Para regocijo del comercio ambulante y de la voluminosa comunidad de mercachifles de la zona de la catedral y áreas aledañas, en días pasados Hermosillo se sacudió con la avalancha de insólitas presencias que ya definitivamente se llama Fiestas del Pitic, y que, pensadas originalmente como una celebración del centenario de la consolidación del municipio capital del estado, se han erigido como una importante comunión de la cultura, el arte, la música, la gastronomía y la fiesta popular a nivel no sólo de la ciudad, ni del estado, sino de todo el noroeste de la república (e incluso tuve la oportunidad de conversar con personas de Canadá, Estados Unidos y España que me dijeron haber hecho el viaje ex profeso para acudir a las galas).
Por motivos que ya expuse en la bitácora, estuve ausente de la urbe los días jueves y viernes, que fueron los primeros dos días de eventos, y de los que, según dicen los asistentes, los mejores espectáculos fueron Mono Blanco y Paco Rentería (Forever Tango se quedó corto, dicen). Sin embargo, el sábado y el domingo obviamente me fui desde temprano al maremágnum de gente en que estaban convertidas las plazas de la zona y las calles que las circundan y se me hizo muy grato ver que el nivel de asistencia subió bastante a comparación del último año.
El sábado estuvimos en la presentación de Óscar Chávez, que enfiestó muy a gusto a fácil cuatro generaciones de hermosillenses; de ahí nos fuimos a la presentación de Lila Downs, que, dicho sea con todo respeto, desde que salió y soltó el torrente de voz y los big joules de energía que traía pa' regalar, hizo que ni ganas me dieran de ir a ver a Kinky, que se presentaba a la misma hora en otro escenario.
El domingo abrimos la fiesta con la presentación de Javier Bátiz, rockeando con afro desde hace 40 años, y de ahi siguió Sista Monica, con un gospel sabroso y cachondo que puso a cantar a todas las mujeres y a aplaudir a todos los hombres. En el otro escenario la Sonora Margarita ponía a bailar al público con canciones viejísimas que la radio ha vuelto a poner de moda (eso y Claudio Yarto) y eso luchando contra el peor ingeniero de sonido que pudieron encontrar para cuidarles la consola.
La comida estuvo muy buena, en especial los tamales de mole de Oaxaca (llévelos de puerco, pollo y queso, mire llévelos), las empanadas argentinas de carnes frías y unos muy buenos y patrióticos tacos de adobada. La gente se la pasó poca madre, no hubo pleitos ni bajas civiles qué lamentar y la derrama económica debió ser buena, porque para llegar hasta el dependiente de cualquiera de los puestos sí te aventabas fácil unos diez o quince minutos.
Pero lo más efectivo de todo fue caminar por el andador Velasco y Comonfort y encontrarme con los ganadores de la bienal de Artes Plásticas y en especial con Vasos Vacíos, de Esteban Lechuga, cuadro que, además de ser una belleza, es la portada de mi muy llevada y traída novela Dos Píldoras Azules. Por supuesto, yo no traía cámara, así que tuvo que brincar un celular salvador para conseguir mi única foto de las Fiestas del Pitic donde usted no verá:
1.-Fiesta.
2.-Pitic.
Pero verá, en cambio, cuán grande tiene el ego un escritor, no importando que su palmarés se resuma a una raquítica novela.
04 junio 2008
03 junio 2008
Pues si.
Hoy hace calor. El verano se había tardado, cabe decirlo, pues hasta el fin de semana pasado, no habíamos más que arañado los 40 grados y no fue sino hasta el viernes por la mañana que nos trepamos al 42 y ahora andamos viviendo entre días de 45 y otros de 46, con bajadas del mercurio en las noches hasta por ahí de los 38 grados.
¿Suena bien, no?
Sí, lo sé. No.
Pero bueno, considerando que apenas es el tercer día de junio y sabiendo de antemano que lo verdaderamente grave vendrá en un mes o quizá mes y medio, uno ya puede ir embarrándose de mantequilla antes de salir a la calle, para dorarse parejito y quedar más apetitoso. No me queda duda de que le vamos a pegar a los 54 o 55 grados en agosto.
Ayer, platicando con Gabo, me comentaba que en Guadalajara (amo Guadalajara) andan en 34 grados promedio. El año pasado recuerdo que andaban en 32, por los días que yo fui, entre mayo y junio, oscilaban entre 29, 30 y hasta 31 grados. Un calorón, decían los amigos tapatíos. El maldito cielo, decía este servidor que creció en Sonora, entre chamizos calcinados, tierra muchas veces cernida por el sol y paisajes amarillentos bordeando las carreteras. Allá los paisajes eran de un naranja promisorio, el cielo generalmente límpido, ocasionalmente lleno de óleos grises que a eso de las seis de la tarde enjugaban sus veinte minutos de lluvia para lavar esa vida un tanto caótica de las ciudades grandes. Me tocó un julio lluvioso con tempraturas entre los 14 y los 18 grados, días completos de vestirme invernal para ir a la facultad y obviamente ser burlado por mis amigos, que andaban, cuando mucho, en mangas de camisa.
Uno siempre habla del clima cuando no tiene nada de qué hablar. Desconozco las motivaciones, pero es un hecho. Eso y empezar las pláticas forzadas con un "pues si".
¿Suena bien, no?
Sí, lo sé. No.
Pero bueno, considerando que apenas es el tercer día de junio y sabiendo de antemano que lo verdaderamente grave vendrá en un mes o quizá mes y medio, uno ya puede ir embarrándose de mantequilla antes de salir a la calle, para dorarse parejito y quedar más apetitoso. No me queda duda de que le vamos a pegar a los 54 o 55 grados en agosto.
Ayer, platicando con Gabo, me comentaba que en Guadalajara (amo Guadalajara) andan en 34 grados promedio. El año pasado recuerdo que andaban en 32, por los días que yo fui, entre mayo y junio, oscilaban entre 29, 30 y hasta 31 grados. Un calorón, decían los amigos tapatíos. El maldito cielo, decía este servidor que creció en Sonora, entre chamizos calcinados, tierra muchas veces cernida por el sol y paisajes amarillentos bordeando las carreteras. Allá los paisajes eran de un naranja promisorio, el cielo generalmente límpido, ocasionalmente lleno de óleos grises que a eso de las seis de la tarde enjugaban sus veinte minutos de lluvia para lavar esa vida un tanto caótica de las ciudades grandes. Me tocó un julio lluvioso con tempraturas entre los 14 y los 18 grados, días completos de vestirme invernal para ir a la facultad y obviamente ser burlado por mis amigos, que andaban, cuando mucho, en mangas de camisa.
Uno siempre habla del clima cuando no tiene nada de qué hablar. Desconozco las motivaciones, pero es un hecho. Eso y empezar las pláticas forzadas con un "pues si".
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La vida o algo parecido,
No sé de qué hablo
01 junio 2008
La cosa es seria.
Porque usted piensa que el enfermo agoniza y quiere asfixiarlo con esa almohada, sin darse cuenta que la almohada en realidad no existe, que usted no puede rematar al moribundo. Usted no se da cuenta ni siquiera de lo más claro: Que ese que usted odia está, desde hace tiempo, muerto.
31 mayo 2008
Estoy sufriendo una indigestión de discovery kids.
Los pasados tres días fueron maratón de padre e hijo, pues tuve la gran suerte de poder pasar miércoles, jueves y viernes en compañía de Ángel, mi unigénito heredero (que es un niño maravilloso y no lo dice sólo su padre, sino la gran mayoría de quienes lo conocen) que por vueltas de la vida vive en una ciudad distinta con su madre y por ello verlo no es una cotidianeidad, sino un anhelado acontecimiento.
Por supuesto existe todo un alud de desventajas en el vivir lejos, siempre mayor por mucho a las ventajas. Pero cuando uno se enfrenta a una realidad en la praxis inmutable, la mejor opción siempre es buscar la hebra de sol en el manto de lo trágico. Y esa hebra es, para mí, lo mucho que disfrutamos Ángel y yo de esos días de convivencia y de mutua prodigación del amor infinito que nos tenemos, ya sea jugando futbol a mediodía bajo un sol de 40 grados, caminando por las calles polvorientas del pueblo donde crecí y ahora está creciendo él, construyendo castillos de arena con una cubeta y una pala de plástico o tirados entre kilos de migajas de chips ahoy viendo las caricaturas interminables de discovery kids.
Mi hijo tiene un romance obseso con ese canal, muy semejante -lo dice mi madre- al que tuve yo con el viejo y fiel Nintendo, y que me convertía durante al menos cinco horas al día en un autómata incapaz de realizar las funciones básicas o de escuchar las voces que no provinieran de aquella ahora antigua consola de 8 bit. Ángel demuestra una capacidad de abstracción muy parecida a la del pequeño que fui, amén de una capacidad de memorización que probablemente supera incluso la mía (la cual, sin mamar, era motivo de asombro de los adultos) y una habilidad lógica bastante desarrollada para sus tres años y medio.
Todo esto, aunque me parece bien positivo en el balance, no obsta para que me declare, este mediodía ya de vuelta en la capital y bajo un calor peor que aquél, indigesto de discovery kids. Me he aprendido al menos tres coreografías de los backyardigans, con canción y todo. He decidido nunca tirar basura a los arroyos -nunca lo hice, ahora menos-; ahora sé que la próxima vez que juegue basta no batallaré en la U (U de urraca, you know?), tengo un antojo terrible de cerezas sabrosas y llevo dos horas convenciendo a mi hermana menor de que coloreemos juntos un dibujo que hice en la mañana con pintura de cera, macarrones y pegamento.
Cambié mi reloj digital por uno de manecillas (porque saber la hora es muy fácil, el palito grande...etc); No puedo escuchar la palabra Bananas sin hacer slam con todos mis amigos, que como no tienen hijos sólo se me quedan viendo con interés meramente sicológico; Me enojé con mi coche porque se rehúsa a conversar conmigo; Estuve dos horas en la estación del tren buscando uno que quisiera resolver mis problemas y fui de tienda en tienda buscando un perro rojo que creciera unos seis metros a los dos años. No hubo.
Lo triste es que hoy en la mañana prendí la t.v. y puse el canal y me senté a verlo, pero sólo duré como cuatro minutos. Luego me di cuenta que sin Ángel no es divertido.
Te odio, César Costa.
Los pasados tres días fueron maratón de padre e hijo, pues tuve la gran suerte de poder pasar miércoles, jueves y viernes en compañía de Ángel, mi unigénito heredero (que es un niño maravilloso y no lo dice sólo su padre, sino la gran mayoría de quienes lo conocen) que por vueltas de la vida vive en una ciudad distinta con su madre y por ello verlo no es una cotidianeidad, sino un anhelado acontecimiento.
Por supuesto existe todo un alud de desventajas en el vivir lejos, siempre mayor por mucho a las ventajas. Pero cuando uno se enfrenta a una realidad en la praxis inmutable, la mejor opción siempre es buscar la hebra de sol en el manto de lo trágico. Y esa hebra es, para mí, lo mucho que disfrutamos Ángel y yo de esos días de convivencia y de mutua prodigación del amor infinito que nos tenemos, ya sea jugando futbol a mediodía bajo un sol de 40 grados, caminando por las calles polvorientas del pueblo donde crecí y ahora está creciendo él, construyendo castillos de arena con una cubeta y una pala de plástico o tirados entre kilos de migajas de chips ahoy viendo las caricaturas interminables de discovery kids.
Mi hijo tiene un romance obseso con ese canal, muy semejante -lo dice mi madre- al que tuve yo con el viejo y fiel Nintendo, y que me convertía durante al menos cinco horas al día en un autómata incapaz de realizar las funciones básicas o de escuchar las voces que no provinieran de aquella ahora antigua consola de 8 bit. Ángel demuestra una capacidad de abstracción muy parecida a la del pequeño que fui, amén de una capacidad de memorización que probablemente supera incluso la mía (la cual, sin mamar, era motivo de asombro de los adultos) y una habilidad lógica bastante desarrollada para sus tres años y medio.
Todo esto, aunque me parece bien positivo en el balance, no obsta para que me declare, este mediodía ya de vuelta en la capital y bajo un calor peor que aquél, indigesto de discovery kids. Me he aprendido al menos tres coreografías de los backyardigans, con canción y todo. He decidido nunca tirar basura a los arroyos -nunca lo hice, ahora menos-; ahora sé que la próxima vez que juegue basta no batallaré en la U (U de urraca, you know?), tengo un antojo terrible de cerezas sabrosas y llevo dos horas convenciendo a mi hermana menor de que coloreemos juntos un dibujo que hice en la mañana con pintura de cera, macarrones y pegamento.
Cambié mi reloj digital por uno de manecillas (porque saber la hora es muy fácil, el palito grande...etc); No puedo escuchar la palabra Bananas sin hacer slam con todos mis amigos, que como no tienen hijos sólo se me quedan viendo con interés meramente sicológico; Me enojé con mi coche porque se rehúsa a conversar conmigo; Estuve dos horas en la estación del tren buscando uno que quisiera resolver mis problemas y fui de tienda en tienda buscando un perro rojo que creciera unos seis metros a los dos años. No hubo.
Lo triste es que hoy en la mañana prendí la t.v. y puse el canal y me senté a verlo, pero sólo duré como cuatro minutos. Luego me di cuenta que sin Ángel no es divertido.
Te odio, César Costa.
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27 mayo 2008
Mis regalos de cumpleaños (hasta el momento)
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La vida o algo parecido
De summa Theoretica
Es notoriamente complicado, sobre todo dadas las limitantes culturales propias de la generación a la que pertenezco, entablar una conversación cuyo derrotero vaya más allá de la simple congruencia objetiva, hasta ese espacio casi vedado que se llama análisis concreto.
Es notoriamente complicado porque, gracias a la deformidad mental regalo de muchísimas horas-hombre de televisión, radio, lectura estúpida y mal intercambio académico, se nos ha achatado el filo del comentario y es por lo general mucho más sencillo el continuar los diálogos con los comentarios obvios o, mejor aún, con frases textualmente copiadas de personajes de televisión.
Este que escribe es, por ejemplo, un fanático en toda la extensión de la palabra de ese genialidad de Matt Groening que es la familia Simpson, y es rarísima la ocasión en que no se me ocurra una frase que encaje perfectamente al final de un enunciado o acción en particular y que sirva como gracioso corolario o fúnebre remate de los mismos. Sin embargo, creo que sé distinguir el límite donde una conversación se torna solemne y hay que, por tanto, dejar esas punch lines en la chistera para mejores ocasiones.
En fin, todo esto viene a colación por los hechos de hace unas horas, durante el curso de antronáutica que, en compañía de Fertz, SpeakerBoy, Sónico y Triste, realizamos exhaustivamente, en detrimento directo de nuestro rendimiento semanal y, por supuesto de nuestra economía. Pero es que era mi cumpleaños.
Elegimos un clásico, por la seguridad que te da. Sabíamos del confort, del nivel de las instalaciones, el servicio, la calidad del mobiliario y sobre todo, del alto estándar en materia de elección de odaliscas que se ejecuta por lo regular inclementemente (anoche pudimos constatar dos terribles excepciones). El lugar, como buen representante de la vieja escuela, maneja la ortodoxia en todo su esplendor: Dos gorilas malencarados en la puerta, uno encargado de revisión de credenciales y el otro del cateo corporal (del cual Fertz se libró gracias a su ausencia de pene, aunque reclamó igualdad de trato), meseros de chaleco y corbata, sillones de piel sintética, tres boleteros vestidos de sport deambulando por entre las mesas, ofreciendo los minutos y las pieles de las mujeres que ahí, sobre la pista, bailan con el desgano de un lunes que saben de poca clientela.
Empezamos el diálogo al calor de las primeras cervezas y con el pretexto de la tesis con la que Sónico se titula en Arquitectura en un par de meses. A grosso modo, Sónico y su colega han desarrollado un complejo programa de optimización y flexibilización de espacios dirigido a los programas de vivienda masiva (léase casas de interés social) que permitan aumentar exponencialmente su funcionalidad y con ello el nivel de vida de las jóvenes familias condenadas por el status quo a vivir en las mejor conocidas como pichoneras.
El viejo Sónico es un pragmático irredento y, además, un consumista patológico. Es por esto que su interés primordial en la obra es la viabilidad inmediata y por supuesto, la remuneración de su venta. Su colega, por el contrario, es un idealista de esos que viven en todos nosotros pero que vamos callando a fuerza de enfrentarlo todos los días a la realidad. Sus condiciones hacen que en su agenda resalte mucho más la idea de que su proyecto ayude a la gente y que su implementación resulte tan económica como sea posible. Obviamente ambos intereses resultan enfrentados y es ahí donde, tras la extensa reseña de los pormenores del proyecto, entramos en la discusión de lo loable de ambos intereses y lo execrable de los mismos. Curiosamente fue una plática desapasionada, fenómeno muy difícil de lograr con dos temperamentales de hueso colorado como Sónico y yo, con la colaboración del Triste que, si bien es un desapasionado genético, pertenece a la clase de los chingaquedito que caldean los ánimos con sus mordacidades.
Eventualmente la conversación giró en redondo hacia mí y a mi propio proyecto de tesis: La propuesta de obligatoriedad en el sometimiento a examen genético en juicios sobre paternidad y filiación. Supondrán que es un tema que también da mucho para debatir y supondrán bien. Otra hora fácil, saltando de lo técnico a lo ético a lo jurídico a lo meramente cultural, todo con una versación que, por fluida, resultó de lo más placentera a un polemizador compulsivo como este que escribe.
Entonces fue que nos dimos cuenta que, entre cerveza y cerveza, entre tanga y sostén de lentejuelas que surcaban el aire, llevábamos dos horas y media sin siquiera voltear a la pista donde seguía mercadeándose la carne. Creo que fui yo quien lanzó el comentario en forma de pregunta y creo que fue el Triste el que asintió primero. Sónico por supuesto se quejó de que le estuviéramos robando el tiempo con nuestra verborrea (el 75% de la cual había salido de su boca) y no le dejáramos ver a las nenas.
Teoría:
Para tener una conversación serena, versada, analítica y de conclusiones plasmables en enunciados sencillos, vaya a un lugar donde lo rodeen de nalgas apetecibles y tetas orgullosas. Tantas como sea posible. Créanos, al tener tantas cerca, ni siquiera intentará hablar de ellas, y su mente se ocupará de procesar temas mucho más elaborados, lo cual será de consecuencias, si no más divertidas, sí mucho más económicas.
Ampliación a la teoría:
Procure no lucir demasiado bien mientras discursa sus argumentos. A las bailarinas les llama la atención y no dejan platicar. Además de que todas hablan horrible. Es requisito.
Ampliación Plus ultra:
No funciona si careces de gusto por las mujeres. Fertz se pasó toda la noche viendo Anaconda 2 en los plasmas de las esquinas.
Es notoriamente complicado porque, gracias a la deformidad mental regalo de muchísimas horas-hombre de televisión, radio, lectura estúpida y mal intercambio académico, se nos ha achatado el filo del comentario y es por lo general mucho más sencillo el continuar los diálogos con los comentarios obvios o, mejor aún, con frases textualmente copiadas de personajes de televisión.
Este que escribe es, por ejemplo, un fanático en toda la extensión de la palabra de ese genialidad de Matt Groening que es la familia Simpson, y es rarísima la ocasión en que no se me ocurra una frase que encaje perfectamente al final de un enunciado o acción en particular y que sirva como gracioso corolario o fúnebre remate de los mismos. Sin embargo, creo que sé distinguir el límite donde una conversación se torna solemne y hay que, por tanto, dejar esas punch lines en la chistera para mejores ocasiones.
En fin, todo esto viene a colación por los hechos de hace unas horas, durante el curso de antronáutica que, en compañía de Fertz, SpeakerBoy, Sónico y Triste, realizamos exhaustivamente, en detrimento directo de nuestro rendimiento semanal y, por supuesto de nuestra economía. Pero es que era mi cumpleaños.
Elegimos un clásico, por la seguridad que te da. Sabíamos del confort, del nivel de las instalaciones, el servicio, la calidad del mobiliario y sobre todo, del alto estándar en materia de elección de odaliscas que se ejecuta por lo regular inclementemente (anoche pudimos constatar dos terribles excepciones). El lugar, como buen representante de la vieja escuela, maneja la ortodoxia en todo su esplendor: Dos gorilas malencarados en la puerta, uno encargado de revisión de credenciales y el otro del cateo corporal (del cual Fertz se libró gracias a su ausencia de pene, aunque reclamó igualdad de trato), meseros de chaleco y corbata, sillones de piel sintética, tres boleteros vestidos de sport deambulando por entre las mesas, ofreciendo los minutos y las pieles de las mujeres que ahí, sobre la pista, bailan con el desgano de un lunes que saben de poca clientela.
Empezamos el diálogo al calor de las primeras cervezas y con el pretexto de la tesis con la que Sónico se titula en Arquitectura en un par de meses. A grosso modo, Sónico y su colega han desarrollado un complejo programa de optimización y flexibilización de espacios dirigido a los programas de vivienda masiva (léase casas de interés social) que permitan aumentar exponencialmente su funcionalidad y con ello el nivel de vida de las jóvenes familias condenadas por el status quo a vivir en las mejor conocidas como pichoneras.
El viejo Sónico es un pragmático irredento y, además, un consumista patológico. Es por esto que su interés primordial en la obra es la viabilidad inmediata y por supuesto, la remuneración de su venta. Su colega, por el contrario, es un idealista de esos que viven en todos nosotros pero que vamos callando a fuerza de enfrentarlo todos los días a la realidad. Sus condiciones hacen que en su agenda resalte mucho más la idea de que su proyecto ayude a la gente y que su implementación resulte tan económica como sea posible. Obviamente ambos intereses resultan enfrentados y es ahí donde, tras la extensa reseña de los pormenores del proyecto, entramos en la discusión de lo loable de ambos intereses y lo execrable de los mismos. Curiosamente fue una plática desapasionada, fenómeno muy difícil de lograr con dos temperamentales de hueso colorado como Sónico y yo, con la colaboración del Triste que, si bien es un desapasionado genético, pertenece a la clase de los chingaquedito que caldean los ánimos con sus mordacidades.
Eventualmente la conversación giró en redondo hacia mí y a mi propio proyecto de tesis: La propuesta de obligatoriedad en el sometimiento a examen genético en juicios sobre paternidad y filiación. Supondrán que es un tema que también da mucho para debatir y supondrán bien. Otra hora fácil, saltando de lo técnico a lo ético a lo jurídico a lo meramente cultural, todo con una versación que, por fluida, resultó de lo más placentera a un polemizador compulsivo como este que escribe.
Entonces fue que nos dimos cuenta que, entre cerveza y cerveza, entre tanga y sostén de lentejuelas que surcaban el aire, llevábamos dos horas y media sin siquiera voltear a la pista donde seguía mercadeándose la carne. Creo que fui yo quien lanzó el comentario en forma de pregunta y creo que fue el Triste el que asintió primero. Sónico por supuesto se quejó de que le estuviéramos robando el tiempo con nuestra verborrea (el 75% de la cual había salido de su boca) y no le dejáramos ver a las nenas.
Teoría:
Para tener una conversación serena, versada, analítica y de conclusiones plasmables en enunciados sencillos, vaya a un lugar donde lo rodeen de nalgas apetecibles y tetas orgullosas. Tantas como sea posible. Créanos, al tener tantas cerca, ni siquiera intentará hablar de ellas, y su mente se ocupará de procesar temas mucho más elaborados, lo cual será de consecuencias, si no más divertidas, sí mucho más económicas.
Ampliación a la teoría:
Procure no lucir demasiado bien mientras discursa sus argumentos. A las bailarinas les llama la atención y no dejan platicar. Además de que todas hablan horrible. Es requisito.
Ampliación Plus ultra:
No funciona si careces de gusto por las mujeres. Fertz se pasó toda la noche viendo Anaconda 2 en los plasmas de las esquinas.
26 mayo 2008
Consideraciones en torno a ese 26 del calendario.
Cada 365 días, a veces 366, llega esta madrugada en la que me encuentro de pronto con la novedad de que debo actualizar mi programa mental para responder con un número nuevo a la pregunta: ¿Edad?
Cada 8760 horas, a veces 8784, llegan las doce de la noche en las que los más avispados de mis amigos cercanos me mandan un mensaje de texto, hacen una breve llamada o, en el mejor de los casos, aparecen en la puerta de mi departamento con unas cervezas en las manos y un abrazo listo para rodearme.
525600 minutos tienen que transcurrir para vivir de nuevo este día en el que la gente considera necesario preguntarme qué se siente ser un año más viejo, como si yo tuviera una mínima idea de lo que se siente. Aunque a veces son 527040.
Cada 26 de Mayo, hoy, es mi cumpleaños. Desde que cumplí 12 nunca ha vuelto a ser el mejor de los días. De hecho no sé qué maldición pesa sobre mi espíritu que mi cumpleaños suele ser un día conflictivo. Y no porque la consecución de una nueva velita para mi pastel (que este año creo que no tendré más que la rebanada que ya tuve) me cause problemas. Al contrario, aquellos que me han tratado lo suficiente saben que considero la madurez como la mejor época de la vida y que ansío llegar a ella. Luego entonces, descartando el conflicto del temor al paso del tiempo, la explicación sobre lo poco festivos que suelen ser mis cumpleaños es quizá, simple mala suerte.
Hoy cumplo 26 años. Es 26 de Mayo. Espero que esa coincidencia numérica signifique algo cabalísticamente bueno. De lo contrario, nos vemos mañana, cuando seré un poco más amargado que hoy, como buen tipo que se ha dado cuenta que a pesar de los cuidados, el ejercicio, los buenos hábitos y el esporádico ritual de magia negra, está envejeciendo irremediablemente.
En fin, sólo quería decirme a mí mismo: Ten un feliz cumpleaños.
Cada 8760 horas, a veces 8784, llegan las doce de la noche en las que los más avispados de mis amigos cercanos me mandan un mensaje de texto, hacen una breve llamada o, en el mejor de los casos, aparecen en la puerta de mi departamento con unas cervezas en las manos y un abrazo listo para rodearme.
525600 minutos tienen que transcurrir para vivir de nuevo este día en el que la gente considera necesario preguntarme qué se siente ser un año más viejo, como si yo tuviera una mínima idea de lo que se siente. Aunque a veces son 527040.
Cada 26 de Mayo, hoy, es mi cumpleaños. Desde que cumplí 12 nunca ha vuelto a ser el mejor de los días. De hecho no sé qué maldición pesa sobre mi espíritu que mi cumpleaños suele ser un día conflictivo. Y no porque la consecución de una nueva velita para mi pastel (que este año creo que no tendré más que la rebanada que ya tuve) me cause problemas. Al contrario, aquellos que me han tratado lo suficiente saben que considero la madurez como la mejor época de la vida y que ansío llegar a ella. Luego entonces, descartando el conflicto del temor al paso del tiempo, la explicación sobre lo poco festivos que suelen ser mis cumpleaños es quizá, simple mala suerte.
Hoy cumplo 26 años. Es 26 de Mayo. Espero que esa coincidencia numérica signifique algo cabalísticamente bueno. De lo contrario, nos vemos mañana, cuando seré un poco más amargado que hoy, como buen tipo que se ha dado cuenta que a pesar de los cuidados, el ejercicio, los buenos hábitos y el esporádico ritual de magia negra, está envejeciendo irremediablemente.
En fin, sólo quería decirme a mí mismo: Ten un feliz cumpleaños.
25 mayo 2008
Pintando los muros
Hace rato, dándole un pequeño apretón de tornillos y una engrasada de juntas a la bitácora, caí en la cuenta de un par de links que tenían ahí desde el nacimiento del blog y que, por razones que desconozco, o ya no existen como bitácoras activas, o de plano yo le perdí el interés a las publicaciones de sus encargados.
Es por tal motivo -asumiendo que necesitase de motivos para quitar cosas de mi blog- que los he removido de la lista de recomendaciones y he puesto en su lugar -para respetar la LLLV: Ley de Llenar lo que se Vacía)- a un nuevo par de bloggers cuya lectura cotidiana me causa un placer silente pero no por ello menos digno de regocijo.
La Maga es una mujer -de veras que sí- que asume de una forma divertidísima su papel de profesionista guapa y capaz de valerse sin un pene cerca pero al mismo tiempo hace un alarde casi tierno de lo mucho que le gusta tener cerca ese pene que no necesita para ser fuerte pero sí para ser débil. Es, para decirlo en un magnicismo, una cinicaza, razón más que suficiente para merecer mis afectos y mi fidelidad lectora y, por supuesto y como es obvio, mi recomendación.
Bunsen cómics, por su parte, es el proyecto actual de Jorge Pinto, talentoso yucateco (o al menos radicado en Yucatán) al que conocí inicialmente como malnacido en el blog del mismo nombre y cuyo humor de verdad me ha hecho doblarme de risa sobre el teclado y perder la fuerza de los brazos por hipoxia. Bunsen cómics es un proyecto serio, bien realizado, y con la universalidad humorística sobrada para ser un palazo en la red como han sido, en su momento, proyectos como Cindy la Regia, Caballo Negro, El oso bipolar y tantos otros (sin olvidar, por supuesto, el genial arte del buen Guffo).
En fin, sólo busco pretextos para que cliqueen en la barra de links de aquí al lado y me dejen en paz.
Váyanse. Ya. ¿No ven que los odio?
Es por tal motivo -asumiendo que necesitase de motivos para quitar cosas de mi blog- que los he removido de la lista de recomendaciones y he puesto en su lugar -para respetar la LLLV: Ley de Llenar lo que se Vacía)- a un nuevo par de bloggers cuya lectura cotidiana me causa un placer silente pero no por ello menos digno de regocijo.
La Maga es una mujer -de veras que sí- que asume de una forma divertidísima su papel de profesionista guapa y capaz de valerse sin un pene cerca pero al mismo tiempo hace un alarde casi tierno de lo mucho que le gusta tener cerca ese pene que no necesita para ser fuerte pero sí para ser débil. Es, para decirlo en un magnicismo, una cinicaza, razón más que suficiente para merecer mis afectos y mi fidelidad lectora y, por supuesto y como es obvio, mi recomendación.
Bunsen cómics, por su parte, es el proyecto actual de Jorge Pinto, talentoso yucateco (o al menos radicado en Yucatán) al que conocí inicialmente como malnacido en el blog del mismo nombre y cuyo humor de verdad me ha hecho doblarme de risa sobre el teclado y perder la fuerza de los brazos por hipoxia. Bunsen cómics es un proyecto serio, bien realizado, y con la universalidad humorística sobrada para ser un palazo en la red como han sido, en su momento, proyectos como Cindy la Regia, Caballo Negro, El oso bipolar y tantos otros (sin olvidar, por supuesto, el genial arte del buen Guffo).
En fin, sólo busco pretextos para que cliqueen en la barra de links de aquí al lado y me dejen en paz.
Váyanse. Ya. ¿No ven que los odio?
22 mayo 2008
Es que era un día de esos, ¿sabes de cuáles? De esos en los que nomás te levantas porque te duele la espalda a consecuencia de las dos o tres horas de sueño excesivo que le has metido a tu cuerpo y de las que te pasa factura con una pesadez de los ojos, una flaccidez en la cara y un cansancio en la voz que te hacen parecer más un convaleciente de heridas de guerra que un simple insomne y no te queda más remedio que ponerte de pie en medio de tu cocina, curiosear el interior de la nevera para comprobar que, en efecto, sigue sin haber nada más que hielo y las dos viejas cebollas que dejaste hasta que se fosilizaron y que de ninguna manera podrías combinar para hacer un guiso cuyo olor pueda empezar a darle estabilidad a tus ideas.
Es que era un día de esos, ya sabes, de esos en los que simplemente sales, o mejor dicho, te avientas a la calle, con la esperanza de que el tránsito, las marabuntas peatonales, los merolicos, el humo y el calor se junten y te revuelvan el estómago y te hagan fruncir el ceño y querer derramar las tripas ahí mismo en el asfalto, con las palmas apoyadas contra las banquetas que hierven y las piedrecitas clavándose en tu piel y lacerando la carne, aunque nomás sea para que sientas algo, lo que sea.
Es que era un día de esos, en los que el cañón de la pistola te mira y te seduce y te susurra al oído mil promesas, De esos en que las navajas del rastrillo te ofrecen baratas las caricias y la sangre te quema en las venas y sientes la necesidad de dejarla correr por los azulejos blanquísimos del baño. De esos en los que no anhelas tic tacs ni lifesavers ni m&m's, sino mejor el dulce sabor de los diazepam de 800grs, el agridulce chisporrotear de los tafil en su frasquito ambarino, el refrescante descanso ligeramente avainillado de los rivotriles siempre impares en la caja.
Es que era un día de esos en que no hay más solución que enamorarse, aunque sepas muy bien que una vez más le haces honores al efecto placebo.
Es que era un día de esos, ya sabes, de esos en los que simplemente sales, o mejor dicho, te avientas a la calle, con la esperanza de que el tránsito, las marabuntas peatonales, los merolicos, el humo y el calor se junten y te revuelvan el estómago y te hagan fruncir el ceño y querer derramar las tripas ahí mismo en el asfalto, con las palmas apoyadas contra las banquetas que hierven y las piedrecitas clavándose en tu piel y lacerando la carne, aunque nomás sea para que sientas algo, lo que sea.
Es que era un día de esos, en los que el cañón de la pistola te mira y te seduce y te susurra al oído mil promesas, De esos en que las navajas del rastrillo te ofrecen baratas las caricias y la sangre te quema en las venas y sientes la necesidad de dejarla correr por los azulejos blanquísimos del baño. De esos en los que no anhelas tic tacs ni lifesavers ni m&m's, sino mejor el dulce sabor de los diazepam de 800grs, el agridulce chisporrotear de los tafil en su frasquito ambarino, el refrescante descanso ligeramente avainillado de los rivotriles siempre impares en la caja.
Es que era un día de esos en que no hay más solución que enamorarse, aunque sepas muy bien que una vez más le haces honores al efecto placebo.
13 mayo 2008
Post it
Pasé corriendo por la bitácora y me encontré dos comentarios:
A Perséfone: Dos píldoras azules lo puedes conseguir en la librería universitaria, en el instituto sonorense de cultura o con tu servidor por este medio...
A Charlotte: Es cien años de soledad? Digo, ahi fue donde lo leí yo por primera vez.
A Perséfone: Dos píldoras azules lo puedes conseguir en la librería universitaria, en el instituto sonorense de cultura o con tu servidor por este medio...
A Charlotte: Es cien años de soledad? Digo, ahi fue donde lo leí yo por primera vez.
10 mayo 2008
Símiles, paralelismos y otras figuras igualmente macabras.
Durkheim entra sin duda en mi lista de condenados irredimibles al infierno.
Partiendo de la idea de que la idea no existe hasta que se nombra (¿existe esa idea? espero que sí), a Émile le debo esta que actualmente es la que condiciona mi casi siempre inmutable inconformidad con el curso de los días.
Bueno, me estoy contradiciendo, ¿no es así? No el curso de los días, sino la inane repetición del mismo una y otra y otra vez. Todos los días las mismas preguntas, la misma zozobra, el mismo miedo al siguiente minuto y la búsqueda casi siempre útil de una actividad en la que ocupar el tiempo que, de permanecer destinado al ocio, se convierte de inmediato en el martillo y el cincel que siguen erosionando concienzudamente mi paciencia, mi entusiasmo y mis ganas de vivir.
Sí, es más fácil culpar a Durkheim por haber nominado a la anomia que aceptar que soy yo y mi incapacidad de traducir en acciones las ideas lo que me tiene sumergido en este ciclo activo-reactivo en el que sobrevivo no ya como ser viviente sino como apenas un autómata programado para las funciones más básicas.
Curiosamente, había olvidado a Durkheim y sus postulados hasta la noche del 23 de Abril en que, durante la presentación de Dos píldoras azules (mi primera novela publicada oficialmente), el editor-escritor-crítico literario Josué Barrera, hizo una breve lista de paralelismos entre la teoría del sociólogo francés y el trasfondo psicosocial de la historia que da consistencia y escenografía a las cuatro realidades individuales que se cuentan en la novela, paralelismos que, lo confieso, yo no había asociado con la anomia Durkheimiana, sino mucho más y con mejores motivos con el cinismo de Diógenes Laercio, doctrina cuya apología ya había hecho con mayor amplitud en esta misma bitácora.
Como sea, la teoría de Barrera tiene una validez muy distinta de la mía, vista desde la óptica de que, como crítico, su tarea no giró en torno a lo que yo quise decir, sino a lo que efectivamente dije y, en muchos sentidos, lo que dije fue más Durkheim que Diógenes.
El asunto es que, por una de esas casualidades (¿causalidades?) que el destino se guarda siempre para aquellos que tenemos el karma oscurecido, desde hace ya tiempo mi vida viene propinándome unos símiles nada agradables entre la historia de Dos píldoras y el acontecer cotidiano de mi vida. Lo peor del negocio es que el personaje con el que me vengo asociando es siempre uno de los dos factores masculinos de la ecuación, ninguno de los cuales alcanza el cliché conocido vulgarmente como final feliz. Hay días que me levanto siendo el perdedor y eterno renunciante que es uno y otros que sin duda soy el desgraciado sin entrañas y con grandes tendencias magnicidas que es el otro.
Y pues tengo que confesar que, después de mucho tiempo, mucha vida y mucha historia, por fin he vuelto a sentir miedo. Y sin embargo nada cambia.
Partiendo de la idea de que la idea no existe hasta que se nombra (¿existe esa idea? espero que sí), a Émile le debo esta que actualmente es la que condiciona mi casi siempre inmutable inconformidad con el curso de los días.
Bueno, me estoy contradiciendo, ¿no es así? No el curso de los días, sino la inane repetición del mismo una y otra y otra vez. Todos los días las mismas preguntas, la misma zozobra, el mismo miedo al siguiente minuto y la búsqueda casi siempre útil de una actividad en la que ocupar el tiempo que, de permanecer destinado al ocio, se convierte de inmediato en el martillo y el cincel que siguen erosionando concienzudamente mi paciencia, mi entusiasmo y mis ganas de vivir.
Sí, es más fácil culpar a Durkheim por haber nominado a la anomia que aceptar que soy yo y mi incapacidad de traducir en acciones las ideas lo que me tiene sumergido en este ciclo activo-reactivo en el que sobrevivo no ya como ser viviente sino como apenas un autómata programado para las funciones más básicas.
Curiosamente, había olvidado a Durkheim y sus postulados hasta la noche del 23 de Abril en que, durante la presentación de Dos píldoras azules (mi primera novela publicada oficialmente), el editor-escritor-crítico literario Josué Barrera, hizo una breve lista de paralelismos entre la teoría del sociólogo francés y el trasfondo psicosocial de la historia que da consistencia y escenografía a las cuatro realidades individuales que se cuentan en la novela, paralelismos que, lo confieso, yo no había asociado con la anomia Durkheimiana, sino mucho más y con mejores motivos con el cinismo de Diógenes Laercio, doctrina cuya apología ya había hecho con mayor amplitud en esta misma bitácora.
Como sea, la teoría de Barrera tiene una validez muy distinta de la mía, vista desde la óptica de que, como crítico, su tarea no giró en torno a lo que yo quise decir, sino a lo que efectivamente dije y, en muchos sentidos, lo que dije fue más Durkheim que Diógenes.
El asunto es que, por una de esas casualidades (¿causalidades?) que el destino se guarda siempre para aquellos que tenemos el karma oscurecido, desde hace ya tiempo mi vida viene propinándome unos símiles nada agradables entre la historia de Dos píldoras y el acontecer cotidiano de mi vida. Lo peor del negocio es que el personaje con el que me vengo asociando es siempre uno de los dos factores masculinos de la ecuación, ninguno de los cuales alcanza el cliché conocido vulgarmente como final feliz. Hay días que me levanto siendo el perdedor y eterno renunciante que es uno y otros que sin duda soy el desgraciado sin entrañas y con grandes tendencias magnicidas que es el otro.
Y pues tengo que confesar que, después de mucho tiempo, mucha vida y mucha historia, por fin he vuelto a sentir miedo. Y sin embargo nada cambia.
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No sé de qué hablo
03 mayo 2008
Ya nadie se apiada de los recordadores, estos seres raros que somos fieles practicantes de la nostalgia y exaltadores cotidianos de la remembranza, aún a costa del poco éxito social que acarrea el permanecer en una esquina de la fiesta, siempre con los mismos dos o tres amigos de toda la vida, hablando de aquel juguete que sólo conociste en el programa de chabelo, como premio deseable de un escuincle suertudo, además, claro, de su dotación de sonrics y riccolino.
Ya nadie se ahorra el gesto de tedio cuando escucha al pasar junto al grupúsculo nuestra disertación sobre las subtramas de los caballeros del zodiaco, o aquel episodio perdido de mazinger z, que entre las muchas retransmisiones sólo alcanzamos a ver una vez.
A nadie le importa ya cuántos de tus playmobile conservas intactos y cuántos han perdido una mano, el cabello, han entrado directo al hospicio para mutilados. Nadie quiere saber cuántos fetiches de G.I. Joe alcanzaste a coleccionar antes de que Pokemon, Yu Gi Oh, Bob Esponja y todos los demás vinieran a darle una sólida patada en el culo a los juguetes con corazón.
Por supuesto nadie quiere compartir contigo las culpables memorias de tus tardes viendo sailor moon, o la vez que lloraste con una trágica sesión de candy candy o de la ballena Josefina. El recuento de los klínex que te costó aventarte Remi capítulo a capítulo o cuántas monedas de mil pesos (ah, las sólidas y pesadas sor juanas) dejaste en la tiendita de doña equis en trueque por libros de estampitas, gomitas de coca cola o sobrecitos de chocomilk. No, nadie ofrece un carajo por esa parte de la bitácora de tu vida.
Y sabes bien porqué, ¿o no? Es sencillo...
Vamos...
Anda, esfuérzate un poco...
¿Nada?
Pues porque a nadie le importa, hombre. Es elemental. Los que vivieron esa etapa contigo vieron las mismas jodidas caricaturas, jugaron con los mismos carísimos juguetes, los rompieron, tiraron y olvidaron sin imaginar que estaban renunciando a la posibilidad de un recuerdo tangible para el futuro que ahora es el presente. Olvidaron. Y los que no lo vivieron, por ser demasiado viejos o demasiado jóvenes, tienen su propia carga de recuerdos, de nostalgias y de carencias adoptadas como para interesarse en recoger las tuyas. ¿Queda claro?
Luego entonces, por favor recoja su trago (es un martini, grandísimo pretencioso?) y vaya a intentar otro tema con otro grupo, que aquí todos traemos el tarro lleno de vivencias.
A chingar a su madre, ándele.
Ya nadie se ahorra el gesto de tedio cuando escucha al pasar junto al grupúsculo nuestra disertación sobre las subtramas de los caballeros del zodiaco, o aquel episodio perdido de mazinger z, que entre las muchas retransmisiones sólo alcanzamos a ver una vez.
A nadie le importa ya cuántos de tus playmobile conservas intactos y cuántos han perdido una mano, el cabello, han entrado directo al hospicio para mutilados. Nadie quiere saber cuántos fetiches de G.I. Joe alcanzaste a coleccionar antes de que Pokemon, Yu Gi Oh, Bob Esponja y todos los demás vinieran a darle una sólida patada en el culo a los juguetes con corazón.
Por supuesto nadie quiere compartir contigo las culpables memorias de tus tardes viendo sailor moon, o la vez que lloraste con una trágica sesión de candy candy o de la ballena Josefina. El recuento de los klínex que te costó aventarte Remi capítulo a capítulo o cuántas monedas de mil pesos (ah, las sólidas y pesadas sor juanas) dejaste en la tiendita de doña equis en trueque por libros de estampitas, gomitas de coca cola o sobrecitos de chocomilk. No, nadie ofrece un carajo por esa parte de la bitácora de tu vida.
Y sabes bien porqué, ¿o no? Es sencillo...
Vamos...
Anda, esfuérzate un poco...
¿Nada?
Pues porque a nadie le importa, hombre. Es elemental. Los que vivieron esa etapa contigo vieron las mismas jodidas caricaturas, jugaron con los mismos carísimos juguetes, los rompieron, tiraron y olvidaron sin imaginar que estaban renunciando a la posibilidad de un recuerdo tangible para el futuro que ahora es el presente. Olvidaron. Y los que no lo vivieron, por ser demasiado viejos o demasiado jóvenes, tienen su propia carga de recuerdos, de nostalgias y de carencias adoptadas como para interesarse en recoger las tuyas. ¿Queda claro?
Luego entonces, por favor recoja su trago (es un martini, grandísimo pretencioso?) y vaya a intentar otro tema con otro grupo, que aquí todos traemos el tarro lleno de vivencias.
A chingar a su madre, ándele.
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17 abril 2008
Twinkle twinkle
Volví a soñarlo. A pesar del lento y sistemático procedimiento de relajación que tres terapeutas distintos concordaron en recomendar como el más efectivo. Volví a soñar el momento de mi muerte. Volví a sentir la desesperación de la asfixia, volví a manotear dormido, agitado y boqueando como un pez a la intemperie, buscando ansiosamente una bocanada de aire que me dejara seguir viviendo. Pero no. Otra vez morí.
El doctor Rivera dice que ese sueño –episodio onírico recurrente, dice en realidad- es un reflejo neurológico de un conato de ansiedad producido por eventos anteriores. El doctor Rivera dice que ese sueño –episodio onírico recurrente, acomodándose los lentes sobre la nariz, parpadeando dos veces- sigue produciéndose por la razón exclusiva de que el sujeto –siendo yo el sujeto, claro, bien sujeto- no acierta a identificar ergo remediar la razón germen del episodio ansioso cuya consecuencia sigue despertándome en las madrugadas, con la espalda del pijama húmeda de sudor y las venas del cuello tensas como cables. El doctor Rivera me cobra quinientos pesos por cada media hora que le dedica a embelesarse con los móviles esféricos de su escritorio que suben, bajan, chocan, suben, bajan, mientras le cuento el sueño y por repetirme lo del episodio onírico recurrente que estoy segurísimo que sacó de una muy interesante –la de mayo, si no me falla la memoria- de a treinta pesos el ejemplar.
El doctor Montes de Oca me da rohypnol, que es de prescripción exclusiva al especialista psiquiátrico, uno de los muchos títulos que cuelgan en la pared de su despacho que dice librero inglés más de lo que dice especialista del sueño. Me tomo la mitad de una cada noche antes de dormir y esas noches no lo sueño, pero me despierto cada hora por un vaso de agua porque los fármacos siempre me secan la boca y cada dos horas a orinar porque la vejiga siempre me ha trabajado más rápido cuando estoy horizontal. A la semana o a los quince días, cuando pienso que el rohypnol ha espantado definitivamente al sueño donde me veo muerto, suspendo la ingesta –su uso excesivo puede resultar en adicción, advierten las redondas itálicas impresas en el cartoncillo blanco- y esa misma noche me vuelvo a asfixiar y a manotear boqueando antes de morirme y despertar otra vez como al comienzo. El doctor Montes de Oca anota muy rápido con una pluma de acero en una libreta muy grande que apoya en una tabla de esas de inventario de almacén y dice ajá, cuando digo agua, ajá cuando digo horizontal y ajá cuando digo comienzo. Cada ajá me termina costando alrededor de ochenta pesos.
Y yo me despierto pensando en no volver a dormirme, al menos hasta que sea seguro. O más barato. O esté seguro que va a ser la última vez.
El doctor Rivera dice que ese sueño –episodio onírico recurrente, dice en realidad- es un reflejo neurológico de un conato de ansiedad producido por eventos anteriores. El doctor Rivera dice que ese sueño –episodio onírico recurrente, acomodándose los lentes sobre la nariz, parpadeando dos veces- sigue produciéndose por la razón exclusiva de que el sujeto –siendo yo el sujeto, claro, bien sujeto- no acierta a identificar ergo remediar la razón germen del episodio ansioso cuya consecuencia sigue despertándome en las madrugadas, con la espalda del pijama húmeda de sudor y las venas del cuello tensas como cables. El doctor Rivera me cobra quinientos pesos por cada media hora que le dedica a embelesarse con los móviles esféricos de su escritorio que suben, bajan, chocan, suben, bajan, mientras le cuento el sueño y por repetirme lo del episodio onírico recurrente que estoy segurísimo que sacó de una muy interesante –la de mayo, si no me falla la memoria- de a treinta pesos el ejemplar.
El doctor Montes de Oca me da rohypnol, que es de prescripción exclusiva al especialista psiquiátrico, uno de los muchos títulos que cuelgan en la pared de su despacho que dice librero inglés más de lo que dice especialista del sueño. Me tomo la mitad de una cada noche antes de dormir y esas noches no lo sueño, pero me despierto cada hora por un vaso de agua porque los fármacos siempre me secan la boca y cada dos horas a orinar porque la vejiga siempre me ha trabajado más rápido cuando estoy horizontal. A la semana o a los quince días, cuando pienso que el rohypnol ha espantado definitivamente al sueño donde me veo muerto, suspendo la ingesta –su uso excesivo puede resultar en adicción, advierten las redondas itálicas impresas en el cartoncillo blanco- y esa misma noche me vuelvo a asfixiar y a manotear boqueando antes de morirme y despertar otra vez como al comienzo. El doctor Montes de Oca anota muy rápido con una pluma de acero en una libreta muy grande que apoya en una tabla de esas de inventario de almacén y dice ajá, cuando digo agua, ajá cuando digo horizontal y ajá cuando digo comienzo. Cada ajá me termina costando alrededor de ochenta pesos.
Y yo me despierto pensando en no volver a dormirme, al menos hasta que sea seguro. O más barato. O esté seguro que va a ser la última vez.
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No debo escribir fumado
06 abril 2008
ostracismo
no es sólo el silencio, es la doctrina de callar lo que me duele.
lo bueno que aunque uno se queda callado, otros hablan y de entre todos los miles de voces uno sabe que una, por lo menos una, le está hablando.
a escuchar.
lo bueno que aunque uno se queda callado, otros hablan y de entre todos los miles de voces uno sabe que una, por lo menos una, le está hablando.
a escuchar.
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No debo escribir fumado
16 marzo 2008
de la eternidad del aprendizaje
El conocimiento, para seguir a la escuela platónica, y en cierta forma a la escuela innata de ese pequeño algo en nuestra mente primitiva que nos dice las cosas realmente importantes en la temprana infancia y va luego reduciendo sus consejos a medida que aprendemos a ignorarla, no consiste en agregar cosas nuevas a una mente que funcionase para el efecto como una bodega de almacenaje, sino, por el contrario, en ir recordando poco a poco ese mismo material que teníamos ahí, que conocíamos en lo intrínseco de nuestros seres y que, por pérdida de la pureza del alma, contacto con la maldad del mundo o, peor aún, exposición al temor resultante de un daño quizá no comprendido, fuimos sepultando.
Nacemos sabiéndolo todo, y comenzamos a olvidar conforme vivimos. Cada segundo que pasa en nuestras existencias y conforme avanzamos a través del tiempo, exponiendo las percepciones sensoriales al roce interhumano y al mundo natural con sus millones de fenómenos, vamos opacando en nuestras mentes -y en nuestras almas, valga decirlo- conocimientos primigenios, venidos de (aquí viene el debate) Dios mismo.
Así es. No se revuelquen, ateos recalcitrantes, no busco la propaganda religiosa en la afirmación anterior. Llamemosle, si esto reduce sus comezones, "energía primaria", "esencia suprema", "alma colectiva", "topos uranos", "motor inmóvil", "principio creador", "juancho", eso no es lo importante. Lo importante es reconocer que, contestatarismos aparte, eso existe y está en una comunicación constante con nosotros y el mundo que nos sirve de escenario para la diaria puesta en escena.
Es curioso, por no decir, condenable, el cómo la mayoría de los seres humanos en nuestra cultura desdeñan el conocimiento de eso que les da origen. Ignoran, por temor o por simple pereza a una reflexión profunda y sus tal vez indeseables consecuencias, que dentro del cuerpo hay un alma imperecedera proveniente de algo supremo (de nuevo, no hay fin religioso en esto) y en búsqueda continua de algo que por lo general se tarda muchas vidas en encontrar. Curioso resulta también el hecho de que son los momentos trágicos, melancólicos, de soledad y sufrimiento mayúsculos aquellos en los que intentamos el acercamiento hacia esa idea de lo superior, a veces con ira, a veces con abandono, pero generalmente entre peticiones y exigencias de una ayuda que, sin saber muy bien en qué consiste, esperamos recibir sin tardanza.
Nacemos sabiéndolo todo, pero sin la capacidad de enseñarlo. El ser humano, cuando nace, es uno de los animales más indefensos de la naturaleza, sin capacidad de hacerse entender por sus congéneres, valerse contra las inclemencias del tiempo, aprovisionarse de alimentación, guarida o vestido. De todo el extensísimo reino animal, es el ser humano una de las tres especies que tardan más tiempo en poder considerarse lo bastante maduro para valerse por sí mismo. En todo ese tiempo en el que vivimos aislados mentalmente de los demás, nuestra vida gira en torno a comer, dormir, llorar, ensuciarnos y hacer una que otra gracia que justifique el gasto de nuestros padres en pañales y gerber. Son años en los que, todo aquello de lo que nacemos repletos, una sabiduría inocente y un profundo conocimiento de lo verdaderamente importante, van empolvándose en nuestras mentes nuevas, sin posibilidad de ser transmitido.
El tiempo pasa y de pronto somos niños, sabemos hablar, podemos por tanto decir aquellas verdades que, por sencillas, son imposibles de entender por esos que se llaman adultos. Conservamos la capacidad de imaginar, de soñar sin ningún tipo de restricción, nos conmovemos hasta el llanto por cosas que, dentro de muy pocos años, nos causarán sentimientos malsanos de un morbo incalculable. Seguimos olvidando. La tragedia se apersona, alguno es violado, otro golpeado salvajemente por un padre o madre, otro más es vendido para su prostitución, drogado contra su voluntad, condenado a vivir bajo el tormento sicológico de un matrimonio terriblemente disfuncional. La vida dura te tumba las puertas y quiebra las ventanas y tú, con tu tan escasa carga de teoría humana, sabedor apenas de las verdades del amor y la inocencia, entras en un shock del que quizá ya no escapes. Te crees que esa es la vida de verdad. Cambias tus verdades por las que te ofrece el mundo.
No existe el mal. Es muy difícil comprenderlo, pero lo sabes. El mal es una ausencia y las ausencias NO SON algo. Del mismo modo que la oscuridad no es una entidad física, sino sólo la ausencia de una entidad positivamente existente: la luz, así mismo el mal es la ausencia de algo que podemos llamar amor, o energía, o (tápense los ojos, ateos) Dios. Existe el miedo, y esa es la figura que podríamos considerar opuesta al bien o al amor. El miedo es lo que determina la presencia del mal y regir la vida basado en responder a los miedos que se presentan en ella, es elegir una vida en la que será casi imposible que se manifieste un amor genuino.
Por eso, cuando uno sufre dolores que no conoce o cuya intensidad piensa que no puede soportar, el alma lo empuja a buscar algo, sin saber exactamente lo que es. Es lo que aprendemos durante nuestra existencia humana lo que condiciona la respuesta inmediata: buscar ayuda en ese dios o fuerza en la que creemos o queremos pensar que creemos. Sin embargo, acudimos a él suplicándole que elimine la causa de nuestro dolor, que nos regrese al ser amado, que compense nuestra pérdida, que nos dé consuelo, que nos repare el daño. Inconscientemente, sin que lo podamos evitar, nuestra alma hace su propia petición, y su ruego no consiste en pedir, sino en soltar.
Cuando aprendemos a soltar el dolor, a perder, a dejar ir eso que algo más fuerte que nosotros ha decidido que no será nuestro, es que el amor tiene la posibilidad de empezar a sanar verdaderamente nuestro dolor y, como hermosa consecuencia, al irnos llenando, el amor descubre de nuevo en nuestra esencia la capacidad de volver a apreciar las bellísimas verdades del mundo. De pronto es posible volver a apreciar la cuidada armonía con la que una brisa suave mece las hojas de un árbol gigante donde docenas de pájaros pían con frenesí. Ellos saben más que nosotros.
Han sido días muy difíciles para este que escribe. He tenido tiempos muy duros tratando de aprender a escuchar la voz de dios y, más importante aún, la intención de sus palabras. Me ha resultado muy difícil renunciar a la gran soberbia que me impedía ponerme en sus manos y decirle: Está bien, señor, hágase tu voluntad. No ha sido nada sencillo sentarme a buscar la paz y pedirle que me hable mientras el mundo que había a mi alrededor se desmorona y cae para dejar sólo ruinas. Máxime siendo alguien acostumbrado a pelear. Yo soy un guerrero, señor. Lo sé, me dice él, pero esta es tu pelea más importante y no puedo dejar que la pierdas, por eso te ayudo. Y me ayuda enseñándome que no existe la derrota como tal, perder significaría dejar morir el amor ahora que he aprendido a vivirlo. Perder significaría dejar al miedo volver a dominar mi vida ahora que he aprendido que está indefenso contra la fuerza de alguien que ama sin condiciones y sin límites. Perder significaría dejar que el bien se reduzca y permita las zonas de sombra que con el tiempo se volverían maldad en mi alma.
Yo no quiero perder y Dios lo sabe, por eso todos los días me dice una frase pequeña que me alimenta y me da vida nueva para buscar una vez más la paz y el amor en los que lo encuentro a él y puedo volver a ofrecerle algo en lugar de pedírselo. Por eso cuando despierto y le doy las gracias por todo este infinito dolor, no puedo dejar de pedirle que deje que todos lo escuchen como me ha dejado hacerlo a mí, que todos oigan su voz y entiendan: DEBES AMAR SIN NINGÚN TIPO DE MIEDO.
Yo amo así, Dios, y no sabes cuánto te lo agradezco. Te pido por todos mis hermanos, para que puedan hacerlo también, y muy en especial por ella, por quién mi amor se inclina con tanta fuerza. No importa si ella no lo siente por mí, señor, deja que el mío la toque.
Nacemos sabiéndolo todo, y comenzamos a olvidar conforme vivimos. Cada segundo que pasa en nuestras existencias y conforme avanzamos a través del tiempo, exponiendo las percepciones sensoriales al roce interhumano y al mundo natural con sus millones de fenómenos, vamos opacando en nuestras mentes -y en nuestras almas, valga decirlo- conocimientos primigenios, venidos de (aquí viene el debate) Dios mismo.
Así es. No se revuelquen, ateos recalcitrantes, no busco la propaganda religiosa en la afirmación anterior. Llamemosle, si esto reduce sus comezones, "energía primaria", "esencia suprema", "alma colectiva", "topos uranos", "motor inmóvil", "principio creador", "juancho", eso no es lo importante. Lo importante es reconocer que, contestatarismos aparte, eso existe y está en una comunicación constante con nosotros y el mundo que nos sirve de escenario para la diaria puesta en escena.
Es curioso, por no decir, condenable, el cómo la mayoría de los seres humanos en nuestra cultura desdeñan el conocimiento de eso que les da origen. Ignoran, por temor o por simple pereza a una reflexión profunda y sus tal vez indeseables consecuencias, que dentro del cuerpo hay un alma imperecedera proveniente de algo supremo (de nuevo, no hay fin religioso en esto) y en búsqueda continua de algo que por lo general se tarda muchas vidas en encontrar. Curioso resulta también el hecho de que son los momentos trágicos, melancólicos, de soledad y sufrimiento mayúsculos aquellos en los que intentamos el acercamiento hacia esa idea de lo superior, a veces con ira, a veces con abandono, pero generalmente entre peticiones y exigencias de una ayuda que, sin saber muy bien en qué consiste, esperamos recibir sin tardanza.
Nacemos sabiéndolo todo, pero sin la capacidad de enseñarlo. El ser humano, cuando nace, es uno de los animales más indefensos de la naturaleza, sin capacidad de hacerse entender por sus congéneres, valerse contra las inclemencias del tiempo, aprovisionarse de alimentación, guarida o vestido. De todo el extensísimo reino animal, es el ser humano una de las tres especies que tardan más tiempo en poder considerarse lo bastante maduro para valerse por sí mismo. En todo ese tiempo en el que vivimos aislados mentalmente de los demás, nuestra vida gira en torno a comer, dormir, llorar, ensuciarnos y hacer una que otra gracia que justifique el gasto de nuestros padres en pañales y gerber. Son años en los que, todo aquello de lo que nacemos repletos, una sabiduría inocente y un profundo conocimiento de lo verdaderamente importante, van empolvándose en nuestras mentes nuevas, sin posibilidad de ser transmitido.
El tiempo pasa y de pronto somos niños, sabemos hablar, podemos por tanto decir aquellas verdades que, por sencillas, son imposibles de entender por esos que se llaman adultos. Conservamos la capacidad de imaginar, de soñar sin ningún tipo de restricción, nos conmovemos hasta el llanto por cosas que, dentro de muy pocos años, nos causarán sentimientos malsanos de un morbo incalculable. Seguimos olvidando. La tragedia se apersona, alguno es violado, otro golpeado salvajemente por un padre o madre, otro más es vendido para su prostitución, drogado contra su voluntad, condenado a vivir bajo el tormento sicológico de un matrimonio terriblemente disfuncional. La vida dura te tumba las puertas y quiebra las ventanas y tú, con tu tan escasa carga de teoría humana, sabedor apenas de las verdades del amor y la inocencia, entras en un shock del que quizá ya no escapes. Te crees que esa es la vida de verdad. Cambias tus verdades por las que te ofrece el mundo.
No existe el mal. Es muy difícil comprenderlo, pero lo sabes. El mal es una ausencia y las ausencias NO SON algo. Del mismo modo que la oscuridad no es una entidad física, sino sólo la ausencia de una entidad positivamente existente: la luz, así mismo el mal es la ausencia de algo que podemos llamar amor, o energía, o (tápense los ojos, ateos) Dios. Existe el miedo, y esa es la figura que podríamos considerar opuesta al bien o al amor. El miedo es lo que determina la presencia del mal y regir la vida basado en responder a los miedos que se presentan en ella, es elegir una vida en la que será casi imposible que se manifieste un amor genuino.
Por eso, cuando uno sufre dolores que no conoce o cuya intensidad piensa que no puede soportar, el alma lo empuja a buscar algo, sin saber exactamente lo que es. Es lo que aprendemos durante nuestra existencia humana lo que condiciona la respuesta inmediata: buscar ayuda en ese dios o fuerza en la que creemos o queremos pensar que creemos. Sin embargo, acudimos a él suplicándole que elimine la causa de nuestro dolor, que nos regrese al ser amado, que compense nuestra pérdida, que nos dé consuelo, que nos repare el daño. Inconscientemente, sin que lo podamos evitar, nuestra alma hace su propia petición, y su ruego no consiste en pedir, sino en soltar.
Cuando aprendemos a soltar el dolor, a perder, a dejar ir eso que algo más fuerte que nosotros ha decidido que no será nuestro, es que el amor tiene la posibilidad de empezar a sanar verdaderamente nuestro dolor y, como hermosa consecuencia, al irnos llenando, el amor descubre de nuevo en nuestra esencia la capacidad de volver a apreciar las bellísimas verdades del mundo. De pronto es posible volver a apreciar la cuidada armonía con la que una brisa suave mece las hojas de un árbol gigante donde docenas de pájaros pían con frenesí. Ellos saben más que nosotros.
Han sido días muy difíciles para este que escribe. He tenido tiempos muy duros tratando de aprender a escuchar la voz de dios y, más importante aún, la intención de sus palabras. Me ha resultado muy difícil renunciar a la gran soberbia que me impedía ponerme en sus manos y decirle: Está bien, señor, hágase tu voluntad. No ha sido nada sencillo sentarme a buscar la paz y pedirle que me hable mientras el mundo que había a mi alrededor se desmorona y cae para dejar sólo ruinas. Máxime siendo alguien acostumbrado a pelear. Yo soy un guerrero, señor. Lo sé, me dice él, pero esta es tu pelea más importante y no puedo dejar que la pierdas, por eso te ayudo. Y me ayuda enseñándome que no existe la derrota como tal, perder significaría dejar morir el amor ahora que he aprendido a vivirlo. Perder significaría dejar al miedo volver a dominar mi vida ahora que he aprendido que está indefenso contra la fuerza de alguien que ama sin condiciones y sin límites. Perder significaría dejar que el bien se reduzca y permita las zonas de sombra que con el tiempo se volverían maldad en mi alma.
Yo no quiero perder y Dios lo sabe, por eso todos los días me dice una frase pequeña que me alimenta y me da vida nueva para buscar una vez más la paz y el amor en los que lo encuentro a él y puedo volver a ofrecerle algo en lugar de pedírselo. Por eso cuando despierto y le doy las gracias por todo este infinito dolor, no puedo dejar de pedirle que deje que todos lo escuchen como me ha dejado hacerlo a mí, que todos oigan su voz y entiendan: DEBES AMAR SIN NINGÚN TIPO DE MIEDO.
Yo amo así, Dios, y no sabes cuánto te lo agradezco. Te pido por todos mis hermanos, para que puedan hacerlo también, y muy en especial por ella, por quién mi amor se inclina con tanta fuerza. No importa si ella no lo siente por mí, señor, deja que el mío la toque.
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No sé de qué hablo
26 noviembre 2007
Cyanide & Happiness @ Explosm.net
Rara vez me encuentro con el tipo de humor que me hace reír a carcajadas. Generalmente casi cualquier mal chiste me saca una sonrisita de esas cordiales, pero para una de esas risas que te suben desde el estómago, sólo un humor muy maldito, muy pelado o muy elaborado. Esta tira alcanza el podio, pueden visitarla y ver todas las demás, aquí.
20 noviembre 2007
and shepherds we shall be...

Hay una película muy agradable y que la corte celestial ve con beneplácito. Se llama The Boondock Saints, y el no muy afortunado nombre en español es El quinto infierno (sic). La trama versa sobre la conversión de dos hermanos norteamericanos de ascendencia irlandesa a una especie de fanatismo cristiano que una noche durante el sueño les revela la misión de exterminar a los criminales y a los corruptos de su ciudad.
Al despertar del sueño, por una de esas raras coincidencias en las que encuentran su origen las tramas de películas con muchos golpes y balazos (o sea, las pocas películas que valen la pena) los hermanitos devotos tienen un encontronazo en una taberna (¿mencioné que eran irlandeses?) con unos mafiosos (rusos, creo, mafiosos, ignoren el cliché) y huelga decir que a pesar de ser sólo dos contra seis, de ser flacos, esmirriados y más bien chaparrones, les dan una madriza de antología a los rusos, que por supuesto eran más que nada gringos con un afán extraño por remarcar las R's al hablar.
De ahí en más, la película gira en torno a las ejecuciones (limpieza espiritual) que los muchachos llevan a cabo en su zona de la ciudad, script que se volvería pronto insípido si no fuera por la astuta introducción hacia la mitad de la película de este cabrón que todo toma ese matiz sabrosito que hace falta para no quitar la película o de plano ponerte a hacer otra cosa mientras la diarrea discursiva de la pantalla continúa en un fuera de foco permisivo.
El personaje de DaFoe, que es el mejor actor de Hollywood desde hace mucho tiempo, es un detective chingonsísimo para hacer análisis de balística y recrear, a partir de los impactos de bala encontrados en las escenas del crimen cómo fue el desarrollo preciso de la balacera. Cabe mencionar que el personaje es, además, jotísimo, pero no jotísimo en la acepción musical de la palabra, es decir, de voz afectadita, ademanes maricones y un tic distintivo como el inolvidable bzz que Chris Tucker usó para darle su sello al personaje gay de The Fifth Element, sino más bien gay en cuanto a la pulcritud de su vestimenta, la elección de los colores de la misma, su melena bien cuidada y algo feminoide. Esta aclaración es hecha porque da pie a una de las pocas escenas graciosas de la película (que, al no ser comedia, necesita sólo de dos situaciones parcialmente graciosas para que el cinevidente ría).
En fin, la extrema pericia del detective le sirve muy bien al director (Troy Duffy, fan innegable de Tarantino) para desarrollar dos escenas visualmente deliciosas, en las que vemos simultáneamente a Dafoe y a los Irish Bro's, el primero relatando los pormenores de la ejecución y los segundos ejecutándola de facto. La segunda escena vale muchísimo la pena por el fondo operístico que acompaña una secuencia en super slow motion donde un desgarrado detective puñal balacea con sus dedos en forma de pistola al unísono con las relucientes berettas de los leprechauns (interpretados por cierto por Sean Patrick Flannery y Norman Reedus), alcanzando un grado de visceralidad y de casi drama difícil de encontrar en una película tan Macho-oriented.
La secuencia del final no tiene desperdicio, los hermanos descubren que un asesino encabronadamente eficaz, comocido como Il Duce (el duque), que ha sido liberado de una prisión de máxima seguridad para darles chicharrón con limón, es en realidad ni más ni menos que su padre, y tras la emotiva reunión de tan nobles hijos de la gran chingada, los vemos tomar la sala de un tribunal lleno de gente, prensa, notables, etc. y ejecutar en caliente al gran padrino de la mafia local, no sin antes recitarle en latín la homilía de su desgracia.
In nomini Patri, et Filii, et spirictus sancti, Bang bang.
Conmovedor, sin duda.
Vean The Boondock Saints, la pueden encontrar como Los Elegidos o el Quinto Infierno en casi cualquier blockbuster.
16 noviembre 2007
Celta infolmación.

Hace un ratito, mientras leía el blog de un gran amigo, al que tengo en gran estima, me encontré con que había publicado una reseña sobre los horóscopos celtas, cosa de la que jamás había oído o leído y que, dada la seriedad que yo ceía que imperaba en la ortodoxa doctrina celta, dudaba muy seriamente que existieran.
Pero existen, y dado que el zodiaco común pasó de moda cuando dejaron de pasar los caballeros del zodiaco en televisión pública, pues muchos empezaron a buscarle por otro lado. Yo creo en la astrología tanto como creo en la renovación moral del Pri, así que ustedes dirán, pero quise darle una revisada sólo para corroborar las asombrosas astrocoincidencias del destino (llamadas también chiripazos) que dictaba en parrafito.
La cosa versa de la siguiente manera. Supuestamente buscas el árbol que te corresponde según tu fecha de cumpleaños (ah, sí, en la cultura celta somos árboles, ¿no les hace sentir eso muy leñadores?) y ya luego lees tu descripción a ver qué tanto te pareces.
Yo soy un árbol de cenizas. Sí, sé que pude ser un lindo manzano, o un frondoso abeto, o más acertadamente, un fuerte roble. Pero neh, soy un árbol de cenizas. Y eso, por tétrico, por ruinoso y por escabrosamente acorde a como me siento a veces, me agradó. El problema vino a la hora de la descripción.
ARBOL DE CENIZAS (la Ambición) - Es una persona excepcionalmente atractiva, vivaz, impulsiva, exigente, no le importan las críticas, ambiciosa, inteligente, llena de talentos, le gusta jugar con el destino, puede ser egoísta, muy fiable y digna de confianza, amante fiel y prudente, algunas veces el cerebro controla al corazón, pero asume sus relaciones muy seriamente.
Lo sé, lo sé, todos ustedes se fueron fácilmente con la finta. Como mi belleza física es, en efecto, excepcional y digna de éxtasis estéticos, los humanos comunes y nada inquisitivos pensarían que los celtas son los grandes profetas. Favor de no aventurarse con tal prontitud, oh vasallos.
¿Vivaz? Contempla durant unos cuarenta y cinco minutos el suave bamboleo de los lirios artificiales en el interior de una gran pecera, eso te dará una idea del grado de vivacidad que alcanzo en momentos de gran despliegue energético.
¿Impulsivo? He pasado horas en la antesala de un ministerio público, con las nalgas aplastadas contra una butaca de plástico y los ojos contra un texto de, digamos, Cortázar en sus ratos malos, sólo para que, al final, salga un burocratita de pacotilla, soldado raso del ejército de la mierda, a decirme que vuelva mañana. Mi reacción: gracias, buen día.
¿Exigente?: Está bien, si pedí una hamburguesa sin catsup y me la sirven con ella, probablemente me moleste. Mucho. Si arreglan mi carro y se jode saliendo del taller, arderá troya. Hasta ahí llega mi nivel de exigencia. No cuento si hay igual número de m&m's azules y rojos en el paquete, ni lloriqueo si el agua en mi botella es ciel y no evian.
Me importan las críticas. A todos los escritores nos importan las críticas. El que escriba y publique y diga lo contrario es un jodido mentiroso. Uno publica y deja que los demás lean sus cosas con el afán de que lo critiquen. Si nadie te critica es porque a nadie le importas, y en el cielo de la intrascendencia no está la felicidad. No, tampoco ahí.
¿Ambicioso? Les voy a decir mi más grande ambición material: Quiero una cabaña cerca de un lago (sin mosquitos), una buena mecedora y una hermosa escopeta de doble cañón. Si alguna vez vieron Los Osos Montañeses, sabrán de lo que hablo. Si no, no merecen vivir.
Inteligente: Zí. Vastante.
Lleno de talentos: Puedo eructar y sacarme los mocos al mismo tiempo que busco porno en el internet. Superen eso.
¿Jugar con el destino? Sí, por lo general a mi juego favorito: Las escondidas.
Puedo ser egoísta, muy fiable y digno de confianza: Si, suena coherente. ¿A quién le contaré mis penas? Ya sé, al egoísta de mierda que probablemente busque la forma de usarlas en su provecho sin importarle el daño irreversible que me puede causar. Good job, smartass.
Amante fiel y prudente. Como todos los egoístas, somos tan lindos.
Algunas veces el cerebro controla al corazón. Sí, porque aunque todos ustedes, médicos profesionales titulados, cardiólogos alrededor del mundo, creían que el corazón estaba regido por el Sistema Nervioso Autónomo, completa y fabulosamente independiente del cerebro, los celtas, con su sabiduría medieval con la que realizaban sabios sacrificios humanos, han demostrado lo contrario. Toma eso, Stanford.
En resumen, creo que más bien soy un árbol de guayabas.
preámbulo
J. M. Latapí dice:
Señor Reséndiz, qué milagrazo.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
Salud, Juanma, ¿cómo te va?
J. M. Latapí dice:
Bien, bien, ando taloneando a los insurrectos como tú, cabrón, a ver cuándo les da la gana de mandar las colaboraciones para el semanario.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
O sea que van a seguir chingando con eso, nazis hijos de
J. M. Latapí dice:
¿Hijos de qué?
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
De , pinche miope.
J. M. Latapí dice:
Pues no es mi culpa que no pongas nada, baboso.
J. M. Latapí dice:
Ah, no, aguanta, ya apareció el icono. Jaja. Está chingón, pásamelo.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
No. Pinche computadora chafa que tienes, se tardó una hora en aparecerte. No te lo mereces.
J. M. Latapí dice:
Es la computadora de la oficina, ya quisieras, la mía corre a 1012.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
Así corre la mía también. En las mañanas, para calentar.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
Pero bueno, ahí te va el archivo pues, dile al imbécil de Correa que si le vuelve a meter una edición mierdera como la de la semana pasada, se va a comer mi próxima colaboración por el recto.
J. M. Latapí dice:
¿Así le digo?
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
Así, cabroncito, sin censura.
J. M. Latapí dice:
Pobre Correa, no me lo emociones. Luego ni le cumples.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
Acepta el archivo, soquete. Me tengo que ir.
J. M. Latapí dice:
Ya está, oye, pero antes de irte, explícame lo de tu nick.
P. C. Reséndiz dice:
¿Qué tiene mi nick?
J. M. Latapí dice:
No mames, el anterior.
P. C. Reséndiz dice:
De hecho prefiero mamar el posterior.
J. M. Latapí dice:
Pendejo. Nos vemos.
Es posible que P. C. Reséndiz no conteste porque aparece como No Conectado, para otras formas de ponerse en contacto con tus amigos en MSN Live Messenger, clic aquí.
Señor Reséndiz, qué milagrazo.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
Salud, Juanma, ¿cómo te va?
J. M. Latapí dice:
Bien, bien, ando taloneando a los insurrectos como tú, cabrón, a ver cuándo les da la gana de mandar las colaboraciones para el semanario.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
O sea que van a seguir chingando con eso, nazis hijos de
J. M. Latapí dice:
¿Hijos de qué?
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
De , pinche miope.
J. M. Latapí dice:
Pues no es mi culpa que no pongas nada, baboso.
J. M. Latapí dice:
Ah, no, aguanta, ya apareció el icono. Jaja. Está chingón, pásamelo.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
No. Pinche computadora chafa que tienes, se tardó una hora en aparecerte. No te lo mereces.
J. M. Latapí dice:
Es la computadora de la oficina, ya quisieras, la mía corre a 1012.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
Así corre la mía también. En las mañanas, para calentar.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
Pero bueno, ahí te va el archivo pues, dile al imbécil de Correa que si le vuelve a meter una edición mierdera como la de la semana pasada, se va a comer mi próxima colaboración por el recto.
J. M. Latapí dice:
¿Así le digo?
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
Así, cabroncito, sin censura.
J. M. Latapí dice:
Pobre Correa, no me lo emociones. Luego ni le cumples.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
Acepta el archivo, soquete. Me tengo que ir.
J. M. Latapí dice:
Ya está, oye, pero antes de irte, explícame lo de tu nick.
P. C. Reséndiz dice:
¿Qué tiene mi nick?
J. M. Latapí dice:
No mames, el anterior.
P. C. Reséndiz dice:
De hecho prefiero mamar el posterior.
J. M. Latapí dice:
Pendejo. Nos vemos.
Es posible que P. C. Reséndiz no conteste porque aparece como No Conectado, para otras formas de ponerse en contacto con tus amigos en MSN Live Messenger, clic aquí.
10 octubre 2007
Es hora de decirlo
A lo mejor lo que habría que buscar no es esto, esta compulsión de contar una historia antes de saber con exactitud dónde empieza ni mucho menos dónde ha de terminar, vaya, puntualizando, ni siquiera el punto exacto en el que se encuentra ahora, en este momento preciso en el que yo, haciendo alarde de una inteligencia y un criterio que no tengo, intento materializarla sin más herramientas que unos pocos recuerdos sueltos y una muy traicionera memoria a la que le gusta menos el melodrama que el pesimismo.
Aquello era la esperanza. Era caminar sin pensar mucho por jardineras que no parecían tener fin, sintiendo en el rostro y en la piel de todo el cuerpo los agradabilísimos escalofríos que un viento cada vez más invernal –era noviembre- se complacía en inflingirnos. Más bien aquello era la libertad. Era el saberse sin horarios, o mejor aún, con horarios que se sabían fáciles de resquebrajar, irrespetables, sueltos; era saberse sin ninguna obligación distinta de la vida, era el cabello desordenado y un poco polvoriento, eran los escasos e hirsutos pelillos de una barba que pretendía ser rebelde y los destellos acerados de los aretes en cejas y labios y lengua. Era el morral y las pulseras de cuero, el churrito quemándose en las manos de otro y casi mirándote con la coquetería que parecía decirte Ahí te voy, chiquito, no desesperes, y tú no desesperabas, ni siquiera sabías como, no conocías otro estar que ese, tranquilo, esperando nada, recibiendo y dando un poco cuando tenías, casi nunca, no importaba, siempre había alguien que tampoco tenía pero sabía dónde conseguir.
Las mañanas olían a mujer tibia, adormilada y feliz. Una mujer satisfecha es el olor más dulce que uno puede aspirar, con sus ínfimos méritos de pobre diablo irredento, al abrir los ojos en la mañana y encontrarse ese otro cuerpo junto al cuerpo, los muslos suaves triangulándose con las piernas, los pequeños dedos de los pies, los pechos desnudos y enarbolando una firmeza prometedora en los pezones ya despiertos antes que ella, el cabello suelto. No hay sudor en el cuerpo, pero sí está el recuerdo del sudor que hubo, que existió por momentos cada vez más largos anoche, que recorrió los pliegues de su cuello, que mojó sin pudor la conjunción de sus ingles, que nuestra lengua lamió sedienta de ese elíxir salobre y embrujante y es el recuerdo olfativo de ese sudor lo que despertaba entonces al cuerpo animal, segundos antes de que despertara el cuerpo humano, justo a tiempo para condimentar con palabras y besos y caricias el apareamiento sin misericordias que la juventud y el ímpetu y, en fin, el deseo, ya se prodigaba.
Uno podía alimentarse de lo que fuera, gastarse las pocas monedas en un bocado que cumpliera su función energética, no importaba mientras se comiera en buena o compañía, o mejor aún, absolutamente solo y armado de una lectura suficiente para abstraerse del mundo. Podría hablar hasta el cansancio de días que comí sin saber lo que me llevaba a la boca y que bebí sin poder recordar más tarde el sabor del líquido, o su color, inmerso de plano en las palabras de alguien probablemente vivo, probablemente muerto, que muchos o pocos años antes y sin conocer en absoluto mi nombre o la posibilidad de mi existencia, se sentó día tras día, en horas sueltas o de corrido, a escribir una historia para que yo la leyera y entendiera, sin comas ya un espacio, que la historia decía más cuando él se guardaba las palabras.
Uno caminaba sin mucha idea de si los pies llevaban un rumbo verdadero o si el cuerpo tan sólo expresaba su necesidad de oxigenarse, de llevar a los ojos hacia donde hubiera algo que valiera la pena ver y a los ojos casi todo parecía valerles la pena. Encontraban la sonrisa del anciano desdentado, cuyo cuerpo sin piernas se deslizaba en un carrito de madera, impulsado por dos brazos enjutos y curtidos por la intemperie; encontraban las gotas de agua que formaban esferas perfectas en la punta afilada de miles de briznas de pasto a las seis y media de la mañana, minutos antes de que el sol se las comiera; encontraban los largos tapetes de colores donde hombres de cabellos largos y mujeres delgadas y de miradas sutiles ofrecían collares y pulseras, libros y cristales, esencias y artesanías; los ojos ofrecían al alma las posibilidades y ésta se enroscaba sobre sí misma y percibía el placer de estar viviendo. Era fácil que el alma decidiera crear, arrojarse hacia dentro y compactarse en una semillita germinal. Era fácil que el alma pensara en retoñar en lienzos y en cuerdas de guitarra y en grandes bloques de granito y en hojas de papel o en el suave balanceo y la armonía del danzante. Era grato crear, ser un pedacito de lo que se gestaba, no importaba lo que fuese o si tenía un nombre. Uno buscaba la trascendencia mediante la fugacidad y en esa paradoja estaba oculto el pólen de la felicidad verdadera.
Pero en algún momento perdimos el sendero.
Aquello era la esperanza. Era caminar sin pensar mucho por jardineras que no parecían tener fin, sintiendo en el rostro y en la piel de todo el cuerpo los agradabilísimos escalofríos que un viento cada vez más invernal –era noviembre- se complacía en inflingirnos. Más bien aquello era la libertad. Era el saberse sin horarios, o mejor aún, con horarios que se sabían fáciles de resquebrajar, irrespetables, sueltos; era saberse sin ninguna obligación distinta de la vida, era el cabello desordenado y un poco polvoriento, eran los escasos e hirsutos pelillos de una barba que pretendía ser rebelde y los destellos acerados de los aretes en cejas y labios y lengua. Era el morral y las pulseras de cuero, el churrito quemándose en las manos de otro y casi mirándote con la coquetería que parecía decirte Ahí te voy, chiquito, no desesperes, y tú no desesperabas, ni siquiera sabías como, no conocías otro estar que ese, tranquilo, esperando nada, recibiendo y dando un poco cuando tenías, casi nunca, no importaba, siempre había alguien que tampoco tenía pero sabía dónde conseguir.
Las mañanas olían a mujer tibia, adormilada y feliz. Una mujer satisfecha es el olor más dulce que uno puede aspirar, con sus ínfimos méritos de pobre diablo irredento, al abrir los ojos en la mañana y encontrarse ese otro cuerpo junto al cuerpo, los muslos suaves triangulándose con las piernas, los pequeños dedos de los pies, los pechos desnudos y enarbolando una firmeza prometedora en los pezones ya despiertos antes que ella, el cabello suelto. No hay sudor en el cuerpo, pero sí está el recuerdo del sudor que hubo, que existió por momentos cada vez más largos anoche, que recorrió los pliegues de su cuello, que mojó sin pudor la conjunción de sus ingles, que nuestra lengua lamió sedienta de ese elíxir salobre y embrujante y es el recuerdo olfativo de ese sudor lo que despertaba entonces al cuerpo animal, segundos antes de que despertara el cuerpo humano, justo a tiempo para condimentar con palabras y besos y caricias el apareamiento sin misericordias que la juventud y el ímpetu y, en fin, el deseo, ya se prodigaba.
Uno podía alimentarse de lo que fuera, gastarse las pocas monedas en un bocado que cumpliera su función energética, no importaba mientras se comiera en buena o compañía, o mejor aún, absolutamente solo y armado de una lectura suficiente para abstraerse del mundo. Podría hablar hasta el cansancio de días que comí sin saber lo que me llevaba a la boca y que bebí sin poder recordar más tarde el sabor del líquido, o su color, inmerso de plano en las palabras de alguien probablemente vivo, probablemente muerto, que muchos o pocos años antes y sin conocer en absoluto mi nombre o la posibilidad de mi existencia, se sentó día tras día, en horas sueltas o de corrido, a escribir una historia para que yo la leyera y entendiera, sin comas ya un espacio, que la historia decía más cuando él se guardaba las palabras.
Uno caminaba sin mucha idea de si los pies llevaban un rumbo verdadero o si el cuerpo tan sólo expresaba su necesidad de oxigenarse, de llevar a los ojos hacia donde hubiera algo que valiera la pena ver y a los ojos casi todo parecía valerles la pena. Encontraban la sonrisa del anciano desdentado, cuyo cuerpo sin piernas se deslizaba en un carrito de madera, impulsado por dos brazos enjutos y curtidos por la intemperie; encontraban las gotas de agua que formaban esferas perfectas en la punta afilada de miles de briznas de pasto a las seis y media de la mañana, minutos antes de que el sol se las comiera; encontraban los largos tapetes de colores donde hombres de cabellos largos y mujeres delgadas y de miradas sutiles ofrecían collares y pulseras, libros y cristales, esencias y artesanías; los ojos ofrecían al alma las posibilidades y ésta se enroscaba sobre sí misma y percibía el placer de estar viviendo. Era fácil que el alma decidiera crear, arrojarse hacia dentro y compactarse en una semillita germinal. Era fácil que el alma pensara en retoñar en lienzos y en cuerdas de guitarra y en grandes bloques de granito y en hojas de papel o en el suave balanceo y la armonía del danzante. Era grato crear, ser un pedacito de lo que se gestaba, no importaba lo que fuese o si tenía un nombre. Uno buscaba la trascendencia mediante la fugacidad y en esa paradoja estaba oculto el pólen de la felicidad verdadera.
Pero en algún momento perdimos el sendero.
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