30 octubre 2009

Y agregándole a Noviembre...

...también el Domingo 15, recién confirmado, estaré tomando parte como conferencista en el ciclo del Taller literario que impartirá Liliana Chávez para jóvenes de preparatoria.

El taller se llama tentativamente "Para tramar: Jóvenes escritores en busca de historias", y tratará precisamente de eso: Cómo uno decide qué historia contar y cómo contarla. Los ponentes serán, además de un servidor: Claudia Velina, Iván Ballesteros y Josué Barrera, que hablarán de Cuento, Poesía y Ensayo, respectivamente. Yo me dedicaré a Novela. Hablaré un poco de las 3 que ya he escrito y un poco menos de la que actualmente estoy trabajando (que es por mucho, creo yo, la más interesante) y trataremos por todos los medios de sacarle inquietudes a la multitud de pequeños emos descarriados que seguramente asistirán.

Con lo anterior, oficialmente tengo copados desde el domingo 8 hasta el domingo 15, con posibilidad de albóndigas el 16.

Por cierto, traigo una fijación con las grosellas desde hace días y no tengo ni idea de dónde puedo conseguir algunas. Si alguien lo sabe, dígamelo, por favor. También se les conoce como zarzaparrillas, creo.

28 octubre 2009

Noviembre.

Hace un par de meses una buena amiga me pasó la película que lleva el mismo título de este post. Es un filme muy bueno, con una historia originalísima, un guión que peca de bueno y un final que te encoge las pelotas y te deja listo para odiar al mundo.

La película, en fin, me encantó. Y como mi vida no sería mi vida sin el montón de paralelismos que la rigen, Noviembre ha resultado también un buen mes para mí, o al menos pinta para serlo. Por lo pronto se confirmó el taller de guión cinematográfico que dará el maestrazo Armando Vega-Gil y al que por supuesto ya estoy enlistado. Si alguien por ahí tiene el interés, en el programa de la Feria del Libro 2009 vienen las fechas y requisitos. Googléenlo. No esperarán que lo haga por ustedes, ¿verdad?

Además del taller y en el mismo marco de la Feria, su servidor ha sido invitado a presentar el libro Meteoro y otras historias de sol, del sinaloense Juan Esmerio. La presentación será el lunes 09 de Noviembre, el lugar y la hora están por confirmar. Tan pronto tenga el dato exacto se los haré saber acá por si alguien quiere y puede echarse la vuelta.

Ah, también ya me entregaron el número nuevo (11 y último) de La línea del cosmonauta, donde viene mi cuento Dibujar un círculo. Contáctenme vía comentario si quieren hacerse de un ejemplar, o pueden ir a comprarlo en la Libreria Milenio de esta ciudad.

A lo mejor por eso le dicen Sweet November. Paz para todos ustedes.

20 octubre 2009

Sabes que tu vida va bien...

...cuando asistes a dos funciones de teatro el mismo día, cenas en tu restaurante favorito, terminas un libro fabuloso, empiezas otro igual de bueno, te tomas un café con tu mejor amigo hablando de un proyecto común y de pronto estás en la cama a la una de la mañana, con una bolsa mega jumbo de sabritones y una película que has querido ver por años pausada en los créditos iniciales, esperando sólo que termines de publicar en tu bitácora electrónica para empezar con dos horas de amena diversión son sabor chile y limón.

19 octubre 2009

La insoportable brevedad del ser.

Un fragmento de Benedetti leído hace mucho, no recuerdo dónde ni cómo ni por qué, rezaba: Los suicidas lo que quieren es confiscarle a la muerte algunos palmos de vida.

Honestamente la frase no me reveló su sentido completo hasta hace hoy poco más de un año, cuando estuve a punto de morir. La anécdota (que ya conté aquí en los archivos de agosto del 2008) viene a colación hoy, un año después y tras un lindo fin de semana pasado con mi hijo Ángel, que está a menos de una semana de su quinto cumpleaños.

Se dice popularmente que un hombre no es un hombre completo hasta que ha plantado un árbol, tenido un hijo y escrito un libro. Mentira. Yo he plantado tres árboles, escrito tres libros y sido bendecido con la paternidad y de ninguna manera puedo decir que he vivido o que soy un hombre completo. Al contrario, si hubiera muerto aquel día en el mar o si muriese el día de mañana, sería uno de los primeros formados en la oficina de quejas del otro mundo, reclamando el cobro anticipado de mis derechos de habitación de la vida terrenal.

La verdad es que la vida no alcanza para vivir. Mea culpa, claro, como diría mea culpa el 98% de los habitantes de esta enorme bola de piedra. Nos preocupamos tanto por sobrevivir que queda poco tiempo para vivir. ¿No es esto contradictorio?

Una semana de vacaciones al año deja poco tiempo para viajar, para ver todo lo que hay qué ver. Hace menos de un año, contando 27 de edad, vi por primera vez la nieve. Y no la de vainilla o napolitano, sino esa con la que se juegan guerritas en las películas de Hallmark. Nunca he visto un bosque, o una selva. Desconozco cuatro continentes de los cinco que tenemos en inventario y la montaña más alta que he pisado no llega a los mil metros de altura.

Pero por supuesto no pienso que sea un asunto geográfico este de vivir o no vivir. Lejos de ello, pienso que personas que nacen y mueren en la misma casa llegan a tener una vida plena, una existencia feliz. Aquellos hombres, por ejemplo, consagrados al estudio de los libros y la práctica de la vida ascética, que poblaron los monasterios y abadías del siglo doce al dieciocho, legaron importantes obras filosóficas, teológicas y científicas a la humanidad,volviéndose perdurables en la memoria colectiva, inmortales.

Hay dos razones, creo, para tener miedo de morir joven. Una, el estar aterrado de no saber qué habrá después de la muerte: Un cielo y un infierno, o la nada absoluta. Castigo eterno, gloria sin fin o un final tajante y sin regreso. El pánico de no volver a despertar para ver el rostro de un ser querido, los primeros pasos del anhelado primer nieto, caminar el pasillo de la iglesia para entregar en matrimonio a la hija menor. Otra razón, la que me parece realmente atemorizante, es el querer seguir descubriendo cosas del mundo que se habita hasta encontrar una saciedad que, sin embargo, no llegará nunca. Comerse la vida, toda la que se pueda, antes de que la muerte llegue a reclamar su parte.

Eso, creo, es a lo que se refería Benedetti. El suicida se mata para que la muerte, cuando venga, se regrese con menos, con casi nada. Desgraciadamente, también en eso, el suicida está equivocado.

07 octubre 2009

nada más triste que un hombre solo y sin dios

Hace muchos, muchos años, cuando los Flippys dominaban la tierra, yo era un mocoso de escasos 5 años, famoso por hablar al revés y ser la voz oficial de unos comerciales de la radio.

En aquellos lejanos entonces, gozaba de un salario regular consistente en una moneda de cinco mil pesos, que me era pagada con puntualidad intachable por mi viejo cada mañana de escuela. Los domingos, por ser día de asueto, recibía doble sueldo a cambio de asistir a clases de religión y a una ceremonia de una hora que las señoras llamaban misa y el sacerdote llamaba eucaristía y mis amigos y yo llamábamos "esa hora del domingo que las mamás le roban a Chabelo".

Mi educación eclesiástica, de cualquier manera, concluyó antes, mucho antes que mis estudios académicos. Mi graduación fue muy parecida a la de la primaria (de hecho el uniforme fue igual, curiosamente) y en lugar de "graduación" le pusieron "comunión". Por ahí supe que hay un posgrado llamado "confirmación", pero como entonces, ahora tampoco siento ganas de confirmar nada de lo que me enseñaron ahí.

Pocos años después, a los 17, me mudé a la capital para estudiar una licenciatura. La mudanza trajo consigo un montón de cambios. Sobre todo cambios de ropa, que metí en mi maleta con el fin de no ponerme lo mismo todos los días. También trajo otros cambios: los cambios que mi papá tuvo que meterle a su camioneta el día que me vino a dejar, el cambio que le dieron cuando pagó las casetas de peaje. Muchos, muchos cambios. Y entre esos cambios llegó uno muy importante: De haber crecido en una casa sin libros, llegué a una casa con demasiados.

Mi madre, aterrada ante la idea de que su hijo se mudara al equivalente estatal de Babilonia, lloró y suplicó que pasara mi primer semestre universitario en la casa de unos tíos, para que la transición no fuera "tan dura" y hubiera quién "me echara un ojo". Yo, hijo maravilloso y ejemplar, acepté.

Resultó que los tíos con los que me instalé eran maestros normalistas. Mi tía Elvira, para placer de mi madre, es una devota católica; mi tío Daniel, para horror de mis padres, es un tipo genial.

Y cuando digo genial quiero decir Ateo, Socialista, Rebelde, Inconforme, Malhablado y con una barba más Cubana que la de Fidel.

Pues ese tío adornaba sus paredes con lo que todo hombre que se precie debería decorar su casa: Libros, libros y más libros. Mi primer encuentro con Engels, La primera lectura de Marx, la casi totalidad de libros de Rius, Süskind, Kafka, Vargas Llosa, fueron peligrosas incursiones off the record a los libreros de mi tío Daniel.

Es de todos conocidos que no me gustaba mucho ir a clases, así que gran parte del día me la pasaba tirado en una jardinera leyendo tanto como fuera posible y en mi mochila por lo general había tres o cuatro libros, ninguno de ellos referente a mi carrera.

La primera consecuencia de esto fue que empecé a juntarme con puro bicho raro. La segunda consecuencia de esto fue que en primer semestre tuve uno de los promedios más bajos de mi vida (creo que 9 o algo así). La tercera consecuencia fue que dejé de creer en la religión organizada.

Para ser honestos, todo el asunto de la religión siempre me había parecido sospechoso. No estaba muy seguro sobre cómo congeniar todo ese asunto de que el sacerdote hablara y hablara sobre la renuncia a los bienes materiales y la pobreza de Cristo y los apóstoles minutos antes de pasar la charolita repleta de billetes y monedas del diezmo por los incómodos asientos del templo. Tampoco me quedaba muy claro todo el tejemaneje de la Biblia, ese libro tan llevado y traído sobre el que se basaba todo el sistema.

O sea, vamos a aclararlo: Yo estudié una carrera que se basa única y exclusivamente en saberse casi de memoria libros y libros llenos de leyes. Sabemos quién hizo esas leyes. Sabemos que son obligatorias. Sabemos que pueden gustarnos o no, pero es necesario seguirlas si no queremos un castigo. Pero cuando alguien viene y me cuenta que la Biblia es una aproximación bastante libre a lo que se supone que alguna vez quizá pudo haber pasado no-te-lo-juro-pero-créeme, contado por hombres que nacieron 400 o 500 años después de esos eventos (más, en algunos casos), algo me hace sospechar que me están dando atole con el dedo.

Hay que ser muy quisquillosos en esto: La religión católica (y para el efecto todas las que tienen a Dios-Jehová como base) está cimentada en su totalidad sobre un libro que nadie sabe quién escribió (O cuéntenme: ¿Quién fue Lucas? ¿En qué año nació? ¿En qué año murió? ¿En que café realizó las entrevistas con Dios que arrojaron como resultado la entretenida biografía llamada Holy Biblia?)...decía...Un libro que nadie sabe quién escribió, cuándo lo escribió y cómo pudo haberlo escrito si no había ningún tipo de registro histórico de los hechos consignados (El archivo general de la nación se fundó como 1469 años después, en tiempos de López Portillo).

¿Qué les puedo decir? A mí me nació el sospechosismo.

Un sospechosismo que creció a la luz de docenas de libros dedicados a poner las cosas claras. Ejemplifico, para no dar de cara con el fanático promedio:

1.- En la Biblia (Génesis) Dios crea la luz el primer día, pero se espera hasta el cuarto para crear el sol. Eso me hace pensar que el Señor es el todopoderoso fundador de Enron y General Electric y que Thomas Alva Edison es autor de uno de los plagios más desvergonzados en la historia del mundo.

2.- Según la imaginaria religiosa, Dios modela a Adán a partir de un montón de barro. Al más puro estilo de Wallace y Gromit. Luego le arranca una costilla y con ella crea a Eva. Por lo tanto: ¿No debería de faltarnos a todos los hombres una costilla? ¿No deberíamos los hombres ser habitados por lombrices de tierra? ¿No deberían las mujeres de ser cocinadas a la parrilla con salsa BBQ? ¿Por qué si se hace un análisis químico de la composición molecular de un humano es TAN distinta a la del barro? ¿No debería de ser igual? ¿Por qué Dios no usó plastilina marca crayola para hacer hombres más bonitos y coloridos?

3.- ¿Por qué si Dios siempre está diciéndoles a todos que lo suyo es el negocio del perdón y la misericordia hay capítulos buenísimos (los mejores) de la Biblia, donde se dedica exclusivamente a partirle el culo a cuanto humano se distraiga, con meteoros llameantes, tormentas de fuego, perrísimos diluvios y otro sinfín de eventos especiales?

4.- ¿No les parece extraño que por ejemplo, se tronó Sodoma sin pestañear porque unos quince o veinte muchachos descarriados gustaban de darse amor mutuamente y ahora haya MILLONES de chicuelos con el mismo gusto habitando campantemente el mundo y dominando el medio de la moda, el espectáculo, las artes y la carrera de enfermería de la Unison?

5.- A mí no me la vengan a mamar conque Dios prefirió matar a SU HIJO que era un tipazo, inteligente, bien parecido, con futuro y que sabía hacer milagros chidísimos, que matar a todo el resto de humanos insignificantes, feos y leprosos, que además creían en Zeus, Júpiter y en becerros de oro.

Y no salgan conque Cristo se entregó a cambio de que se perdonara a los demás, cuando es de sobra conocido que al buen Yisus nunca se le hizo un buen plan eso de que lo crucificaran y demás cosas dolorosas. Invoco la cláusula Dios mío por qué me has abandonado para ilustrar el caso.

En resumen y para no seguirlos mareando, me brinca todo el concepto de seguir algo que está basado en falacias. No digo que sean falacias sólo porque a mí me da la gana. La comunidad científica, famosa por no dar paso sin huarache, ha demostrado que lo son. Eventos como el desarrollo de la prueba del carbono 14, la decodificación del ADN, la teoría de la evolución, han dado al traste con la mitología que rodeaba a la Biblia y al montón de crédulos que la siguen al pie de la letra.

Citando al fantástico Groucho Marx: No tengo nada contra Dios, pero no soporto a su club de fans.

04 octubre 2009

la importancia de no tomarse en serio

Power line: Sinceramente pienso que escribía mejor cuando nadie leía mis cosas.

Y vamos, no estoy diciendo que ahora mi trabajo sea leído por miles de personas alrededor del mundo (aún), pero es un hecho incuestionable que el haber publicado ya en un par de ocasiones me ha hecho ser leído, forzosamente, por quizá un par de cientos de seres humanos.

Quizá conozca a medio centenar de esos lectores, si acaso. Del resto sólo tengo pista cuando se me acercan en el bar y me dicen "oye, está muy bien tu libro" o "¿no eres el bato del libro de la morra del pelo azul?". Sin embargo, del mismo modo en que a la chica que canta y baila frente al espejo usando un cepillo como micrófono se le doblan las piernas al hacerlo en el auditorio de la preparatoria, a mí me entra una neurosis esquizoide que me hace borrar y desechar renglón tras renglón de cada mísera cuartilla sobre cualquier tema, e incluso para las insulsas notas que a veces publico en este espacio electrónico.

Un amigo escritor me cuenta que el día que conoció a García Márquez tuvo la oportunidad de ayudarlo a salir de un restaurante donde una concurrencia fanática le asedió durante casi una hora por firmas y charla casual y que el maestro, al tomarlo del brazo antes de subir a su auto, le dijo: Amigo, nunca se haga famoso.

Desde ese día utiliza esa anécdota como pretexto para las bajísimas ventas de sus libros. No quiere contrariar al Gabo, dice.

El asunto, creo, es precisamente ese. No me da ninguna pena decir que he terminado un par de proyectos forzadamente con el único fin de participar con ellos en un certamen literario. Reconozco, sí, que a veces terminé llevándolos a un puerto muy distinto del que les había pensado. Pero ahí radica la maravilla del asunto: no tomarme en serio, no asumirme como un tipo al que los lectores van a reclamar por lo que hace con sus historias me facilita muchísimo todo el proceso creativo.

Y en esas pocas ocasiones en que sé que lo que escribo terminará frente a los ojos de la critica, todo se vuelve más constipado. Como un estreñimiento literario.

¿Por qué digo todo esto? Bueno, porque una institución cultural está evaluando en estos días un proyecto bastante grande que está totalmente a cargo de este que les escribe, y de su aprobación o negativa dependerá todo el curso del próximo año para mí y los míos. Así que no es poca cosa.

Sólo espero recuperar a tiempo mi capacidad de no tomarme en serio y tomar en serio únicamente lo que hago. Sé que lo hago bien, como todo. Excepto, claro, fracasar.