Volví a soñarlo. A pesar del lento y sistemático procedimiento de relajación que tres terapeutas distintos concordaron en recomendar como el más efectivo. Volví a soñar el momento de mi muerte. Volví a sentir la desesperación de la asfixia, volví a manotear dormido, agitado y boqueando como un pez a la intemperie, buscando ansiosamente una bocanada de aire que me dejara seguir viviendo. Pero no. Otra vez morí.
El doctor Rivera dice que ese sueño –episodio onírico recurrente, dice en realidad- es un reflejo neurológico de un conato de ansiedad producido por eventos anteriores. El doctor Rivera dice que ese sueño –episodio onírico recurrente, acomodándose los lentes sobre la nariz, parpadeando dos veces- sigue produciéndose por la razón exclusiva de que el sujeto –siendo yo el sujeto, claro, bien sujeto- no acierta a identificar ergo remediar la razón germen del episodio ansioso cuya consecuencia sigue despertándome en las madrugadas, con la espalda del pijama húmeda de sudor y las venas del cuello tensas como cables. El doctor Rivera me cobra quinientos pesos por cada media hora que le dedica a embelesarse con los móviles esféricos de su escritorio que suben, bajan, chocan, suben, bajan, mientras le cuento el sueño y por repetirme lo del episodio onírico recurrente que estoy segurísimo que sacó de una muy interesante –la de mayo, si no me falla la memoria- de a treinta pesos el ejemplar.
El doctor Montes de Oca me da rohypnol, que es de prescripción exclusiva al especialista psiquiátrico, uno de los muchos títulos que cuelgan en la pared de su despacho que dice librero inglés más de lo que dice especialista del sueño. Me tomo la mitad de una cada noche antes de dormir y esas noches no lo sueño, pero me despierto cada hora por un vaso de agua porque los fármacos siempre me secan la boca y cada dos horas a orinar porque la vejiga siempre me ha trabajado más rápido cuando estoy horizontal. A la semana o a los quince días, cuando pienso que el rohypnol ha espantado definitivamente al sueño donde me veo muerto, suspendo la ingesta –su uso excesivo puede resultar en adicción, advierten las redondas itálicas impresas en el cartoncillo blanco- y esa misma noche me vuelvo a asfixiar y a manotear boqueando antes de morirme y despertar otra vez como al comienzo. El doctor Montes de Oca anota muy rápido con una pluma de acero en una libreta muy grande que apoya en una tabla de esas de inventario de almacén y dice ajá, cuando digo agua, ajá cuando digo horizontal y ajá cuando digo comienzo. Cada ajá me termina costando alrededor de ochenta pesos.
Y yo me despierto pensando en no volver a dormirme, al menos hasta que sea seguro. O más barato. O esté seguro que va a ser la última vez.
17 abril 2008
06 abril 2008
ostracismo
no es sólo el silencio, es la doctrina de callar lo que me duele.
lo bueno que aunque uno se queda callado, otros hablan y de entre todos los miles de voces uno sabe que una, por lo menos una, le está hablando.
a escuchar.
lo bueno que aunque uno se queda callado, otros hablan y de entre todos los miles de voces uno sabe que una, por lo menos una, le está hablando.
a escuchar.
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No debo escribir fumado
16 marzo 2008
de la eternidad del aprendizaje
El conocimiento, para seguir a la escuela platónica, y en cierta forma a la escuela innata de ese pequeño algo en nuestra mente primitiva que nos dice las cosas realmente importantes en la temprana infancia y va luego reduciendo sus consejos a medida que aprendemos a ignorarla, no consiste en agregar cosas nuevas a una mente que funcionase para el efecto como una bodega de almacenaje, sino, por el contrario, en ir recordando poco a poco ese mismo material que teníamos ahí, que conocíamos en lo intrínseco de nuestros seres y que, por pérdida de la pureza del alma, contacto con la maldad del mundo o, peor aún, exposición al temor resultante de un daño quizá no comprendido, fuimos sepultando.
Nacemos sabiéndolo todo, y comenzamos a olvidar conforme vivimos. Cada segundo que pasa en nuestras existencias y conforme avanzamos a través del tiempo, exponiendo las percepciones sensoriales al roce interhumano y al mundo natural con sus millones de fenómenos, vamos opacando en nuestras mentes -y en nuestras almas, valga decirlo- conocimientos primigenios, venidos de (aquí viene el debate) Dios mismo.
Así es. No se revuelquen, ateos recalcitrantes, no busco la propaganda religiosa en la afirmación anterior. Llamemosle, si esto reduce sus comezones, "energía primaria", "esencia suprema", "alma colectiva", "topos uranos", "motor inmóvil", "principio creador", "juancho", eso no es lo importante. Lo importante es reconocer que, contestatarismos aparte, eso existe y está en una comunicación constante con nosotros y el mundo que nos sirve de escenario para la diaria puesta en escena.
Es curioso, por no decir, condenable, el cómo la mayoría de los seres humanos en nuestra cultura desdeñan el conocimiento de eso que les da origen. Ignoran, por temor o por simple pereza a una reflexión profunda y sus tal vez indeseables consecuencias, que dentro del cuerpo hay un alma imperecedera proveniente de algo supremo (de nuevo, no hay fin religioso en esto) y en búsqueda continua de algo que por lo general se tarda muchas vidas en encontrar. Curioso resulta también el hecho de que son los momentos trágicos, melancólicos, de soledad y sufrimiento mayúsculos aquellos en los que intentamos el acercamiento hacia esa idea de lo superior, a veces con ira, a veces con abandono, pero generalmente entre peticiones y exigencias de una ayuda que, sin saber muy bien en qué consiste, esperamos recibir sin tardanza.
Nacemos sabiéndolo todo, pero sin la capacidad de enseñarlo. El ser humano, cuando nace, es uno de los animales más indefensos de la naturaleza, sin capacidad de hacerse entender por sus congéneres, valerse contra las inclemencias del tiempo, aprovisionarse de alimentación, guarida o vestido. De todo el extensísimo reino animal, es el ser humano una de las tres especies que tardan más tiempo en poder considerarse lo bastante maduro para valerse por sí mismo. En todo ese tiempo en el que vivimos aislados mentalmente de los demás, nuestra vida gira en torno a comer, dormir, llorar, ensuciarnos y hacer una que otra gracia que justifique el gasto de nuestros padres en pañales y gerber. Son años en los que, todo aquello de lo que nacemos repletos, una sabiduría inocente y un profundo conocimiento de lo verdaderamente importante, van empolvándose en nuestras mentes nuevas, sin posibilidad de ser transmitido.
El tiempo pasa y de pronto somos niños, sabemos hablar, podemos por tanto decir aquellas verdades que, por sencillas, son imposibles de entender por esos que se llaman adultos. Conservamos la capacidad de imaginar, de soñar sin ningún tipo de restricción, nos conmovemos hasta el llanto por cosas que, dentro de muy pocos años, nos causarán sentimientos malsanos de un morbo incalculable. Seguimos olvidando. La tragedia se apersona, alguno es violado, otro golpeado salvajemente por un padre o madre, otro más es vendido para su prostitución, drogado contra su voluntad, condenado a vivir bajo el tormento sicológico de un matrimonio terriblemente disfuncional. La vida dura te tumba las puertas y quiebra las ventanas y tú, con tu tan escasa carga de teoría humana, sabedor apenas de las verdades del amor y la inocencia, entras en un shock del que quizá ya no escapes. Te crees que esa es la vida de verdad. Cambias tus verdades por las que te ofrece el mundo.
No existe el mal. Es muy difícil comprenderlo, pero lo sabes. El mal es una ausencia y las ausencias NO SON algo. Del mismo modo que la oscuridad no es una entidad física, sino sólo la ausencia de una entidad positivamente existente: la luz, así mismo el mal es la ausencia de algo que podemos llamar amor, o energía, o (tápense los ojos, ateos) Dios. Existe el miedo, y esa es la figura que podríamos considerar opuesta al bien o al amor. El miedo es lo que determina la presencia del mal y regir la vida basado en responder a los miedos que se presentan en ella, es elegir una vida en la que será casi imposible que se manifieste un amor genuino.
Por eso, cuando uno sufre dolores que no conoce o cuya intensidad piensa que no puede soportar, el alma lo empuja a buscar algo, sin saber exactamente lo que es. Es lo que aprendemos durante nuestra existencia humana lo que condiciona la respuesta inmediata: buscar ayuda en ese dios o fuerza en la que creemos o queremos pensar que creemos. Sin embargo, acudimos a él suplicándole que elimine la causa de nuestro dolor, que nos regrese al ser amado, que compense nuestra pérdida, que nos dé consuelo, que nos repare el daño. Inconscientemente, sin que lo podamos evitar, nuestra alma hace su propia petición, y su ruego no consiste en pedir, sino en soltar.
Cuando aprendemos a soltar el dolor, a perder, a dejar ir eso que algo más fuerte que nosotros ha decidido que no será nuestro, es que el amor tiene la posibilidad de empezar a sanar verdaderamente nuestro dolor y, como hermosa consecuencia, al irnos llenando, el amor descubre de nuevo en nuestra esencia la capacidad de volver a apreciar las bellísimas verdades del mundo. De pronto es posible volver a apreciar la cuidada armonía con la que una brisa suave mece las hojas de un árbol gigante donde docenas de pájaros pían con frenesí. Ellos saben más que nosotros.
Han sido días muy difíciles para este que escribe. He tenido tiempos muy duros tratando de aprender a escuchar la voz de dios y, más importante aún, la intención de sus palabras. Me ha resultado muy difícil renunciar a la gran soberbia que me impedía ponerme en sus manos y decirle: Está bien, señor, hágase tu voluntad. No ha sido nada sencillo sentarme a buscar la paz y pedirle que me hable mientras el mundo que había a mi alrededor se desmorona y cae para dejar sólo ruinas. Máxime siendo alguien acostumbrado a pelear. Yo soy un guerrero, señor. Lo sé, me dice él, pero esta es tu pelea más importante y no puedo dejar que la pierdas, por eso te ayudo. Y me ayuda enseñándome que no existe la derrota como tal, perder significaría dejar morir el amor ahora que he aprendido a vivirlo. Perder significaría dejar al miedo volver a dominar mi vida ahora que he aprendido que está indefenso contra la fuerza de alguien que ama sin condiciones y sin límites. Perder significaría dejar que el bien se reduzca y permita las zonas de sombra que con el tiempo se volverían maldad en mi alma.
Yo no quiero perder y Dios lo sabe, por eso todos los días me dice una frase pequeña que me alimenta y me da vida nueva para buscar una vez más la paz y el amor en los que lo encuentro a él y puedo volver a ofrecerle algo en lugar de pedírselo. Por eso cuando despierto y le doy las gracias por todo este infinito dolor, no puedo dejar de pedirle que deje que todos lo escuchen como me ha dejado hacerlo a mí, que todos oigan su voz y entiendan: DEBES AMAR SIN NINGÚN TIPO DE MIEDO.
Yo amo así, Dios, y no sabes cuánto te lo agradezco. Te pido por todos mis hermanos, para que puedan hacerlo también, y muy en especial por ella, por quién mi amor se inclina con tanta fuerza. No importa si ella no lo siente por mí, señor, deja que el mío la toque.
Nacemos sabiéndolo todo, y comenzamos a olvidar conforme vivimos. Cada segundo que pasa en nuestras existencias y conforme avanzamos a través del tiempo, exponiendo las percepciones sensoriales al roce interhumano y al mundo natural con sus millones de fenómenos, vamos opacando en nuestras mentes -y en nuestras almas, valga decirlo- conocimientos primigenios, venidos de (aquí viene el debate) Dios mismo.
Así es. No se revuelquen, ateos recalcitrantes, no busco la propaganda religiosa en la afirmación anterior. Llamemosle, si esto reduce sus comezones, "energía primaria", "esencia suprema", "alma colectiva", "topos uranos", "motor inmóvil", "principio creador", "juancho", eso no es lo importante. Lo importante es reconocer que, contestatarismos aparte, eso existe y está en una comunicación constante con nosotros y el mundo que nos sirve de escenario para la diaria puesta en escena.
Es curioso, por no decir, condenable, el cómo la mayoría de los seres humanos en nuestra cultura desdeñan el conocimiento de eso que les da origen. Ignoran, por temor o por simple pereza a una reflexión profunda y sus tal vez indeseables consecuencias, que dentro del cuerpo hay un alma imperecedera proveniente de algo supremo (de nuevo, no hay fin religioso en esto) y en búsqueda continua de algo que por lo general se tarda muchas vidas en encontrar. Curioso resulta también el hecho de que son los momentos trágicos, melancólicos, de soledad y sufrimiento mayúsculos aquellos en los que intentamos el acercamiento hacia esa idea de lo superior, a veces con ira, a veces con abandono, pero generalmente entre peticiones y exigencias de una ayuda que, sin saber muy bien en qué consiste, esperamos recibir sin tardanza.
Nacemos sabiéndolo todo, pero sin la capacidad de enseñarlo. El ser humano, cuando nace, es uno de los animales más indefensos de la naturaleza, sin capacidad de hacerse entender por sus congéneres, valerse contra las inclemencias del tiempo, aprovisionarse de alimentación, guarida o vestido. De todo el extensísimo reino animal, es el ser humano una de las tres especies que tardan más tiempo en poder considerarse lo bastante maduro para valerse por sí mismo. En todo ese tiempo en el que vivimos aislados mentalmente de los demás, nuestra vida gira en torno a comer, dormir, llorar, ensuciarnos y hacer una que otra gracia que justifique el gasto de nuestros padres en pañales y gerber. Son años en los que, todo aquello de lo que nacemos repletos, una sabiduría inocente y un profundo conocimiento de lo verdaderamente importante, van empolvándose en nuestras mentes nuevas, sin posibilidad de ser transmitido.
El tiempo pasa y de pronto somos niños, sabemos hablar, podemos por tanto decir aquellas verdades que, por sencillas, son imposibles de entender por esos que se llaman adultos. Conservamos la capacidad de imaginar, de soñar sin ningún tipo de restricción, nos conmovemos hasta el llanto por cosas que, dentro de muy pocos años, nos causarán sentimientos malsanos de un morbo incalculable. Seguimos olvidando. La tragedia se apersona, alguno es violado, otro golpeado salvajemente por un padre o madre, otro más es vendido para su prostitución, drogado contra su voluntad, condenado a vivir bajo el tormento sicológico de un matrimonio terriblemente disfuncional. La vida dura te tumba las puertas y quiebra las ventanas y tú, con tu tan escasa carga de teoría humana, sabedor apenas de las verdades del amor y la inocencia, entras en un shock del que quizá ya no escapes. Te crees que esa es la vida de verdad. Cambias tus verdades por las que te ofrece el mundo.
No existe el mal. Es muy difícil comprenderlo, pero lo sabes. El mal es una ausencia y las ausencias NO SON algo. Del mismo modo que la oscuridad no es una entidad física, sino sólo la ausencia de una entidad positivamente existente: la luz, así mismo el mal es la ausencia de algo que podemos llamar amor, o energía, o (tápense los ojos, ateos) Dios. Existe el miedo, y esa es la figura que podríamos considerar opuesta al bien o al amor. El miedo es lo que determina la presencia del mal y regir la vida basado en responder a los miedos que se presentan en ella, es elegir una vida en la que será casi imposible que se manifieste un amor genuino.
Por eso, cuando uno sufre dolores que no conoce o cuya intensidad piensa que no puede soportar, el alma lo empuja a buscar algo, sin saber exactamente lo que es. Es lo que aprendemos durante nuestra existencia humana lo que condiciona la respuesta inmediata: buscar ayuda en ese dios o fuerza en la que creemos o queremos pensar que creemos. Sin embargo, acudimos a él suplicándole que elimine la causa de nuestro dolor, que nos regrese al ser amado, que compense nuestra pérdida, que nos dé consuelo, que nos repare el daño. Inconscientemente, sin que lo podamos evitar, nuestra alma hace su propia petición, y su ruego no consiste en pedir, sino en soltar.
Cuando aprendemos a soltar el dolor, a perder, a dejar ir eso que algo más fuerte que nosotros ha decidido que no será nuestro, es que el amor tiene la posibilidad de empezar a sanar verdaderamente nuestro dolor y, como hermosa consecuencia, al irnos llenando, el amor descubre de nuevo en nuestra esencia la capacidad de volver a apreciar las bellísimas verdades del mundo. De pronto es posible volver a apreciar la cuidada armonía con la que una brisa suave mece las hojas de un árbol gigante donde docenas de pájaros pían con frenesí. Ellos saben más que nosotros.
Han sido días muy difíciles para este que escribe. He tenido tiempos muy duros tratando de aprender a escuchar la voz de dios y, más importante aún, la intención de sus palabras. Me ha resultado muy difícil renunciar a la gran soberbia que me impedía ponerme en sus manos y decirle: Está bien, señor, hágase tu voluntad. No ha sido nada sencillo sentarme a buscar la paz y pedirle que me hable mientras el mundo que había a mi alrededor se desmorona y cae para dejar sólo ruinas. Máxime siendo alguien acostumbrado a pelear. Yo soy un guerrero, señor. Lo sé, me dice él, pero esta es tu pelea más importante y no puedo dejar que la pierdas, por eso te ayudo. Y me ayuda enseñándome que no existe la derrota como tal, perder significaría dejar morir el amor ahora que he aprendido a vivirlo. Perder significaría dejar al miedo volver a dominar mi vida ahora que he aprendido que está indefenso contra la fuerza de alguien que ama sin condiciones y sin límites. Perder significaría dejar que el bien se reduzca y permita las zonas de sombra que con el tiempo se volverían maldad en mi alma.
Yo no quiero perder y Dios lo sabe, por eso todos los días me dice una frase pequeña que me alimenta y me da vida nueva para buscar una vez más la paz y el amor en los que lo encuentro a él y puedo volver a ofrecerle algo en lugar de pedírselo. Por eso cuando despierto y le doy las gracias por todo este infinito dolor, no puedo dejar de pedirle que deje que todos lo escuchen como me ha dejado hacerlo a mí, que todos oigan su voz y entiendan: DEBES AMAR SIN NINGÚN TIPO DE MIEDO.
Yo amo así, Dios, y no sabes cuánto te lo agradezco. Te pido por todos mis hermanos, para que puedan hacerlo también, y muy en especial por ella, por quién mi amor se inclina con tanta fuerza. No importa si ella no lo siente por mí, señor, deja que el mío la toque.
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Miseria,
No sé de qué hablo
26 noviembre 2007
Cyanide & Happiness @ Explosm.net
Rara vez me encuentro con el tipo de humor que me hace reír a carcajadas. Generalmente casi cualquier mal chiste me saca una sonrisita de esas cordiales, pero para una de esas risas que te suben desde el estómago, sólo un humor muy maldito, muy pelado o muy elaborado. Esta tira alcanza el podio, pueden visitarla y ver todas las demás, aquí.
20 noviembre 2007
and shepherds we shall be...

Hay una película muy agradable y que la corte celestial ve con beneplácito. Se llama The Boondock Saints, y el no muy afortunado nombre en español es El quinto infierno (sic). La trama versa sobre la conversión de dos hermanos norteamericanos de ascendencia irlandesa a una especie de fanatismo cristiano que una noche durante el sueño les revela la misión de exterminar a los criminales y a los corruptos de su ciudad.
Al despertar del sueño, por una de esas raras coincidencias en las que encuentran su origen las tramas de películas con muchos golpes y balazos (o sea, las pocas películas que valen la pena) los hermanitos devotos tienen un encontronazo en una taberna (¿mencioné que eran irlandeses?) con unos mafiosos (rusos, creo, mafiosos, ignoren el cliché) y huelga decir que a pesar de ser sólo dos contra seis, de ser flacos, esmirriados y más bien chaparrones, les dan una madriza de antología a los rusos, que por supuesto eran más que nada gringos con un afán extraño por remarcar las R's al hablar.
De ahí en más, la película gira en torno a las ejecuciones (limpieza espiritual) que los muchachos llevan a cabo en su zona de la ciudad, script que se volvería pronto insípido si no fuera por la astuta introducción hacia la mitad de la película de este cabrón que todo toma ese matiz sabrosito que hace falta para no quitar la película o de plano ponerte a hacer otra cosa mientras la diarrea discursiva de la pantalla continúa en un fuera de foco permisivo.
El personaje de DaFoe, que es el mejor actor de Hollywood desde hace mucho tiempo, es un detective chingonsísimo para hacer análisis de balística y recrear, a partir de los impactos de bala encontrados en las escenas del crimen cómo fue el desarrollo preciso de la balacera. Cabe mencionar que el personaje es, además, jotísimo, pero no jotísimo en la acepción musical de la palabra, es decir, de voz afectadita, ademanes maricones y un tic distintivo como el inolvidable bzz que Chris Tucker usó para darle su sello al personaje gay de The Fifth Element, sino más bien gay en cuanto a la pulcritud de su vestimenta, la elección de los colores de la misma, su melena bien cuidada y algo feminoide. Esta aclaración es hecha porque da pie a una de las pocas escenas graciosas de la película (que, al no ser comedia, necesita sólo de dos situaciones parcialmente graciosas para que el cinevidente ría).
En fin, la extrema pericia del detective le sirve muy bien al director (Troy Duffy, fan innegable de Tarantino) para desarrollar dos escenas visualmente deliciosas, en las que vemos simultáneamente a Dafoe y a los Irish Bro's, el primero relatando los pormenores de la ejecución y los segundos ejecutándola de facto. La segunda escena vale muchísimo la pena por el fondo operístico que acompaña una secuencia en super slow motion donde un desgarrado detective puñal balacea con sus dedos en forma de pistola al unísono con las relucientes berettas de los leprechauns (interpretados por cierto por Sean Patrick Flannery y Norman Reedus), alcanzando un grado de visceralidad y de casi drama difícil de encontrar en una película tan Macho-oriented.
La secuencia del final no tiene desperdicio, los hermanos descubren que un asesino encabronadamente eficaz, comocido como Il Duce (el duque), que ha sido liberado de una prisión de máxima seguridad para darles chicharrón con limón, es en realidad ni más ni menos que su padre, y tras la emotiva reunión de tan nobles hijos de la gran chingada, los vemos tomar la sala de un tribunal lleno de gente, prensa, notables, etc. y ejecutar en caliente al gran padrino de la mafia local, no sin antes recitarle en latín la homilía de su desgracia.
In nomini Patri, et Filii, et spirictus sancti, Bang bang.
Conmovedor, sin duda.
Vean The Boondock Saints, la pueden encontrar como Los Elegidos o el Quinto Infierno en casi cualquier blockbuster.
16 noviembre 2007
Celta infolmación.

Hace un ratito, mientras leía el blog de un gran amigo, al que tengo en gran estima, me encontré con que había publicado una reseña sobre los horóscopos celtas, cosa de la que jamás había oído o leído y que, dada la seriedad que yo ceía que imperaba en la ortodoxa doctrina celta, dudaba muy seriamente que existieran.
Pero existen, y dado que el zodiaco común pasó de moda cuando dejaron de pasar los caballeros del zodiaco en televisión pública, pues muchos empezaron a buscarle por otro lado. Yo creo en la astrología tanto como creo en la renovación moral del Pri, así que ustedes dirán, pero quise darle una revisada sólo para corroborar las asombrosas astrocoincidencias del destino (llamadas también chiripazos) que dictaba en parrafito.
La cosa versa de la siguiente manera. Supuestamente buscas el árbol que te corresponde según tu fecha de cumpleaños (ah, sí, en la cultura celta somos árboles, ¿no les hace sentir eso muy leñadores?) y ya luego lees tu descripción a ver qué tanto te pareces.
Yo soy un árbol de cenizas. Sí, sé que pude ser un lindo manzano, o un frondoso abeto, o más acertadamente, un fuerte roble. Pero neh, soy un árbol de cenizas. Y eso, por tétrico, por ruinoso y por escabrosamente acorde a como me siento a veces, me agradó. El problema vino a la hora de la descripción.
ARBOL DE CENIZAS (la Ambición) - Es una persona excepcionalmente atractiva, vivaz, impulsiva, exigente, no le importan las críticas, ambiciosa, inteligente, llena de talentos, le gusta jugar con el destino, puede ser egoísta, muy fiable y digna de confianza, amante fiel y prudente, algunas veces el cerebro controla al corazón, pero asume sus relaciones muy seriamente.
Lo sé, lo sé, todos ustedes se fueron fácilmente con la finta. Como mi belleza física es, en efecto, excepcional y digna de éxtasis estéticos, los humanos comunes y nada inquisitivos pensarían que los celtas son los grandes profetas. Favor de no aventurarse con tal prontitud, oh vasallos.
¿Vivaz? Contempla durant unos cuarenta y cinco minutos el suave bamboleo de los lirios artificiales en el interior de una gran pecera, eso te dará una idea del grado de vivacidad que alcanzo en momentos de gran despliegue energético.
¿Impulsivo? He pasado horas en la antesala de un ministerio público, con las nalgas aplastadas contra una butaca de plástico y los ojos contra un texto de, digamos, Cortázar en sus ratos malos, sólo para que, al final, salga un burocratita de pacotilla, soldado raso del ejército de la mierda, a decirme que vuelva mañana. Mi reacción: gracias, buen día.
¿Exigente?: Está bien, si pedí una hamburguesa sin catsup y me la sirven con ella, probablemente me moleste. Mucho. Si arreglan mi carro y se jode saliendo del taller, arderá troya. Hasta ahí llega mi nivel de exigencia. No cuento si hay igual número de m&m's azules y rojos en el paquete, ni lloriqueo si el agua en mi botella es ciel y no evian.
Me importan las críticas. A todos los escritores nos importan las críticas. El que escriba y publique y diga lo contrario es un jodido mentiroso. Uno publica y deja que los demás lean sus cosas con el afán de que lo critiquen. Si nadie te critica es porque a nadie le importas, y en el cielo de la intrascendencia no está la felicidad. No, tampoco ahí.
¿Ambicioso? Les voy a decir mi más grande ambición material: Quiero una cabaña cerca de un lago (sin mosquitos), una buena mecedora y una hermosa escopeta de doble cañón. Si alguna vez vieron Los Osos Montañeses, sabrán de lo que hablo. Si no, no merecen vivir.
Inteligente: Zí. Vastante.
Lleno de talentos: Puedo eructar y sacarme los mocos al mismo tiempo que busco porno en el internet. Superen eso.
¿Jugar con el destino? Sí, por lo general a mi juego favorito: Las escondidas.
Puedo ser egoísta, muy fiable y digno de confianza: Si, suena coherente. ¿A quién le contaré mis penas? Ya sé, al egoísta de mierda que probablemente busque la forma de usarlas en su provecho sin importarle el daño irreversible que me puede causar. Good job, smartass.
Amante fiel y prudente. Como todos los egoístas, somos tan lindos.
Algunas veces el cerebro controla al corazón. Sí, porque aunque todos ustedes, médicos profesionales titulados, cardiólogos alrededor del mundo, creían que el corazón estaba regido por el Sistema Nervioso Autónomo, completa y fabulosamente independiente del cerebro, los celtas, con su sabiduría medieval con la que realizaban sabios sacrificios humanos, han demostrado lo contrario. Toma eso, Stanford.
En resumen, creo que más bien soy un árbol de guayabas.
preámbulo
J. M. Latapí dice:
Señor Reséndiz, qué milagrazo.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
Salud, Juanma, ¿cómo te va?
J. M. Latapí dice:
Bien, bien, ando taloneando a los insurrectos como tú, cabrón, a ver cuándo les da la gana de mandar las colaboraciones para el semanario.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
O sea que van a seguir chingando con eso, nazis hijos de
J. M. Latapí dice:
¿Hijos de qué?
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
De , pinche miope.
J. M. Latapí dice:
Pues no es mi culpa que no pongas nada, baboso.
J. M. Latapí dice:
Ah, no, aguanta, ya apareció el icono. Jaja. Está chingón, pásamelo.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
No. Pinche computadora chafa que tienes, se tardó una hora en aparecerte. No te lo mereces.
J. M. Latapí dice:
Es la computadora de la oficina, ya quisieras, la mía corre a 1012.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
Así corre la mía también. En las mañanas, para calentar.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
Pero bueno, ahí te va el archivo pues, dile al imbécil de Correa que si le vuelve a meter una edición mierdera como la de la semana pasada, se va a comer mi próxima colaboración por el recto.
J. M. Latapí dice:
¿Así le digo?
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
Así, cabroncito, sin censura.
J. M. Latapí dice:
Pobre Correa, no me lo emociones. Luego ni le cumples.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
Acepta el archivo, soquete. Me tengo que ir.
J. M. Latapí dice:
Ya está, oye, pero antes de irte, explícame lo de tu nick.
P. C. Reséndiz dice:
¿Qué tiene mi nick?
J. M. Latapí dice:
No mames, el anterior.
P. C. Reséndiz dice:
De hecho prefiero mamar el posterior.
J. M. Latapí dice:
Pendejo. Nos vemos.
Es posible que P. C. Reséndiz no conteste porque aparece como No Conectado, para otras formas de ponerse en contacto con tus amigos en MSN Live Messenger, clic aquí.
Señor Reséndiz, qué milagrazo.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
Salud, Juanma, ¿cómo te va?
J. M. Latapí dice:
Bien, bien, ando taloneando a los insurrectos como tú, cabrón, a ver cuándo les da la gana de mandar las colaboraciones para el semanario.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
O sea que van a seguir chingando con eso, nazis hijos de
J. M. Latapí dice:
¿Hijos de qué?
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
De , pinche miope.
J. M. Latapí dice:
Pues no es mi culpa que no pongas nada, baboso.
J. M. Latapí dice:
Ah, no, aguanta, ya apareció el icono. Jaja. Está chingón, pásamelo.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
No. Pinche computadora chafa que tienes, se tardó una hora en aparecerte. No te lo mereces.
J. M. Latapí dice:
Es la computadora de la oficina, ya quisieras, la mía corre a 1012.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
Así corre la mía también. En las mañanas, para calentar.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
Pero bueno, ahí te va el archivo pues, dile al imbécil de Correa que si le vuelve a meter una edición mierdera como la de la semana pasada, se va a comer mi próxima colaboración por el recto.
J. M. Latapí dice:
¿Así le digo?
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
Así, cabroncito, sin censura.
J. M. Latapí dice:
Pobre Correa, no me lo emociones. Luego ni le cumples.
El Cielo, S. A. Departamento de Finanzas dice:
Acepta el archivo, soquete. Me tengo que ir.
J. M. Latapí dice:
Ya está, oye, pero antes de irte, explícame lo de tu nick.
P. C. Reséndiz dice:
¿Qué tiene mi nick?
J. M. Latapí dice:
No mames, el anterior.
P. C. Reséndiz dice:
De hecho prefiero mamar el posterior.
J. M. Latapí dice:
Pendejo. Nos vemos.
Es posible que P. C. Reséndiz no conteste porque aparece como No Conectado, para otras formas de ponerse en contacto con tus amigos en MSN Live Messenger, clic aquí.
10 octubre 2007
Es hora de decirlo
A lo mejor lo que habría que buscar no es esto, esta compulsión de contar una historia antes de saber con exactitud dónde empieza ni mucho menos dónde ha de terminar, vaya, puntualizando, ni siquiera el punto exacto en el que se encuentra ahora, en este momento preciso en el que yo, haciendo alarde de una inteligencia y un criterio que no tengo, intento materializarla sin más herramientas que unos pocos recuerdos sueltos y una muy traicionera memoria a la que le gusta menos el melodrama que el pesimismo.
Aquello era la esperanza. Era caminar sin pensar mucho por jardineras que no parecían tener fin, sintiendo en el rostro y en la piel de todo el cuerpo los agradabilísimos escalofríos que un viento cada vez más invernal –era noviembre- se complacía en inflingirnos. Más bien aquello era la libertad. Era el saberse sin horarios, o mejor aún, con horarios que se sabían fáciles de resquebrajar, irrespetables, sueltos; era saberse sin ninguna obligación distinta de la vida, era el cabello desordenado y un poco polvoriento, eran los escasos e hirsutos pelillos de una barba que pretendía ser rebelde y los destellos acerados de los aretes en cejas y labios y lengua. Era el morral y las pulseras de cuero, el churrito quemándose en las manos de otro y casi mirándote con la coquetería que parecía decirte Ahí te voy, chiquito, no desesperes, y tú no desesperabas, ni siquiera sabías como, no conocías otro estar que ese, tranquilo, esperando nada, recibiendo y dando un poco cuando tenías, casi nunca, no importaba, siempre había alguien que tampoco tenía pero sabía dónde conseguir.
Las mañanas olían a mujer tibia, adormilada y feliz. Una mujer satisfecha es el olor más dulce que uno puede aspirar, con sus ínfimos méritos de pobre diablo irredento, al abrir los ojos en la mañana y encontrarse ese otro cuerpo junto al cuerpo, los muslos suaves triangulándose con las piernas, los pequeños dedos de los pies, los pechos desnudos y enarbolando una firmeza prometedora en los pezones ya despiertos antes que ella, el cabello suelto. No hay sudor en el cuerpo, pero sí está el recuerdo del sudor que hubo, que existió por momentos cada vez más largos anoche, que recorrió los pliegues de su cuello, que mojó sin pudor la conjunción de sus ingles, que nuestra lengua lamió sedienta de ese elíxir salobre y embrujante y es el recuerdo olfativo de ese sudor lo que despertaba entonces al cuerpo animal, segundos antes de que despertara el cuerpo humano, justo a tiempo para condimentar con palabras y besos y caricias el apareamiento sin misericordias que la juventud y el ímpetu y, en fin, el deseo, ya se prodigaba.
Uno podía alimentarse de lo que fuera, gastarse las pocas monedas en un bocado que cumpliera su función energética, no importaba mientras se comiera en buena o compañía, o mejor aún, absolutamente solo y armado de una lectura suficiente para abstraerse del mundo. Podría hablar hasta el cansancio de días que comí sin saber lo que me llevaba a la boca y que bebí sin poder recordar más tarde el sabor del líquido, o su color, inmerso de plano en las palabras de alguien probablemente vivo, probablemente muerto, que muchos o pocos años antes y sin conocer en absoluto mi nombre o la posibilidad de mi existencia, se sentó día tras día, en horas sueltas o de corrido, a escribir una historia para que yo la leyera y entendiera, sin comas ya un espacio, que la historia decía más cuando él se guardaba las palabras.
Uno caminaba sin mucha idea de si los pies llevaban un rumbo verdadero o si el cuerpo tan sólo expresaba su necesidad de oxigenarse, de llevar a los ojos hacia donde hubiera algo que valiera la pena ver y a los ojos casi todo parecía valerles la pena. Encontraban la sonrisa del anciano desdentado, cuyo cuerpo sin piernas se deslizaba en un carrito de madera, impulsado por dos brazos enjutos y curtidos por la intemperie; encontraban las gotas de agua que formaban esferas perfectas en la punta afilada de miles de briznas de pasto a las seis y media de la mañana, minutos antes de que el sol se las comiera; encontraban los largos tapetes de colores donde hombres de cabellos largos y mujeres delgadas y de miradas sutiles ofrecían collares y pulseras, libros y cristales, esencias y artesanías; los ojos ofrecían al alma las posibilidades y ésta se enroscaba sobre sí misma y percibía el placer de estar viviendo. Era fácil que el alma decidiera crear, arrojarse hacia dentro y compactarse en una semillita germinal. Era fácil que el alma pensara en retoñar en lienzos y en cuerdas de guitarra y en grandes bloques de granito y en hojas de papel o en el suave balanceo y la armonía del danzante. Era grato crear, ser un pedacito de lo que se gestaba, no importaba lo que fuese o si tenía un nombre. Uno buscaba la trascendencia mediante la fugacidad y en esa paradoja estaba oculto el pólen de la felicidad verdadera.
Pero en algún momento perdimos el sendero.
Aquello era la esperanza. Era caminar sin pensar mucho por jardineras que no parecían tener fin, sintiendo en el rostro y en la piel de todo el cuerpo los agradabilísimos escalofríos que un viento cada vez más invernal –era noviembre- se complacía en inflingirnos. Más bien aquello era la libertad. Era el saberse sin horarios, o mejor aún, con horarios que se sabían fáciles de resquebrajar, irrespetables, sueltos; era saberse sin ninguna obligación distinta de la vida, era el cabello desordenado y un poco polvoriento, eran los escasos e hirsutos pelillos de una barba que pretendía ser rebelde y los destellos acerados de los aretes en cejas y labios y lengua. Era el morral y las pulseras de cuero, el churrito quemándose en las manos de otro y casi mirándote con la coquetería que parecía decirte Ahí te voy, chiquito, no desesperes, y tú no desesperabas, ni siquiera sabías como, no conocías otro estar que ese, tranquilo, esperando nada, recibiendo y dando un poco cuando tenías, casi nunca, no importaba, siempre había alguien que tampoco tenía pero sabía dónde conseguir.
Las mañanas olían a mujer tibia, adormilada y feliz. Una mujer satisfecha es el olor más dulce que uno puede aspirar, con sus ínfimos méritos de pobre diablo irredento, al abrir los ojos en la mañana y encontrarse ese otro cuerpo junto al cuerpo, los muslos suaves triangulándose con las piernas, los pequeños dedos de los pies, los pechos desnudos y enarbolando una firmeza prometedora en los pezones ya despiertos antes que ella, el cabello suelto. No hay sudor en el cuerpo, pero sí está el recuerdo del sudor que hubo, que existió por momentos cada vez más largos anoche, que recorrió los pliegues de su cuello, que mojó sin pudor la conjunción de sus ingles, que nuestra lengua lamió sedienta de ese elíxir salobre y embrujante y es el recuerdo olfativo de ese sudor lo que despertaba entonces al cuerpo animal, segundos antes de que despertara el cuerpo humano, justo a tiempo para condimentar con palabras y besos y caricias el apareamiento sin misericordias que la juventud y el ímpetu y, en fin, el deseo, ya se prodigaba.
Uno podía alimentarse de lo que fuera, gastarse las pocas monedas en un bocado que cumpliera su función energética, no importaba mientras se comiera en buena o compañía, o mejor aún, absolutamente solo y armado de una lectura suficiente para abstraerse del mundo. Podría hablar hasta el cansancio de días que comí sin saber lo que me llevaba a la boca y que bebí sin poder recordar más tarde el sabor del líquido, o su color, inmerso de plano en las palabras de alguien probablemente vivo, probablemente muerto, que muchos o pocos años antes y sin conocer en absoluto mi nombre o la posibilidad de mi existencia, se sentó día tras día, en horas sueltas o de corrido, a escribir una historia para que yo la leyera y entendiera, sin comas ya un espacio, que la historia decía más cuando él se guardaba las palabras.
Uno caminaba sin mucha idea de si los pies llevaban un rumbo verdadero o si el cuerpo tan sólo expresaba su necesidad de oxigenarse, de llevar a los ojos hacia donde hubiera algo que valiera la pena ver y a los ojos casi todo parecía valerles la pena. Encontraban la sonrisa del anciano desdentado, cuyo cuerpo sin piernas se deslizaba en un carrito de madera, impulsado por dos brazos enjutos y curtidos por la intemperie; encontraban las gotas de agua que formaban esferas perfectas en la punta afilada de miles de briznas de pasto a las seis y media de la mañana, minutos antes de que el sol se las comiera; encontraban los largos tapetes de colores donde hombres de cabellos largos y mujeres delgadas y de miradas sutiles ofrecían collares y pulseras, libros y cristales, esencias y artesanías; los ojos ofrecían al alma las posibilidades y ésta se enroscaba sobre sí misma y percibía el placer de estar viviendo. Era fácil que el alma decidiera crear, arrojarse hacia dentro y compactarse en una semillita germinal. Era fácil que el alma pensara en retoñar en lienzos y en cuerdas de guitarra y en grandes bloques de granito y en hojas de papel o en el suave balanceo y la armonía del danzante. Era grato crear, ser un pedacito de lo que se gestaba, no importaba lo que fuese o si tenía un nombre. Uno buscaba la trascendencia mediante la fugacidad y en esa paradoja estaba oculto el pólen de la felicidad verdadera.
Pero en algún momento perdimos el sendero.
11 septiembre 2007
Ahora es tu turno de beber mi silencio
a gotas mudas
como supongo que se bebe la sangre.
Hunde tus dientes aquí,
en este silencio que ya late y crepita
como una yugular tensa de ausencias
y bebe.
Languidecerán mis párpados,
mi silencio va dejando el cuerpo,
llenando tu boca
de la líbido prófuga
de un fellatio simulado.
Sobre, lame, chupa lentamente ste cálido silencio,
esta fruta de pulpa caliente,
tritura la fibra de mis huesos
clava los colmillos en mi sexo
abre la garganta y siente
cómo derramo en ella este silencio.
Ahora es tu turno de beber mi silencio,
de mojarte los labios con su almíbar,
nacarar tu piel con el pólen
intacto e impoluto de los míos.
Bébelo.
Bébeme.
Percibe en tu lengua la amargura
de un silencio añejo y seco
fermentado en el tiempo ya difunto
de siete otoños inconclusos tras sus ecos.
Atrapa en su vuelo este silencio,
rómpele las alas
¿Quién coño se ha creído?
Silencio herético
soberbio
Blasfemo silencio.
Duelen tus dientes en mi cuello
mi pulso desfallece
mi carne se macera al sol y yo estoy muerto
pero tú no te apures
aun hay silencio para ti
en la respiración mohosa del cadáver
en el ascenso lento de la esencia
en la sangre menos tibia
el labio más blanco.
Bésame muerte,
Bésame muerto,
Bebe despacio mi silencio,
limpio de miedos y rencores,
purificado de pecados y nostalgias
mi silencio líquen,
impávido y voraz,
prehistórico,
futuro,
mi silencio germen,
semilla y tormenta.
a gotas mudas
como supongo que se bebe la sangre.
Hunde tus dientes aquí,
en este silencio que ya late y crepita
como una yugular tensa de ausencias
y bebe.
Languidecerán mis párpados,
mi silencio va dejando el cuerpo,
llenando tu boca
de la líbido prófuga
de un fellatio simulado.
Sobre, lame, chupa lentamente ste cálido silencio,
esta fruta de pulpa caliente,
tritura la fibra de mis huesos
clava los colmillos en mi sexo
abre la garganta y siente
cómo derramo en ella este silencio.
Ahora es tu turno de beber mi silencio,
de mojarte los labios con su almíbar,
nacarar tu piel con el pólen
intacto e impoluto de los míos.
Bébelo.
Bébeme.
Percibe en tu lengua la amargura
de un silencio añejo y seco
fermentado en el tiempo ya difunto
de siete otoños inconclusos tras sus ecos.
Atrapa en su vuelo este silencio,
rómpele las alas
¿Quién coño se ha creído?
Silencio herético
soberbio
Blasfemo silencio.
Duelen tus dientes en mi cuello
mi pulso desfallece
mi carne se macera al sol y yo estoy muerto
pero tú no te apures
aun hay silencio para ti
en la respiración mohosa del cadáver
en el ascenso lento de la esencia
en la sangre menos tibia
el labio más blanco.
Bésame muerte,
Bésame muerto,
Bebe despacio mi silencio,
limpio de miedos y rencores,
purificado de pecados y nostalgias
mi silencio líquen,
impávido y voraz,
prehistórico,
futuro,
mi silencio germen,
semilla y tormenta.
04 septiembre 2007
Blame it all on me.
Yo podría ser declarado culpable de muchas cosas.
Podrían, por ejemplo, acusarme de mentiroso. Y me declararía culpable.
Podrían, también, acusarme de neurótico. Y tras gritar como loco y darles unos buenos madrazos, lo reconocería.
Podrían, en la misma nota, acusarme de ser un tipo lleno de inseguridades, temeroso de mis fallos, insensible a la crítica (y peor aún, a la autocrítica), despilfarrador, irresponsable, indisciplinado, abstemio, amargado, prejuzgador por antonomasia y gustoso de la broma pesada y el humor negro. Y yo firmaría al calce de esa cuartilla de improperios, dándome por enterado y manifestando mi acuerdo.
Sin embargo, nadie me puede acusar de ser una mala persona. Soy tonto y me da mucha pena serlo. Lo siento. No es mi culpa que en mi familia sólo haya aprendido el lado rosa de la vida. Mis padres no me prepararon para el mal y a la hora de topármelo de frente es posible que lo haya dejado mancharme un poco. Pero no soy un mal tipo, ni quiero serlo.
La etapa que corre actualmente por las ventanillas del tren de mi vida se ha ido llenando de una paz de esas que lo envuelven todo como el sopor anterior al sueño. Mis días, mis risas, mis errores, el diario acontecer, los sobresaltos y corajes repentinos, se han ido cubriendo desde las orillas de una blanquecina capa de olvido, dejándome a mi del otro lado del río y entre los árboles, como buen título Hemmingwayano.
El momento de dejar ir. He recibido golpes bien duros y bien abajo del cinturón. Los he dado. Me he mordido la lengua y tragado la sangre para no gritar que se me ha hecho añicos el alma más de una vez y que por más que la he pegado de seguro algún pedacito se ha quedado para siempre separado. He demolido todo lo que fui y ahora, de pie frente al escombro, dudo sobre los nuevos planos de lo que he de ser.
Y si quieren soundtrack para esa trama, pónganse cualquier Adagio de esos belicosos, estilo Mozart en sus ratos neurasténicos. Así sonará.
Podrían, por ejemplo, acusarme de mentiroso. Y me declararía culpable.
Podrían, también, acusarme de neurótico. Y tras gritar como loco y darles unos buenos madrazos, lo reconocería.
Podrían, en la misma nota, acusarme de ser un tipo lleno de inseguridades, temeroso de mis fallos, insensible a la crítica (y peor aún, a la autocrítica), despilfarrador, irresponsable, indisciplinado, abstemio, amargado, prejuzgador por antonomasia y gustoso de la broma pesada y el humor negro. Y yo firmaría al calce de esa cuartilla de improperios, dándome por enterado y manifestando mi acuerdo.
Sin embargo, nadie me puede acusar de ser una mala persona. Soy tonto y me da mucha pena serlo. Lo siento. No es mi culpa que en mi familia sólo haya aprendido el lado rosa de la vida. Mis padres no me prepararon para el mal y a la hora de topármelo de frente es posible que lo haya dejado mancharme un poco. Pero no soy un mal tipo, ni quiero serlo.
La etapa que corre actualmente por las ventanillas del tren de mi vida se ha ido llenando de una paz de esas que lo envuelven todo como el sopor anterior al sueño. Mis días, mis risas, mis errores, el diario acontecer, los sobresaltos y corajes repentinos, se han ido cubriendo desde las orillas de una blanquecina capa de olvido, dejándome a mi del otro lado del río y entre los árboles, como buen título Hemmingwayano.
El momento de dejar ir. He recibido golpes bien duros y bien abajo del cinturón. Los he dado. Me he mordido la lengua y tragado la sangre para no gritar que se me ha hecho añicos el alma más de una vez y que por más que la he pegado de seguro algún pedacito se ha quedado para siempre separado. He demolido todo lo que fui y ahora, de pie frente al escombro, dudo sobre los nuevos planos de lo que he de ser.
Y si quieren soundtrack para esa trama, pónganse cualquier Adagio de esos belicosos, estilo Mozart en sus ratos neurasténicos. Así sonará.
22 agosto 2007
No brain...
No puedo negar que me dan mucha risa cosas que nadie entiende, y que eso me gusta mucho mas que reirme. Es como reirme dos veces.
No se que tan malo de mi parte sea el reirme tanto de la gente. No es que me burle, en realidad no me considero burlesco, pero por azares del hado siempre estoy en el lugar y momento exacto en que a le gtente se le van las cabras al monte y suelta comentarios bien pendejos.
Normalmente aqui debiera ir una anecdota con el caso mas reciente, pero la verdad es que han sido tantos en dos dias que ya me dan hueva. Solo para ilustrar, resulta que Tomas Alva Edison invento la luz (si, Edison estuvo ahi durante el primer dia de la creacion, dandole toques en las bolas al recien creado mundo con un cable pelado). Resulta tambien que Australia es un pais de Europa, famoso por su coro infantil que realiza giras internacionales (probablemente montados en canguros).
En fin, lo bueno que mi risa es muy discreta y siempre puedo aparentar que sonrio por amabilidad.
No se que tan malo de mi parte sea el reirme tanto de la gente. No es que me burle, en realidad no me considero burlesco, pero por azares del hado siempre estoy en el lugar y momento exacto en que a le gtente se le van las cabras al monte y suelta comentarios bien pendejos.
Normalmente aqui debiera ir una anecdota con el caso mas reciente, pero la verdad es que han sido tantos en dos dias que ya me dan hueva. Solo para ilustrar, resulta que Tomas Alva Edison invento la luz (si, Edison estuvo ahi durante el primer dia de la creacion, dandole toques en las bolas al recien creado mundo con un cable pelado). Resulta tambien que Australia es un pais de Europa, famoso por su coro infantil que realiza giras internacionales (probablemente montados en canguros).
En fin, lo bueno que mi risa es muy discreta y siempre puedo aparentar que sonrio por amabilidad.
20 agosto 2007
that thing you do

Solo tu sabes bien hasta que altura curvar la sonrisa para que yo sepa que no estas riendo, sino coqueteando (conmigo).
Solo tu sabes que a veces cuando guardas silencio yo se que me estas diciendo algo (generalmente algo que no quiero saber).
Solo tu escuchas las cosas que no digo cuando hablo (porque no quieres escucharlas).
Solo tu sabes terminar mis oraciones, no como yo las terminaria, sino como debiera terminarlas (y eso me gusta y me rompe las pelotas al mismo tiempo).
Solo tu sabes existir en el momento preciso.
Solo tu sabes que cuando yo quiero hacer una locura, adoro que la hagas conmigo.
Solo tu sabes que cuando tu quieras hacer una locura, te voy a sermonear, pero terminare haciendola contigo. Solo porque si.
Solo tu eres tu, por eso pienso que si... despues de todo.
19 agosto 2007
how to hate a city in three easy steps

1.Mudese a un lugar que reuna las caracteristicas siguientes, un clima que detestes, el tipo de gente que mas te moleste, que tenga frontera para que haya mucha droga y criminalidad y prostitucion, etc.
2.Dedica los dias a comprobar que por mas que intentes abstraerte, la ciudad te absorbe a su rutina y te hace parte de ella, contiagiandote de acentos, modismos, cotidianeidades y temores propios de sus nativos.
3.Siente en carne propia la mierda de ser un citadino mas de la ciudad que empezaste detestando y que ahora ya no puedes ni ver.
En resumen, ya odiaba el maldito calor que hace aqui, me cagaba sobremanera la rutina de la gente, no me cabia en la cabeza la ausencia de lugares tranquilos donde uno pudiera pasarse un buen rato leyendo y tomandose un cafe al son de unas buenas rolas. Pero hoy fue el acabose. Llegue al trabajo, a la hora y media mi companero de departamento llama a la oficina para comunicarme que dos minutos antes habia llegado y habia encontrado la puerta abierta, se habian llevado la television, mi lap top, y hasta un puto reno navideno que estaba por ahi desde el diciembre pasado.
Ya en otra ocasion publique sobre la furia descontrolada que provoca en mi sistema neural el hecho de que me roben algo, pero creanme que esta vez fueron mucho mas lejos, siento que me dieron una docena de putazis en el higado y se me doblan las piernas del coraje. Se los juro, estoy muy encabronado.
Y ya, espero que caigan un chingo de rayos y el suelo de abra y mexicali se hunda a la mierda. Al cabo que ya en dos dias me voy. PUtos.
14 agosto 2007
Y era una mujer de esas, de las que uno no puede evitar pensar que se ve mas desnuda cuando te mira que cuando se desprende de sus ropas.
Y yo no pude evitarlo y la mire. Entonces me di cuenta que tambien yo estaba desnudo.
Quise disimular, pero ya no tenia caso.
Mejor comenzamos, lenta, ceremonialmente, a quitarnos la ropa, para desembarazar a aquellas dos desnudeces tan honradas del impudico resquicio del vestuario.
Y yo no pude evitarlo y la mire. Entonces me di cuenta que tambien yo estaba desnudo.
Quise disimular, pero ya no tenia caso.
Mejor comenzamos, lenta, ceremonialmente, a quitarnos la ropa, para desembarazar a aquellas dos desnudeces tan honradas del impudico resquicio del vestuario.
de la vida y sus impertinencias
Cuando era mas joven creia a ciegas en el escepticismo. Creia en No creer, para decirlo con un juego de palabras que me haga sonar mas filosofico. Cuando era mas joven aun, y mi familia se complacia en acercarme a la religion, creia en el Creer, como un medio de empoderamiento de los deseos. Creer en Dios para asegurarme felicidad en esta vida y en la otra, creer en santoclos para tener regalos, creer en el coco para ser mejor portado, creer, creer y creer.
Con la edad vienen las malas ideas, y en el pasado mas cercano, el agnosticismo, el ateismo, el escepticismo, surgieron como boyas en un embravecido aluvion de ideas encontradas. Dios no estaba, ni contestaba en ninguna de sus lineas, santoclos habia dejado dellegar desde hacia bastante tiempo y ahora uno se encontraba en las tiendas comprando los regalos de los lepes de la familia, con un cierto sospechosismo de que ese trabajo le tocaba a alguien mas. Del coco ni hablamos, por mas tarde que uno se quedara a esperarlo, no lo encontrabas mas que en las galletas arcoiris y en las tiendas de dulces tipicos. Y no daba miedo.
Ahora, despues de haber doblado tantas esquinas en la vida, uno se encuentra con que ya no quedan perspectivas, no hay plan C, no se sabe si creer en algo, dudar de todo, renunciar a los propositos o de plano mudarse a Indonesia y maquilar tenis nike.
Por lo pronto me voy a tomar estos dias para vivir despacito, casi de puntitas. No sea que la vida se de cuenta y venga a joder.
Con la edad vienen las malas ideas, y en el pasado mas cercano, el agnosticismo, el ateismo, el escepticismo, surgieron como boyas en un embravecido aluvion de ideas encontradas. Dios no estaba, ni contestaba en ninguna de sus lineas, santoclos habia dejado dellegar desde hacia bastante tiempo y ahora uno se encontraba en las tiendas comprando los regalos de los lepes de la familia, con un cierto sospechosismo de que ese trabajo le tocaba a alguien mas. Del coco ni hablamos, por mas tarde que uno se quedara a esperarlo, no lo encontrabas mas que en las galletas arcoiris y en las tiendas de dulces tipicos. Y no daba miedo.
Ahora, despues de haber doblado tantas esquinas en la vida, uno se encuentra con que ya no quedan perspectivas, no hay plan C, no se sabe si creer en algo, dudar de todo, renunciar a los propositos o de plano mudarse a Indonesia y maquilar tenis nike.
Por lo pronto me voy a tomar estos dias para vivir despacito, casi de puntitas. No sea que la vida se de cuenta y venga a joder.
11 agosto 2007
sabias palabras en sabios momentos

Es impresionante la capacidad del mundo para sorprender a un esceptico por conveniencia como este que escribe y su continua animadversion contra lo cotidiano, contra todo aquello que por canon uno aguarda que suceda. Comento lo anterior porque, a raiz de una serie continuada de disgustos via internet, me deje envolver en una trama realmente novelesca -de una novela pesimamente escrita, pero novelesca al fin- y permiti el desgaste mental al que, aunque me confieso acostumbrado, jamas ha dejado de ser tan incomodo y molesto como un dolor de colon. Y he aqui que maese manuel lomeli -chango100, en el bajo mundillo de los blogger- tuvo a bien elaborar un post despotricando contra esta costumbre insana de publicar los sentimientos via electronica y hacer con ello participe de eventos que solo importan a unos pocos involucrados a toda una comunidad afecta al recorrido insomne de estos tugurios llamados bitacora personal.
Desde la perspectiva muy humilde del que ahora reflexiona, no habria necesidad de tanta alharaca. Mierda eres y en mierda te convertiras. No veo la complicacion. Si has decidido darle senda patada en el culo a tu pareja en turno, calzate tus mejores botas y dasela de una vez, pero no cacarees en cada sitio del que dispongas sobre tus miles de falsos motivos y tus azotes histrionicos. El drama no adereza, ni endulza, ni cambia de manera alguna la naturaleza esencial de tu bajeza. A nadie deberian importar tus devaneos, ni los alardes de honradez y misericordia con los que tratas de edulcorar tu gran complejo de culpa.
En este link puedes leer el sesudo digesto de maese lomeli.
Tengo muchas ganas de escribir sobre la serie de eventos desafortunados que, en este instante preciso, me tienen muy mermado. Jamas habia aprendido tanto sobre la esencia de las personas como en estos ultimos tres dias. Sin embargo aun no tengo los animos y no me da ninguna pena confesar que estoy partido en muchos pedacitos. Tan pronto sane lo hare, y sera algo para recordar.
Salud.
09 agosto 2007
Puño a tierra.
Se siente bien ser el villano, lo se muy bien. Yo que tantas veces he rechazado el papel de protagonista puedo decir mejor que nadie que ser el malo de la pelicula tiene sus ventajas. Cierto status, cierto glamour.
Pero no te dejes llevar. No hay mejor papel que el anti heroe. No es malo, ni es bueno, y ademas de hacer justicia, tiene permitido matar a quien se le atraviese.
El antiheroe es el papel al que hay que aspirar.
Pero no te dejes llevar. No hay mejor papel que el anti heroe. No es malo, ni es bueno, y ademas de hacer justicia, tiene permitido matar a quien se le atraviese.
El antiheroe es el papel al que hay que aspirar.
08 agosto 2007
22 julio 2007
Oh descubrimiento.
En Mexicali hace un calor de la chingada. No es hipótesis, ni es la revelación científica del año, tan sólo es una queja de alguien que odia con todas sus fuerzas las temperaturas superiores a los 33 grados.
He decidido que no saldré del depa si no es para dirigirme al trabajo. Mis compras las haré en la madrugada, saliendo de la chamba, en cualquier AM/PM que se preste para el efecto. Así sirve que gasto menos y junto para el jeep que se me ha negado por años.
Extraño a mi hijo. También extraño a las musas que me tienen muy abandonado. Ni un renglón aprovechable en seis meses. Preocupante.
He decidido que no saldré del depa si no es para dirigirme al trabajo. Mis compras las haré en la madrugada, saliendo de la chamba, en cualquier AM/PM que se preste para el efecto. Así sirve que gasto menos y junto para el jeep que se me ha negado por años.
Extraño a mi hijo. También extraño a las musas que me tienen muy abandonado. Ni un renglón aprovechable en seis meses. Preocupante.
12 julio 2007
Ires. Venires. Zigzags y otras rectas trastornadas.
Hoy es un día de esos extrañamente comunes. Amaneció nublado, lo cual es quizá lo menos común cuando uno vive en Hermosillo y el sol es la más fiel de las certezas. Anoche llovió un rato, bastante fuerte al inicio, luego el común chipi-chipi que es a lo más que aspiran las calles y los edificios de la urbe solar donde habitamos. La consecuencia es que hoy hay nubosidad en cada punto del firmamento y el día tiene un color gris naranja muy apropiado para los estados de ánimo como el del que escribe en este momento.
Gris, porque no es ciertamente mi momento más feliz, las cosas se han complicado mucho en todos sentidos, en menos de un día he perdido esperanzas de muchas cosas, perdí para siempre a alguien a quien creí mi amigo, perdí la confianza en alguien a quien creía uno de los mejores, si no es que el mejor, perdí la fé y no creo ni quiero recuperarla, si es que alguna vez la tuve, hay que decirlo, no estoy muy seguro de no haber sido agnóstico o por lo menos escéptico desde el comienzo. Mis proyectos en el futuro cercano se han visto trastocados, vuelto a acomodar y vuelto a trastocar en un lapso de tiempo más breve que el más breve de los parpadeos y ahora, en este mismo instante, me siento parado en la bifurcación de los caminos, sabiendo el que voy a tomar, pero contemplando al otro con añoranza.
Naranja, porque a pesar de todo me siento muy fuerte, me siento tan sólido sobre mis pies que sé, mejor de lo que lo he sabido jamás, que soy imposible de mantener en el suelo, caigo, es cierto, me derrumban, quizá, pero siempre me pongo de pie, continúo, el camino es mi amigo y me gusta caminarlo, aunque tenga que ser solo, aunque sea, como es el caso, acompañado de una persona lindísima. Hay dos cosas que evitan que me quiebre, la primera y más fuerte es un ser de muy pequeño tamaño aún, pero de inmensa significación y presencia, tiene el nombre de lo que representa: Ángel, y es mi hermoso hijo unigénito. Por él me siento invencible, irrompible, blindado contra todo, por él recuerdo siempre que el amor es una verdad innegable, nada distinto de eso puedo sentir hacia mi pequeñito. La segunda es un orgullo muy bien entendido, una cierta sed, o hambre, no sé cómo manifestarlo, de trascendencia. Sé que lo voy a lograr, no estoy seguro de cuándo, pero voy a ser ese que quiero, y esa realidad es naranja, como la luz del sol que tímidamente cruza en este momento entre las nubes de un cielo que no se cansa de reflejarme por fuera.
Por ahora todo sigue avanzando muy rápido. Tengo un juego nuevo de maletas ya llenas de ropa y aun tengo ropa sin maleta donde dormir. Ya le di servicio a mi coche, está a un 95% de su capacidad, pero necesita unos leves ajustes en el sistema de escape (un moflero, pues) y estará perfecto para emprender mi más largo viaje de toda la vida. No sé si saldrá bien, no sé llegar a donde voy, no sé manejar en carretera más de cinco horas sin desfallecer de sueño, no sé si estaré vivo para platicarles de esta travesía transpeninsular, pero hay en mi vientre una emoción vibrante que me avisa que mejor apriete los puños y haga crujir mi mandíbula, el sudor está garantizado.
Lo voy a hacer, voy a estar bien. Siempre lo estoy. Después de todo, tengo un Ángel.
Gris, porque no es ciertamente mi momento más feliz, las cosas se han complicado mucho en todos sentidos, en menos de un día he perdido esperanzas de muchas cosas, perdí para siempre a alguien a quien creí mi amigo, perdí la confianza en alguien a quien creía uno de los mejores, si no es que el mejor, perdí la fé y no creo ni quiero recuperarla, si es que alguna vez la tuve, hay que decirlo, no estoy muy seguro de no haber sido agnóstico o por lo menos escéptico desde el comienzo. Mis proyectos en el futuro cercano se han visto trastocados, vuelto a acomodar y vuelto a trastocar en un lapso de tiempo más breve que el más breve de los parpadeos y ahora, en este mismo instante, me siento parado en la bifurcación de los caminos, sabiendo el que voy a tomar, pero contemplando al otro con añoranza.
Naranja, porque a pesar de todo me siento muy fuerte, me siento tan sólido sobre mis pies que sé, mejor de lo que lo he sabido jamás, que soy imposible de mantener en el suelo, caigo, es cierto, me derrumban, quizá, pero siempre me pongo de pie, continúo, el camino es mi amigo y me gusta caminarlo, aunque tenga que ser solo, aunque sea, como es el caso, acompañado de una persona lindísima. Hay dos cosas que evitan que me quiebre, la primera y más fuerte es un ser de muy pequeño tamaño aún, pero de inmensa significación y presencia, tiene el nombre de lo que representa: Ángel, y es mi hermoso hijo unigénito. Por él me siento invencible, irrompible, blindado contra todo, por él recuerdo siempre que el amor es una verdad innegable, nada distinto de eso puedo sentir hacia mi pequeñito. La segunda es un orgullo muy bien entendido, una cierta sed, o hambre, no sé cómo manifestarlo, de trascendencia. Sé que lo voy a lograr, no estoy seguro de cuándo, pero voy a ser ese que quiero, y esa realidad es naranja, como la luz del sol que tímidamente cruza en este momento entre las nubes de un cielo que no se cansa de reflejarme por fuera.
Por ahora todo sigue avanzando muy rápido. Tengo un juego nuevo de maletas ya llenas de ropa y aun tengo ropa sin maleta donde dormir. Ya le di servicio a mi coche, está a un 95% de su capacidad, pero necesita unos leves ajustes en el sistema de escape (un moflero, pues) y estará perfecto para emprender mi más largo viaje de toda la vida. No sé si saldrá bien, no sé llegar a donde voy, no sé manejar en carretera más de cinco horas sin desfallecer de sueño, no sé si estaré vivo para platicarles de esta travesía transpeninsular, pero hay en mi vientre una emoción vibrante que me avisa que mejor apriete los puños y haga crujir mi mandíbula, el sudor está garantizado.
Lo voy a hacer, voy a estar bien. Siempre lo estoy. Después de todo, tengo un Ángel.
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