10 mayo 2014
24 mayo 2013
Manos
Tus manos sabias
se posan en mi
vientre y me hablan del tiempo
de las horas que
corren como arroyos
los minutos
largos como miradas
los días dorados
y marrones de tu pubis
Tus manos sabias
acarician mi
espalda y con su tacto
borran de mi
existencia los pesares
desaparecen los
rastros de memoria
como un oleaje
lavan mi cansancio
me buscan el alma
con las uñas
Tus manos sabias
posan un dedo en
esta torpe boca mía
y con su trino de
pájaros felices
tocan la sed que
me secó los labios
y construyen en
ellos cataratas
de miel y leche y
árboles de fruta
Tus manos sabias
recorren mis orejas
como dos
caracoles andando el ciclo
de la vida
como el sol da la
vuelta al mundo
en el verano
y me regalan con
el don del oído:
la música de tu
cabello desordenado sobre el rostro
las flautas
dulces de tus gotas de sudor
los clavicordios
solemnes de tu risa
el latido
africano de tu sexo
Tus manos sabias
cumplen años
asidas a mis piernas
y caminan con
ellas como raíces
que brotan del
profundo seno de la tierra
y se enredan como
brazos verdes
me pueblan de
saltamontes, catarinas,
escarabajos
azules, mariposas,
tornan mis vellos
oscuros en tabaco,
campos eternos de
café, cañaverales
Tus manos hurgan
en la tierra negra y fresca
de mis prados
encuentran dentro
la vena de mi sexo
y entrelazan sus
venas manantiales
al túnel germinal
el principio del
todo
la multiplicación
de los océanos
y luego vuelven tus
manos
07 mayo 2013
"Sobre la novela de un desconocido que quién sabe si vuelva a escribir"
Ese fue, si no me traiciona la memoria, el fragmento de título que Hermes D. Ceniceros le dio a esta breve reseña de mi primera novela, Dos píldoras azules, en el ahora lejano 2007. Se las comparto después de tantísimo tiempo, porque ahora el Hermes es mi compa, y conseguí por las maravillas de la tecnología, que la rescatara del olvido y me la hiciera llegar. Aquí va:
...
Por Hermes Díaz.
Siglo XXI, muchos queremos ser escritores y retratar nuestras nueva realidad postmoderna en Sonora, renegando de nuestro entorno… Los que estudiamos letras, artes plásticas, comunicación y demás rarezas sin futuro nos movemos gracias a la ebullición de las hormonas y a esa necesidad inseparable de la edad por posicionarnos en nuestro lugar en el mundo con una opinión y una insolencia de: “yo sí sé cómo se deben de hacer las cosas”.
Empezamos a publicar revistas a lo bárbaro; formamos varias capillitas, apadrinadas por viejas capillitas y como por arte de magia descubrimos que todos los caminos llevan al pluma. Pero la realidad nos ha estado saboteando los planes de volvernos los escritores y los intelectuales que este estado necesitan. Tal vez sean los Valores Sonora o el Sonora Proyecta de Bours que generan una inestabilidad y un vacio nefastos para la sincera creación literaria y el desarrollo intelectual o que aun nos hace falta madurar, crecer, viajar y conocer mundo; quizás también sea una combinación de las dos opciones anteriores o que nos han faltado el valor y la disciplina para sentarnos a escribir en serio.
Aun así, en este panorama un desconocido por el medio de las capillitas literarias gana en el género de novela el concurso del libro sonorense en el 2006. Es un tal Gerardo Hernandez Jacobo que nació en Navojoa, creció en Huatabampo, Hermosillo y Guadalajara y que según me conto el Iván Figueroa, quien estuvo encargado de la publicación de su libro: “el bato bien aca, como si no le importara, dijo que estaba escribiendo otro libro pero que no sabía que pedo”.
La novela de este desconocido, Dos píldoras azules, está lejos de ser la gran obra que todos los de una generación de revisteros soñamos escribir. En la primera parte las voces narrativas se confunden, incluso llega a ser tedioso y soso, pero conforme se avanza la trama empieza a volverse interesante, los personajes cobran vida y las atmosferas se vuelven creíbles. Podría decirse que pasando el primer tercio los dos tercios restantes son un excelente relato largo.
El tema es un ajuste de cuentas en una ciudad consumida por la corrupción en todos los niveles, el sexo, las drogas están a la orden del día. Es una novela donde no hay héroes ingenuos sino antihéroes humanos, que de alguna manera proyectan como somos en y como vivimos los del desierto.
Quizás nuestro desconocido no se convierta en el escritor de una generación de revisteros pretenciosos, pero su insolencia lo llevo a escribir una novela que vale la pena leer y reconocer como la primera de una generación que aun no ha podido tener una producción literaria interesante y verdaderamente propositiva.
...
Por Hermes Díaz.
Siglo XXI, muchos queremos ser escritores y retratar nuestras nueva realidad postmoderna en Sonora, renegando de nuestro entorno… Los que estudiamos letras, artes plásticas, comunicación y demás rarezas sin futuro nos movemos gracias a la ebullición de las hormonas y a esa necesidad inseparable de la edad por posicionarnos en nuestro lugar en el mundo con una opinión y una insolencia de: “yo sí sé cómo se deben de hacer las cosas”.
Empezamos a publicar revistas a lo bárbaro; formamos varias capillitas, apadrinadas por viejas capillitas y como por arte de magia descubrimos que todos los caminos llevan al pluma. Pero la realidad nos ha estado saboteando los planes de volvernos los escritores y los intelectuales que este estado necesitan. Tal vez sean los Valores Sonora o el Sonora Proyecta de Bours que generan una inestabilidad y un vacio nefastos para la sincera creación literaria y el desarrollo intelectual o que aun nos hace falta madurar, crecer, viajar y conocer mundo; quizás también sea una combinación de las dos opciones anteriores o que nos han faltado el valor y la disciplina para sentarnos a escribir en serio.
Aun así, en este panorama un desconocido por el medio de las capillitas literarias gana en el género de novela el concurso del libro sonorense en el 2006. Es un tal Gerardo Hernandez Jacobo que nació en Navojoa, creció en Huatabampo, Hermosillo y Guadalajara y que según me conto el Iván Figueroa, quien estuvo encargado de la publicación de su libro: “el bato bien aca, como si no le importara, dijo que estaba escribiendo otro libro pero que no sabía que pedo”.
La novela de este desconocido, Dos píldoras azules, está lejos de ser la gran obra que todos los de una generación de revisteros soñamos escribir. En la primera parte las voces narrativas se confunden, incluso llega a ser tedioso y soso, pero conforme se avanza la trama empieza a volverse interesante, los personajes cobran vida y las atmosferas se vuelven creíbles. Podría decirse que pasando el primer tercio los dos tercios restantes son un excelente relato largo.
El tema es un ajuste de cuentas en una ciudad consumida por la corrupción en todos los niveles, el sexo, las drogas están a la orden del día. Es una novela donde no hay héroes ingenuos sino antihéroes humanos, que de alguna manera proyectan como somos en y como vivimos los del desierto.
Quizás nuestro desconocido no se convierta en el escritor de una generación de revisteros pretenciosos, pero su insolencia lo llevo a escribir una novela que vale la pena leer y reconocer como la primera de una generación que aun no ha podido tener una producción literaria interesante y verdaderamente propositiva.
26 marzo 2013
Manías de escritor
He descubierto en el enorme baúl de mis manías
viejas y nuevas, la de quitarme los lentes para escribir. Antes solía
quitármelos también para comer. Esto último no es tan ilógico, pues suelo comer
en un área segura —el comedor— donde corro pocos riesgos de comer algo tóxico o
beber un solvente industrial —los cuales guardo en el refrigerador para
beberlos fríos— y por tanto comer sin lentes no entraña nunca un gran riesgo. Además,
no me sentía cómodo comiendo con ellos, pues mis lentes tienen la manía de
comer solos, cuando nadie los mira, y por lo general comen minifaldas, piernas
lindas o pequeños ombligos de moderada profundidad. También mis lentes tienen
sus manías y no seré yo el ingrato que los reprenda por ello.
Escribir sin lentes, por el contrario, tiene una
incongruencia burda, como una cuerda demasiado justa en la guitarra, que
provoca con grosero tang donde esperamos un melodioso ting, pues es por lo
menos deseable que un escritor revise un par de buenas veces lo que está
escribiendo, y elimine los tangs o por lo menos los convierta en tings, antes
de que el eventual lector llegue a enfrentarse con el texto. Y no es que yo no
vea sin lentes —mi vista sigue siendo bastante decente, a pesar de lo que les
decía de los ombligos y las minifaldas, y con su ligera graduación mis lentes
sirven más para el reposo que para aumentar en forma prodigiosa el alcance de
mis ojos— pero tampoco es que me estorben para escribir. Sin embargo suelo
quitármelos.
Al escribir esto soy consciente de pronto de que
también suelo quitarme el anillo que uso siempre en el anular izquierdo y el
reloj grueso que suelo llevar en la muñeca, a pesar de que ninguno —anillo y
reloj— me estorban en lo más mínimo a la hora de la escritura creativa o de
cualquier tipo. Esto me recuerda a aquella ocasión en que una mujer, en las
postrimerías del amor, sollozó mientras buscaba sus pantaletas en el suelo
porque yo, en las prisas del juego previo, había olvidado retirarme los
calcetines. Al parecer hay una regla, traída directamente del porno, de que uno
solo se deja los calcetines con las amantes de ocasión y las mujeres
intrascendentes. Para el acostón esporádico, por algún motivo que ignoro, el
calcetín es una prenda aceptable y hasta imprescindible. Sin embargo, la mujer
amada, la pareja estable e incluso la amante de guardia, tienen derecho al pie
descalzo y a la vista nada romántica de mis empeines peludos y mis uñas mal
recortadas.
¿Qué tipo de intimidad o de callada aceptación
rodea al pie desnudo? No lo sé, pero pregúntenselo ustedes a aquella persona
con la que habitualmente humedecen sus tendidos y quizá obtengan respuestas
mejores que las mías. Yo sólo sé que desembarazarse de la ropa —de toda ella—
es un acto íntimo, de exposición y de fragilidad confiada y de una cierta
aceptación de la vulnerabilidad, y quizá en ese punto está el germen de mi
manía de quitarme lentes, anillo y reloj para escribir. Quizá sea una forma de
pararse frente al río de lo literario, poblado de los caimanes del cliché, las
pirañas de la indisciplina y las piedras filosas del error gramatical, meterse
el cuchillo entre los dientes y brincar, confiado, hacia el quién sabe.
25 marzo 2013
Fábulas con inmoraleja (Con perdón de Esopo)
El perro de las dos tortas.
Un perro que caminaba por la ribera del río cargando en su hocico una
deliciosa torta, volteó de pronto hacia abajo y vio ahí a otro perro con una
torta aún más apetecible que la suya. Deteniéndose a pensar un poco, el perro
concluyó que aquel era sólo su propio reflejo, pero analizando las propiedades
mercadotécnicas de hacer que la comida se viera más apetecible en imagen que en
la realidad, el perro decidió fundar Mc Donalds, Carl’s Jr. Y Burger King, y el
día de hoy es multimillonario. ¡Guau!
Juanito y el lobo.
Un pequeño pastor llamado Juanito, llevaba a su rebaño de ovejas
diariamente para que comieran algo de pasto y hierbajos en la cima de una
montaña a las afueras del pueblo. Como se aburría allá arriba, su mayor
diversión consistía en gritar con vehemencia “¡El lobo! ¡Es el lobo!” para que
todo el pueblo lo escuchase y acudiere en su ayuda. Al llegar, los pueblerinos
descubrían que no había lobo y que Juanito los había engañado. Varias veces lo
hizo, hasta que un día, un Lobo 2013 con siete sicarios fuertemente armados
levantaron a Juanito para encobijarlo. No lo hemos vuelto a ver.
El perro en el pajar.
Un perro se metió un día en el pajar de una granja, y gruñía fieramente a
las bestias que se acercaban con la intención de comer. Bueyes, vacas y potros
rondaban hasta la puerta, solo para encontrarse las babeantes fauces del perro
que les ladraba para ahuyentarlos.
“Pero los perros no comen paja- dijo el buey -¿por qué no nos deja comerla
a nosotros?”
Nadie sabía que el perro tenía el monopolio de los espantapájaros de los
ranchos locales.
20 marzo 2013
Mi pequeña armada propia y privada
Pido un minuto de su atención para mi lonchera verde. Reclamo de su tiempo,
oh, caros lectores, oh, nobles transeúntes de esta letra, para la minúscula
caja de metal en la que mañana tras mañana, transporto mis viandas hasta el
vetusto edificio donde discurren mis labores.
Miradla ahí, metálica y verde, metálica y brillante, metálica y fría.
Conteniendo dentro el calor necesario para que mis pábulos se conserven
apetecibles el tiempo necesario. A veces no se abre hasta las dos o tres de la
tarde, y entonces, en silencio, me contempla por más de cuatro horas,
esperándome, paciente, mudo recordatorio de que ella guarda, ahí dentro, sin
falsas esperanzas, la provisión que habrá de mantenerme lúcido y nutrido.
Hay en su cerrojo algo de callado asombro, algo de insólito y sagaz
conocimiento. En ese recinto plateado donde anidan las posibilidades, recae la
seguridad de mis antojos. Hay días en que no sé los secretos que guarda en sus
entrañas. Días en que me sorprende con oleajes de crema y cereales, o con olores
antiquísimos y sazones ancestrales envueltas en tortillas de harina. Días en
que sólo alberga el más dulce de los panes. A veces, como en el cantar de los
cantares, pienso al verla: “hay miel y leche debajo de tu lengua, amada mía”. Y
es que a veces, en el fragor salivante de las once treinta en la mañana, yo amo
desaforadamente a mi lonchera.
Junto a ella, guardián incansable de su espalda, fiel soldado al costado de
sus armas, se yergue sólido y platinado mi termo de café. Su sombrero negro
galante le cubre la cabeza, y el asa es un brazo saludando marcialmente al
superior. Siempre lo encuentro en pose de saludo, lo imagino gritando un “¡soldado
del café, sin novedad en el frente, señor!”. Es el primer trompeta del
regimiento y por las mañanas es él quien despierta a la tropa jovial e
indisciplinada de mi cuerpo. Luego viste su uniforme oscuro y cálido y toma su
lugar junto a la lonchera, bajo la luz siempre encendida del monitor y vela
paciente por la tranquilidad del recinto. Cuando huele a café no es otra cosa
que los recorridos de patrulla que el primer trompeta hace por los alrededores.
Yo pido este minuto para ellos, soldados siempre anónimos de lo menos
granado del regimiento. Sus uniformes sencillos sin medallas hablan poco del
mérito que tienen. Son los que mantienen a flote esta mi nave, bregando estas
mis velas, sin esperar el corazón púrpura o el almirantazgo prometido. Me miran
tranquilos, desde ahí donde viven despacio sus misiones. Me contemplan en
calma, con la satisfacción de su deber cumplido. Yo soy su patria y me ven
sano. Así son los soldados buenos, los que habitan solamente en la ficción.
14 febrero 2013
Hola, hombre de 30.
No estamos hablando de que nada sea viejo, o demasiado joven; tampoco
estamos diciendo que sea el desgaste el cáncer que nos ha comido. Tan solo,
simplemente, decimos que las cosas pasan y se van, como los días, el tiempo y
la corriente de un río, que es a la vez siempre otra y siempre la misma.
Eso es todo lo que estamos diciendo, y aunque parezca poco, es decirlo
todo, decir lo demasiado. Decir y al terminar de decir, ya no tener más nada
que decir. Esforzarse para tener de nuevo qué decir. Porque nos hemos consumido
en nada, en el simple transcurso de los sueños y vigilias predestinados. En comer
y dormir y cagar, porque hay que cagar, dormir y comer y porque una cosa lleva
a la otra y la otra vuelve a la primera.
No estamos, digo, demasiado viejos. Pero en definitiva ya no somos demasiado
jóvenes. No encontrarás savia fresca si cortas esta piel, pero en definitiva,
tampoco estamos hechos de la fibra apropiada para un juego de valijas. Esta es
una época triste, en la que ya no tienes el refugio de la inexperiencia, la tozudez
y el frescor que la inocencia rocía como brisa matinal, pero aún no llegan las
hojas doradas, la paja tibia, la nieve ligera sobre el tejado de tu pelo. Eres middle
age crisis. Eres “señor” para las niñas apenas reventando las flores de sus
senos, cuyas piernas apenas depiladas te causan todavía un letal calambre en la
entrepierna. Podrías ser, no su padre, pero sí su querido tío.
Eres auto nuevo
y ropa perfecta. Eres rasurado impecable y perfume caro. Eres ipad, iphone y
gps. Eres visa gold y crédito en Liverpool. Ya no eres cincuenta pesos en el peluquero,
sino trescientos en el salón spa. Has olvidado el escalofrío de la navaja
estilo Butch Cassidy afilándose en el cuero, sumergido en la delicia de fresca
lavanda del champú herbal de Paul Mitchell, que unos dedos entrenados
desvanecen en tu melena acicalada. Ya no eres Saint Seiya y Dragon Ball, no
siquiera Headbangers y Raizónica. Ni hablar de Ren y Stimpy. Ahora eres
FoxLife, Queer Eye for the Straight Guy y casi siempre ESPN.
Tu pene ha dejado de ser un dictador, para ser relegado a un accesorio. Lo cuidas
con esmero, como tus uñas o las nuevas ojeras de los treinta, pero ya no
gobierna más tu vida. Todos los dictadores derrocados son miserables y tu pene
no es la excepción. El apetito se ha refinado y es para siempre. Ya no sufres
de un síndrome de polinización imperativa de cuanta púber cruce miradas
contigo, pero ahora has entrado a un grupo peor: el gourmet sexual. No te
engañes. No eres mejor por haber dejado atrás el sexo rápido y torpe en
autobuses oscuros y salas familiares deshabitadas. El que necesites edulcorar
tus faenas con una cena bien conversada en ese lugar de comida vietnamita, una
hora de baile en el lugar de moda y lencería de quinientos dólares comprada por
internet es aún más patético. Al final entenderás que el sexo es siempre el
sexo. Y entre más barato, mejor. Terminarás eyaculando entre jadeos tres o
cuatro gotas tristes, y no sin evocar con añoranza el recuerdo de unas piernas
morenas saliendo por debajo de la falda a cuadros de tu novia del colegio.
Desearás
una mujer que no te deje penetrarla, sino apenas frotarte contra ella como en
los escarceos de tus dieciséis. Anhelarás una piel que no huela a Givenchy,
sino un poco a Rexona y un poco a Chamoy. Buscarás la portada del “dónde
jugarán las niñas” de Molotov para masturbarte rabiosamente a las cuatro de la
mañana, cuando todas tus conquistas se hayan dormido o te hayan dicho que no
las llames más hasta que estés listo para ofrecerles una vida de mierda en un
fraccionamiento de interés social, una quincena raquítica y un divorcio lo más
violento posible.
Depositarás tu semen caliente en un pañuelo que luego irá a la basura y te
dormirás pensando cómo es que tu vida llegó a ser esta caricatura dantesca,
cómo te convertiste en esta cosa despreciable y nimia, dónde fueron muriendo
uno a uno tus propósitos vitales.
Luego tendrás sueños hermosos y despertarás listo para vivir un nuevo día. Bienvenido
al resto de tu vida.
09 agosto 2012
No robes mi paz mientras llovizna.
Respirar. Afuera llueve. No recuerdo un verano en el que lloviera tanto en la ciudad. Respirar. Desde hace semanas las ranas se congregan en mi patio, bajo el naranjo y el limón y miran a la montaña mientras croan y croan y croan. Respirar. Después de llover sopla una brisa ligera y el aroma de azahares llena la casa, rezuma las habitaciones y parece devolverle a todo la vida ausente. La oscuridad es casi perfecta. Casi. Las ranas croan y dan un par de saltos sin orden aparente. Sus patas se flexionan y tensan y las veo elevarse veinte o treinta centímetros y de pronto están en otro lugar, fichas móviles de un tablero de damas. Veo los lomos brillantes y viscosos. Pienso en las bolsas de sal que guardo en la cocina. Respirar. Mis impulsos ranicidas son pasajeros, como los homicidas y los suicidas que a veces pasan también por aquí y se quedan un rato, como las ranas, mirando a la montaña.
Respirar. Alrededor de los pilares de hierro del pórtico se forman unos charcos pequeños y llenos de piedrecillas que me recuerdan irremediablemente a mi niñez. Sin embargo, los charcos de mi niñez eran de tierra oscura y agua sucia, a diferencia de estos pequeños estancos de agua muy limpia y piedrecillas como arena en el fondo. Recuerdo con distorsión mi propia infancia y sabiendo eso, dudo de todos mis otros recuerdos. Respirar.
Pienso en tu odio. Pienso en lo visceral de tu odio. Pienso en lo anacrónico de tu odio. Tu odio hacia mí. Tu odio hacia tu recuerdo de mí. Ya no puedes odiarme. Ya no me conoces. Ese que fui entonces ya no existe. Ese que recuerdas fue un tipo distinto. Ese mal recuerdo al que te aferras en odiar, esa piltrafa a la que pateas en el suelo, a la que le escupes todo el veneno que guardas, ese nadie, ese ninguno al que vomitas encima, en el que gustosamente te cagarías o molerías a golpes, no sobrevivió. Respirar. Tu odio sigue aquí, vigente, contenido, encapsulado en esas palabras que engolas una tras otra. Tu odio no es para mí desde hace tiempo. Tu odio fue durante demasiado tiempo mi odio. Me odié más de lo que tú podrías odiarme por más tiempo del que podrías odiarme, con mejores razones de las que tuviste para odiarme. Al final el odio es como el fuego que arrasa con todo y lo reduce a cenizas, a escombros, a ruinas, pero cuando lo ha consumido todo no puede seguirse alimentando y se extingue. Respirar. Tu odio sigue vivo porque lo alimentas con las cosas que no te perdonas.
Respirar. Afuera llueve. Las gotas caen indiferentes a tu odio o a mi indiferencia por tu odio. Ya no me conmueves. No lo haces porque ya no hay razones para que me conmuevas. Al igual que ese yo al que aborreces, todo lo que amé de ti murió. Si ya no eres esa a quien amaba, ¿cómo podrías conmoverme? Yo no te compadezco. Los recursos esos melodramáticos, los "lo siento por ti", no son para nosotros. Yo creía conocerte hasta que te hice daño, entonces te conocí. Respirar. El viento vuelve a mecer el naranjo. la tierra del patio está cubierta de limones pequeños y amarillos que el viento arrancó y que viven su primera madurez como despojos en esa tierra húmeda, entre hormigueros y las ramas secas que más tarde quizá haga arder si no me derrota el sueño.
Yo te amé. Te lastimé y Te perdí. Cumplí mi ciclo completo y luego te solté. Mi pecado fue tan fuerte como mi penitencia y desde que pagué mis culpas, soy un hombre libre. Tus palabras no son mis grilletes. Tu odio no es mi cadena. Tú eres la única posesionaria de tus rencores y lo seguirás siendo el tiempo que quieras. Siempre fuiste testaruda. Esa es otra cosa de ti que me gustaba. Yo nunca quise cambiarte. Aún hoy, no lo haría. Mi tranquilidad, mi paz, no tienen nada qué ver contigo. Tus arranques, tus vituperios, me son tan relevantes como esa lluvia mansa y plácida que cae afuera, sobre el naranjo, los troncos y las ranas. Son un buen pretexto para escribir un poco, una anécdota para tostar café con mis dos buenos amigos. Un mal sabor de boca alguna madrugada. Ensucias mi recuerdo de ti y debo confesarte, con mucha pena, que eso me parece de mal gusto. Un defecto que nunca pensé que tuvieras.
Respirar. Alrededor de los pilares de hierro del pórtico se forman unos charcos pequeños y llenos de piedrecillas que me recuerdan irremediablemente a mi niñez. Sin embargo, los charcos de mi niñez eran de tierra oscura y agua sucia, a diferencia de estos pequeños estancos de agua muy limpia y piedrecillas como arena en el fondo. Recuerdo con distorsión mi propia infancia y sabiendo eso, dudo de todos mis otros recuerdos. Respirar.
Pienso en tu odio. Pienso en lo visceral de tu odio. Pienso en lo anacrónico de tu odio. Tu odio hacia mí. Tu odio hacia tu recuerdo de mí. Ya no puedes odiarme. Ya no me conoces. Ese que fui entonces ya no existe. Ese que recuerdas fue un tipo distinto. Ese mal recuerdo al que te aferras en odiar, esa piltrafa a la que pateas en el suelo, a la que le escupes todo el veneno que guardas, ese nadie, ese ninguno al que vomitas encima, en el que gustosamente te cagarías o molerías a golpes, no sobrevivió. Respirar. Tu odio sigue aquí, vigente, contenido, encapsulado en esas palabras que engolas una tras otra. Tu odio no es para mí desde hace tiempo. Tu odio fue durante demasiado tiempo mi odio. Me odié más de lo que tú podrías odiarme por más tiempo del que podrías odiarme, con mejores razones de las que tuviste para odiarme. Al final el odio es como el fuego que arrasa con todo y lo reduce a cenizas, a escombros, a ruinas, pero cuando lo ha consumido todo no puede seguirse alimentando y se extingue. Respirar. Tu odio sigue vivo porque lo alimentas con las cosas que no te perdonas.
Respirar. Afuera llueve. Las gotas caen indiferentes a tu odio o a mi indiferencia por tu odio. Ya no me conmueves. No lo haces porque ya no hay razones para que me conmuevas. Al igual que ese yo al que aborreces, todo lo que amé de ti murió. Si ya no eres esa a quien amaba, ¿cómo podrías conmoverme? Yo no te compadezco. Los recursos esos melodramáticos, los "lo siento por ti", no son para nosotros. Yo creía conocerte hasta que te hice daño, entonces te conocí. Respirar. El viento vuelve a mecer el naranjo. la tierra del patio está cubierta de limones pequeños y amarillos que el viento arrancó y que viven su primera madurez como despojos en esa tierra húmeda, entre hormigueros y las ramas secas que más tarde quizá haga arder si no me derrota el sueño.
Yo te amé. Te lastimé y Te perdí. Cumplí mi ciclo completo y luego te solté. Mi pecado fue tan fuerte como mi penitencia y desde que pagué mis culpas, soy un hombre libre. Tus palabras no son mis grilletes. Tu odio no es mi cadena. Tú eres la única posesionaria de tus rencores y lo seguirás siendo el tiempo que quieras. Siempre fuiste testaruda. Esa es otra cosa de ti que me gustaba. Yo nunca quise cambiarte. Aún hoy, no lo haría. Mi tranquilidad, mi paz, no tienen nada qué ver contigo. Tus arranques, tus vituperios, me son tan relevantes como esa lluvia mansa y plácida que cae afuera, sobre el naranjo, los troncos y las ranas. Son un buen pretexto para escribir un poco, una anécdota para tostar café con mis dos buenos amigos. Un mal sabor de boca alguna madrugada. Ensucias mi recuerdo de ti y debo confesarte, con mucha pena, que eso me parece de mal gusto. Un defecto que nunca pensé que tuvieras.
03 julio 2012
detesto...
...encontrarme con gente que te conoce y me conoce y que sabe de nosotros y nuestro ya no más nosotros y que de repente, tras las dos o tres frases de saludo, de pronto miren de reojo a su derecha y piensen en preguntarme por ti, por aquel nosotros que se fue y luego espanten el pensamiento como nube de moscas y me pregunten cómo va todo, qué es de mí, cuántos nuevos planes tengo para la vida que me queda, para esto que me queda y que llaman vida, por no encontrar un nombre mejor.
30 junio 2012
Silencio en el que nada se mueve
Cuánto me hago daño cada vez que miro las fotos que me diste
(cómo me hago daño, este dulce, grato, dolorosísimo daño)
Fotos en las que a veces estoy contigo, como acompañándote, como siendo tuyo
(aunque hoy, todavía, así de lejos y de muerto para ti yo siga
acompañándote y siendo tan tuyo)
y en las que a veces estás sola pero conmigo, porque en tus ojos estoy solo
y sé que estás mirándome con ese mirar de casi niña, que baja la frente y eleva los ojos
y clama, suplica, exige de mi amor sólo los frutos más dulces y radiantes
(aunque de mi amor ya no haya frutos, ni flores, sino solo el otoño amarillo,
de muerte fría y sepia que es mi amor desde que se fue contigo para siempre).
Cuánto quisiera pensar que lees esto, que mis palabras todavía resuenan en las habitaciones
más oscuras de la casa de tu mente
(y cuánto quisiera pensar que no lees esto, que me olvidaste por fin, que soy solo el mal recuerdo que merezco)
para escribirte más cosas y decirte más mentiras disfrazadas de verdades que son mentiras pero son las
más genuinas, auténticas y fieles palabras que nunca dije a nadie.
(porque solo contigo he sido labios tibios en la lluvia,
un abrazo interminable en el océano,
una bachata bajo el agua que aún sigue resonándome en el pecho)
Pero sé que nada es más cierto que toda la tierra que por fin nos separa
que todo el amor que se murió esperando
como se mueren con el frío las últimas flores del cerezo
cubriendo el suelo con el último refugio de toda su belleza
(la misma belleza frágil, imperecedera y viva que tienes en todas esas fotos
que tanto daño me hago cuando miro
y te encuentro todavía igual, pero con ese que yo fui,
la última vez que fui feliz).
(cómo me hago daño, este dulce, grato, dolorosísimo daño)
Fotos en las que a veces estoy contigo, como acompañándote, como siendo tuyo
(aunque hoy, todavía, así de lejos y de muerto para ti yo siga
acompañándote y siendo tan tuyo)
y en las que a veces estás sola pero conmigo, porque en tus ojos estoy solo
y sé que estás mirándome con ese mirar de casi niña, que baja la frente y eleva los ojos
y clama, suplica, exige de mi amor sólo los frutos más dulces y radiantes
(aunque de mi amor ya no haya frutos, ni flores, sino solo el otoño amarillo,
de muerte fría y sepia que es mi amor desde que se fue contigo para siempre).
Cuánto quisiera pensar que lees esto, que mis palabras todavía resuenan en las habitaciones
más oscuras de la casa de tu mente
(y cuánto quisiera pensar que no lees esto, que me olvidaste por fin, que soy solo el mal recuerdo que merezco)
para escribirte más cosas y decirte más mentiras disfrazadas de verdades que son mentiras pero son las
más genuinas, auténticas y fieles palabras que nunca dije a nadie.
(porque solo contigo he sido labios tibios en la lluvia,
un abrazo interminable en el océano,
una bachata bajo el agua que aún sigue resonándome en el pecho)
Pero sé que nada es más cierto que toda la tierra que por fin nos separa
que todo el amor que se murió esperando
como se mueren con el frío las últimas flores del cerezo
cubriendo el suelo con el último refugio de toda su belleza
(la misma belleza frágil, imperecedera y viva que tienes en todas esas fotos
que tanto daño me hago cuando miro
y te encuentro todavía igual, pero con ese que yo fui,
la última vez que fui feliz).
11 mayo 2012
Hace horas se cumplió exactamente un año de la última vez que cruzamos palabra.
Un año.
365 días completos sin escuchar para nada, ni remotamente, un eco siquiera de tu voz, después de que esa voz lo fuera absolutamente todo para mí. Después de que esa voz me despertara, me llevara a dormir, me diera fuerzas y ánimos para pensar que podía romper el mundo en dos madrazos. Después de que esa voz me cantara una canción a medio mundo de distancia y yo me enamorara como un pendejo para siempre.
Y hace un año la escuché por última vez.
Yo sé que esto ya no es nada para ti (y soy justo, sé que eso es lo correcto), pero a mí no me queda nada más que esto. Venir y dejarlo aquí, vomitarlo, sangrarlo y gritarlo aquí, porque donde tú estés, sea donde sea, ya pasó un año y no es como aquí, que todo mundo me dice que ha pasado un año y yo me abro el corazón y te busco y ahí estás toda completa, con todas las raíces intactas como si fuera Agosto en Manzanillo o Enero en aquel hotel ruinoso de Mariano de la Bárcena o cualquier día del pasado remotísimo en el que ayer hubiera sido solo tu cuarto cumpleaños conmigo. Y no mi primer año sin ti.
Daría lo que fuera por no volverte a soñar nunca. Por no tener que conformarme con eso.
Feliz cumpleaños. Ayer.
Un año.
365 días completos sin escuchar para nada, ni remotamente, un eco siquiera de tu voz, después de que esa voz lo fuera absolutamente todo para mí. Después de que esa voz me despertara, me llevara a dormir, me diera fuerzas y ánimos para pensar que podía romper el mundo en dos madrazos. Después de que esa voz me cantara una canción a medio mundo de distancia y yo me enamorara como un pendejo para siempre.
Y hace un año la escuché por última vez.
Yo sé que esto ya no es nada para ti (y soy justo, sé que eso es lo correcto), pero a mí no me queda nada más que esto. Venir y dejarlo aquí, vomitarlo, sangrarlo y gritarlo aquí, porque donde tú estés, sea donde sea, ya pasó un año y no es como aquí, que todo mundo me dice que ha pasado un año y yo me abro el corazón y te busco y ahí estás toda completa, con todas las raíces intactas como si fuera Agosto en Manzanillo o Enero en aquel hotel ruinoso de Mariano de la Bárcena o cualquier día del pasado remotísimo en el que ayer hubiera sido solo tu cuarto cumpleaños conmigo. Y no mi primer año sin ti.
Daría lo que fuera por no volverte a soñar nunca. Por no tener que conformarme con eso.
Feliz cumpleaños. Ayer.
27 noviembre 2011
Patos de mar
Hay en mi armario una puerta que uso siempre. Todos los dias me procuro de ahí reloj, cartera y algún otro ítem. Esa puerta protege o guarda, no lo sé de cierto, una foto donde nosotros (aunque ya no deba usar esa palabra) nos besamos. Cada vez que abro esa puerta la imagen me mira y yo la miro. El portarretratos fue un regalo suyo, y lo compró para mí en ese mismo viaje.
Detrás la playa, que atardece y va tornándose roja, un par de aves que vuelan quién sabe a dónde. En primer plano ella, su cabello siempre hermoso jugando con el viento, su boca adherida a la mía, con esa dulzura y esa entrega completísima que siempre supo poner cuando la unía con la mía. Y yo, víctima insalvable de uno de esos besos con los que ella podría haber obtenido de mí lo que quisiera, incluida toda la sangre de mi cuerpo.
Sé que ya no debería tener esa foto. Que pronto será un año sin ella. Que no más. Pero yo guardo esa foto y sigo soñando todas las noches con ella. La única diferencia es que ahora eso significa despertar cada día un poco más triste. Es decir, viceversa.
Detrás la playa, que atardece y va tornándose roja, un par de aves que vuelan quién sabe a dónde. En primer plano ella, su cabello siempre hermoso jugando con el viento, su boca adherida a la mía, con esa dulzura y esa entrega completísima que siempre supo poner cuando la unía con la mía. Y yo, víctima insalvable de uno de esos besos con los que ella podría haber obtenido de mí lo que quisiera, incluida toda la sangre de mi cuerpo.
Sé que ya no debería tener esa foto. Que pronto será un año sin ella. Que no más. Pero yo guardo esa foto y sigo soñando todas las noches con ella. La única diferencia es que ahora eso significa despertar cada día un poco más triste. Es decir, viceversa.
24 noviembre 2011
Hola, gente del internet.
Noticias del mundo: Me he unido al universo del Kindle, así que a partir de ya, pueden comprar mi más reciente libro (Crucigrama, Novela, 2011) en amazon.com para el maravilloso aparatito ese.
Les dejo el enlace en la barra de la derecha, dando click en la portada de Crucigrama.
El libro cuesta 1 dólar, por la maravilla del e-book que no requiere papel, tinta, ni nada mas que bytes. Cómprenlo, léanlo, vuelvan.
En aproximadamente una semana o dos estará disponible también mi novela anterior (Dos píldoras azules, 2007) y quizá me decida también con mi cuentario (Equívocos y Ficciones, 2009).
Saludos vulcanos. Cambio y fuera.
El libro cuesta 1 dólar, por la maravilla del e-book que no requiere papel, tinta, ni nada mas que bytes. Cómprenlo, léanlo, vuelvan.
En aproximadamente una semana o dos estará disponible también mi novela anterior (Dos píldoras azules, 2007) y quizá me decida también con mi cuentario (Equívocos y Ficciones, 2009).
Saludos vulcanos. Cambio y fuera.
20 noviembre 2011
El elemento Pop
Nada de lo que escribo es nuevo. Nada de lo que escribo es nuevo porque utilizo un idioma que yo no inventé, siguiendo reglas gramaticales que tampoco inventé y queriéndolo o no, sigo de forma inconsciente con muchas de las influencias de grandes maestros de la narrativa a la hora de ejecutar mi propia prosa. Nada de lo que escribo es nuevo, porque remo en un mar finito de palabras y mi único mérito es buscar combinaciones estéticamente afortunadas para que esas palabras se lean de una forma rítmica y tengan una melodía coherente, un sentido último al lector.
Dicen que soy un creador, pero yo sé que no tengo el don de la vida. No puedo crear a la manera divina (existir viene literalmente de ex sistere: salir de la nada) y acaso puedo aspirar a contar historias que no se han contado de esta manera (muchas veces descubro que sí, ya se habían contado, y hasta mejor). Sin embargo escribo porque soy un poco necio y un poco perezoso. Un poco necio para dejar de hacer algo para lo que siento que tengo aptitudes y un poco perezoso para dedicarme a la música, las artes plásticas o el macramé.
Hay un elemento secreto, un gramo de locura en todos los que decidimos dedicarnos a lo creativo y hacer piruetas mentales un día sí y otro no, con el afán de describir realidades secretas, y es ese elemento el que no suele dar reposo, un poco a la manera del hambre, que uno trata de ignorar yéndose temprano a la cama o fumando un cigarrillo, pero que sigue ahí, clavándose de a pocos en el vientre hasta que uno la sacia con comida y no otra cosa que comida. Un poco así.
Soy muy infeliz cuando no escribo. Puedo escribir esa frase al revés. Cuando soy muy infeliz, escribo. Realmente la frase al revés debía ser Cuando no escribo, soy muy infeliz. Pero creo que todo es cuestión de sintaxis. Una conocida filóloga y lingüista local sigue burlándose de mí porque alguna vez dije en un taller que yo sólo escribo de lo que me da rabia. Quizá sea cierto que es risible, pero no es menos cierto que es verdad. Muchas veces he escrito como una forma de reclamo hacia mí mismo.
Mi primera novela, ya olvidada gracias a los cielos, era un bofetón en el rostro de mi cobardía adolescente (un amor frustrado por nada más que indecisiones), y mi segunda novela una sucesión de quejas hacia mi existencia veinteañera (nunca probé las drogas, nunca fui un desenfrenado, nunca maté a nadie). No fui un tío divertido, ni lo soy ahora. Mi novela más reciente (Crucigrama, editada este año) es una catarsis desde el humor negro de todo lo que me molesta en la actualidad de mi país. Mi país del que tanto me quejo. Juro que no es pose. Pero no odio al país. El país no existe mas que como una abstracción. Odio a la gente que lo habita por los mismos motivos que suelo odiarme a mí. Por indolente. Por perezoso. Por abúlico.
No los voy a aburrir con mi reseña trillada de lo que pienso del país. Lo resumo muy fácil: tenemos uno de los peores gobiernos del continente con los peores gobiernos. Fin. Crucigrama trata eso desde la burla sesgada. Lo hice así porque trato de que mi narrativa sea sincera y sinceramente de esa forma es como lo llevo. No puedo evitar ser sarcástico con los policías que me detienen tres veces por semana para ver si voy manejando borracho y pueden llevarse una tajada. No puedo evitar violentarme ante sus comentarios burlones cuando les digo que no pruebo el alcohol. Me molesta que duden que pueda pagar mi camioneta con el trabajo que tengo y también que necesiten ver mi licencia y documentos cuando no he cometido ninguna infracción. No le están haciendo un favor a nadie. Seguro que en marzo, mientras me robaban mi carro de afuera del departamento, había una patrulla parada a menos de cinco cuadras molestando a otro trabajador honrado y cansado como yo cuando vengo de la chamba. Son una mierda. Todas las autoridades judiciales de este país lo son y yo los detesto desde lo más profundo de mi corazón. Si alguno de mis hijos decide ser policía, lo mataré antes de que entre a la academia o lo convenceré de volverse transexual, narcotraficante o cantante pop. Lo que sea, menos policía.
Lo mismo pienso de la clase política (municipal, local y federal, es lo mismo). Estoy en ese momento vital en el que, siendo graduado de la escuela de leyes, mi generación universitaria empieza a ocupar los cargos de mediana importancia en el aparato estatal. ¿Y qué veo? Obvio: todos los ineptos, ebrios consuetudinarios, cocainómanos, cabezas huecas, pedantes hijos de papi, son los nombres elegidos. Los pocos compañeros brillantes que tuve, están atascados en el aparato judicial: actuarios, secretarios, con miras a la eternidad. Ser un lamehuevos es el camino al éxito. Si esa es verdad, no conoceré el éxito en esta vida.
Ser rico está muy bien. No hace calor cuando se es rico. No hace hambre cuando se es rico. Las distancias son cortas, las enfermedades llevaderas. La comida sabrosa y veloz. Las sobremesas largas. La muerte es igual de infalible, claro, pero dice un buen amigo: si te vas a matar en un choque, trata de que sea en un ferrari. No le tengo miedo ni asco al dinero, pero definitivamente quiero que llegue limpio. Sin sangre y sin mierda, que son dos fluidos muy infecciosos.
Pero divago: Crucigrama trata de estas cosas y además del germen de la revolución, del terrorismo social, de la nueva realidad que existe en estas burbujas de irrealidad que se crean en los que "viven bien", y en las que es facilísimo abstraerse de las tragedias que se siguen forjando y el caldo de cultivo que sigue fermentándose detrás de los cerros, en la vida real de perros sarnosos y días sin comer. Ahí es donde está el ochenta por ciento del país al que nadie se está ocupando de educar ni alimentar. Cuando los pobres enloquezcan, lo primero que harán será comerse a los ricos y cagar en sus albercas. Así me dijo un amigo sociólogo y yo decido creerle y además, esperar que tenga razón.
Por eso escribí Crucigrama estando enojado. Por eso espero que, como me sucedía a mí cuando releía pasajes, rían un rato, pero la sonrisa se les vuelva una mueca de rabia o por lo menos un chasquido de la lengua.
Sé que no voy a cambiar al país, pero no pienso morirme sin darle una buena patada en los huevos.
Dicen que soy un creador, pero yo sé que no tengo el don de la vida. No puedo crear a la manera divina (existir viene literalmente de ex sistere: salir de la nada) y acaso puedo aspirar a contar historias que no se han contado de esta manera (muchas veces descubro que sí, ya se habían contado, y hasta mejor). Sin embargo escribo porque soy un poco necio y un poco perezoso. Un poco necio para dejar de hacer algo para lo que siento que tengo aptitudes y un poco perezoso para dedicarme a la música, las artes plásticas o el macramé.
Hay un elemento secreto, un gramo de locura en todos los que decidimos dedicarnos a lo creativo y hacer piruetas mentales un día sí y otro no, con el afán de describir realidades secretas, y es ese elemento el que no suele dar reposo, un poco a la manera del hambre, que uno trata de ignorar yéndose temprano a la cama o fumando un cigarrillo, pero que sigue ahí, clavándose de a pocos en el vientre hasta que uno la sacia con comida y no otra cosa que comida. Un poco así.
Soy muy infeliz cuando no escribo. Puedo escribir esa frase al revés. Cuando soy muy infeliz, escribo. Realmente la frase al revés debía ser Cuando no escribo, soy muy infeliz. Pero creo que todo es cuestión de sintaxis. Una conocida filóloga y lingüista local sigue burlándose de mí porque alguna vez dije en un taller que yo sólo escribo de lo que me da rabia. Quizá sea cierto que es risible, pero no es menos cierto que es verdad. Muchas veces he escrito como una forma de reclamo hacia mí mismo.
Mi primera novela, ya olvidada gracias a los cielos, era un bofetón en el rostro de mi cobardía adolescente (un amor frustrado por nada más que indecisiones), y mi segunda novela una sucesión de quejas hacia mi existencia veinteañera (nunca probé las drogas, nunca fui un desenfrenado, nunca maté a nadie). No fui un tío divertido, ni lo soy ahora. Mi novela más reciente (Crucigrama, editada este año) es una catarsis desde el humor negro de todo lo que me molesta en la actualidad de mi país. Mi país del que tanto me quejo. Juro que no es pose. Pero no odio al país. El país no existe mas que como una abstracción. Odio a la gente que lo habita por los mismos motivos que suelo odiarme a mí. Por indolente. Por perezoso. Por abúlico.
No los voy a aburrir con mi reseña trillada de lo que pienso del país. Lo resumo muy fácil: tenemos uno de los peores gobiernos del continente con los peores gobiernos. Fin. Crucigrama trata eso desde la burla sesgada. Lo hice así porque trato de que mi narrativa sea sincera y sinceramente de esa forma es como lo llevo. No puedo evitar ser sarcástico con los policías que me detienen tres veces por semana para ver si voy manejando borracho y pueden llevarse una tajada. No puedo evitar violentarme ante sus comentarios burlones cuando les digo que no pruebo el alcohol. Me molesta que duden que pueda pagar mi camioneta con el trabajo que tengo y también que necesiten ver mi licencia y documentos cuando no he cometido ninguna infracción. No le están haciendo un favor a nadie. Seguro que en marzo, mientras me robaban mi carro de afuera del departamento, había una patrulla parada a menos de cinco cuadras molestando a otro trabajador honrado y cansado como yo cuando vengo de la chamba. Son una mierda. Todas las autoridades judiciales de este país lo son y yo los detesto desde lo más profundo de mi corazón. Si alguno de mis hijos decide ser policía, lo mataré antes de que entre a la academia o lo convenceré de volverse transexual, narcotraficante o cantante pop. Lo que sea, menos policía.
Lo mismo pienso de la clase política (municipal, local y federal, es lo mismo). Estoy en ese momento vital en el que, siendo graduado de la escuela de leyes, mi generación universitaria empieza a ocupar los cargos de mediana importancia en el aparato estatal. ¿Y qué veo? Obvio: todos los ineptos, ebrios consuetudinarios, cocainómanos, cabezas huecas, pedantes hijos de papi, son los nombres elegidos. Los pocos compañeros brillantes que tuve, están atascados en el aparato judicial: actuarios, secretarios, con miras a la eternidad. Ser un lamehuevos es el camino al éxito. Si esa es verdad, no conoceré el éxito en esta vida.
Ser rico está muy bien. No hace calor cuando se es rico. No hace hambre cuando se es rico. Las distancias son cortas, las enfermedades llevaderas. La comida sabrosa y veloz. Las sobremesas largas. La muerte es igual de infalible, claro, pero dice un buen amigo: si te vas a matar en un choque, trata de que sea en un ferrari. No le tengo miedo ni asco al dinero, pero definitivamente quiero que llegue limpio. Sin sangre y sin mierda, que son dos fluidos muy infecciosos.
Pero divago: Crucigrama trata de estas cosas y además del germen de la revolución, del terrorismo social, de la nueva realidad que existe en estas burbujas de irrealidad que se crean en los que "viven bien", y en las que es facilísimo abstraerse de las tragedias que se siguen forjando y el caldo de cultivo que sigue fermentándose detrás de los cerros, en la vida real de perros sarnosos y días sin comer. Ahí es donde está el ochenta por ciento del país al que nadie se está ocupando de educar ni alimentar. Cuando los pobres enloquezcan, lo primero que harán será comerse a los ricos y cagar en sus albercas. Así me dijo un amigo sociólogo y yo decido creerle y además, esperar que tenga razón.
Por eso escribí Crucigrama estando enojado. Por eso espero que, como me sucedía a mí cuando releía pasajes, rían un rato, pero la sonrisa se les vuelva una mueca de rabia o por lo menos un chasquido de la lengua.
Sé que no voy a cambiar al país, pero no pienso morirme sin darle una buena patada en los huevos.
14 noviembre 2011
noticias de la frontera
El blog ha estado en coma porque todo ha estado en coma. Las cosas se han ido por los caminos que les ha dado la gana y la vida en general ha seguido pasando. A nadie le han hecho falta mis palabras y tampoco les hacen ahora, pero el caso es que a mí de repente me sobra el ego y juzgo que compartir aquí, en esta bitácora ya casi inexistente aquello que me pasa es terapéutico, responsable y casi, sólo casi, útil.
¿Por qué volver justo ahora? Bueno, creo que es una respuesta complicada, pero voy a intentarla. Porque soy un hombre cíclico. Porque casi siempre regreso después de que mi vida da un golpe de timón y me pasan cosas que jamás creí que me fueran a pasar pero que sin embargo de modos muy extraños provoco que me pasen. Así ha sido siempre y creo que ya soy muy viejo para cambiar. Aunque eso no es un pretexto porque yo soy demasiado viejo para cambiar desde que tenía doce o trece años y entonces no había blogs para abandonar.
Pero ese no es el punto. ¿Cuál era el punto? Quizá el punto era decir que tengo otra novela. Ustedes pueden recordar o no que yo trato de escribir y además tengo la desfachatez de pretender vivir de ello. Y para lograr ese utópico deseo publico las cosas que escribo y le cobro a gente que tiene más dinero que yo por publicar mis cosas. La novela se llama Crucigrama, se trata de muchas cosas, pero si quieren algunos spoilers se los regalo entre paréntesis. Por supuesto si no quieren los spoilers, sáltense los paréntesis. Y ahora, los paréntesis (en el primer capítulo se muere el presidente y medio gabinete, luego narra el personaje principal que es director de un periódico/noticiero digital; enseguida un comando armado toma por asalto el congreso de la unión y secuestra a todos los diputados y senadores y los encuera; luego pasan cosas muy divertidas y yo los hago reír a todos con mis grandes recursos narrativos) y ya. Compren mi novela.
Es mi segunda publicación formal (es decir, en forma de libro, pues he estado publicando en revistas y otros medios) y la verdad es que no ha sucedido de la forma que esperaba ni con la obra que esperaba, pero así se dio y estoy conforme. Lo he dejado ahí donde está y por lo pronto empiezo a mover en las editoriales mi proyecto nuevo que quiero ver publicado el próximo año, cumpliendo así con el plan original de tener tres libros publicados a los treinta.
-------------------------------------------------------------------
En temas relacionados, quisiera decir que la semana pasada asistí como invitado al Festival de Literatura del Noroeste, en la ciudad de Tijuana. El Festival reunió a un centenar de autores de Chihuahua, Sonora, Sinaloa, Durango, Guanajuato, Las BajaCalifornias y varios otros puntos del orbe (lo cual no entendí en un festival del noroeste, pero bueno). De esta experiencia aprendí varias cosas, entre ellas:
1.- Los escritores somos personas terribles. Nuestros egos son demasiado grandes, nuestras costumbres higiénicas son trágicas, nuestras inteligencias mínimas y nuestros modales pésimos. Ser escritor debería ser penado por la ley.
2.- Darle de comer a cien escritores puede consumir el PIB de un país tercermundista. Ser escritor, al parecer, está íntimamente relacionado a ser gorrón, conchudo y columpio. Del gusto por el alcohol mejor ni hablamos, es más fácil separar la grasa de la estufa que a los autores de las copas.
3.- Todos los escritores viven bajo una misma verdad. Y esa verdad es “yo soy el único escritor que vale la pena y todos los demás escriben mal”.
4.- Los poetas no se enteraron que la poesía se murió junto con Jaime Sabines. Neta, poetas, supérenlo. Busquen un trabajo, córtense el pelo y báñense. Todo va a estar bien.
5.- Las instituciones culturales del estado fracasaron. La cultura y las artes están igual de muertos e ignorados a nivel orgánico en todos los estados de la república. Todo lo bueno que se hace en todos los rubros es A PESAR del gobierno. También en eso este régimen es una vergüenza.
Podría seguir hablando por horas de todas las cosas que vi y entendí en este viaje, pero sería un esfuerzo estéril considerando que es una experiencia vital que todo autor debe tener alguna vez aunque sea solo para entender que la literatura como la masturbación, son ejercicios de amor completamente individuales. Me queda la grata compensación de haber hecho un puñado de nuevos amigos y haberme desentendido por un tiempo de la dinámica cotidiana. Buena falta que hacía.
Tijuana sigue siendo la vieja fea pero bien buena que todos se quieren coger, applebee's abrió su cuarta tienda en la ciudad (fui parte del equipo que inauguró la primera en el 2007) y me encontré con los directivos de la empresa en el restaurante del hotel. Eso le dio un sabor extraño al viaje, como si todo pasara por segunda vez. Quizá la idea poética no está muerta del todo y el tiempo también sea un producto de reuso. Quién lo sabe.
Sí.En fin. Voy a estar publicando con mayor frecuencia el resto del año y también todo el año próximo. Reciban un abrazo desde el espacio imaginario donde los desencantados nos reunimos a conspirar.
¿Por qué volver justo ahora? Bueno, creo que es una respuesta complicada, pero voy a intentarla. Porque soy un hombre cíclico. Porque casi siempre regreso después de que mi vida da un golpe de timón y me pasan cosas que jamás creí que me fueran a pasar pero que sin embargo de modos muy extraños provoco que me pasen. Así ha sido siempre y creo que ya soy muy viejo para cambiar. Aunque eso no es un pretexto porque yo soy demasiado viejo para cambiar desde que tenía doce o trece años y entonces no había blogs para abandonar.
Pero ese no es el punto. ¿Cuál era el punto? Quizá el punto era decir que tengo otra novela. Ustedes pueden recordar o no que yo trato de escribir y además tengo la desfachatez de pretender vivir de ello. Y para lograr ese utópico deseo publico las cosas que escribo y le cobro a gente que tiene más dinero que yo por publicar mis cosas. La novela se llama Crucigrama, se trata de muchas cosas, pero si quieren algunos spoilers se los regalo entre paréntesis. Por supuesto si no quieren los spoilers, sáltense los paréntesis. Y ahora, los paréntesis (en el primer capítulo se muere el presidente y medio gabinete, luego narra el personaje principal que es director de un periódico/noticiero digital; enseguida un comando armado toma por asalto el congreso de la unión y secuestra a todos los diputados y senadores y los encuera; luego pasan cosas muy divertidas y yo los hago reír a todos con mis grandes recursos narrativos) y ya. Compren mi novela.
Es mi segunda publicación formal (es decir, en forma de libro, pues he estado publicando en revistas y otros medios) y la verdad es que no ha sucedido de la forma que esperaba ni con la obra que esperaba, pero así se dio y estoy conforme. Lo he dejado ahí donde está y por lo pronto empiezo a mover en las editoriales mi proyecto nuevo que quiero ver publicado el próximo año, cumpliendo así con el plan original de tener tres libros publicados a los treinta.
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En temas relacionados, quisiera decir que la semana pasada asistí como invitado al Festival de Literatura del Noroeste, en la ciudad de Tijuana. El Festival reunió a un centenar de autores de Chihuahua, Sonora, Sinaloa, Durango, Guanajuato, Las BajaCalifornias y varios otros puntos del orbe (lo cual no entendí en un festival del noroeste, pero bueno). De esta experiencia aprendí varias cosas, entre ellas:
1.- Los escritores somos personas terribles. Nuestros egos son demasiado grandes, nuestras costumbres higiénicas son trágicas, nuestras inteligencias mínimas y nuestros modales pésimos. Ser escritor debería ser penado por la ley.
2.- Darle de comer a cien escritores puede consumir el PIB de un país tercermundista. Ser escritor, al parecer, está íntimamente relacionado a ser gorrón, conchudo y columpio. Del gusto por el alcohol mejor ni hablamos, es más fácil separar la grasa de la estufa que a los autores de las copas.
3.- Todos los escritores viven bajo una misma verdad. Y esa verdad es “yo soy el único escritor que vale la pena y todos los demás escriben mal”.
4.- Los poetas no se enteraron que la poesía se murió junto con Jaime Sabines. Neta, poetas, supérenlo. Busquen un trabajo, córtense el pelo y báñense. Todo va a estar bien.
5.- Las instituciones culturales del estado fracasaron. La cultura y las artes están igual de muertos e ignorados a nivel orgánico en todos los estados de la república. Todo lo bueno que se hace en todos los rubros es A PESAR del gobierno. También en eso este régimen es una vergüenza.
Podría seguir hablando por horas de todas las cosas que vi y entendí en este viaje, pero sería un esfuerzo estéril considerando que es una experiencia vital que todo autor debe tener alguna vez aunque sea solo para entender que la literatura como la masturbación, son ejercicios de amor completamente individuales. Me queda la grata compensación de haber hecho un puñado de nuevos amigos y haberme desentendido por un tiempo de la dinámica cotidiana. Buena falta que hacía.
Tijuana sigue siendo la vieja fea pero bien buena que todos se quieren coger, applebee's abrió su cuarta tienda en la ciudad (fui parte del equipo que inauguró la primera en el 2007) y me encontré con los directivos de la empresa en el restaurante del hotel. Eso le dio un sabor extraño al viaje, como si todo pasara por segunda vez. Quizá la idea poética no está muerta del todo y el tiempo también sea un producto de reuso. Quién lo sabe.
Sí.En fin. Voy a estar publicando con mayor frecuencia el resto del año y también todo el año próximo. Reciban un abrazo desde el espacio imaginario donde los desencantados nos reunimos a conspirar.
11 noviembre 2010
Coordenadas para encontrarme
Me considero un hombre muy difícil de querer. La verdad es que quiero poco a unos pocos, quiero mucho a menos de cinco personas y a la gran mayoría me unen lazos de sangre que me hacen casi obligatorio quererlos y le quitan todo el mérito a mi escaso y poco amor. Hay en mi propia familia personas a las que no quiero y cuyas vidas me tienen sin cuidado. Amo rabiosamente a dos personas: mi mujer y mi hijo, y amo con muchos matices a mis hermanas y a mis padres.
Digo que los amo con muchos matices porque con pocas personas soy capaz de enfurecerme tan rápido como lo hago con ellos cuatro. Mis padres dominan el arte de hacerme trinar de coraje en dos frases y mis hermanas me parecen dos de los peores ejemplos de cómo no debe ser una hija.
Con mi mujer y mi hijo me une un amor límpido y libre de impurezas. Ángel, siendo un niño pequeño y de corazón enorme, saca lo mejor de mí, siempre. Abrazarlo, hablar con él, escuchar sus historias (la mayoría producto más de su imaginación que de la vida real) son motivos de felicidad. Su inocencia y su hambre de aventura me hace vivir a través de sus palabras una película de la infancia cada vez más lejana que fue mía y con la que puedo tejer tantos paralelismos que a veces mi pregunto cómo se las ingenia la vida para repetirse con tanta simetría.
Mi mujer simplemente es indefectible. Por supuesto es caprichosa, necia, testaruda, inoportuna, gritona, consentida y un largo, largo etcétera. Pero es la mujer perfecta. Lo mejor que ha podido pasarle a un escéptico del amor como yo. Hablar con ella, verla acomodarse el cabello detrás de la oreja para coquetearme, escuchar su voz cuando llora de impotencia porque se le pone grave un paciente, saberla capaz de amar a la gente (que por supuesto no merece ser amada, ni remotamente), me conmueve. Para bien o para mal, pero me conmueve. Me gusta que tenga la boca chiquita y los ojos grandes, que tenga las manos blancas y los dedos delgados, que no fume ni beba aunque yo amo que las mujeres fumen y beban y se odien; me gusta que ella puede bailar en medio de un centro comercial con cientos de personas si la canción que suena se lo pide, me gusta que grita de espanto cuando ve una cucaracha, pero aprieta los dientes y se serena ante un fémur sangrante que sale de una pierna rota. Me gusta que es machista y se cree feminista, me gusta que no sabe cocinar pero le encanta comer, me gusta que no ve televisión, que no conoce el nombre de ningún expulsado de ningún reality show y que sabe pedir perdón con el corazón, de una manera en que sólo he visto hacer a ella.
Pero me pierdo, me doy cuenta, en hacer un recuento de virtudes. Me alejo del punto original que era esta idea: Yo soy difícil de querer. Y soy difícil de querer porque soy difícil de conocer. Por lo general hay dos o tres facetas de mi personalidad que hay que pasar como habitaciones y pasillos antes de llegar al que soy yo. Creo que primero está un egocéntrico detestable que suele pasarse más tiempo del necesario peleándose con la gente que está mal (que es casi toda la gente) por cosas tan estúpidas como la ignorancia apática, la falta de cultura general, la superficialidad y otros conceptos similares. El egocéntrico es mi perfil defensivo de primer grado, uno que rara vez suele ser sobrepasado.
Después viene el maestro del disfraz. Desde que era muy pequeño desarrollé un gusto peculiar por crear personalidades alternas, cuadros sicológicos completos y complejos de hombres sociales que puedo ser según la situación lo requiera. La buena vida que me ha tocado vivir y la mucha tierra que el destino me ha dejado pisar han traído consigo un sinfín de recursos para enriquecer, aderezar y complementar esos cuadros bizantinos en los que ya se convirtieron mis múltiples personalidades.
En alguna ocasión comenté aquí que me gusta inventarles historias a los taxistas con los que cada dos o tres meses me veo forzado a convivir en los viajes que hago por múltiples motivos. He sido empleado de un conglomerado farmacéutico, traductor de una editorial con sede en Barcelona, médico cirujano con especialidad en patologías cardiacas, importador de vinos y licores de Asia y Europa, entre muchas otras cosas.
Alguna vez hice un personaje para una novela (que me robaron junto con mi laptop original) que tenía esa misma debilidad y se inventaba personajes para cada casero al que le rentaba un departamento. Nunca me funcionó, costaba volverlo un personaje creíble. Así de “rara” es mi costumbre, pero la disfruto mucho.
Y bueno, sobra decir que la segunda etapa por la que es necesario pasar para conocerme/quererme es una habitación ocupada por uno de esos personajes. No siempre es algo tan sofisticado o elaborado como los anteriores. A veces soy yo mismo transfigurado. En un mal día me clavo demasiado en ser un escritor maldito (asco) y me doy golpes de pecho por ser un incomprendido (risa loca); otro día quiero cambiar al mundo con una conciencia revolucionaria y emprendedora y creo ideas y conceptos útiles, innovadores y prácticos que jamás terminan de cuajar por la historia de siempre: viene otro día y se lleva ese leit motif.
Resulta difícil saber cuál de esas personas soy yo por la misma razón que es imposible precisar cuál de las olas es el mar. Ninguna ola es el mar. Todas las olas son el mar.
La última habitación con luz es, en el colmo de lo predecible, una recámara infantil. El niño que la mayoría de los hombres nunca dejamos de ser. Ese niño, en mi caso, es uno crecido en un pueblo costero, que amó su bicicleta más de lo que muchos aman algo en toda su vida y que tiene los recuerdos tan claros hoy como al día siguiente de vivirlos. Un niño que si hubiera podido tener un deseo, ese hubiera sido poder leer todos los libros, pero que nunca eligió leer un libro por encima de treparse a un árbol. Un niño que podría haber correteado con Huckleberry Finn o robado en las calles con Oliver Twist, pero al que nunca dejaron ser paqueterito del supermercado.
Pocas, muy pocas personas llegan alguna vez a caminar por las tres habitaciones de la casa de infonavit que soy. Ni se diga a la terraza de flores y viento que mira siempre a mi playa y donde vive el amor que siempre he sido capaz de prodigar, pero que sólo han merecido unos cuantos. Y no porque mi amor valga más o menos que el de nadie, sino porque mi amor, por ser poco, es más difícil de conseguir.
Por eso suelo ser feliz cuando estoy triste y suelo ponerme de un triste horrendo cuando estoy feliz. Reconozco la finitud de mis estados de ánimo y en prolongarlos no encuentro más placer que en el cortarlos como mala hierba. Cada vez que abrazo a mi mujer o beso a mi hijo estoy consciente de que toda mi vida, toda en absoluto, se resume a ese preciso momento y nada más. En ningún otro momento me brilla con tanta luz el corazón y me aturde con tanta fuerza la música de la dicha más completa.
En ese sentido, como en todos, ser un hombre difícil de querer es una más de las muchas bendiciones que he recibido. Porque las personas que me quieren, las que me quieren de verdad, lo hacen de una vez y para siempre.
Digo que los amo con muchos matices porque con pocas personas soy capaz de enfurecerme tan rápido como lo hago con ellos cuatro. Mis padres dominan el arte de hacerme trinar de coraje en dos frases y mis hermanas me parecen dos de los peores ejemplos de cómo no debe ser una hija.
Con mi mujer y mi hijo me une un amor límpido y libre de impurezas. Ángel, siendo un niño pequeño y de corazón enorme, saca lo mejor de mí, siempre. Abrazarlo, hablar con él, escuchar sus historias (la mayoría producto más de su imaginación que de la vida real) son motivos de felicidad. Su inocencia y su hambre de aventura me hace vivir a través de sus palabras una película de la infancia cada vez más lejana que fue mía y con la que puedo tejer tantos paralelismos que a veces mi pregunto cómo se las ingenia la vida para repetirse con tanta simetría.
Mi mujer simplemente es indefectible. Por supuesto es caprichosa, necia, testaruda, inoportuna, gritona, consentida y un largo, largo etcétera. Pero es la mujer perfecta. Lo mejor que ha podido pasarle a un escéptico del amor como yo. Hablar con ella, verla acomodarse el cabello detrás de la oreja para coquetearme, escuchar su voz cuando llora de impotencia porque se le pone grave un paciente, saberla capaz de amar a la gente (que por supuesto no merece ser amada, ni remotamente), me conmueve. Para bien o para mal, pero me conmueve. Me gusta que tenga la boca chiquita y los ojos grandes, que tenga las manos blancas y los dedos delgados, que no fume ni beba aunque yo amo que las mujeres fumen y beban y se odien; me gusta que ella puede bailar en medio de un centro comercial con cientos de personas si la canción que suena se lo pide, me gusta que grita de espanto cuando ve una cucaracha, pero aprieta los dientes y se serena ante un fémur sangrante que sale de una pierna rota. Me gusta que es machista y se cree feminista, me gusta que no sabe cocinar pero le encanta comer, me gusta que no ve televisión, que no conoce el nombre de ningún expulsado de ningún reality show y que sabe pedir perdón con el corazón, de una manera en que sólo he visto hacer a ella.
Pero me pierdo, me doy cuenta, en hacer un recuento de virtudes. Me alejo del punto original que era esta idea: Yo soy difícil de querer. Y soy difícil de querer porque soy difícil de conocer. Por lo general hay dos o tres facetas de mi personalidad que hay que pasar como habitaciones y pasillos antes de llegar al que soy yo. Creo que primero está un egocéntrico detestable que suele pasarse más tiempo del necesario peleándose con la gente que está mal (que es casi toda la gente) por cosas tan estúpidas como la ignorancia apática, la falta de cultura general, la superficialidad y otros conceptos similares. El egocéntrico es mi perfil defensivo de primer grado, uno que rara vez suele ser sobrepasado.
Después viene el maestro del disfraz. Desde que era muy pequeño desarrollé un gusto peculiar por crear personalidades alternas, cuadros sicológicos completos y complejos de hombres sociales que puedo ser según la situación lo requiera. La buena vida que me ha tocado vivir y la mucha tierra que el destino me ha dejado pisar han traído consigo un sinfín de recursos para enriquecer, aderezar y complementar esos cuadros bizantinos en los que ya se convirtieron mis múltiples personalidades.
En alguna ocasión comenté aquí que me gusta inventarles historias a los taxistas con los que cada dos o tres meses me veo forzado a convivir en los viajes que hago por múltiples motivos. He sido empleado de un conglomerado farmacéutico, traductor de una editorial con sede en Barcelona, médico cirujano con especialidad en patologías cardiacas, importador de vinos y licores de Asia y Europa, entre muchas otras cosas.
Alguna vez hice un personaje para una novela (que me robaron junto con mi laptop original) que tenía esa misma debilidad y se inventaba personajes para cada casero al que le rentaba un departamento. Nunca me funcionó, costaba volverlo un personaje creíble. Así de “rara” es mi costumbre, pero la disfruto mucho.
Y bueno, sobra decir que la segunda etapa por la que es necesario pasar para conocerme/quererme es una habitación ocupada por uno de esos personajes. No siempre es algo tan sofisticado o elaborado como los anteriores. A veces soy yo mismo transfigurado. En un mal día me clavo demasiado en ser un escritor maldito (asco) y me doy golpes de pecho por ser un incomprendido (risa loca); otro día quiero cambiar al mundo con una conciencia revolucionaria y emprendedora y creo ideas y conceptos útiles, innovadores y prácticos que jamás terminan de cuajar por la historia de siempre: viene otro día y se lleva ese leit motif.
Resulta difícil saber cuál de esas personas soy yo por la misma razón que es imposible precisar cuál de las olas es el mar. Ninguna ola es el mar. Todas las olas son el mar.
La última habitación con luz es, en el colmo de lo predecible, una recámara infantil. El niño que la mayoría de los hombres nunca dejamos de ser. Ese niño, en mi caso, es uno crecido en un pueblo costero, que amó su bicicleta más de lo que muchos aman algo en toda su vida y que tiene los recuerdos tan claros hoy como al día siguiente de vivirlos. Un niño que si hubiera podido tener un deseo, ese hubiera sido poder leer todos los libros, pero que nunca eligió leer un libro por encima de treparse a un árbol. Un niño que podría haber correteado con Huckleberry Finn o robado en las calles con Oliver Twist, pero al que nunca dejaron ser paqueterito del supermercado.
Pocas, muy pocas personas llegan alguna vez a caminar por las tres habitaciones de la casa de infonavit que soy. Ni se diga a la terraza de flores y viento que mira siempre a mi playa y donde vive el amor que siempre he sido capaz de prodigar, pero que sólo han merecido unos cuantos. Y no porque mi amor valga más o menos que el de nadie, sino porque mi amor, por ser poco, es más difícil de conseguir.
Por eso suelo ser feliz cuando estoy triste y suelo ponerme de un triste horrendo cuando estoy feliz. Reconozco la finitud de mis estados de ánimo y en prolongarlos no encuentro más placer que en el cortarlos como mala hierba. Cada vez que abrazo a mi mujer o beso a mi hijo estoy consciente de que toda mi vida, toda en absoluto, se resume a ese preciso momento y nada más. En ningún otro momento me brilla con tanta luz el corazón y me aturde con tanta fuerza la música de la dicha más completa.
En ese sentido, como en todos, ser un hombre difícil de querer es una más de las muchas bendiciones que he recibido. Porque las personas que me quieren, las que me quieren de verdad, lo hacen de una vez y para siempre.
14 septiembre 2010
Han sido un par de malos meses, como suelen ser los dos protagonistas del verano en la ciudad. Por lo general evito como la peste salir a la calle antes de las seis o siete de la tarde, cuando el sol ya va en picada y el termómetro empieza a bajar las escaleras del 46 habitual al 38 o 39 humanamente soportable.
Me rondan el desánimo y la inercia: Hago poco. Mis días son casi deducibles de impuestos. Despierto a las 8 o 9 a.m, bebo un licuado, voy al gimnasio. Paso ahí quizá una hora y media, regreso a casa, desayuno en forma (huevos, fruta, café). Aseo un poco el departamento (barrer y trapear el lunes, lavar ropa el martes, ordenar el desorden el miércoles y así). Luego me doy un baño para quitarme todos los sudores juntos y me recuesto en el clima artificial de mi recámara a leer por horas.
La semana pasada leí Ángeles del Abismo y Sputnik, mi amor, de Enrique Serna y Haruki Murakami. Difícil pensar en algo más contrastante que un narrador chilango campechano y artificioso y un japonés multipremiado que se perfila como nobel al corto plazo. Difícil todavía más, encontrar puntos comunes entre una historia y la otra.
En Ángeles, Serna hace una amena sátira más o menos real de la historia de una falsa beata de la Nueva España, víctima del incesto y las crueldades del padre, que se amanceba con un indígena que a su vez se debate entre el cristianismo de los frailes que lo educaron y la religión prehispánica del padre al que accidentalmente aesinó.
En Sputnik, Murakami cuenta como siempre, una historia de Murakami, con mujeres que
a fuerza de rellenar termina vaciando y un hombre que pasa toda la vida explicando cosas para llegar a la conclusión de que no entiende nada. Murakami es a la vacuidad lo que Vila Matas es a la desaparición: Un buscador constante.
Una joven japonesa, Sumire, descubre su inclinación lésbica cuando conoce a Myû, una mujer madura y encantadora. La joven que jamás había experimentado deseo sexual, enloquece por la mujer y emprende con ella un viaje por Europa, donde desaparece. El narrador, mejor amigo de Sumire, que además vive enamorado perdidamente de ella, acude a Grecia a reunirse con Myû e intentar desvelar el misterio del paradero de la chica. Todo esto lleva a una especie de pentágono amoroso (nunca llega a ser un triángulo, lo entenderán si la leen) que resulta agotador. Es una historia fantástica si uno está dispuesto a aceptar que Murakami no se detiene a explicar las cosas. El deber del lector es creerle y seguir adelante.
Esta semana empecé Amrita, de Banana Yoshimoto, pero aún es muy pronto para emitir un juicio, por supuesto. Quizá para el fin de semana ya tenga algo fundamentado qué decir. Mientras tanto me limitaré a decir que escribe bien.
Mi proyecto está estancado, como ya es habitual. Tras el viaje a Guadalajara en el que descubrí un montón de cosas que deben estar en el relato y avancé con una fluidez maravillosa, caí en un bache del que no he encontrado la forma ni la energía para salir. En dos meses debo dar el taller sobre creación novelística y me voy a sentir un cínico hablando de disciplina y método cuando esas dos cosas me están regalando unos cotidianos dolores de cabeza.
En quince días cumpliré tres años viviendo de nuevo en Hermosillo. Reconozco que me duele el orgullo de haberme quedado tanto tiempo. Prometo que no cumpliré cuatro, pase lo que pase. Si alguien sabe de un buen empleo en Kuala Lumpur, Burkina Faso o Rand McNally, por favor hágamelo saber.
Me rondan el desánimo y la inercia: Hago poco. Mis días son casi deducibles de impuestos. Despierto a las 8 o 9 a.m, bebo un licuado, voy al gimnasio. Paso ahí quizá una hora y media, regreso a casa, desayuno en forma (huevos, fruta, café). Aseo un poco el departamento (barrer y trapear el lunes, lavar ropa el martes, ordenar el desorden el miércoles y así). Luego me doy un baño para quitarme todos los sudores juntos y me recuesto en el clima artificial de mi recámara a leer por horas.
La semana pasada leí Ángeles del Abismo y Sputnik, mi amor, de Enrique Serna y Haruki Murakami. Difícil pensar en algo más contrastante que un narrador chilango campechano y artificioso y un japonés multipremiado que se perfila como nobel al corto plazo. Difícil todavía más, encontrar puntos comunes entre una historia y la otra.
En Ángeles, Serna hace una amena sátira más o menos real de la historia de una falsa beata de la Nueva España, víctima del incesto y las crueldades del padre, que se amanceba con un indígena que a su vez se debate entre el cristianismo de los frailes que lo educaron y la religión prehispánica del padre al que accidentalmente aesinó.
En Sputnik, Murakami cuenta como siempre, una historia de Murakami, con mujeres que
a fuerza de rellenar termina vaciando y un hombre que pasa toda la vida explicando cosas para llegar a la conclusión de que no entiende nada. Murakami es a la vacuidad lo que Vila Matas es a la desaparición: Un buscador constante.
Una joven japonesa, Sumire, descubre su inclinación lésbica cuando conoce a Myû, una mujer madura y encantadora. La joven que jamás había experimentado deseo sexual, enloquece por la mujer y emprende con ella un viaje por Europa, donde desaparece. El narrador, mejor amigo de Sumire, que además vive enamorado perdidamente de ella, acude a Grecia a reunirse con Myû e intentar desvelar el misterio del paradero de la chica. Todo esto lleva a una especie de pentágono amoroso (nunca llega a ser un triángulo, lo entenderán si la leen) que resulta agotador. Es una historia fantástica si uno está dispuesto a aceptar que Murakami no se detiene a explicar las cosas. El deber del lector es creerle y seguir adelante.
Esta semana empecé Amrita, de Banana Yoshimoto, pero aún es muy pronto para emitir un juicio, por supuesto. Quizá para el fin de semana ya tenga algo fundamentado qué decir. Mientras tanto me limitaré a decir que escribe bien.
Mi proyecto está estancado, como ya es habitual. Tras el viaje a Guadalajara en el que descubrí un montón de cosas que deben estar en el relato y avancé con una fluidez maravillosa, caí en un bache del que no he encontrado la forma ni la energía para salir. En dos meses debo dar el taller sobre creación novelística y me voy a sentir un cínico hablando de disciplina y método cuando esas dos cosas me están regalando unos cotidianos dolores de cabeza.
En quince días cumpliré tres años viviendo de nuevo en Hermosillo. Reconozco que me duele el orgullo de haberme quedado tanto tiempo. Prometo que no cumpliré cuatro, pase lo que pase. Si alguien sabe de un buen empleo en Kuala Lumpur, Burkina Faso o Rand McNally, por favor hágamelo saber.
13 septiembre 2010
Moliére y Faulkner.
M: "Un escritor es congénitamente incapaz de decir la verdad. Por eso es que llamamos a lo que hace Ficción".
F: Escribir es como la prostitución: Primero lo haces por amor, luego por unos pocos amigos y al final por dinero.
F: Escribir es como la prostitución: Primero lo haces por amor, luego por unos pocos amigos y al final por dinero.
17 agosto 2010
Bestiario
Tengo una amiga que es flaca, morena, de ojos grandes y boca de labio grueso. Dientes grandes y muy derechos por obra de años de aparatos correctores de la sonrisa. Mi amiga usa sombreros ridículos y ropa que de ninguna manera podría ser considerada como combinación. A mi amiga le gustan los clásicos griegos. Le gusta citar a Hesíodo en medio de una plática casual y poner en tela de juicio si Demóstenes era mejor poeta que Homero (pista: si). Mi amiga tiene un empleo estupendo en el gobierno y si usted la observa en su oficina, notará que viste un impecable uniforme hecho de traje sastre y blusa formal con el orondo escudo del Nuevo Sonora (ahora con 25% más funcionarios ineptos). Mi amiga es enemiga jurada de peines y cepillos y su cabello es una oda al cubismo en su estado más puro.
Tengo una amiga que vive en un pueblo pequeñísimo donde uno sólo va con afán de comer platillos típicos, observar lindos paisajes y quizá vivir los últimos años de su vida, si es norteamericano. Mi amiga prepara tragos en un bar todas las tardes. Es morena, de ojos grandes y lindos y nariz pequeña y graciosa. La típica belleza mestiza. Y si uno la observa en su trabajo piensa, casi indefectiblemente que es una pueblerina que mantiene a un trío de escuincles preparando cocteles en ese bar. La verdad es que es una Socióloga apasionada, con una especialidad, varios años de trabajo en la sierra y en la selva, y que puede citar una cantidad escalofriante de obras y estudios cuyos autores tienen nombres todavía más escalofriantes. Una mujer para la que términos como análisis fenomenológico a través de la revisión casuística le son tan comunes como a ustedes el botón de "me gusta" en feisbuk.
Como pueden ver, a mi vida no le faltan personajes, ni tramas, ni motivos para ser fan del humor negro. Y lo soy.
Pero hablando en serio. Poco a poco han ido saliendo de mi vida, de mi cotidianeidad, las personas cuyo relato más interesante consta de describir sus quehaceres diarios. Sinceramente, lector(a) querido(a), a menos que vos seáis un cazador de pterodáctilos robot, un notable ingeniero genético, una prestigiada dominatriz, es poco probable que me interese escuchar lo que haces todo el día. Si te despiertas, desayunas, te vistes, vas a trabajar, regresas a casa, comes, vas al gimnasio, ves televisión, todo eso y lo que hagas enmedio (cagar, hacerte fan del circo atayde en el FB, seguir al güiri güiri en twitter) me importa un soberano carajo. Y al mundo también.
¿Sabes por qué el Big brother dejó de venderse? Porque hay miles de millones de big brother gratis en la red. Todo mundo tiene un blog, un myspace, un hi5, FB, Twitter, metroflog y demás sarta de aplicaciones y redes sociales que permiten compartirle al mundo lo fútil, nimio, intrascendente y perdónenme que lo diga, estúpido de nuestras vidas. Hace más de dos años Jorge Pinto (Bunsen cómics) que es un genio, ya se quejaba de la escasez de usuarios 2.0 del internet. Bueno, malas noticias, el problema sigue ahí, cada vez más grave.
Y no me malinterpreten: respeto enormemente que Saramago haya tenido un blog, que Carmen Aristegui y Ruy Xoconostle twiteen todo el día, que Cracked tenga un perfil de FaceBook. Pero lo respeto porque esas personas y entidades entienden la utilidad de las aplicaciones cuya naturaleza radica en compartir información útil o interesante (no necesariamente ambas cosas) mientras que los usuarios promedio comparten información tan útil e interesante como un gamborimbo.
El mundo, lamentablemente, seguirá caminando siempre hacia allá. Y yo tendré cada vez menos amigos, hasta que al final sólo haya doce personas que puedan sentarse en mi mesa y compartir el pan y el vino antes de que los fariseos vengan por... No, esperen, ese era otro mesías. El asunto es que no me molesta, mientras queden pendientes en el mundo unos tres o cuatro mil buenos libros por leer, sólo necesito que alguien siga poniendo gasolina en mi carro, salchichas en el super y café en el punta-del-cielo para que el pedazo de mundo que me importa esté maravillosamente bien. Brindo por eso. Tomad y bebed... No, no, ese era el libreto viejo. Corten.
Tengo una amiga que vive en un pueblo pequeñísimo donde uno sólo va con afán de comer platillos típicos, observar lindos paisajes y quizá vivir los últimos años de su vida, si es norteamericano. Mi amiga prepara tragos en un bar todas las tardes. Es morena, de ojos grandes y lindos y nariz pequeña y graciosa. La típica belleza mestiza. Y si uno la observa en su trabajo piensa, casi indefectiblemente que es una pueblerina que mantiene a un trío de escuincles preparando cocteles en ese bar. La verdad es que es una Socióloga apasionada, con una especialidad, varios años de trabajo en la sierra y en la selva, y que puede citar una cantidad escalofriante de obras y estudios cuyos autores tienen nombres todavía más escalofriantes. Una mujer para la que términos como análisis fenomenológico a través de la revisión casuística le son tan comunes como a ustedes el botón de "me gusta" en feisbuk.
Como pueden ver, a mi vida no le faltan personajes, ni tramas, ni motivos para ser fan del humor negro. Y lo soy.
Pero hablando en serio. Poco a poco han ido saliendo de mi vida, de mi cotidianeidad, las personas cuyo relato más interesante consta de describir sus quehaceres diarios. Sinceramente, lector(a) querido(a), a menos que vos seáis un cazador de pterodáctilos robot, un notable ingeniero genético, una prestigiada dominatriz, es poco probable que me interese escuchar lo que haces todo el día. Si te despiertas, desayunas, te vistes, vas a trabajar, regresas a casa, comes, vas al gimnasio, ves televisión, todo eso y lo que hagas enmedio (cagar, hacerte fan del circo atayde en el FB, seguir al güiri güiri en twitter) me importa un soberano carajo. Y al mundo también.
¿Sabes por qué el Big brother dejó de venderse? Porque hay miles de millones de big brother gratis en la red. Todo mundo tiene un blog, un myspace, un hi5, FB, Twitter, metroflog y demás sarta de aplicaciones y redes sociales que permiten compartirle al mundo lo fútil, nimio, intrascendente y perdónenme que lo diga, estúpido de nuestras vidas. Hace más de dos años Jorge Pinto (Bunsen cómics) que es un genio, ya se quejaba de la escasez de usuarios 2.0 del internet. Bueno, malas noticias, el problema sigue ahí, cada vez más grave.
Y no me malinterpreten: respeto enormemente que Saramago haya tenido un blog, que Carmen Aristegui y Ruy Xoconostle twiteen todo el día, que Cracked tenga un perfil de FaceBook. Pero lo respeto porque esas personas y entidades entienden la utilidad de las aplicaciones cuya naturaleza radica en compartir información útil o interesante (no necesariamente ambas cosas) mientras que los usuarios promedio comparten información tan útil e interesante como un gamborimbo.
El mundo, lamentablemente, seguirá caminando siempre hacia allá. Y yo tendré cada vez menos amigos, hasta que al final sólo haya doce personas que puedan sentarse en mi mesa y compartir el pan y el vino antes de que los fariseos vengan por... No, esperen, ese era otro mesías. El asunto es que no me molesta, mientras queden pendientes en el mundo unos tres o cuatro mil buenos libros por leer, sólo necesito que alguien siga poniendo gasolina en mi carro, salchichas en el super y café en el punta-del-cielo para que el pedazo de mundo que me importa esté maravillosamente bien. Brindo por eso. Tomad y bebed... No, no, ese era el libreto viejo. Corten.
29 junio 2010
Bienaventurados los perros.
Inevitablemente, la gente ha dado por llamarme Jerry London. Cuando digo mi nombre en una reunión social o me presentan a la amiga de una amiga; cuando veo mi registro en el directorio electrónico del celular de cualquier conocido, ahí está: Jerry London.
La gente, al parecer, tiene problemas con que me llame Gerardo Hernández, y ha decidido resolver el problema creándome ese alter-ego hipersocializado que estoy seguro que soy para más de tres. Jerry London, bartender de uno de los lugares de moda de esta ciudad hervorosa, un tipo que prepara buenos cócteles, cuenta buenas historias y “al parecer escribe libros o algo así”.
Fácilmente puedo pensar en diez clientes que han comprado mi novela y puedo apostar cada uno de los dedos de mis manos a que no la han leído. Creo que suelen conformarse con mi foto en la solapa y la garantía de que están bebiendo con un cantinero que se ha certificado en el departamento de contar historias. Ya he perdido la cuenta de cuántos me han dicho: “Mi vida te daría para dos o tres libros”. Seguro. En casi cualquier vida yace una historia, pero que alguien se sienta digno de ser personaje ya me provoca la suficiente pereza como para garantizar que no seré yo quien lo convierta.
Decía, sin embargo, que todo este asunto de ser Jerry London comienza a ser aburrido y, además, inconveniente. Hace un par de días tuve la oportunidad de conversar con uno de los gurús del teatro local en una exposición de pintura. Hablamos sobre todo de eso: teatro, pintura, el desierto para la danza de este año, las próximas luces literarias. El tipo resultó un admirador de mi novela, de la que incluso me corrigió un par de errores de continuidad (los cuales yo ya había visto, pero que la editorial se negó a corregir en la última versión). El asunto es que, casi al final de la plática, cuando vio mi cara con mejor iluminación, me soltó a bocajarro un: ¿No eres el cantinero de London Pub?
Efectivamente, soy yo, le dije. Su expresión fue de confusión, por decir algo. Hago eso para pagar la renta, seguí, del mismo modo que Tolkien daba clases de lingüística o Rulfo regenteaba su escritorio en el Instituto Nacional Indigenista.
“Murakami fue bartender” me dijo tras una larga pausa. “Muy bueno, según dicen los que probaron sus martinis”. Curiosamente yo estoy leyendo a Murakami ahora. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Al sur de la frontera, al oeste del sol antes de eso. Y Sputnik, mi amor, tan pronto termine.
Entonces quizá yo sea dentro de unos años un Rulfo, un Tolkien o un Murakami, contesté yo. Y ambos nos reímos. Yo me reí porque no lo creo. Él se rió porque quizá lo cree. Quizá.
Definitivamente en algún lugar del mundo se están formando los próximos escritores cuyos apellidos alguien utilizará para ejemplificar pesos pesados de la letra universal. Entre los que hoy son jóvenes yo lo tengo fe a Enrique Serna, que hace los mejores cuentos en castellano que he leído en los últimos cinco años; Antonio Ortuño escribió la novela más amena que le he leído a un mexicano joven (lo siento, Velasco) y Guillermo Fadanelli representa esa ala tosca, cruda y callejera que a la literatura (y a mi literatura) siempre le viene bien.
Si yo o alguno de mis colegas cercanos, con los que de pronto coincido en el café (de la forma como García Márquez coincidía con Hemingway en las calles de París y
Cortázar solía toparse con Sartre en el Le Monde, éste acompañado de su Simone y aquél solo, en la forma en que los que lo conocieron dicen que sólo Cortázar sabía estar así de solo. La aliteración es adrede. Si yo o alguno de mis colegas cercanos, decía, llegaremos en 20 o 40 años a ese Olimpo que es el mundo de los escritores que realmente venden libros y que además escriben bien (conceptos que suelen estar peleados) es un gran enigma para mí. Sobre todo tras conocer a una docena de personas que al enterarse de que escribo resultan haber publicado sus propios libros en la lejana juventud y ahora son prósperos empresarios, respetables periodistas, alegres catedráticos. Y las letras, bien, gracias.
Claro que además ahora vamos contra la revolución de la ignorancia y la anti-cultura. Después de la maravilla que significaron los 70’s y 80’s para el mundo literario (los libros baratos, los grandes escritores publicando mucho, la No-existencia del internet, la televisión por cable, el iPhone y Stephanie Meyer aprendiendo a usar las toallas sanitarias), ahora los que queremos hemos de topar contra todo eso y además con la bendita verdad de que el hábito de la lectura está para todos los efectos, extinto.
Labrarse entonces un nombre, parece cosa complicada, por lo menos en el mundo de las letras. En el mundo de la fiesta y el bartending, por el contrario, ha sido tan fácil como llamarme Gerardo, un nombre larguísimo y complicado, para haberme vuelto muy pronto Jerry. Jerry London. Nombre que ni siquiera puedo utilizar como seudónimo sin riesgo de que me crean heredero de Jack London, que a mi edad ya tenía un nombre literario rimbombante. Eran otros tiempos.
La gente, al parecer, tiene problemas con que me llame Gerardo Hernández, y ha decidido resolver el problema creándome ese alter-ego hipersocializado que estoy seguro que soy para más de tres. Jerry London, bartender de uno de los lugares de moda de esta ciudad hervorosa, un tipo que prepara buenos cócteles, cuenta buenas historias y “al parecer escribe libros o algo así”.
Fácilmente puedo pensar en diez clientes que han comprado mi novela y puedo apostar cada uno de los dedos de mis manos a que no la han leído. Creo que suelen conformarse con mi foto en la solapa y la garantía de que están bebiendo con un cantinero que se ha certificado en el departamento de contar historias. Ya he perdido la cuenta de cuántos me han dicho: “Mi vida te daría para dos o tres libros”. Seguro. En casi cualquier vida yace una historia, pero que alguien se sienta digno de ser personaje ya me provoca la suficiente pereza como para garantizar que no seré yo quien lo convierta.
Decía, sin embargo, que todo este asunto de ser Jerry London comienza a ser aburrido y, además, inconveniente. Hace un par de días tuve la oportunidad de conversar con uno de los gurús del teatro local en una exposición de pintura. Hablamos sobre todo de eso: teatro, pintura, el desierto para la danza de este año, las próximas luces literarias. El tipo resultó un admirador de mi novela, de la que incluso me corrigió un par de errores de continuidad (los cuales yo ya había visto, pero que la editorial se negó a corregir en la última versión). El asunto es que, casi al final de la plática, cuando vio mi cara con mejor iluminación, me soltó a bocajarro un: ¿No eres el cantinero de London Pub?
Efectivamente, soy yo, le dije. Su expresión fue de confusión, por decir algo. Hago eso para pagar la renta, seguí, del mismo modo que Tolkien daba clases de lingüística o Rulfo regenteaba su escritorio en el Instituto Nacional Indigenista.
“Murakami fue bartender” me dijo tras una larga pausa. “Muy bueno, según dicen los que probaron sus martinis”. Curiosamente yo estoy leyendo a Murakami ahora. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Al sur de la frontera, al oeste del sol antes de eso. Y Sputnik, mi amor, tan pronto termine.
Entonces quizá yo sea dentro de unos años un Rulfo, un Tolkien o un Murakami, contesté yo. Y ambos nos reímos. Yo me reí porque no lo creo. Él se rió porque quizá lo cree. Quizá.
Definitivamente en algún lugar del mundo se están formando los próximos escritores cuyos apellidos alguien utilizará para ejemplificar pesos pesados de la letra universal. Entre los que hoy son jóvenes yo lo tengo fe a Enrique Serna, que hace los mejores cuentos en castellano que he leído en los últimos cinco años; Antonio Ortuño escribió la novela más amena que le he leído a un mexicano joven (lo siento, Velasco) y Guillermo Fadanelli representa esa ala tosca, cruda y callejera que a la literatura (y a mi literatura) siempre le viene bien.
Si yo o alguno de mis colegas cercanos, con los que de pronto coincido en el café (de la forma como García Márquez coincidía con Hemingway en las calles de París y
Cortázar solía toparse con Sartre en el Le Monde, éste acompañado de su Simone y aquél solo, en la forma en que los que lo conocieron dicen que sólo Cortázar sabía estar así de solo. La aliteración es adrede. Si yo o alguno de mis colegas cercanos, decía, llegaremos en 20 o 40 años a ese Olimpo que es el mundo de los escritores que realmente venden libros y que además escriben bien (conceptos que suelen estar peleados) es un gran enigma para mí. Sobre todo tras conocer a una docena de personas que al enterarse de que escribo resultan haber publicado sus propios libros en la lejana juventud y ahora son prósperos empresarios, respetables periodistas, alegres catedráticos. Y las letras, bien, gracias.
Claro que además ahora vamos contra la revolución de la ignorancia y la anti-cultura. Después de la maravilla que significaron los 70’s y 80’s para el mundo literario (los libros baratos, los grandes escritores publicando mucho, la No-existencia del internet, la televisión por cable, el iPhone y Stephanie Meyer aprendiendo a usar las toallas sanitarias), ahora los que queremos hemos de topar contra todo eso y además con la bendita verdad de que el hábito de la lectura está para todos los efectos, extinto.
Labrarse entonces un nombre, parece cosa complicada, por lo menos en el mundo de las letras. En el mundo de la fiesta y el bartending, por el contrario, ha sido tan fácil como llamarme Gerardo, un nombre larguísimo y complicado, para haberme vuelto muy pronto Jerry. Jerry London. Nombre que ni siquiera puedo utilizar como seudónimo sin riesgo de que me crean heredero de Jack London, que a mi edad ya tenía un nombre literario rimbombante. Eran otros tiempos.
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