanto como decir 2 minutos menos que un episodio de los Simpson. El tiempo necesario para hacer unos espaguetis, planchar una camisa o leer las páginas centrales del periódico. No sé a ustedes, pero a mí me parece no sólo minúsculo, sino hasta ridículo.

Se me ocurre una idea. A partir de esta publicación iré sacando notas esporádicas del libro del que les hablo más arriba. Juventud en éxtasis.

Por supuesto que es broma, las notas serán extractos del Tao del sexo, y espero que les sirvan. Los artículos serán comentados con chispeantes anécdotas cortesía de su servidor y gente cercana. Todos los nombres serán cambiados para evitar la carrilla. Señoras y señores, salud.

25 septiembre 2008

Autopista

Si tuviera que llamarlo de alguna manera, lo llamaría Santiago, sin más motivos que el ser ése el primer nombre que se me viene a la memoria y que encuentro difícil uno que tenga menos qué ver con él o con cualquiera cercano a sus malos días. Santiago por decirle de algún modo, y sólo por evitarme el vicio de referirme a él diciendo sencillamente “aquél hombre” o “el tipo del que les hablo”. Por simple economía será de ahora en adelante Santiago y así cada vez que usted lea este nombre sabrá que hablo sin duda del mismo sujeto y no tendrá qué preguntarse más nada que quizá las motivaciones de Santiago para hacer esto o aquello de lo que yo le cuento y que aunque usted no tiene por qué saber, ha demostrado hasta ahora un interés casi malsano por enterarse.
Le decía. Esa tarde Santiago manejaba de regreso a casa por el muy largo y muy soso periférico oriente de la ciudad en la que vivía desde los ocho años. Tenía a la sazón veintisiete, por si a usted le van las cuentas, y el coche que manejaba era suyo y era un ford del noventa y nueve, por si a usted le van la mecánica y el clasismo. La luz del día estaba a punto de dar la última campanada en el horizonte del retrovisor derecho y en los ojos de Santiago se leía un cansancio del alma de esos a los que los atardeceres no hacen sino agravar y si se miraba con atención se veía también el reflejo del tablero y los marcadores en verde que avisaban que el tanque tenía poco menos de la mitad de combustible, la temperatura del motor estaba aceptablemente baja y el cinturón de seguridad iba cautamente colocado sobre su pecho.
Iba pensando, sin profundizar mucho, en el sinfín de casualidades que mientras conducía iban sucediendo a su paso. Cerca de doscientos metros adelante se veían las luces intermitentes de una vieja camioneta que había perdido un neumático. Al pasar junto a ella y ver al conductor –un hombre de unos cuarenta, entrado en kilos y con un grueso bigote negro- caminando hacia el neumático que yacía al lado del asfalto, no pudo evitar pensar que si Sofía no hubiera decidido darle el segundo beso después del primero que él le había rechazado y casi escupido en la cara y él no hubiera tenido más remedio que permanecer inerte mientras los labios muy pequeños de ella apresaban con violencia los suyos, tal vez estaría en ese mismo instante sangrando con el volante ensartado en el costillar, la frente inserta en el cristal del parabrisas y el último pensamiento fijo en el segundo de más o de menos que bien pudo haber usado para no ir a matarse en ese tramo que tan mal le caía. Pero Sofía se había afanado en darle ese beso que él no quiso recibir y luego en darle el segundo que él no quiso corresponder, y cuando Sofía por fin tuvo los tres dedos de frente de cambiarle el beso por una bien sonada bofetada en la mejilla izquierda, Santiago no pudo hacer nada distinto de sonreírle con amargura, abrir la portezuela, subir al coche y arrancar.
Como ya se habrá dado usted cuenta, en el epitafio de Santiago podrían decirse muchas cosas, pero de ningún modo se diría “aquí yace un hombre original” con justicia. No es que los epitafios sean precisamente un honor a la verdad, pero usted me entiende. Tampoco es que de Sofía podamos decir mucho, si al final no son pocas las mujeres que heridas en el amor propio sueltan así nada más la bofetada, confiadas en el viejo principio de que hombre que es hombre no va a regresarle la cortesía, ni tampoco había sido nada nuevo el recurso que había intentado esa tarde en la terracita de la casa de playa de los padres, de quitarse el batín de baño y quedarse sólo con el traje de dos piezas diminutas que apenas y le malcubría los pezones erguidos y el monte de venus cuyo admirable depilado hacía imposible distinguir dos tonos de piel como es usual. No. Sofía tampoco era la más creativa de las mujeres y lo había terminado de demostrar cuando tras derramar las primeras dos lágrimas compungió el gesto en un puchero y se metió corriendo a su casa.

23 septiembre 2008

de promesas rotas, tratos deshechos y siempre no's

Es triste cuando uno se involucra en un proyecto emocionado por todo lo que este encierra y promete y luego resulta que ese proyecto no es tan distinto, innovador y sólido como uno pensaba y de repente uno se despierta en la perspectiva de dejar el barco que se hunde, como las siempre listas ratas, o hundirse junto con él, como los siempre éticos y muertos capitanes.

En lo personal, me he dejado ahogar en un par de proyectos -uno político y otro empresarial- y en ninguno de los dos casos me ha resultado satisfactorio ni he experimentado jamás el placer de haber cumplido con mi deber yéndome al vacío junto a mi equipo de trabajo. Me parece mucho muy injusto ser el oráculo delfiano que les avisa a tiempo y con todos los argumentos del mundo que su proyecto se está yendo a pique por el conjunto de decisiones estúpidas y totalmente predecibles que se toman y ser ignorado como si uno fuera nuevo en estos lances o de plano fuera un lego cuya opinión se basara en la intuición y no en la experiencia. Y, vamos, no es que sea yo un viejo sabio de los montes Klama Hama, pero sí de algo me enorgullezco es de no hablar a lo baboso sobre temas que ignoro, sino de opinar y entrarle al futurismo únicamente de los tópicos que domino al dedillo y que, aunque son pocos, sé que conozco de pé a pá.

Comentaba hace un par de días con mi amado monstruo, que tengo un par de ofertas de trabajo, una local y una foránea, ambas atractivas -una más que la otra, por razones difíciles- y que me siento un poco reacio a tomar alguna de las dos por el entusiasmo con el que empecé el proyecto en el que estoy actualmente metido. No es sólo el bar, sino todo lo que significa su existencia, el equipo de trabajo, la mística, caray, el sinfín de cosas. Hay programadas dos expansiones para principios del próximo año y estoy involucrado en las dos, hay por ahí una oferta para volverme accionista, hay razones de sobra para quedarme, pero también están surgiendo, desde hace casi una semana, abundantes razones para dar la media vuelta y cambiar de aires.

Y la verdad es que no sé qué hacer. Siento que mi ciclo aún no se cierra aquí, siento como si esperara algo antes de tomar mi decisión antes de que sea la decisión la que me tome a mí y no sé qué es eso que espero ni cuánto tiempo voy a esperarlo antes de desesperarlo.

Independientemente de lo que ya dije -es decir, cambiando bruscamente de tema- Quiero decir al público en general, pero muy en particular a dos personas, que ellas mejor que nadie saben quiénes son, que cuando uno hace un trato y lo firma con lágrimas y sangre, es un trato que se respetará hasta la muerte o hasta que haya pacto en contrario. Una de ustedes lo vulneró y yo, a pesar de ser un desgraciado reformado que recuerda muy bien la mecánica de la venganza, no puedo ni quiero hacer nada distinto de reírme de ti. La vida se está encargando de ponerte en tu lugar.

Bueno, gente, a este servidor le quedan 72 horas para tomar una decisión prácticamente definitiva sobre el futuro. ¿Panditas de goma o chispas de chocolate?

17 septiembre 2008

Dramatis personae.

Cuando llegué a vivir a Guadalajara me pasaba la vida con los audífonos puestos y el reproductor continuamente tocando la música que los fines de semana adquiría a precio de ganga en el mercado de san juan de dios. Eran soluciones pragmáticas, pues los discos que compraba eran compilaciones en formato mp3 que incluían la discografía completa del artista o grupo que se me diera la gana y además de ahorrarme el trabajo de decidir entre un LP o el otro, me proporcionaba horas y horas de música interminable y siempre variopinta.

Recuerdo especialmente los primeros peregrinajes a la facultad, cuando aún no conocía de rutas de autobús ni tiempos de recorrido y me levantaba a las cinco de la mañana para no fallarle al horario, tomaba un 622 hasta el estadio Jalisco y escuchaba a los Red Hot Chilli Peppers durante todo el trayecto. Muy pronto empecé a medir los traslados en función de la canción que sonaba en mi cabeza. De la agencia Peugeot hasta el Jalisco era igual a decir de Aeroplane a Dani California. Del estadio Jalisco a la facultad era igual a decir de Give it away a Otherside. Los días que prefería escuchar Café Tacvba, medía los trayectos desde La negrita hasta El metro y luego desde Esa noche hasta Mediodía.

Me gustaba escuchar a Pastilla mientras comía en la cafetería por ahí de las once de la mañana y a Guitar Vader mientras esperaba la reta en las tercias de futbol del edificio Ñ. Ponía sin variaciones al Tri mientras llegaban mis instructores de laboratorio y a Jumbo -que por entonces era simplemente genial- cuando tenía caminatas largas frente a mis tenis.

Por aquellos días me gustaba una mujer cuya plática era absorbente y sus ojos vivos como carbones. Lamentablemente no podía gustarme y a mí me gustaba refugiarme en la música que sólo sonaba para mí para esquivar la conversación necesariamente incómoda con la susodicha. Recuerdo con claridad un par de ocasiones en las que me "regañó" por aislarme de los demás y perderme en los vericuetos de un Tom Morello virtuoso o un efusivo John Paul Jones y yo sólo sonreí para hacerle una seña de "no te escucho" con la mano derecha y la vi sonreír y me di cuenta cabal de cuánto me gustaba y cuánto no debía gustarme.

En el trayecto de regreso a casa generalmente tocaba algo más ambiental. A veces algo de música celta o piezas sueltas de jazz de Louis Armstrong, a veces Manu Chao o lo más viejito de Chabela Vargas.

Pero había malos días en que olvidaba mi reproductor y debía vérmelas con el mundo refugiado por lo general en el libro de turno y más ocasionalmente con la pantalla siempre móvil de las ventanas del ruletero. Justamente era uno de esos días aquél en el que llegué a la parada del 258 y mientras pensaba en la estructura molecular de un polímero inestable cuyos enlaces polivalentes equivalieran a un aumento del 25% en la elasticidad total, atisbé sobre mis hombros en busca de un lugar dónde sentarme y me topé de frente con la sonrisa de la niña de la plática peligrosa.

Tomaba el mismo autobús y vivía más lejos que yo. Nunca me la había encontrado hasta ese día, precisamente el día que no llevaba mi burbuja individual de acordes y retumbos para guarecerme. Y habló y habló y habló durante media hora y mientras ella parloteaba yo sólo me maldecía interiormente por haber salido aprisa de mi casa y haber dejado sobre la cama mi dotación de rocanrol.

Me bajé seis cuadras antes de mi casa. Nunca volví a olvidar mi reproductor.

15 septiembre 2008

History/Mistery

Ayer descubrí que puede llegarse a la felicidad por el lado contrario, yendo siempre hacia la melancolía hasta que se la pasa de largo y de pronto el cielo vuelve a ser verde y el pasto comienza a ser azul.

Hoy soy feliz.

12 septiembre 2008

Hago tragos por comida.

Por estos días cumplí tres años desde aquel lejano junio en que por primera vez preparé un trago profesionalmente. Me imagino que no ha cambiado mucho el oficio en tres tristes años de ejercerlo más o menos constantemente. He sido bartender en lugares bastante distintos, desde un antro en Guadalajara -trabajo del cual nunca nadie supo, no sé por qué-, un restaurant gringo en Tijuana, un par de bares en Hermosillo, un lugar de vinos y comida mediterránea, luego otro antro y así. Por supuesto del giro depende generalmente el ambiente y muchas otras cosas derivadas: Las conversaciones con la clientela, el tipo de tragos que se preparan con mayor frecuencia, la vestimenta, el estrés y obviamente las ganancias del día.

En realidad me gusta mucho ser bartender. Es curioso, porque fui mesero mucho tiempo en intervalos más o menos largos y a pesar de que tenía mucho contacto con otros bartender, la barra no me llamaba la atención. En realidad creo que no me había dado cuenta de la mística, o de la economía, o no sé, simplemente no me llamaba. Fue necesario pasar casi seis años atendiendo a la gente en las mesas, hartarme totalmente del trato consuetudinario con latosos caprichosos inseguros indecisos remilgosos clientes, que decidí esconderme detrás de la barra y tratar mejor con meseros y borrachines. Y me ha ido bien.

El bar es una institución caprichosa y exigente. Es muy competitiva y difícilmente un bartender comparte sus secretos con otro que no pertenezca a su misma barra y al que generalmente se adopta como a un alumno distinguido. Casi todos desarrollamos tragos personales y les ponemos nombres que nos da la gana y por supuesto no prestamos la receta más que al padwan en turno. El mío se llama transistor y es una fresca mezcla de...

Les decía. Todo esto viene a colación porque en días pasados el periódico "grande" del estado sacó un póster con un top ten de bartenders en la capital y se me hizo muy curioso ser incluído. No creo ser un tipo muy conocido, ni tampoco especialmente espectacular para el "flare". Pero el caso es que me incluyeron y eso, aunque vano, me hizo sentir bien. Les digo, los bartender somos competitivos, y eso en cierta forma es un aliciente que me hace pensar que hago bien un trabajo que aunque no es el más prestigioso del mundo, paga las cuentas y es divertido.

Bueno, la verdad es eso y que hoy no tenía ganas de postear.

11 septiembre 2008

It's just business.

El hombre de la barba negra puso la última tentación sobre la mesa. Vestía de Armani, el muy hijo de puta, un traje negro con un corte que le caía de maravilla a los hombros ligeramente más amplios que el cuerpo espigado y de piernas largas. El nudo de la corbata era windsor y el cuello de la camisa, inglés. La pluma, por supuesto, mont-blanc. El otro hombre, con los puños encontrados bajo el mentón, lo miraba y sonreía entre infantil y despectivamente. Su barba era de un gris blanquecino y hubiera parecido mucho mayor que el primer hombre, si no hubiera sido porque en los ojos de un azul clarísimo retintileaba un brillo de infancia apenas contenida y en los del otro -color obsidiana- se veía un cansancio ancestral. Vestía de Hugo Boss, el traje gris claro con una camisa rosa de puño y cuello blancos y una corbata perla y al lado de su codo izquierdo había un bowl con humeantes bollos de canela.

-Se llama Andrés- Dijo el primer hombre, mostrando la gran fotografía en blanco y negro donde el apenas llamado Andrés caminaba por una banqueta cualquiera, las manos metidas en los bolsillos del abrigo.

-¿Tu oferta?

-Un mentiroso, un infiel y un ladrón.

El hombre del traje gris lo miró detenidamente y la sonrisa fue desvaneciendo de sus labios. Sin la sonrisa, su barba pulcramente recortada formaba casi un tridente del mentón a las comisuras de los labios.

-Es una oferta generosa, ¿no?

El primer hombre encogió de hombros y entrecerró un poco los ojos, casi con coquetería. Su sonrisa era de un carisma avasallador.

-El hombre está enamorado- dijo.

-Entonces no tenemos que discutir más. Si el hombre está enamorado, es mío- Y el hombre del traje gris cerró su legajo de papeles e hizo un ademán de despedirse, pero antes tomó uno de los bollos de canela y lo remojó un poco en el café.

El primer hombre sonrió con una melancolía mucho mayor a la de sus ojos, se atuzó el bigote negro y encendió el tabaco de la fina pipa de cerezo con un chasquido de los dedos.

-Ay, señor- le dijo- Tantos siglos viendo a estos imbéciles y no has entendido de lo que es capaz el alma de un hombre enamorado. Hagamos negocios. Te estoy ofreciendo un infiel, un ladrón y un mentiroso.

El segundo hombre dio el mordisco al bollo de canela -que estaba particularmente dulce y suave y que sabía particularmente bien mezclado con el amargor del café- y se rascó un poco el área de la barba que cubría su mejilla. "Dios nunca se equivoca- pensaba- Pero por otro lado, el hombre está enamorado".

Y Dios dudó.

10 septiembre 2008

Good morning and some froot loops

Levantarme siempre significa enfrentar la perspectiva de a dónde dirigir las horas muertas que me depara la mañana. El haberme hecho nocturno me ha traído -aparejado con todo lo bueno- la funesta consecuencia de no tener un cúmulo de actividades a las cuáles dedicar la mañana. Supuestamente se la dedico a dormir, pero dormir últimamente me inquieta, me hace sentir que pierdo el tiempo en exceso. Por eso le doy al cuerpo las seis horas que recomienda el canon y luego me ruedo en la cama hasta caer al suelo frío para obligarme a despertar, abrir los ojos a la luz muy blanca en la ventana y luego encontrarme en el espejo, siempre un poco más mermado que la mañana anterior.

He comenzado a dejarme una barba de candado. Es una estupidez superficial quizá para compensar el cabello largo que muy probablemente nunca vuelva a tener y que era la única herramienta a la mano a la hora de decidir cambiarme la cara tras un evento parteagüas. Por supuesto no tendrá seguidores esta decisión de llenarme la cara de pelos -nunca los ha tenido- pero la verdad es que no me importa. Ser un tipo "guapo" o simplemente "atractivo" es una cosa que desde hace bastante tiempo ha dejado de ser de interés para este que escribe. No les engaño, soy consciente de que la armonía estética atrae para uno muchos privilegios, pero son privilegios que no me interesa granjearme así.

Hace algunos meses -ya casi un año, diablos- se me formó un hábito carcelario: Rentaba un departamento sin televisión por cable y las horas muertas contemplaba la ciudad por las ventanas mientras ejercitaba los brazos con unas mancuernas que compré para el efecto. Jamás fue una búsqueda por un cuerpo bello, sino apenas una forma no dañina de acortar esos minutos que separaban mis largas mañanas de ocio de mis noches de trabajo. La depresión que me pegó poco después no hizo sino acentuar la furia con la que me entregaba a esas sesiones de ejercicio, supongo que en forma de reprimenda por mi pusilanimidad. El caso es que ayer mientras salía de bañarme me detuve un momento frente al espejo grande de la recámara y fui por primera vez consciente de que en mis 26 años de vida nunca había tenido el cuerpo tan trabajado. Justo ahora que nadie tiene la cotidianeidad de verme desnudo. Habla de ironías, ¿eh, destino hijo de la gran puta?

Pero les decía: levantarme siempre me pone en esta perspectiva. Desde que retomé el hábito de publicar en esta bitácora ya sé que entre 30 minutos y una hora están listos, pero de ahí generalmente el tiempo se lleva mi cuerpo hasta un café donde quizá desayuno y luego intento un cuento lento; enfilo los pasos hacia la tienda de libros y chocolates, camino por las calles del centro, paso largos minutos sin hacer nada distinto de pensar en ideas muy exactas y afiladas que termino desechando por repetitivas.

Hoy, por ejemplo, Fertz me pide que le ayude a cocinar algo elaborado y preferentemente bello para invitar a comer a su novio. Y a mí me encanta cocinar y se los he dicho, pero hoy no tengo ganas. Afuera está muy nublado y yo sólo quisiera estar en la casa de la playa, en una de las hamacas de la terraza, con un libro de Roth -a quien me tengo que acabar antes de que el año termine- y alguna charola de botanas diminutas y deliciosas. Por supuesto no me iré, no me atrevería a regresar para el trabajo, pero buscaré un plan alterno que no se parezca en nada a este pero sí me ayude a recuperar el gusto que yo siempre he tenido por el tiempo libre.

08 septiembre 2008

Lo demás sería cuestión de agendas.

No sé si de verdad pensabas engañarme esas contadas noches en las que me pedías que te llevara a tu casa y no al motel como solían terminar nuestras estúpidas citas. Sí sé que nosotros nos engañábamos pensando que esas noches de sudar y jadear y revolcarnos hasta el agotamiento eran la consecuencia natural de nuestra patética relación, cuando en realidad eran el único motivo. Nadie más que nosotros y ni siquiera nosotros mismos nos tragábamos el cuento de que aquellas tardes en el cine, las largas horas jugando al billar con otros dos o tres amigos era nuestra relación. No. Nosotros sólo éramos nosotros desnudos, uno sobre el otro, debajo, detrás o a un lado del otro, siempre mordiendo, besando, rasgando y lacerando, contemplándonos largamente en los espejos del techo. ¿De verdad creías que yo no me daba cuenta que te embelesabas mirando tu cuerpo? No veías a la pareja que tenía un sexo pletórico de orgasmos, sino a la rubia voluptuosa que te revelaba el espejo. Yo sé que pensabas en lo bella que eras, en lo exquisitamente bien formado de tus piernas, en lo pesado de tus pechos y lo redondo de tus nalgas. Eras, como siempre, una perra egoísta. Una perra egoísta que cogía como nadie, eso te lo concedo, pero de nada me servía tu maravilloso don de hacerme sentir protagonista de cuanto filme pornográfico me había llegado a los ojos si al final me quedaba la impresión de que te venías pensando en lo rica que estabas y no en lo duro de mis embestidas o lo caliente de mis besos.
Te lo aclaro ahora por si alguna vez te concediste el beneficio de la duda: nunca creí que fuera porque ese día no tenías ganas o porque pensabas que nuestra relación necesitaba de largas charlas y momentos especiales para ser un noviazgo. Nunca quisiste jugar a los noviecitos y lo sabías tan bien como yo. ¿De que otro modo me explicas que tras las primeras seis veces de habernos dejado mutuamente en calidad de lastre en la suite cuarenta y ocho del Mar y Tierra te hubieras animado a confesarme que no solo tenías un novio formal sino que además pensabas casarte en algunos meses? Te confieso que sentí una ternura sin límites de que te comieras mi cara de compunción, mi gesto contrito, mis ojos acuosos al reclamarte que me lo hubieras ocultado. Te confieso también que sufrí lo indecible para no reír en tu cara de la preocupación que me mostrabas cada una de las noches siguientes, cuando yo volvía invariablemente a pedirte que lo cambiaras por mí y te ofrecía todas las arenas del océano. Te veías tan linda confundida, pensando seriamente en cuánto te convenía la vida con aquel pobre mequetrefe y cuánto ibas a extrañas las noches conmigo en esa cama, la misma cama y el mismo espejo y la misma ducha y la misma maldita alfombra donde te hacía que aullaras como gata todas las madrugadas. Me gritabas Mi amor, ¿te acuerdas? Mi amor. Nunca gritaste mi nombre, ni una sola vez. Mi amor, Mi amor, decías y yo sabía que no estabas bromeando, era tu amor, te volvía loca el saber que yo realmente no te quería, que no te iba a querer nunca porque los dos entramos al juego sabiendo tú que yo era un desalmado y yo que tú eras una golfa. Entre gitanos no se ve la suerte.
Tristemente para ti, las golfas no son inmunes al amor. Detrás de tu facilismo erótico, de tu ninfomanía mal disfrazada de ansiedad afectiva, había una mujer proclive a los deslices y yo te resulté demasiado difícil de sortear. Yo sabía que me veías, siempre. Cada cosa que hacía en los momentos en que estabas presente era cuidadosamente vigilada por tus ojos amarillos bajo el fleco perfectamente recto que trazaba tu cabello en la frente. Y yo lo sabía, como casi todos los que te conocieron en esos meses. ¿Cómo demonios no te diste cuenta de que se reían de ti cuando decías que te tenía harta mi acoso? ¿Con quién querías jugar? Todos notaban que yo veía tus pechos tras el escote y tus caderas apretadas por los pantalones de dril con la misma atención de un comensal en un bufete. Tenías un cuerpo lindo, aún lo tienes, pero de eso a que yo te dirigiera la palabra con intenciones distintas de desnudarte había un abismo.
Aquella vez en el café, cuando hablábamos de él y de mí y tú hacías un hincapié constante a la seguridad que te daba tu próximo matrimonio, y te referías sin siquiera darte cuenta a tu ya demasiado obvia intención de vivir a su costa el resto de tus años, me dabas una pena enorme. Quiero decir: siempre supe que eras simple, pero saber que además de simple eras tan tremendamente predecible me rompió el corazón. Esa noche ni siquiera pude hacer que pasaras del tercer orgasmo. Habías dejado de ser divertida. Al quitarte el halo de misterio de la maldita zorra que se acostaba con quien le viniera en gana, te volviste la pobre putita sentimental que incluso me tomaba de la mano y lagrimeaba despacito, susurrándome te amos y diciéndome que me ibas a extrañar y ofreciéndome –eras, mujer, el colmo- los fines de semana que él estuviera fuera para desahogarnos mutuamente de las voracidades que sin duda se te irían sedimentando en las venas con aquel pobre pelmazo al que yo imaginaba un pésimo amante y casi seguro un eyaculador precoz. No sé cómo, dios mío, no te di ahí mismo un par de buenas cachetadas. Bien que te hubieran hecho.
Te gustaba jugar a que tú eras una loba y yo un niño bueno. Y eso hubiera estado muy bien si no hubieras perdido de vista que era eso: un juego. Cuando perdiste el hilo y empezaste a creer que de verdad eras la loba y yo de verdad era el pobre inocente al que podías manipular fue que perdiste el norte. Te sentabas a mi lado mientras veíamos cine francés y me acariciabas muy despacio la piel de los brazos. Yo sentía tus dedos pequeñísimos buscándome la piel entre la tela y sentía cómo se contraían en una garra que no se cansaba de calibrar la potencia de mis músculos. Te excitaba voltear a ver mi rostro, el brillo azul que reflejaban mis lentes de lectura, el negro absoluto de mi cabello contrastando con mi piel palidecida por la enorme proyección y mi mirada absorta mientras tus manos palpaban mis brazos y mi abdomen tenso. Yo sabía que estabas acostumbrada a una barriguita fofa y unos músculos lánguidos abrazándote sin pena ni gloria y que el sentirte levantada en vilo, ver la larga desnudez de tu cuerpo mecida por mis brazos en el aire mientras te penetraba de pie, simple y sencillamente te apagaba el cerebro. Gritabas blasfemias que ni siquiera creo que recuerdes y llorabas de placer. Llorabas. En tu mente estabas corrompiendo al muchachito estudioso cuyos tartamudeos te daban risa, al jovencito serio que no probaba el licor y despertaba todos los días a las siete para que le alcanzara el tiempo para la facultad y dos trabajos. Eso es lo que realmente te mataba, el creer que tú me estabas usando a mí. ¿Crees que no era capaz de oler a través del medio metro que nos separaba cómo se te empapaban las bragas cuando te besaba los hombros desnudos frente a docenas de personas en el viejo cine de Reforma?
Cuando por fin te fuiste con él me dio mucho gusto. Habías ido en tu cabeza de chef a sobrecargo, de sobrecargo a empleada bancaria, de empleada bancaria a pintora profesional y de pintora profesional a sobrecargo sin haber tenido la decencia de terminar la preparatoria. Esperé de todo corazón que la vida con un hombre centrado te ayudara a encontrarle un motivo firme a tu navegar por la vida. No volví a tener noticias tuyas hasta mucho tiempo después, y de la forma menos esperada. Recibir tu carta me puso inmensamente triste porque bastó ver tu nombre en el remitente para saber lo que decías. No eras feliz. Él viajaba mucho, te lo daba todo y no eras feliz. Habías conocido Bruselas y Marrakech, Canberra y Tokio, habías cebado mate en Montevideo y bebido pisco en Lima, habías fumado mota en Ámsterdam y comido gazpacho en Barcelona, te habías hecho tatuar en Florida –un hada pequeña en el tobillo, dijiste- y no eras feliz. Yo malvivía de escribir nota roja en dos diarios distintos y editoriales con nombres inventados y había bajado un par de kilos por la canícula inclemente del verano del norte, pero por aquellos días había empezado a llover con frecuencia sobre la terracita de flores de mi departamento y acababa de hacerle el amor por segunda vez a tu hermana menor, que tenía tu misma vocación amatoria con un poco más de carácter, así que me consideraba un hombre afortunado. El saber que regresabas me hizo reconsiderar.
Lo más ridículo es que haya sido tu hermana la que propició nuestro encuentro. Estaba desnuda en el sofá con el cabello rizado suelto derramándose sobre la alfombra cuando me dijo que hacía cuatro días que estabas en la ciudad. “Quiere verte” dijo “Quiere hablar contigo”. Me esforcé todo lo humanamente posible en recordar cuándo habías hablado conmigo de cualquier cosa distinta de acordar una hora y un lugar donde vernos y sólo pude recordar la vez del café, cuando tus ojos me suplicaban el Te amo que ya sabías que no ibas a oír y me dio risa pensar en todos los Te lo dije que hubiera podido propinarte si fuera un poco más sádico y un poco menos aguafiestas. “No me importa lo que pase entre ustedes” dijo ella todavía “Al fin y al cabo ella llegó primero”. Y yo volví a pensar que ella tenía todos tus dones pero había olvidado tus defectos. Practicaba el desapego y a mí me dio vértigo pensar que con un poco de esfuerzo podía llegar a quererla.
Supongo que eso es todo lo que ha sucedido hasta ahora. Como sabes bebiste conmigo dos botellas de Lambrusco y luego usaste como pretexto los humores del vino para aplicar tu truco favorito de quitarte los zapatos y acariciarme las piernas con los pies desnudos, de atisbar desde abajo de tu fleco –ahora un poco más rubio- con los ojos amarillos de siempre a los míos, tratando de decirme las cosas que nunca necesitaste decirme porque yo sé que tan sólo había que estirar el brazo para que vinieras a mí y te desnudaras prácticamente sola y te recostaras a mi lado ofreciéndome la espalda, mostrándome que en tu ausencia te habías torneado más la silueta y te habías bronceado quizá en Costa Azul o en Cabo o en el Rhin y que tan pronto sintieras mis labios en el cuello, subiendo hacia tu rostro, comenzarías a susurrar muy despacito Mi amor, Mi amor y a buscar apoyarte en mi cuerpo y sentir la tensión del miembro presionándote la entrepierna antes de empezar a gemir, ya conmigo dentro y empezar a decir Mi amor, Mi amor más fuerte, imagino que con la misma voz con la que se lo dices a él, con el mismo tono, quizá hasta con la misma sinceridad. Por eso mejor te llevé a tu casa, estacioné en la callecita y te di un beso leve en la mejilla, te dije Buenas noches y luego te vi caminar despacio hacia la puerta, pensando en lo bueno que sería que yo fuera un poco más sádico y un poco menos aguafiestas. Pero no voy a cambiar por una golfa cualquiera como tú, ni –¿a quién engaño?- por nadie más.

05 septiembre 2008

Tú no tienes nada.

Tengo varios días despertando pasado el mediodía y sintiéndome como si un tranvía me hubiera planchado de ida y vuelta. Me imagino que es consecuencia de dormirme siempre alrededor de las cinco de la mañana y de pasarme las ocho horas de trabajo como si estuviera en el gimnasio, cargando barriles y cajas de cerveza, bolsas de hielo muy grandes y mi ego.

Tengo varios días postergando indefinidamente actividades que quiero/debo hacer porque el tiempo simplemente no me alcanza -estoy durmiendo casi ocho horas diarias- y eso me enoja y me frustra y en general me amarga un poco más el humor. No he leído casi nada desde hace más de una semana (y para colmo lo que he leído no me ha gustado), tengo montañas de lavandería en mi cuarto, mi novela se atascó y no he hecho nada por sacarla, necesito con urgencia escaparme a la playa y despejarme un poco del caos que traigo en la cabeza.

Tengo varios días preguntándome qué demonios se les metió en la cabeza a las pobres mujeres que se esfuerzan tanto por caber en el cliché "trátame mal y te quiero, trátame bien y te ignoro" y se limitan tanto y se reprimen tanto y sufren y se lamentan tanto por situaciones en las que ellas mismas se ponen adrede. Señoritas: Yo no soy lo que buscan. Por si no fuera suficiente con todos mis defectos para descartarme como pareja, ahora además estoy perdidamente enamorado, y eso las pone a ustedes fuera de foco. Lo siento. No, mentira.

Tengo varios días cuidando lo que como, un poco resfriado, de buen humor injustificado, afecto a la confidencia, apreciando de nuevo la belleza, sin comprar agua para el depa, tomando café con galletas a las seis, usando calzones deportivos, desinfectando mi piercing, viendo episodios sueltos de friends y recordando lo que sueño.

Claro que "tengo" es un decir, creo que mi vida por fin se ha vuelto rutinaria. Mátenme.

04 septiembre 2008

Si hoy me preguntaran cómo está mi humor, diría:

Pero ya saben, con un poco de rocanrol suele bastar para ponerle crayola.

03 septiembre 2008

Trasnoches.

Ayer fue cumpleaños de uno de mis amigos más cercanos, Noé, y por ese motivo los muchachos del bar y yo decidimos adelantar el cierre e irnos a su casa a darle un buen abrazo, beber algunas cervezas con él y su domadora y pasarla relax hasta el amanecer.

Eran las 2a.m. y yo conducía por el Salazar atento a los faros del jetta de Diana, que me seguía a cierta distancia y oteando de vez en cuando al horizonte en busca de la clásica patrulla jodona que nunca falta en la madrugada. No es que tuviera nada qué temer -como saben, no bebo- sino que simplemente cada vez se me vuelve más molesto el concepto que la policía mexicana se ha encargado de formarnos a los mexicanos de ellos y me da muchísima tristeza el preferir encontrarme con un malviviente que con un policía durante la noche.

Tomamos República de Belice hacia el norte y cuando ya estábamos a un par de cuadras de la reunión, por fin aparecieron las torretas bicolor en mi espejo retrovisor. Las ignoré -obviamente- a pesar de que se me acercaron muchísimo y empezaron a hacerme el cambio de luces. "Me vale madre" dije, "si no me dan el claxon de pato no me paro". Me lo dieron cuadra y media después, cuando se volvió demasiado notorio que los estaba mandando a la chingada. Marqué el direccional, estacioné el carro y puse las intermitentes. No apagué las luces, ni el motor, sino que me bajé -encabronado, como suelo ponerme- y caminé a toda velocidad hacia la patrulla. El oficial -gordo, bigote mal cortado, somnoliento- se asustó muy histriónicamente con mi actitud.
M: Buenas noches, oficial, ¿Por qué me detiene?
P: Buenas, joven, No, pues nomás, revisión de rutina.
M: Ajá, ¿revisión de rutina en busca de qué? ¿Trae la orden del operativo?
P: No, es que no es un operativo, es revisión de rutina.
M: Entonces me está diciendo que rutinariamente va a detener a cada uno de los automovilistas que pasen por aquí.
P: No, pues no.
M: Entonces, ¿por qué me detiene?
Aquí como que el policía se acordó de que supuestamente el asustado debía ser yo y el mamila él, así que trató de recuperar posición.
P: No pues, ¿qué haciendo tan tarde por acá?
M: Pues no es que le importe, pero vengo del trabajo, ¿cómo ve?
P: ¿Y dónde trabaja?
Aquí volteé a ver de la manera más "comoserásimbécil" posible mi camiseta cuyas enormes letras rojas dicen London Pub y luego lo volví a ver a él.
M: Entonces, ¿Por qué me detiene?
P: No, pues es que, ¿por qué tan tarde?
M: Mire, trabajo en un bar, uno de mis compañeros cumple años hoy y hay una fiesta en su casa con mucha paella y mucha cerveza. Vive a dos cuadras de la iglesia de allá y si no le molesta, quisiera irme ya, antes de que se acabe la comida.
P: Ah, sí, vengo de esa fiesta, les fui a pedir que bajaran el volumen. Si quiere sígame, yo lo escolto.

Y ya. No me pidió mi licencia, no revisó el carro, sólo hizo un par de bromas respecto a mi abstemismo y nos llevó a la casa de Noe.
Me caga la policía.

Ah, sí, la paella de Becker estaba riquísima, el pastel de Diana fabuloso, la coca cola de... Bueno, la coca-cola también estaba muy rica y la gente y el ambiente estuvieron tan agradables que cuando me di cuenta ya eran las 5:30, habíamos ido al bar por otros dos cartones de cerveza, nos habíamos terminado la comida y el pastel, se habían terminado los chistes y era hora de ir y fingir que dormíamos por algunas horas. Noe se la pasó genial y eso me da mucho gusto. Hoy es cumpleaños de Tifanny y espero que no haya planes, ¡quiero dormir!

02 septiembre 2008

Delivery Status Notification: Happy.


Resulta que los famosos Autobuses de La Piedad hacen escala en Guadalajara. Resulta que en Guadalajara vive la que no es michoacana, sino celestial y resulta que fue ella -hablando de deseos cumplidos- quien me envió el paquete.

Puedes quedarte con la herencia, mi querido destino, hoy me siento Rockefeller de todos modos.

Aquellos años idos. Parte 1.

Yo fui un niño muy feliz. Yo fui un niño tan feliz que recuerdo días enteros de mi infancia, de principio a fin, paso a paso y acto por acto y en esos pasos y esos actos recuerdo la simplicidad en la que radicaba la dicha de ser un niño en una época y una ciudad en la que ser niño valía mucho más la pena.

Como algunos de ustedes quizá recuerden, los años mozos de mi vida transcurrieron en una ciudad pequeña, agrícola y costera, al sur de Sonora. En ese viejo punto de la geografia de mis recuerdos dejé una cantidad de alegría incomparable. Tengo nítidos en la memoria los momentos en que fui consciente de estar asistiendo al nacimiento de mis nostalgias. Recuerdo sin lugar a dudas una mañana de junio del '91. La calle de mi casa había sido excavada por potentes bulldozers y se encontraba abierta en una zanja de quizá seis metros de ancho y unos ochenta de largo. Supongo que los mandamases de obras públicas no previeron que llovería de una forma tan caudalosa como terminó lloviendo durante tres días y que su zanja hecha para la reinstalación del sistema de drenaje terminaría convirtiéndose en una espectacular alberca improvisada para los ocho mocosos que componían nuestra pandilla. No sé en que inhóspito rincón se encontraría el diablito del buen juicio de mi madre, pero el asunto es que me dejó que nadara durante horas con mis amigos, chapoteara como loco, me tirara clavados, hiciera guerras de lodo y, en fin, fuera el niño que mi asma bronquial y mi naturaleza más bien enfermiza a veces no me dejaban ser. A media tarde, cuando ya el cuerpo no daba para mucho más, salimos del agua y caminamos tiritando del frío hasta el patio de casa de los Valdéz. Pensábamos secarnos bajo las grandes hojas de los tamarindos, pero nos encontramos con la sorpresa de que Don Alejo, el patriarca, había hecho llenar el patio con toneladas de granos de maíz de sus silos y todo nuestro mundo estaba cubierto de aquellas partículas doradas que se perdían entre los puños, se moldeaban como argamasa, funcionaban como proyectiles y eran, en fin, más que un producto agrícola, el sueño de cualquier infante travieso. Justo en ese momento, enterrándome hasta el cuello en granos de maíz, pensé: "estoy seguro de que me acordaré de esto cuando sea grande". Y hoy me acordé.

Frente a la casa de mi familia había en aquellos años idos una construcción bastante amplia, destinada también a ser una casa, pero detenida en obra negra por, supongo, falta de dinero de los dueños. Las paredes, el techo, los pasillos, todo estaba terminado, pero la construcción no tenía puertas ni ventanas. Era como un gigantesco queso roquefort, y este que escribe, junto con el resto de los pingos de mi calle, jugábamos a ser los ratones que escapaban de un gato imaginario. Jugábamos al 18, corriendo por los pasillos mientras uno de nosotros tenía que alcanzarnos y jalarnos a su equipo, saltábamos por los vanos de las ventanas, dábamos inesperadas vueltas por los corredores, éramos como unos pacman's con shorts y tenis panam. En el patio de esa casa habitaba un viejo sauce, alto como tres pisos y de ramas gruesas y fuertes. Un día entre todos logramos subir una pesada puerta de hierro y colocarla entre las ramas de forma horizontal. Voilá: esa puerta se convirtió en el piso de nuestra primera casita del árbol, la que seguimos construyendo todos los días de un largo verano y que al final terminó siendo la casita perfecta donde urdíamos planes infalibles para cambiar el mundo, vencer a la muerte y ganarles en la cascarita a los de la otra cuadra. Y cada vez que íbamos de noche a la casita del árbol y contábamos historias de miedo iluminados por una vela, yo me sentía dichoso y pensaba: "Cuando crezca, de seguro me voy a acordar de esto". Y hoy me acordé.