Bueno, o sea, sí fui, pero nada más un ratito y, o sea, de inglés, ni al caso, ¿Qué tiene de difícil enseñar inglés? Digo, a mí me lo enseñaban en la prepa maestros que ni siquiera sabían el significado de la palabra Behaviour (y que además la pronunciaban "bijéibor") ¿Cuál puede ser el nivel de exigencia?
Pero luego, el tiempo, las malas compañías y las peores decisiones me llevaron a escribir, y escribir me llevó a publicar, y publicar me llevó a ser tomado por escritor serio, y eso me llevó a Navojoa...
Bueno, me perdí. El punto es que en algún lugar entre publicar mi novela y sacar algunos articulitos aquí y allá, me surgieron un par de ofertas para impartir talleres de creación literaria, lectura comparada, novela hispanoamericana, entre otros temas más áridos. La última de esas ofertas fue para ser maestro regular de literatura en una preparatoria privada de esta hermosa (no) y caliente (muy) ciudad del sol.
He de decir que la oferta de inicio siempre me ha resultado tentadora. Pero como todas las ofertas que de inicio me parecen tentadoras (como las de Enlarge your penis que suelen aparecer en mi bandeja de entrada de jotméil) al poco tiempo me hacen buscar el truco. Y el truco con esta oferta (la de ser maestro, no la del penis, aunque también) es el futuro.
Eh, tranquilos, no me refiero al futuro económico, ser maestro es EL trabajo en este país de mierda donde los sindicatos hacen lo que les da la gana, nadie paga sus préstamos y muy pocos obtienen créditos jugosos. Los maestros tienen un sindicato grandísimo (y puerco como pocos), acceso a todo tipo de créditos (vivienda, automóvil, vacaciones) y además tienen laaaaargos períodos de rascarse las pelotas (o lo que sea que se rasquen las mujeres cuando no las vemos).
Así que no, no va por ahí la cosa. Verán: yo tengo un defecto (en realidad, 2 millones 450 mil 827 defectos, pero voy a hablar nomás de uno, por pura modestia) y ese defecto es que soy bien mamón. No quiero decir que sea mamón-mamón de esos que dicen O sea wey es que yo soy super cool y cero mamón, sino peor aún, mamón de los que dicen Es que yo soy bien mamón. Mi mamonería (o mamonés, mamonismo, mamonancia o como-carajos-se-diga) consiste en que creo que existe una forma correcta y muchas formas incorrectas de hacer ciertas cosas. Si yo fuera maestro, exigiría, a precio de chingó-a-su-madre-tu-semestre que las cosas en mi clase se hicieran de la primera forma.
Ya quisiera ver a toda la bola de (ch)emos y preppies viéndose obligados a leer a Dostoievsky en 3 semanas y entregar luego un reporte de lectura. O explicando el uso de la forma en la obra de Rulfo. O haciendo una síntesis de quince cuartillas de Los miserables durante las vacaciones de verano. Y una mierda. Y además, con la ortografía que se carga el 97% de los preppies que he tenido la malafortuna de conocer, les iba a dar con sus reportes en la cara estilo bofetada de padrastro para luego ponerlos a hacer planas y planas de las palabras mal escritas. Sí, como en la primaria de donde nunca debieron salir.
Obviamente sería electo profesor más odiado del semestre por aplastante mayoría y, vamos, no me gusta acumular mal karma. Por eso dejé el litigio, ¿saben? y me conseguí un trabajo que hace a la gente feliz y contenta y por el que todos me quieren, me cocinan galletas y me invitan a 800 fiestas al año (el año pasado hasta fui a una y todo, súper social).
La semana pasada le acomodé una regañiza marca varejón a la Flaca-del-demonio porque me dijo que acababa de empezar a leer El alquimista (todavía me tiembla un ojo). Le prometí llevarle un libro decente esta semana para que no ande cometiendo esas barbaridades, pero confieso que me quedé con las ganas de aplicarle un correctivo más adecuado. Mi hermana menor terminó hoy a las 5 a.m. a Enrique Serna y empezó hace un par de horas a Mario Benedetti. Yo sé que ustedes querrían eso para sus hijos, pero la verdad, hoy no seré su héroe.
Al menos no en esta ciudad donde ni de loco voy a trabajar usando uno de estos que, como es sabido, todo maestro decente y oldschoolero como yo, debe usar siempre.
¡González! ¡Deje de picarse la nariz o le voy a enterrar ese lápiz hasta el aracnoides!
22 abril 2009
21 abril 2009
Coffeemaker teleport!
Estoy convencido de que mi café de hoy lo hicieron con la cafetera de la oficina de Maese Semidios. Sabe como a una mezcla de hígado encebollado con fondo de lata hervida.
El único misterio que me queda es si el Semi hoy se está chingando mi delicioso café hecho en casa que fue susituído por su horripilante café culero de máquina sin corazón.
Pinche Semidios, no se vale usar la semi-omnipotencia para chingarse el café.
El único misterio que me queda es si el Semi hoy se está chingando mi delicioso café hecho en casa que fue susituído por su horripilante café culero de máquina sin corazón.
Pinche Semidios, no se vale usar la semi-omnipotencia para chingarse el café.
20 abril 2009
¿Es Lunes? ¿Es abril?
¿Y qué más da? ¿No podría igual ser un martes de agosto o un jueves de octubre? ¿Algo cambiaría?
Yo la verdad, lo dudo.
Yo la verdad, lo dudo.
17 abril 2009
instantáneas.
Click.
El cielo lleno de nubes bajas y regordetas, de un blanco limpísimo y en el parque que domina la panorámica, hermosas bancas de hierro forjado, de las que señorean las plazas de armas de casi cualquier ciudad de provincia. En primer plano, un viejecito desdentado contempla con azoro algo que no se distingue entre sus manos acunadas y sonríe.
Flash.
La espalda morena y esbelta de la mujer ostenta un lunar falso cerca del omóplato derecho. La minifalda apenas le cubre los glúteos redondos, el izquierdo contraído en la acción de dar un paso. Con una de sus manos se apoya en un colosal poste de acero para ayudarse a subir a la banqueta. Llueve a chorros, y la prostituta no se da cuenta que el aguacero empieza a arrastar con su fuerza su homenaje a los años de oro junto con su lunar artificial.
Click.
Un niño corre entre una docena de peatones con una sonrisa gigante en los labios abiertos. Un perrito que bebe agua de un charco junto a la acera se espanta y salta a un lado ante el veloz paso del pequeño que lleva en sus manos una brillante pelota de color azul. Hay un pedazo de chicle rosa pegado en la suela de sus converse rotos y detrás de el, en segundo plano, se ve al dueño de la tienda gritando algo que bien podría ser: "¡agárrenlo, raterito!".
Flash.
La habitación miserable de una vieja posada de tres pesos. Una cama bien tendida aunque con sábanas viejas y desgastadas. Una ventana de madera un poco abierta que permite el ligero viento por el que las cortinas lucen hinchadas como el velamen de un galeón. En el extremo poniente del colchón, el cuerpo abatido de un hombre joven sentado hacia la ventana. La espalda encorvada da el aviso de que con los brazos el hombre busca algo en el suelo que la cama no permite ver. Algo que podría ser un vaso de agua o su zapato izquierdo o una escopeta con la que se volará los sesos.
Click.
El cielo lleno de nubes bajas y regordetas, de un blanco limpísimo y en el parque que domina la panorámica, hermosas bancas de hierro forjado, de las que señorean las plazas de armas de casi cualquier ciudad de provincia. En primer plano, un viejecito desdentado contempla con azoro algo que no se distingue entre sus manos acunadas y sonríe.
Flash.
La espalda morena y esbelta de la mujer ostenta un lunar falso cerca del omóplato derecho. La minifalda apenas le cubre los glúteos redondos, el izquierdo contraído en la acción de dar un paso. Con una de sus manos se apoya en un colosal poste de acero para ayudarse a subir a la banqueta. Llueve a chorros, y la prostituta no se da cuenta que el aguacero empieza a arrastar con su fuerza su homenaje a los años de oro junto con su lunar artificial.
Click.
Un niño corre entre una docena de peatones con una sonrisa gigante en los labios abiertos. Un perrito que bebe agua de un charco junto a la acera se espanta y salta a un lado ante el veloz paso del pequeño que lleva en sus manos una brillante pelota de color azul. Hay un pedazo de chicle rosa pegado en la suela de sus converse rotos y detrás de el, en segundo plano, se ve al dueño de la tienda gritando algo que bien podría ser: "¡agárrenlo, raterito!".
Flash.
La habitación miserable de una vieja posada de tres pesos. Una cama bien tendida aunque con sábanas viejas y desgastadas. Una ventana de madera un poco abierta que permite el ligero viento por el que las cortinas lucen hinchadas como el velamen de un galeón. En el extremo poniente del colchón, el cuerpo abatido de un hombre joven sentado hacia la ventana. La espalda encorvada da el aviso de que con los brazos el hombre busca algo en el suelo que la cama no permite ver. Algo que podría ser un vaso de agua o su zapato izquierdo o una escopeta con la que se volará los sesos.
Click.
16 abril 2009
La importancia de NO llamarse Ernesto.
Quizá he mencionado en notas anteriores mi casi total desconocimiento en lo que respecta a mi árbol genealógico y en particular en todo lo referente a mis ancestros cuyas defunciones hayan ocurrido antes de mi nacimiento.
En ese orden de cosas, he de decir que yo no conocí al padre de mi madre. El pobre panino murió muy joven -un cáncer de páncreas lo enterró a los 50 y pocos años de edad- habiendo conocido sólo a una nieta: mi hermana mayor. En mi infancia tardía, a la sombra de un gran tamarindo, mi madre empezó a hacerme en breves relatos la biografía de aquel viejo curioso que fue mi panino. Pueblerino como ha sido toda mi familia, el viejo Manuel Jacobo tuvo la nevería más grande y bien provisionada que haya existido en Etchojoa (todavía hay gente que recuerda el sabor de sus helados, sin igual, según me dicen), vivió una época en Guadalajara, ya casado y con varios de sus hijos, manteniéndose con una tienda de abarrotes por el rumbo de Las Águilas. Se ganó la lotería a los 30 y tantos años y con eso construyó una gran tienda con carnicería, abarrotes, heladería y otros ramos y mantuvo a su esposa y siete hijos hasta la muerte. Los dejó, eso sí, bien protegidos.
Yo me llamo Manuel en honor a aquel viejo de gran parecido físico con el querido Jorge Negrete, y porto mi primer nombre sin mayor gloria, pero con un inexplicable cariño hacia un abuelo que siempre me hizo falta. Creo que ese viejo me hubiera contado maravillosas historias y me hubiera enseñado tal vez los secretos de un oficio que ninguno de sus hijos heredó. En efecto, todas las recetas de mi abuelo murieron con él. Jamás pensó irse tan joven.
Sin embargo, hace pocos días y en medio de una conversación cafecera con la autora de mis días, resultó que también mi bisabuelo -el abuelo materno de mi madre- se llamó Manuel. Cuando Manuel Jacobo empezó a arrimarle el ala a mi manina, Manuel Quintero -mi bisabuelo- vió con agrado a aquel muchacho que además de honesto, trabajador, bien parecido, tenía muy bien puesto el nombre. Esto me resulta chistoso por varias razones que no he de explicar hoy, pero en fin. Muy pronto Manuel y María Rosa eran novios y poco después marido y mujer.
Pues siguiendo en esa misma vertiente, resulta que mi bisabuelo fue el primer peluquero de Etchojoa, y su local sigue siendo hasta hoy peluquería, aunque de un figaro sin ningún lazo sanguíneo con nosotros. Tampoco los hijos de mi bisabuelo heredaron el oficio. Resulta también que su nombre original era Manuel Hernández Quintero, pero por costumbre y gusto particular, siempre firmaba todo como Manuel H. Quintero, hasta que por razones legales inexplicables, su nombre quedó así. Esto no me causaría ninguna sorpresa si no fuera porque, desde hace tiempo, yo firmo mis artículos y publicaciones como Gerardo H. Jacobo, es decir, la inicial que mi bisabuelo contrajo tanto tiempo y el apellido que mi abuelo portó hasta la muerte. Dos Manueles de cuyas semillas deriva mi existencia, contenidos aleatoriamente en un nombre que yo le debo en forma exclusiva al capricho.
Para más ciclos, tampoco yo heredé el oficio de mi padre, estupendo constructor, y dudo muy seriamente que mi hijo o alguno de mis posibles hijos futuros herede el sarampión literario, por lo que mi familia parece condenada a empezar siempre por el principio, como empiezan los malos cuentos y como terminan las historias memorables. Al final, ¿no es eso de lo que se trata este bizarro juego de vivir?
En ese orden de cosas, he de decir que yo no conocí al padre de mi madre. El pobre panino murió muy joven -un cáncer de páncreas lo enterró a los 50 y pocos años de edad- habiendo conocido sólo a una nieta: mi hermana mayor. En mi infancia tardía, a la sombra de un gran tamarindo, mi madre empezó a hacerme en breves relatos la biografía de aquel viejo curioso que fue mi panino. Pueblerino como ha sido toda mi familia, el viejo Manuel Jacobo tuvo la nevería más grande y bien provisionada que haya existido en Etchojoa (todavía hay gente que recuerda el sabor de sus helados, sin igual, según me dicen), vivió una época en Guadalajara, ya casado y con varios de sus hijos, manteniéndose con una tienda de abarrotes por el rumbo de Las Águilas. Se ganó la lotería a los 30 y tantos años y con eso construyó una gran tienda con carnicería, abarrotes, heladería y otros ramos y mantuvo a su esposa y siete hijos hasta la muerte. Los dejó, eso sí, bien protegidos.
Yo me llamo Manuel en honor a aquel viejo de gran parecido físico con el querido Jorge Negrete, y porto mi primer nombre sin mayor gloria, pero con un inexplicable cariño hacia un abuelo que siempre me hizo falta. Creo que ese viejo me hubiera contado maravillosas historias y me hubiera enseñado tal vez los secretos de un oficio que ninguno de sus hijos heredó. En efecto, todas las recetas de mi abuelo murieron con él. Jamás pensó irse tan joven.
Sin embargo, hace pocos días y en medio de una conversación cafecera con la autora de mis días, resultó que también mi bisabuelo -el abuelo materno de mi madre- se llamó Manuel. Cuando Manuel Jacobo empezó a arrimarle el ala a mi manina, Manuel Quintero -mi bisabuelo- vió con agrado a aquel muchacho que además de honesto, trabajador, bien parecido, tenía muy bien puesto el nombre. Esto me resulta chistoso por varias razones que no he de explicar hoy, pero en fin. Muy pronto Manuel y María Rosa eran novios y poco después marido y mujer.
Pues siguiendo en esa misma vertiente, resulta que mi bisabuelo fue el primer peluquero de Etchojoa, y su local sigue siendo hasta hoy peluquería, aunque de un figaro sin ningún lazo sanguíneo con nosotros. Tampoco los hijos de mi bisabuelo heredaron el oficio. Resulta también que su nombre original era Manuel Hernández Quintero, pero por costumbre y gusto particular, siempre firmaba todo como Manuel H. Quintero, hasta que por razones legales inexplicables, su nombre quedó así. Esto no me causaría ninguna sorpresa si no fuera porque, desde hace tiempo, yo firmo mis artículos y publicaciones como Gerardo H. Jacobo, es decir, la inicial que mi bisabuelo contrajo tanto tiempo y el apellido que mi abuelo portó hasta la muerte. Dos Manueles de cuyas semillas deriva mi existencia, contenidos aleatoriamente en un nombre que yo le debo en forma exclusiva al capricho.
Para más ciclos, tampoco yo heredé el oficio de mi padre, estupendo constructor, y dudo muy seriamente que mi hijo o alguno de mis posibles hijos futuros herede el sarampión literario, por lo que mi familia parece condenada a empezar siempre por el principio, como empiezan los malos cuentos y como terminan las historias memorables. Al final, ¿no es eso de lo que se trata este bizarro juego de vivir?
06 abril 2009
Venusinas y Marcianos.
El hint es muy fácil: Nunca confíes en una mujer que utiliza demasiado las palabras "Yo nunca"; Y nunca confíes en un hombre que utiliza demasiado las palabras "Yo siempre".
Todas alguna vez. Y nunca es para siempre. Siempre es una palabra que le queda grande a los mortales.
Todas alguna vez. Y nunca es para siempre. Siempre es una palabra que le queda grande a los mortales.
03 abril 2009
OMG!
Estaba haciendo mis calentamientos matutinos cuando hice un descubrimiento sin precedentes. Resulta que tengo BlackVerri.
Hasta hoy yo creí tener un nokia destartalado y cerealero de a $3 en el oxxo. Pero no, de pronto miré hacia la barra de mi cocina y ¿qué es lo que veo?

Son Black. Son Verri. Son blackVerri.
Sin embargo no me abandona la sensación de que algo no está del todo bien. No he podido revisar mi correo en dos horas de intentos.
Hasta hoy yo creí tener un nokia destartalado y cerealero de a $3 en el oxxo. Pero no, de pronto miré hacia la barra de mi cocina y ¿qué es lo que veo?

Son Black. Son Verri. Son blackVerri.
Sin embargo no me abandona la sensación de que algo no está del todo bien. No he podido revisar mi correo en dos horas de intentos.
El mejor cumplido que haya escuchado en la vida.
Sólo contigo siento la enorme libertad de ser terriblemente insoportable, maniática, llena de defectos molestos y de arranques de malhumor. Sólo contigo puedo sentirme así porque sé que aunque yo de verdad sea todo eso, soy demasiado hermosa para que pienses en dejarme. La verdad es que sólo me soportas porque sabes que nunca podrías tener algo mejor. Es imposible no respetar a un hombre tan sensato.
02 abril 2009
Apuntes sobre un tema pasado de moda.
No es un secreto para quienes me rodean que yo soy un nostálgico. Incluso si usted es un lector más o menos frecuente de esta bitácora ya se habrá dado cuenta de que cotidianamente recurro al recuerdo, la evocación o la remembranza simple para rellenar el espacio de la nota diaria. No lo lamento. En realidad todos vivimos un poco de nuestras memorias queridas y de nuestras memorias dolorosas. A veces, sí, me preocupa llegar a la senilidad antes de los cuarenta y ser uno de esos viejecitos cliché que comienzan las frases con las palabras "en mis tiempos". Obviamente quiero que "mis tiempos" se cuenten desde el segundo inmediato anterior, si es posible hasta el momento de morir.
No soy un anticuado, y eso es muy fácil de constatar. Para todos los efectos que importan -con la posible salvedad del tecnológico, por factores que no es necesario reseñar- soy de hecho un adelantado a mi época. Pero contrario a las tendencias actuales que consisten en hacer predicciones más que análisis de los hechos, yo prefiero esperar a ver los efectos y consecuencias para calificar algo de positivo o negativo.
Ese escepticismo me ha salvado de muchas decepciones y por el otro lado no me ha privado de ninguna alegría. Ejemplifico:
En el año 2000, recién terminado el proceso electoral del país, toda la banda estaba vuelta loca de emoción. Había llegado un mesías al poder. Se habían terminado setenta años de dictadura monolítica partidista y empezaba una época de jolgorio, plenitud y algarabía. ¿Cierto?
Bah, a huevo que no. Y yo fui de esos que cuando se enteraron que Fox ganaba, dijo ¿y qué?
Pero bueno, demasiada introducción para llegar a la mamada (lo cuál es por lo menos paradójico, ya que generalmente es al revés). A lo que íbamos. Resulta que estaba yo revisando mis correos, como es usual cuando regreso de mis labores matutinas. En la bandeja de entrada encuentro los usuales comentarios del blog, un par de correos de chistes -lo clásico- y por último, lo que me da tema para este post: Un e-mail religioso.
Normalmente ni me molesta ni me inquieta ni me quita el sueño recibir ese tipo de correos. Rara vez es algo distinto de una "Oración por el trabajo", "El padre nuestro de hoy", "Dios te ama" y cosas como esa. Hoy, sin embargo, se trató de "Una muerte espeluznante". Ah, karate. Muerte espeluznante. Eso me interesa, tiene punch, ¿no? Abro el correo, que resulta ser una presentación de power point con una descripción "científica" de la muerte de Jesús Christ en aquella crucificción de la que por estos días se cumplen 2009 años.
Obviamente entrecomillé la palabra "científica" por razones especiales. Digo. El textículo este hace una descripción breve del sistema tegumentario y tendinoso que está como para doblar de coraje a cualquier anatomista amateur. Dice, además, que un adulto promedio tiene 3.5 litros de sangre (o sea, los hematólogos le andan errando como por ¡litro y medio!). También resulta que la rotura de un tendón en las muñecas puede hacer que se te constriñan los pulmones y no puedas respirar. O sea, toda una gama de descubrimientos médicos que el colegio de investigación de la UNAM envidiaría.
¿Y todo para qué? Bueno, para lo mismo que Mel Gibson hizo La Pasión: Sensacionalismo aplicado a las masas.
Dudo seriamente que haya un ser humano adulto en el mundo occidental que desconozca la historia de Cristo. Nació, creció, enseñó, pescó, enseñó, sanó, enseñó, y lo crucificaron. Lo azotaron, fustigaron, desangraron, apalearon, hicieron cargar un gran peso en una gran distancia, atravesaron con una lanza, coronaron con espinas, clavaron de muñecas y tobillos. Y luego se murió. ¿Todos de acuerdo? Por supuesto, es una historia que habremos oído unas... ¿mil, dos mil veces en nuestras vidas?
Entonces, ¿Para qué quiero yo recibir un correo con una pésimamente redactada descripción prrrt científica prrrrt del sufrimiento del cuerpo humano del Savior.
Eso tiene un nombre, ¿saben, fanáticos? Se llama Chantaje.
No se llama propaganda religiosa, evangelización, conquista espiritual, predicar la palabra. No. Se llama chantaje. Utilizar el sufrimiento de alguien para convencerme de que fue por MÍ que esa persona sufrió muchísimo y le pegaron y le dolió un montón y que por eso debo ser bueno y darles mi dinero se llama C-H-A-N-T-A-J-E.
En serio, ¿creen que porque me dicen "si te da vergüenza reenviar este correo es porque te avergüenzas de tu Dios, y si lo haces, él también se avergonzará de ti" voy a acomodarme a sus peticiones? Me imagino al máster sentado en su despacho, arreglando los pedos de la capa de ozono, coordinando un tifón en Malasia, un desprendimiento glaciar en el Polo y un sismo en Tokio mientras evita que nos chinguemos en el último par de tigres siberianos, y revisa su correo en el GodBerry y se da cuenta de que no reenvié el e-mail. ¿Le dará verguenza? ¿O más bien se sentirá contento de que antes de venir aquí a revisar ese pinche correo estúpido le compré el desayuno a una niña que pedía dinero en el semáforo, le conseguí empleo a un amigo que andaba ya muy apuradito de lana, le di el asiento a una señora algo mayor en el camión y además lucí bien mientras hacía todo eso?
No me da verguenza mandar el correo porque hable de Dios, me da verguenza porque toda persona que está en mi libreta de contactos es mi amigo, y me daría muchísima pena que cualquiera de mis amigos creyera que le estoy diciendo retrasado mental enviándole un correo sensacionalista, plagado de errores, sin otra intención que incrementar a la borregada que piensa que enviar una cadena los convierte en mejores personas aunque mientras la reenvían tienen abiertas dos páginas de porno lésbico y una conversación de messenger con su amante. Me daría mucha verguenza que un amigo mío creyera que toda mi percepción de Dios ha cambiado porque alguien me relató con sangre y tendones y clavos la historia de un varón de 33 años que murió torturado en una cruz.
Juana de Arco murió quemada en la hoguera. Moctezuma Xocoyotzin fue apedreado. Miguel Hidalgo fue decapitado y su cabeza expuesta para contemplación de todos. ¿Creen ustedes y están dispuestos a morir por ello en La libertad de los franceses, en Lo injusto de la conquista o en La independencia de méxico?
La defensa descansa.
No soy un anticuado, y eso es muy fácil de constatar. Para todos los efectos que importan -con la posible salvedad del tecnológico, por factores que no es necesario reseñar- soy de hecho un adelantado a mi época. Pero contrario a las tendencias actuales que consisten en hacer predicciones más que análisis de los hechos, yo prefiero esperar a ver los efectos y consecuencias para calificar algo de positivo o negativo.
Ese escepticismo me ha salvado de muchas decepciones y por el otro lado no me ha privado de ninguna alegría. Ejemplifico:
En el año 2000, recién terminado el proceso electoral del país, toda la banda estaba vuelta loca de emoción. Había llegado un mesías al poder. Se habían terminado setenta años de dictadura monolítica partidista y empezaba una época de jolgorio, plenitud y algarabía. ¿Cierto?
Bah, a huevo que no. Y yo fui de esos que cuando se enteraron que Fox ganaba, dijo ¿y qué?
Pero bueno, demasiada introducción para llegar a la mamada (lo cuál es por lo menos paradójico, ya que generalmente es al revés). A lo que íbamos. Resulta que estaba yo revisando mis correos, como es usual cuando regreso de mis labores matutinas. En la bandeja de entrada encuentro los usuales comentarios del blog, un par de correos de chistes -lo clásico- y por último, lo que me da tema para este post: Un e-mail religioso.
Normalmente ni me molesta ni me inquieta ni me quita el sueño recibir ese tipo de correos. Rara vez es algo distinto de una "Oración por el trabajo", "El padre nuestro de hoy", "Dios te ama" y cosas como esa. Hoy, sin embargo, se trató de "Una muerte espeluznante". Ah, karate. Muerte espeluznante. Eso me interesa, tiene punch, ¿no? Abro el correo, que resulta ser una presentación de power point con una descripción "científica" de la muerte de Jesús Christ en aquella crucificción de la que por estos días se cumplen 2009 años.
Obviamente entrecomillé la palabra "científica" por razones especiales. Digo. El textículo este hace una descripción breve del sistema tegumentario y tendinoso que está como para doblar de coraje a cualquier anatomista amateur. Dice, además, que un adulto promedio tiene 3.5 litros de sangre (o sea, los hematólogos le andan errando como por ¡litro y medio!). También resulta que la rotura de un tendón en las muñecas puede hacer que se te constriñan los pulmones y no puedas respirar. O sea, toda una gama de descubrimientos médicos que el colegio de investigación de la UNAM envidiaría.
¿Y todo para qué? Bueno, para lo mismo que Mel Gibson hizo La Pasión: Sensacionalismo aplicado a las masas.
Dudo seriamente que haya un ser humano adulto en el mundo occidental que desconozca la historia de Cristo. Nació, creció, enseñó, pescó, enseñó, sanó, enseñó, y lo crucificaron. Lo azotaron, fustigaron, desangraron, apalearon, hicieron cargar un gran peso en una gran distancia, atravesaron con una lanza, coronaron con espinas, clavaron de muñecas y tobillos. Y luego se murió. ¿Todos de acuerdo? Por supuesto, es una historia que habremos oído unas... ¿mil, dos mil veces en nuestras vidas?
Entonces, ¿Para qué quiero yo recibir un correo con una pésimamente redactada descripción prrrt científica prrrrt del sufrimiento del cuerpo humano del Savior.
Eso tiene un nombre, ¿saben, fanáticos? Se llama Chantaje.
No se llama propaganda religiosa, evangelización, conquista espiritual, predicar la palabra. No. Se llama chantaje. Utilizar el sufrimiento de alguien para convencerme de que fue por MÍ que esa persona sufrió muchísimo y le pegaron y le dolió un montón y que por eso debo ser bueno y darles mi dinero se llama C-H-A-N-T-A-J-E.
En serio, ¿creen que porque me dicen "si te da vergüenza reenviar este correo es porque te avergüenzas de tu Dios, y si lo haces, él también se avergonzará de ti" voy a acomodarme a sus peticiones? Me imagino al máster sentado en su despacho, arreglando los pedos de la capa de ozono, coordinando un tifón en Malasia, un desprendimiento glaciar en el Polo y un sismo en Tokio mientras evita que nos chinguemos en el último par de tigres siberianos, y revisa su correo en el GodBerry y se da cuenta de que no reenvié el e-mail. ¿Le dará verguenza? ¿O más bien se sentirá contento de que antes de venir aquí a revisar ese pinche correo estúpido le compré el desayuno a una niña que pedía dinero en el semáforo, le conseguí empleo a un amigo que andaba ya muy apuradito de lana, le di el asiento a una señora algo mayor en el camión y además lucí bien mientras hacía todo eso?
No me da verguenza mandar el correo porque hable de Dios, me da verguenza porque toda persona que está en mi libreta de contactos es mi amigo, y me daría muchísima pena que cualquiera de mis amigos creyera que le estoy diciendo retrasado mental enviándole un correo sensacionalista, plagado de errores, sin otra intención que incrementar a la borregada que piensa que enviar una cadena los convierte en mejores personas aunque mientras la reenvían tienen abiertas dos páginas de porno lésbico y una conversación de messenger con su amante. Me daría mucha verguenza que un amigo mío creyera que toda mi percepción de Dios ha cambiado porque alguien me relató con sangre y tendones y clavos la historia de un varón de 33 años que murió torturado en una cruz.
Juana de Arco murió quemada en la hoguera. Moctezuma Xocoyotzin fue apedreado. Miguel Hidalgo fue decapitado y su cabeza expuesta para contemplación de todos. ¿Creen ustedes y están dispuestos a morir por ello en La libertad de los franceses, en Lo injusto de la conquista o en La independencia de méxico?
La defensa descansa.
01 abril 2009
No room for the shortminded
Cuando uno es corto de miras cualquier perspectiva parece amplia, o al menos eso es lo que me hace pensar el amigo al que miro a un par de metros de distancia elegir cuidadosamente entre dos créditos de vivienda. Uno le da $350,000 para elegir entre varios desarrollos al surponiente una de esas casas de muñecas donde vivir cómodamente es más fantasía suburbana que otra cosa, y lo compromete a pagar durante 40 años -40 años- una suma discreta en forma mensual. El otro le da tanto como $750,000 pesos para ir a lo que en bienes raíces se llama mercado abierto y que en resumidas cuentas se trata de comprar básicamente la casa que te dé la gana, donde te dé la gana, mientras cueste igual o menos que el total de tu crédito. Esta opción lo compromete a pagar una suma cuantiosa -por decir lo menos- cada mes, durante 15 o 20 años.
Y ya. Son todas las opciones.
Mi amigo es de esa gente admirable que sabe planear a futuro. Tiene un buen auto, relativamente nuevo, buenos muebles, viste bien. Estoy seguro que va a elegir la opción correcta, pero de cualquier manera me salta a la cara la idea de que no tendría qué elegir. O al menos no todavía. Sí, ya sé, ustedes pensaban cuando empezaron a leer este post que yo me refería a mi amigo como corto de miras, y apenas en este tercer párrafo se comienzan a dar cuenta de que hablaba de mí.
Verán. Este que escribe es, al contrario de mi inteligente, bien administrado y muy seguramente próspero amigo -recientemente casado, debo decir- una de esas personas detestables que toman las decisiones cuando ya no hay más remedio. Y la cuestión es que hay muchas formas de justificarlo: "Huy, la vida al extremo", "Ahh, la emoción de lo inesperado", "ohh, lo espontáneo siempre es mejor", pero al final todos los argumentos se reducen a que uno juega siempre del lado del azar.
Y de repente un día se despierta con nada.
A mí ya me ha pasado. Y no una vez. Y sé que mi historia no es única, pero es la única que me ha hecho pasar hambre, sed, penas y penurias, a mí. Eso de vivir al día, más allá del glamour, el encanto bohemio y alocado que pueda tener cuando se escucha al sujeto disertar de la suerte que lo llevó a salir adelante otro día, las casualidades que se conjuraron para pagar la renta, el amigo que llegó a invitarte a comer el día exacto en que te quedaste sin un peso, más allá de esos elementos del desastre, llegará irreductiblemente el día en que la suerte se termine y te encuentres con las tripas retorcidas lamentando cada vez que decidiste mal.
Por eso cada vez que maldigo mi rutina, me molesto por un mal día en el trabajo, dudo de mi talento o de las cosas que hago para mantenerme y cooperar para mantener a mi hermoso heredero, recuerdo aquella noche en que caminé en medio de una borrasca durante dos horas y media por no tener cinco pesos en la bolsa y de pronto todo se ve mejor.
Mi amigo termina de revisar sus opciones y elige de la forma más inteligente que pudo elegir: Dejará que decida su esposa. Eso es pensar con la cabeza.
Y ya. Son todas las opciones.
Mi amigo es de esa gente admirable que sabe planear a futuro. Tiene un buen auto, relativamente nuevo, buenos muebles, viste bien. Estoy seguro que va a elegir la opción correcta, pero de cualquier manera me salta a la cara la idea de que no tendría qué elegir. O al menos no todavía. Sí, ya sé, ustedes pensaban cuando empezaron a leer este post que yo me refería a mi amigo como corto de miras, y apenas en este tercer párrafo se comienzan a dar cuenta de que hablaba de mí.
Verán. Este que escribe es, al contrario de mi inteligente, bien administrado y muy seguramente próspero amigo -recientemente casado, debo decir- una de esas personas detestables que toman las decisiones cuando ya no hay más remedio. Y la cuestión es que hay muchas formas de justificarlo: "Huy, la vida al extremo", "Ahh, la emoción de lo inesperado", "ohh, lo espontáneo siempre es mejor", pero al final todos los argumentos se reducen a que uno juega siempre del lado del azar.
Y de repente un día se despierta con nada.
A mí ya me ha pasado. Y no una vez. Y sé que mi historia no es única, pero es la única que me ha hecho pasar hambre, sed, penas y penurias, a mí. Eso de vivir al día, más allá del glamour, el encanto bohemio y alocado que pueda tener cuando se escucha al sujeto disertar de la suerte que lo llevó a salir adelante otro día, las casualidades que se conjuraron para pagar la renta, el amigo que llegó a invitarte a comer el día exacto en que te quedaste sin un peso, más allá de esos elementos del desastre, llegará irreductiblemente el día en que la suerte se termine y te encuentres con las tripas retorcidas lamentando cada vez que decidiste mal.
Por eso cada vez que maldigo mi rutina, me molesto por un mal día en el trabajo, dudo de mi talento o de las cosas que hago para mantenerme y cooperar para mantener a mi hermoso heredero, recuerdo aquella noche en que caminé en medio de una borrasca durante dos horas y media por no tener cinco pesos en la bolsa y de pronto todo se ve mejor.
Mi amigo termina de revisar sus opciones y elige de la forma más inteligente que pudo elegir: Dejará que decida su esposa. Eso es pensar con la cabeza.
31 marzo 2009
Críptico.
¿Se acuerdan de aquél diálogo de Pulp fiction donde Jules le dice a Vincent -hablando de Mia Wallace- "Algunos pilotos se vuelven programas de television; otros se vuelven nada. Ella estuvo en uno que se volvió nada"?
Bueno, hoy hice algo que podria equipararse a un programa piloto si yo fuera actor, o a una audición si yo fuera músico. Tal vez se vuelva algo y tal vez se vuelva nada. Lo sabré en poco tiempo. Hasta entonces, y por mera cábala, no diré nada más al respecto.
Día un poco dolorido en el gimnasio. Es la tercera vez en el año que le aumento al peso con el que regularmente ejercito y ahora casi cualquier movimiento de brazos me hace recordarlo. Hoy comí lasaña y espaguetis, sublimes, y un pastel de limón bastante olvidable. Terminé un nuevo cuento (Nadie extrañó nunca a Carmina, título bastante largo comparado con la mayoría de mis títulos), y no tomé café.
Dentro de dos minutos voy a cumplir el tiempo más largo pasado en mi casa en todo el día -quince minutos- lo cual me llena de alegría y regocijo y me hace pensar en que tal vez estoy volviendo a ser ese que me cae tan bien y dejando de ser el otro que me cae tan mal.
Ah, sí. Fui al cine. Vi Changeling, Angelina Jolie, John Malkovich, una trama predeciblona, buena actuación de ella (nunca la había visto en un papel que le exigiera actuar y no sólo bambolear los encantos) y un ritmo disfrutable. No me conmovió como me habían anunciado varias personas que me conmovería, aunque sí me causó un escalofrío terrorífico la idea de que alguien alguna vez osara secuestrar a mi hijo. He decidido que tan pronto sea posible, Ángel aprenda jiujitsu, kung fu, judo, manejo de armas de fuego y punzocortantes, y haga un curso para marine. Sólo por si acaso.
En unas horas, por fin, empieza Abril. Siempre son buenas noticias. Bendito abril.
Bueno, hoy hice algo que podria equipararse a un programa piloto si yo fuera actor, o a una audición si yo fuera músico. Tal vez se vuelva algo y tal vez se vuelva nada. Lo sabré en poco tiempo. Hasta entonces, y por mera cábala, no diré nada más al respecto.
Día un poco dolorido en el gimnasio. Es la tercera vez en el año que le aumento al peso con el que regularmente ejercito y ahora casi cualquier movimiento de brazos me hace recordarlo. Hoy comí lasaña y espaguetis, sublimes, y un pastel de limón bastante olvidable. Terminé un nuevo cuento (Nadie extrañó nunca a Carmina, título bastante largo comparado con la mayoría de mis títulos), y no tomé café.
Dentro de dos minutos voy a cumplir el tiempo más largo pasado en mi casa en todo el día -quince minutos- lo cual me llena de alegría y regocijo y me hace pensar en que tal vez estoy volviendo a ser ese que me cae tan bien y dejando de ser el otro que me cae tan mal.
Ah, sí. Fui al cine. Vi Changeling, Angelina Jolie, John Malkovich, una trama predeciblona, buena actuación de ella (nunca la había visto en un papel que le exigiera actuar y no sólo bambolear los encantos) y un ritmo disfrutable. No me conmovió como me habían anunciado varias personas que me conmovería, aunque sí me causó un escalofrío terrorífico la idea de que alguien alguna vez osara secuestrar a mi hijo. He decidido que tan pronto sea posible, Ángel aprenda jiujitsu, kung fu, judo, manejo de armas de fuego y punzocortantes, y haga un curso para marine. Sólo por si acaso.
En unas horas, por fin, empieza Abril. Siempre son buenas noticias. Bendito abril.
29 marzo 2009
Ironía.
Miro fijamente a la columna cuyo relieve es como de dos pulgadas con respecto a la pared. Debe medir unos 40 cm. de ancho. El clavo en mi mano debe ser como de 3 pulgadas, cabeza y forma especiales para concreto. Pienso un poco en mi padre, constructor de toda la vida, un tipazo, mi padre. Luego apoyo el clavo en la columna y con seis golpes precisos dejo media pulgada fuera y cuelgo el espejo.
El periódico con el que lo limpio acierta a ser la sección de sociales, por mucho la más cagante de cualquier diario de cualquier parte del mundo -últimamente reñida con la económica acá en mi paisito- y humedezco una parte y luego repaso con la parte seca hasta dejarlo reluciente.
Alejandro mira un rato el espejo, que ahora refleja un sofá, un librero y una pared blanca, antes de preguntarme:
¿Por qué un espejo en la sala?
Entiendo la pregunta, un espejo es más apropiado en el baño, en la recámara, en el techo. Respondo tratando de que la respuesta no sea elaborada.
"Para verme lo menos posible".
Alejandro, bebiendo la segunda Casta de la noche, no se conforma.
"¿No te verías menos si no pones ningún espejo?"
"Por eso dije: para verme menos; y no Para no verme".
Antes de darle el último trago a la cerveza, mueve la cabeza de un lado al otro y se conforma con musitar:
"Si no fueras tan mamón".
Yo vuelvo a ver el espejo. Creo que quedó muy bien.
El periódico con el que lo limpio acierta a ser la sección de sociales, por mucho la más cagante de cualquier diario de cualquier parte del mundo -últimamente reñida con la económica acá en mi paisito- y humedezco una parte y luego repaso con la parte seca hasta dejarlo reluciente.
Alejandro mira un rato el espejo, que ahora refleja un sofá, un librero y una pared blanca, antes de preguntarme:
¿Por qué un espejo en la sala?
Entiendo la pregunta, un espejo es más apropiado en el baño, en la recámara, en el techo. Respondo tratando de que la respuesta no sea elaborada.
"Para verme lo menos posible".
Alejandro, bebiendo la segunda Casta de la noche, no se conforma.
"¿No te verías menos si no pones ningún espejo?"
"Por eso dije: para verme menos; y no Para no verme".
Antes de darle el último trago a la cerveza, mueve la cabeza de un lado al otro y se conforma con musitar:
"Si no fueras tan mamón".
Yo vuelvo a ver el espejo. Creo que quedó muy bien.
27 marzo 2009
Un café en Praga.
Platicaba ayer con Ella, sobre lo triste que me resulta (¿es Triste la palabra? No lo sé) estar tan establecido en una rutina como la actual.
Por esas cosas que la vida tiene, yo fui un niño muy solitario. Soy el segundo de tres hijos, mi hermana es cuatro años mayor y mi hermanita cuatro años menor. Cuando era muy pequeño, mi hermana mayor ya estaba en edad escolar, mis padres siempre han trabajado, así que yo fui materia de trabajo de media docena de niñeras. Recuerdo brumosamente a algunas (como la que me hizo jugar a la ouija -¿ya conté esa historia?- y la que afortunadamente se fue antes de que yo llegara a la adolescencia porque estaba genial). Es por ello que crecí muy solo.
Tengo una suerte terrible en cuanto a vecinos. En la infancia ya muy lejana, sólo tenía amigos los fines de semana, cuando los nietos de mi vecina venían a visitarla y jugaban conmigo. Fue hasta la primaria que tuve amigos regulares, de cinco a seis horas al día y un par de horas por la tarde.
Siendo las cosas así, tuve que inventarme muchas cosas para no enloquecer (todas ellas con dudosos resultados), entre las cuales puedo mencionar que fui muy buen dibujante, un estupendo arquitecto amateur, un muy aceptable ingeniero civil del lodo y los arroyos de agua puerca y un numismático de los mejores. Por ahí debo tener almecenado todavía el don de resolver cualquier sopa de letras en tiempo récord y hay muy pocas personas que me ganen en juegos de nintendo o super nintendo.
Mi vida fue caótica porque tuve toda la libertad del mundo. Sólo tenía padres por la tarde y noche, pero desde el amanecer hasta las 4:00 pm yo era Macaulay Culkin en Home Alone. Nunca hice muchas estupideces -salvo aquella ocasión que serruché un librero carísimo- ni me puse en grave peligro -excepto aquella ocasión que me fui de viaje a dos municipios de distancia, a los seis años- pero me divertía mucho. La verdad sea dicha, yo era una estupenda compañía. De algún modo, el embrión de escritor que por entonces anidaba en mi inconsciente, me contaba historias, alternaba grandes rachas de fantasía entre mis cotidianas dosis de realidad y hacían que todo pudiera ser mágico. Si llovía por la noche, el día siguiente estaba hecho: En algún lugar del vecindario habría una obra en construcción que al acoso de la lluvia seguro habría formado piletas, lavado piedras para mi colección (los cuarzos eran mis favoritos) y humedecido hierbas y ladrillos con cuyos olores me embelesaba.
Cuando cerraron la vieja oficina de correos frente a mi casa, llenaron el patio con las ramas de ocho yucatecos grandísimos que guardaban la calle, y el colchón de follaje quedó como a dos y medio metros de altura. Me gustaba aventarme desde la barda que medía unos cuatro y caer en ese suave colchón verde que se hundía hasta casi tocar el suelo, pero no lo suficiente (mis treinta kilos no eran gran cosa) para tocarlo.
A los nueve años, cuando volvimos a mudarnos, me tocaron tres vecinos de mi edad. Con ellos hice los primeros conatos de grupo. Jugábamos futbol, beisbol, escondidas, al dieciocho. Hicimos la clásica y tradicional casita del árbol, matamos algunas lagartijas, tronamos muchos cohetes.
Mi rutina dependía de las suyas, eso sí. Si tenían que viajar, visitar a sus parientes, hacer la tarea, era hora de buscar actividades para mí solo. Me gustaba mucho -eso sí ya lo he mencionado- ir hasta el río en mi bicicleta y mirar al mundo ser. Ver funcionar a doña naturaleza en todo su esplendor, escuchar los ruidos íntimos del mundo que rodaba mucho mejor entonces.
Me gusta el caos. Realmente creo que funciono mejor en él. Del caos es de donde venimos ¿No es, acaso, la primera línea bíblica? Lean el génesis, es un libro divertido que dice a manera de gancho: In principium erat verbum. El verbo es el caos, el desorden, la nada. De esa nada el buen Dios hizo todo este mundo feo y venido a menos.
No me quiero meter a un discurso que se ha repetido muchísimo a lo largo de décadas. Mi enojo contra la rutina no es el "ser parte de un sistema robotizante". No me molesta trabajar, me encanta; tampoco es que me moleste tener horarios, creo que los horarios son útiles y suelo ser un tipo de lo más puntual siempre que no tenga que levantarme muy temprano. Mi problema con la rutina es su inmutabilidad. A veces es jueves y hay un buenísimo concierto de la Filarmónica y yo tengo que trabajar. Y a veces es sábado y mi hijo quiere ir por un blizzard y yo tengo que trabajar. A veces es domingo y el día está fantástico para ir de playa, pero yo despierto después de mediodía, cansado por la noche de trabajo.
Tampoco estoy enojado con mi trabajo (amo mi maldito trabajo), gano bien, vivo bien, me divierto muchísimo haciéndolo. Simplemente no veo la hora de que mi horario se rija por lo que me dictan las pelotas. Quiero terminar mi trabajo en la portátil durante un vuelo de Madrid a Praga y enviarlo vía electrónica a una editorial en Nueva York. Aterrizar sabiéndome libre hasta la hora de las conferencias e ir y beberme un café con jaggermeifter (que de seguro ha de saber de la chingada) con algún amigo Checo con el que discutiré largamente sobre la inutilidad de nuestros ocios.
Muy probablemente cerraríamos nuestra charla con un:
-Ya ni la chingas, deberías ponerte a trabajar.
Yo me reiría hasta escupir el café. De todos modos sabía bien culero.
Por esas cosas que la vida tiene, yo fui un niño muy solitario. Soy el segundo de tres hijos, mi hermana es cuatro años mayor y mi hermanita cuatro años menor. Cuando era muy pequeño, mi hermana mayor ya estaba en edad escolar, mis padres siempre han trabajado, así que yo fui materia de trabajo de media docena de niñeras. Recuerdo brumosamente a algunas (como la que me hizo jugar a la ouija -¿ya conté esa historia?- y la que afortunadamente se fue antes de que yo llegara a la adolescencia porque estaba genial). Es por ello que crecí muy solo.
Tengo una suerte terrible en cuanto a vecinos. En la infancia ya muy lejana, sólo tenía amigos los fines de semana, cuando los nietos de mi vecina venían a visitarla y jugaban conmigo. Fue hasta la primaria que tuve amigos regulares, de cinco a seis horas al día y un par de horas por la tarde.
Siendo las cosas así, tuve que inventarme muchas cosas para no enloquecer (todas ellas con dudosos resultados), entre las cuales puedo mencionar que fui muy buen dibujante, un estupendo arquitecto amateur, un muy aceptable ingeniero civil del lodo y los arroyos de agua puerca y un numismático de los mejores. Por ahí debo tener almecenado todavía el don de resolver cualquier sopa de letras en tiempo récord y hay muy pocas personas que me ganen en juegos de nintendo o super nintendo.
Mi vida fue caótica porque tuve toda la libertad del mundo. Sólo tenía padres por la tarde y noche, pero desde el amanecer hasta las 4:00 pm yo era Macaulay Culkin en Home Alone. Nunca hice muchas estupideces -salvo aquella ocasión que serruché un librero carísimo- ni me puse en grave peligro -excepto aquella ocasión que me fui de viaje a dos municipios de distancia, a los seis años- pero me divertía mucho. La verdad sea dicha, yo era una estupenda compañía. De algún modo, el embrión de escritor que por entonces anidaba en mi inconsciente, me contaba historias, alternaba grandes rachas de fantasía entre mis cotidianas dosis de realidad y hacían que todo pudiera ser mágico. Si llovía por la noche, el día siguiente estaba hecho: En algún lugar del vecindario habría una obra en construcción que al acoso de la lluvia seguro habría formado piletas, lavado piedras para mi colección (los cuarzos eran mis favoritos) y humedecido hierbas y ladrillos con cuyos olores me embelesaba.
Cuando cerraron la vieja oficina de correos frente a mi casa, llenaron el patio con las ramas de ocho yucatecos grandísimos que guardaban la calle, y el colchón de follaje quedó como a dos y medio metros de altura. Me gustaba aventarme desde la barda que medía unos cuatro y caer en ese suave colchón verde que se hundía hasta casi tocar el suelo, pero no lo suficiente (mis treinta kilos no eran gran cosa) para tocarlo.
A los nueve años, cuando volvimos a mudarnos, me tocaron tres vecinos de mi edad. Con ellos hice los primeros conatos de grupo. Jugábamos futbol, beisbol, escondidas, al dieciocho. Hicimos la clásica y tradicional casita del árbol, matamos algunas lagartijas, tronamos muchos cohetes.
Mi rutina dependía de las suyas, eso sí. Si tenían que viajar, visitar a sus parientes, hacer la tarea, era hora de buscar actividades para mí solo. Me gustaba mucho -eso sí ya lo he mencionado- ir hasta el río en mi bicicleta y mirar al mundo ser. Ver funcionar a doña naturaleza en todo su esplendor, escuchar los ruidos íntimos del mundo que rodaba mucho mejor entonces.
Me gusta el caos. Realmente creo que funciono mejor en él. Del caos es de donde venimos ¿No es, acaso, la primera línea bíblica? Lean el génesis, es un libro divertido que dice a manera de gancho: In principium erat verbum. El verbo es el caos, el desorden, la nada. De esa nada el buen Dios hizo todo este mundo feo y venido a menos.
No me quiero meter a un discurso que se ha repetido muchísimo a lo largo de décadas. Mi enojo contra la rutina no es el "ser parte de un sistema robotizante". No me molesta trabajar, me encanta; tampoco es que me moleste tener horarios, creo que los horarios son útiles y suelo ser un tipo de lo más puntual siempre que no tenga que levantarme muy temprano. Mi problema con la rutina es su inmutabilidad. A veces es jueves y hay un buenísimo concierto de la Filarmónica y yo tengo que trabajar. Y a veces es sábado y mi hijo quiere ir por un blizzard y yo tengo que trabajar. A veces es domingo y el día está fantástico para ir de playa, pero yo despierto después de mediodía, cansado por la noche de trabajo.
Tampoco estoy enojado con mi trabajo (amo mi maldito trabajo), gano bien, vivo bien, me divierto muchísimo haciéndolo. Simplemente no veo la hora de que mi horario se rija por lo que me dictan las pelotas. Quiero terminar mi trabajo en la portátil durante un vuelo de Madrid a Praga y enviarlo vía electrónica a una editorial en Nueva York. Aterrizar sabiéndome libre hasta la hora de las conferencias e ir y beberme un café con jaggermeifter (que de seguro ha de saber de la chingada) con algún amigo Checo con el que discutiré largamente sobre la inutilidad de nuestros ocios.
Muy probablemente cerraríamos nuestra charla con un:
-Ya ni la chingas, deberías ponerte a trabajar.
Yo me reiría hasta escupir el café. De todos modos sabía bien culero.
25 marzo 2009
La sociedad del parche.
La infancia siempre fue más fácil. A cinco cuadras de mi casa había un taller de bicicletas -Zapopan, se llamaba- donde uno podía comprar cualquier cosa que le hiciera falta para armar/reparar/modificar una bicicleta de cualesquier tipo.
Ok. Breve paréntesis. Cabe mencionar que en mi infancia particular, en mi pueblo particular (también el patio de mi casa era particular, por si se lo preguntan), el "armar bicicletas" era EL hobbie. Todos, sin excepción, teníamos por lo menos una bicicleta a la que semanal o quincenalmente le hacíamos alguna modificación. Por supuesto había niveles -jerarquías, siempre las hay- en el custom bike garaging. No era lo mismo poner un poste GYRO que uno DYNO, por ejemplo, ni mucho menos tener un GT Vertigo que un Mach1. Fin del paréntesis.
Por doce mil pesos (ahora serían doce pesos, en aquél entonces aún no nos robaban los tres ceros de la moneda), uno podía comprar un pequeño cilindro de plástico duro que incluía en su interior:
a)Un trozo de 15x15 cm de caucho delgado.
b)Un pomo con 155 ml de cemento adhesivo.
c)Aire.
d)La posibilidad de ponerse bien chemo por menos dinero que en ningún lado.
Por supuesto, a mis diez o doce años, ni siquiera conocía la palabra chemo y la idea de drogarme era terrorífica, así que sólo interesaban las primeras dos inclusiones del paquete. Un niño estaba obligado, de los 10 años en adelante, a saber parchar una cámara común de una llanta común de bicicleta, so pena de ser el hazmerreír del colegio, el barrio y quizá el municipio.
El procedimiento era sencillo. Se desarmaba la llanta afectada, se inflaba la cámara totalmente usando una de éstas, se sumergía en la pileta y se buscaba el orificio siguiendo las burbujitas.
Encontrado el agujero, se cortaba un pedazo del caucho suficiente para cubrirlo, se pegaba cuidadosamente con el cemento, y se dejaba secar al sol por, digamos, diez minutos. Voilá: Una cámara lista para seguir rampeando.
Casi todos los que compartimos esa época tenemos ahora al menos nociones básicas de mecánica. Eran horas de engrasar, lijar, apretar tuercas, destornillar, etc. Algo nos tenía que haber quedado.
Hoy ya no puede comprarse el cilindro del que les hablo si no se acredita la mayoría de edad con una identificación oficial. La medida pretende de manera obvia evitar que un menos lo utilice para inhalar cemento. Por supuesto está bien si lo hace un mayor de edad. Pamplinas, es mil veces más probable que sea éste quien lo quiera para malos fines a que el pequeño lo necesite para algo distinto que seguir arreglando su máquina. Pero en fin.
El punto que quería tocar (por lo visto muy hiperbólicamente), es a que de alguna manera, mi generación y algunas anteriores extrapolamos de forma muy curiosa la idea del parche. Los casos son bastantes. La sociedad geek, por ejemplo, puede platicarles por horas de los "parches" o expansiones, que son programas adheribles a otros programas existentes, con intención de mejorarles, añadirles características, subsanar errores existentes y un largo et caeteris. La sociedad médica puede hablarles de las prótesis, implementos cada vez más avanzados, creados por la tecnología más vanguardista con el fin de darle patita al mocho, manita al cucho y ojito al ceguetas, entre muchas otras opciones. ¿No es esto, de alguna forma, un parche?
Hace rato, sin ir más lejos, se me atravesó en el zapping un comercial de Janssen Celig, sobre el parche anticonceptivo. ¿No es esto prodigioso? Es decir, creo que todos en algún momento de la existencia, consideramos que la mejor forma de anticoncepción sería un parche. Claro, asumimos que el parche debía ponerse en la vagina, sellándola (o en la uretra, en su caso, bleh). Para fortuna de aquellos que disfrutamos de penetrar (y de aquellas que gustan de ser penetradas, nuevo bleh), el parche anticonceptivo suele situarse más bien en áreas aledañas a la región pélvica femenina (existe también un parche masculino, pero -mundo machista- todavía está en etapa de desarrollo -cof-patrañas-cof-.
La verdad no se me ocurrió pensar en eso hace varios años, cuando la popularización del parche para dejar de fumar. El principio básico es el mismo: se libera intermitentemente una sustancia al organismo que en un caso, suministra de nicotina al organismo adicto, y en el otro, estimula la producción de hormonas adversas a la fecundación. Recuerdo que una antigua novia lo utilizaba con excelentes resultados y sin efectos secundarios molestos. Así que el parche parece ser una opción confiable, económica y cómoda para dejar de fumar. Digo, para evitar un embarazo.
Eso sí, el parche no evita ningún tipo de contagio de ETS, así que si no confía usted en esa personita que está a punto de introducirle el miembro por la vía que sea, mejor considere el uso del parche a modo de sello de clausura. Seguro es más seguro.
Saludos a todos y todas, excelente semana.
Ok. Breve paréntesis. Cabe mencionar que en mi infancia particular, en mi pueblo particular (también el patio de mi casa era particular, por si se lo preguntan), el "armar bicicletas" era EL hobbie. Todos, sin excepción, teníamos por lo menos una bicicleta a la que semanal o quincenalmente le hacíamos alguna modificación. Por supuesto había niveles -jerarquías, siempre las hay- en el custom bike garaging. No era lo mismo poner un poste GYRO que uno DYNO, por ejemplo, ni mucho menos tener un GT Vertigo que un Mach1. Fin del paréntesis.
Por doce mil pesos (ahora serían doce pesos, en aquél entonces aún no nos robaban los tres ceros de la moneda), uno podía comprar un pequeño cilindro de plástico duro que incluía en su interior:
a)Un trozo de 15x15 cm de caucho delgado.
b)Un pomo con 155 ml de cemento adhesivo.
c)Aire.
d)La posibilidad de ponerse bien chemo por menos dinero que en ningún lado.
Por supuesto, a mis diez o doce años, ni siquiera conocía la palabra chemo y la idea de drogarme era terrorífica, así que sólo interesaban las primeras dos inclusiones del paquete. Un niño estaba obligado, de los 10 años en adelante, a saber parchar una cámara común de una llanta común de bicicleta, so pena de ser el hazmerreír del colegio, el barrio y quizá el municipio.
El procedimiento era sencillo. Se desarmaba la llanta afectada, se inflaba la cámara totalmente usando una de éstas, se sumergía en la pileta y se buscaba el orificio siguiendo las burbujitas.
Encontrado el agujero, se cortaba un pedazo del caucho suficiente para cubrirlo, se pegaba cuidadosamente con el cemento, y se dejaba secar al sol por, digamos, diez minutos. Voilá: Una cámara lista para seguir rampeando.
Casi todos los que compartimos esa época tenemos ahora al menos nociones básicas de mecánica. Eran horas de engrasar, lijar, apretar tuercas, destornillar, etc. Algo nos tenía que haber quedado.
Hoy ya no puede comprarse el cilindro del que les hablo si no se acredita la mayoría de edad con una identificación oficial. La medida pretende de manera obvia evitar que un menos lo utilice para inhalar cemento. Por supuesto está bien si lo hace un mayor de edad. Pamplinas, es mil veces más probable que sea éste quien lo quiera para malos fines a que el pequeño lo necesite para algo distinto que seguir arreglando su máquina. Pero en fin.
El punto que quería tocar (por lo visto muy hiperbólicamente), es a que de alguna manera, mi generación y algunas anteriores extrapolamos de forma muy curiosa la idea del parche. Los casos son bastantes. La sociedad geek, por ejemplo, puede platicarles por horas de los "parches" o expansiones, que son programas adheribles a otros programas existentes, con intención de mejorarles, añadirles características, subsanar errores existentes y un largo et caeteris. La sociedad médica puede hablarles de las prótesis, implementos cada vez más avanzados, creados por la tecnología más vanguardista con el fin de darle patita al mocho, manita al cucho y ojito al ceguetas, entre muchas otras opciones. ¿No es esto, de alguna forma, un parche?
Hace rato, sin ir más lejos, se me atravesó en el zapping un comercial de Janssen Celig, sobre el parche anticonceptivo. ¿No es esto prodigioso? Es decir, creo que todos en algún momento de la existencia, consideramos que la mejor forma de anticoncepción sería un parche. Claro, asumimos que el parche debía ponerse en la vagina, sellándola (o en la uretra, en su caso, bleh). Para fortuna de aquellos que disfrutamos de penetrar (y de aquellas que gustan de ser penetradas, nuevo bleh), el parche anticonceptivo suele situarse más bien en áreas aledañas a la región pélvica femenina (existe también un parche masculino, pero -mundo machista- todavía está en etapa de desarrollo -cof-patrañas-cof-.
La verdad no se me ocurrió pensar en eso hace varios años, cuando la popularización del parche para dejar de fumar. El principio básico es el mismo: se libera intermitentemente una sustancia al organismo que en un caso, suministra de nicotina al organismo adicto, y en el otro, estimula la producción de hormonas adversas a la fecundación. Recuerdo que una antigua novia lo utilizaba con excelentes resultados y sin efectos secundarios molestos. Así que el parche parece ser una opción confiable, económica y cómoda para dejar de fumar. Digo, para evitar un embarazo.
Eso sí, el parche no evita ningún tipo de contagio de ETS, así que si no confía usted en esa personita que está a punto de introducirle el miembro por la vía que sea, mejor considere el uso del parche a modo de sello de clausura. Seguro es más seguro.
Saludos a todos y todas, excelente semana.
24 marzo 2009
El encanto de la tragedia.
Pienso que no es un secreto que la tristeza es un ente hechicero. Conozco a pocas personas que no sucumben a su embrujo, que no corren atraídas a la representación de un intenso drama teatral, lloran compungidas las desgracias del actor de la película triste o terminan su comida vespertina mirando el culebrón televisivo de moda.
La tristeza es un ser atractivo, bien mirada es incluso bella. ¿A quién no le parece hermoso ver llorar a la mujer que ama? ¿Qué clase de enfermo no se siente movido en las entrañas cuando su propio hijo derrama un par de lágrimas de pura, genuina, límpida tristeza?
Durante muchos siglos, sin embargo, la hemos condenado. Se le señala como en tiempos decimonónicos se señalaba a un leproso, con un rechazo disgustado y afilando los índices para apuntar hacia su portador y huírle. Algunos, generosos malentendientes, llegan incluso a hacerse los héroes y heroínas, acompañando a sol y a sombra al triste, intentando, por medio de todo tipo de estrategias y recursos, disipar esa tristeza.
Hoy vivimos la reivindicación de la tristeza. Cualquier jovencito que me cruzo en el camino tiene una probabilidad de 85% (bastante alta, muy decente, juzgo) de ser un triste. Díganle Emo, si quieren, díganle depresivo si sus estudios en psicología les dan para tanto, pero el punto de balance seguirá siendo el mismo: he ahí un triste.
Por supuesto, motivos sobran. Seamos objetivos. Históricamente, la juventud es una etapa cada vez más vilipendiada. Remontándonos tan sólo cuatro décadas, situado esto, claro, en el país, uno se podía considerar un joven productivo a los catorce o quince años, terminada la secundaria y quizá ya formando parte del sector laboral. A los veinte ya se podía perfectamente estar casado, tal vez con un hijo o dos, pagando una casa, enfrentando las responsabilidades y los placeres de ser un hombre joven. No había tiempo de ponerse triste. Mariconeces.
Siendo mujer, tan pronto como la menstruación tenía a bien tocar a la puerta de los calzones periquita, ya se le consideraba casamentera y se le podía acomodar un buen partido. Y entonces sí, hombre quítate que ahí te voy con las responsabilidades, todo el día rompiéndose la espalda para limpiar, preparar la comida, atender al o los hijos y todavía ponerle buena cara al marido, conservarse guapa, y un largo, larguísimo etcétera. ¿Triste? ¿A qué hora, coño?
Hoy, a los quince años uno todavía es un mocoso pendejo (en todos los casos, no vengan a joder) o una niña malcriada (o bien criada, pero muy probablemente inútil, a menos que facebook, msn, twitter y demás sean considerados de alta utilidad social). Y a los dieciséis igual y quizá a los veinte todavía misma historia. Si tiene uno la fortuna de tener padres consentidores que le sufraguen los estudios, se puede aventar cómodamente hasta los veintitantos años viviendo de chupar sangre, rascándose la genitalia y de fiesta en fiesta. El tiempo sobra.
Es en ese tiempo que sobra que uno se pone triste. Uno se pone triste no como consecuencia (quiero que esto se entienda con claridad), sino como RECURSO.
Pausa leve. Digiera usted esa invaluable perla de sabiduría directo de mi galleta de la suerte de la comida china del domingo. Fin de la pausa. Si usted no digirió, se la peló.
No quiero decir, por supuesto, que no existan motivos reales y concretos para una tristeza justificada. A todos se nos mueren los abuelos, se nos enferma el perro, nos roban el carro, nos descubren un cáncer de no mames en el páncreas. Por supuesto que es válido ponerse triste por eso y créanme, yo estoy de su lado: Pinches desgracias.
Pero. Peeeero. ¿Qué cuando uno está triste y dice no saber por qué? ¿Qué cuando uno viste bien, come bien, le tratan bien en casa, conserva viva hasta la última rama de su árbol genealógico reciente, tiene salud de chino y en general, la fortuna le sonríe? ¿Qué razón tiene para ponerse triste?
...
Disfrute de una nueva pausa para prepararse a recibir nueva información. Hágale un campito ahí, entre los nombres de los últimos ocho novios de Britney Spears, la noticia del divorcio de Madonna, el final sin pulpo-vagina de Watchmen y su contraseña de metroflog.
...
¿Listo?
Pereza.
Pereza. Así de sencillo. Pura vil y celestial pereza. La tristeza de un jovenzuelo chaqueto de esos que abundan con sus flequitos lamidos sobre un lado de la cara, sus pedazos de titanio esterilizado colgando de la trompa, sus guantecitos rotos, sus fiuchitas y negras calaveritas no consiste en nada distinto de la pereza. Los reto a que consigan uno que resista una jornada consistente de
a) Seis horas diarias de una escuela exigente.
b) Seis horas diarias de un empleo duro.
c) Una hora diaria de desplazamientos casa-escuela-trabajo.
d) Una hora de pareja (entendiéndose esto como les dé la gana).
e) Entre seis y ocho horas de sueño.
Verán que en menos de un mes habrán cerrado su metro, dejarán de escribir poemas mamones con las palabras Solitario-Oscuridad-Noche-Lágrimas, y tal vez, incluso, se vuelvan seres humanos con los que se pueda convivir sin desear abofetearlos.
Y no, este no es un ataque a la cultura Emo, Dios me libre de atacar a un contingente tan numeroso. Es un ataque al victimismo de una juventud que reniega del status quo mientras nada alegremente en la mierda que critica. Es como si yo escribiera superación personal o como si Ana Guevara aceptara un cargo como autoridad deportiva. Oh no, ya lo hizo.¡Ana Guevara es una emo!
Nah.
La tristeza es un ser atractivo, bien mirada es incluso bella. ¿A quién no le parece hermoso ver llorar a la mujer que ama? ¿Qué clase de enfermo no se siente movido en las entrañas cuando su propio hijo derrama un par de lágrimas de pura, genuina, límpida tristeza?
Durante muchos siglos, sin embargo, la hemos condenado. Se le señala como en tiempos decimonónicos se señalaba a un leproso, con un rechazo disgustado y afilando los índices para apuntar hacia su portador y huírle. Algunos, generosos malentendientes, llegan incluso a hacerse los héroes y heroínas, acompañando a sol y a sombra al triste, intentando, por medio de todo tipo de estrategias y recursos, disipar esa tristeza.
Hoy vivimos la reivindicación de la tristeza. Cualquier jovencito que me cruzo en el camino tiene una probabilidad de 85% (bastante alta, muy decente, juzgo) de ser un triste. Díganle Emo, si quieren, díganle depresivo si sus estudios en psicología les dan para tanto, pero el punto de balance seguirá siendo el mismo: he ahí un triste.
Por supuesto, motivos sobran. Seamos objetivos. Históricamente, la juventud es una etapa cada vez más vilipendiada. Remontándonos tan sólo cuatro décadas, situado esto, claro, en el país, uno se podía considerar un joven productivo a los catorce o quince años, terminada la secundaria y quizá ya formando parte del sector laboral. A los veinte ya se podía perfectamente estar casado, tal vez con un hijo o dos, pagando una casa, enfrentando las responsabilidades y los placeres de ser un hombre joven. No había tiempo de ponerse triste. Mariconeces.
Siendo mujer, tan pronto como la menstruación tenía a bien tocar a la puerta de los calzones periquita, ya se le consideraba casamentera y se le podía acomodar un buen partido. Y entonces sí, hombre quítate que ahí te voy con las responsabilidades, todo el día rompiéndose la espalda para limpiar, preparar la comida, atender al o los hijos y todavía ponerle buena cara al marido, conservarse guapa, y un largo, larguísimo etcétera. ¿Triste? ¿A qué hora, coño?
Hoy, a los quince años uno todavía es un mocoso pendejo (en todos los casos, no vengan a joder) o una niña malcriada (o bien criada, pero muy probablemente inútil, a menos que facebook, msn, twitter y demás sean considerados de alta utilidad social). Y a los dieciséis igual y quizá a los veinte todavía misma historia. Si tiene uno la fortuna de tener padres consentidores que le sufraguen los estudios, se puede aventar cómodamente hasta los veintitantos años viviendo de chupar sangre, rascándose la genitalia y de fiesta en fiesta. El tiempo sobra.
Es en ese tiempo que sobra que uno se pone triste. Uno se pone triste no como consecuencia (quiero que esto se entienda con claridad), sino como RECURSO.
Pausa leve. Digiera usted esa invaluable perla de sabiduría directo de mi galleta de la suerte de la comida china del domingo. Fin de la pausa. Si usted no digirió, se la peló.
No quiero decir, por supuesto, que no existan motivos reales y concretos para una tristeza justificada. A todos se nos mueren los abuelos, se nos enferma el perro, nos roban el carro, nos descubren un cáncer de no mames en el páncreas. Por supuesto que es válido ponerse triste por eso y créanme, yo estoy de su lado: Pinches desgracias.
Pero. Peeeero. ¿Qué cuando uno está triste y dice no saber por qué? ¿Qué cuando uno viste bien, come bien, le tratan bien en casa, conserva viva hasta la última rama de su árbol genealógico reciente, tiene salud de chino y en general, la fortuna le sonríe? ¿Qué razón tiene para ponerse triste?
...
Disfrute de una nueva pausa para prepararse a recibir nueva información. Hágale un campito ahí, entre los nombres de los últimos ocho novios de Britney Spears, la noticia del divorcio de Madonna, el final sin pulpo-vagina de Watchmen y su contraseña de metroflog.
...
¿Listo?
Pereza.
Pereza. Así de sencillo. Pura vil y celestial pereza. La tristeza de un jovenzuelo chaqueto de esos que abundan con sus flequitos lamidos sobre un lado de la cara, sus pedazos de titanio esterilizado colgando de la trompa, sus guantecitos rotos, sus fiuchitas y negras calaveritas no consiste en nada distinto de la pereza. Los reto a que consigan uno que resista una jornada consistente de
a) Seis horas diarias de una escuela exigente.
b) Seis horas diarias de un empleo duro.
c) Una hora diaria de desplazamientos casa-escuela-trabajo.
d) Una hora de pareja (entendiéndose esto como les dé la gana).
e) Entre seis y ocho horas de sueño.
Verán que en menos de un mes habrán cerrado su metro, dejarán de escribir poemas mamones con las palabras Solitario-Oscuridad-Noche-Lágrimas, y tal vez, incluso, se vuelvan seres humanos con los que se pueda convivir sin desear abofetearlos.
Y no, este no es un ataque a la cultura Emo, Dios me libre de atacar a un contingente tan numeroso. Es un ataque al victimismo de una juventud que reniega del status quo mientras nada alegremente en la mierda que critica. Es como si yo escribiera superación personal o como si Ana Guevara aceptara un cargo como autoridad deportiva. Oh no, ya lo hizo.¡Ana Guevara es una emo!
Nah.
23 marzo 2009
22 marzo 2009
De esas cosas que dijo Gelman antes de que yo tuviera tiempo de decir.
no es para quedarnos en casa que hacemos una casa
no es para quedarnos en el amor que amamos
y no morimos para morir
no es para quedarnos en el amor que amamos
y no morimos para morir
19 marzo 2009
Cuando yo era chiquito
Cuando yo era chiquito pensaba que siempre iba a ser pequeño. Fui el último de mis amigos en dar el estirón, hasta el último año de la preparatoria pensé que estaba condenado a ser por siempre el "enano" "tachuela" "chapis" y todos los ingeniosísimos apodos que me ponían en la bola.
Hoy mido un metro con setenta y siete. No soy nada alto ni sobresalgo en las filas, ni jamás jugaré en la NBA, pero bueno, tampoco arrastro los pantalones ni me tiran carrilla de luchador mini.
Cuando yo era chiquito desarrollé la habilidad de hablar diciendo las palabras de adelante hacia atrás a una velocidad impresionante. No sólo palabras, sino enunciados completos, incluso podía leer en voz alta párrafos enteros empezando por la última letra y terminando por la primera, memorizarlos y repetirlos en forma irreprochable.
Hoy me cuesta trabajo hacer que me entiendan en mi propio idioma y hablando en sentido normal. Ni qué decir de cuando me emociono, que atropello las letras, tartamudeo y varío el volumen tantas veces que parezco bocina de toquín de diez varos.
Cuando yo era chiquito era tremendamente crédulo. Estaba seguro que en el patio de mi casa había un árbol que daba monedas en sus raíces, que los renacuajos eran pequeños seres extraterrestres, que el arbusto de la casa abandonada junto a las oficinas del correo daba huevecitos comestibles y que había un ratón con el que se podía hacer un buen trato monetario a cambio de los dientes caídos.
Hoy me cuesta un trabajo enorme creerle a cualquiera, cualquier cosa.
Cuando yo era chiquito, preparaba junto a mi mejor amigo Andrés algunos sandwiches, unas bolsas de papitas, algunos refrescos, tomábamos las bicicletas y pedaleábamos por muchas horas hasta llegar al río donde acampábamos. Hacíamos muchos planes y prometíamos muchas cosas mientras escuchábamos el caudal correr atropelladamente entre las piedras y veíamos el viento meciendo las copas de las ceibas. Yo pensaba que nunca volvería a tener tan buen amigo como aquel.
Hoy sé que tenía razón.
Hoy mido un metro con setenta y siete. No soy nada alto ni sobresalgo en las filas, ni jamás jugaré en la NBA, pero bueno, tampoco arrastro los pantalones ni me tiran carrilla de luchador mini.
Cuando yo era chiquito desarrollé la habilidad de hablar diciendo las palabras de adelante hacia atrás a una velocidad impresionante. No sólo palabras, sino enunciados completos, incluso podía leer en voz alta párrafos enteros empezando por la última letra y terminando por la primera, memorizarlos y repetirlos en forma irreprochable.
Hoy me cuesta trabajo hacer que me entiendan en mi propio idioma y hablando en sentido normal. Ni qué decir de cuando me emociono, que atropello las letras, tartamudeo y varío el volumen tantas veces que parezco bocina de toquín de diez varos.
Cuando yo era chiquito era tremendamente crédulo. Estaba seguro que en el patio de mi casa había un árbol que daba monedas en sus raíces, que los renacuajos eran pequeños seres extraterrestres, que el arbusto de la casa abandonada junto a las oficinas del correo daba huevecitos comestibles y que había un ratón con el que se podía hacer un buen trato monetario a cambio de los dientes caídos.
Hoy me cuesta un trabajo enorme creerle a cualquiera, cualquier cosa.
Cuando yo era chiquito, preparaba junto a mi mejor amigo Andrés algunos sandwiches, unas bolsas de papitas, algunos refrescos, tomábamos las bicicletas y pedaleábamos por muchas horas hasta llegar al río donde acampábamos. Hacíamos muchos planes y prometíamos muchas cosas mientras escuchábamos el caudal correr atropelladamente entre las piedras y veíamos el viento meciendo las copas de las ceibas. Yo pensaba que nunca volvería a tener tan buen amigo como aquel.
Hoy sé que tenía razón.
13 marzo 2009
Líneas.
La palabra línea es una palabra que me gusta muchísimo. Sirve para referirse a muchas cosas, como todas las palabras, con la sutil pero importante diferencia de que las cosas a las que se refiere suelen ser cosas útiles para mi oficio y además cosas que contienen un hondo significado en mi vida -entendida mi vida como un lapso de recuerdos e interiorizaciones y no propiamente como la conjunción de lapsos sueño-vigilia que normalmente se interpreta como tal.
"Escribí algunas líneas antes de perder el momentum", es una cómoda acepción de la palabra línea para referir un par o media docena o un centenar de renglones. Por lo general no mido mi producción en líneas, sino en cuartillas, y tengo algunos estándares que difícilmente rompo (y no es que haya decidido estandarizar, sino que mi poco oficio literario tiende irremediablemente a la simetría y nunca he sabido por qué). Así, la mayoría de mis cuentos cortos suelen ser de cinco cuartillas, los medianitos de ocho a diez y los muy largos de catorce. Irremediablemente. Mi novelita tiene diecisiete capítulos y en el formato original de word son todos todos de cinco cuartillas exactas, renglón más, renglón menos.
Existen líneas tan reales y tangibles como la línea de coca que un personaje traza a golpes de licencia para jalarse con un hondo suspiro posterior, o la línea quebradiza que un mechón de cabello traza sobre una espalda blanca y esbelta, y hay líneas imaginarias y virtuales como la que una frase traza dibujando un antes y un después, o los límites que uno se marca para llegar sólo hasta ahí, no importando las gotitas de lube que se junten en los labios y los calambres que se agolpen ahí en el nudo nervioso del frénulo.
Este mes me publicaron un cuento en La línea del cosmonauta, una revista literaria sonorense (la mejor, la verdad) relativamente nueva, coordinada por un narrador -Josué Barrera, autor de Pasajeros y Conducta amorosa- y un poeta -Manuel Parra, figurín local-. El diseño de este mes quedó fantástico, publican, además de este servidor: Imanol Caneyada -dos veces ganador del ELS y una vez del Nacional de narrativa Gerardo Cornejo-, Sergio Valenzuela -varias veces ganador del ELS y publicado en España-, entre otros varios. El tiraje fue de setecientos ejemplares y anda rolando por ahí, en cafés y librerías. Si la ven, cómprenla -cuesta sólo $35- y vengan corriendo a decirme qué les pareció mi cuento.
Tengan un fantabuloso fin de semana.
"Escribí algunas líneas antes de perder el momentum", es una cómoda acepción de la palabra línea para referir un par o media docena o un centenar de renglones. Por lo general no mido mi producción en líneas, sino en cuartillas, y tengo algunos estándares que difícilmente rompo (y no es que haya decidido estandarizar, sino que mi poco oficio literario tiende irremediablemente a la simetría y nunca he sabido por qué). Así, la mayoría de mis cuentos cortos suelen ser de cinco cuartillas, los medianitos de ocho a diez y los muy largos de catorce. Irremediablemente. Mi novelita tiene diecisiete capítulos y en el formato original de word son todos todos de cinco cuartillas exactas, renglón más, renglón menos.
Existen líneas tan reales y tangibles como la línea de coca que un personaje traza a golpes de licencia para jalarse con un hondo suspiro posterior, o la línea quebradiza que un mechón de cabello traza sobre una espalda blanca y esbelta, y hay líneas imaginarias y virtuales como la que una frase traza dibujando un antes y un después, o los límites que uno se marca para llegar sólo hasta ahí, no importando las gotitas de lube que se junten en los labios y los calambres que se agolpen ahí en el nudo nervioso del frénulo.
Este mes me publicaron un cuento en La línea del cosmonauta, una revista literaria sonorense (la mejor, la verdad) relativamente nueva, coordinada por un narrador -Josué Barrera, autor de Pasajeros y Conducta amorosa- y un poeta -Manuel Parra, figurín local-. El diseño de este mes quedó fantástico, publican, además de este servidor: Imanol Caneyada -dos veces ganador del ELS y una vez del Nacional de narrativa Gerardo Cornejo-, Sergio Valenzuela -varias veces ganador del ELS y publicado en España-, entre otros varios. El tiraje fue de setecientos ejemplares y anda rolando por ahí, en cafés y librerías. Si la ven, cómprenla -cuesta sólo $35- y vengan corriendo a decirme qué les pareció mi cuento.
Tengan un fantabuloso fin de semana.
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