20 noviembre 2011

El elemento Pop

Nada de lo que escribo es nuevo. Nada de lo que escribo es nuevo porque utilizo un idioma que yo no inventé, siguiendo reglas gramaticales que tampoco inventé y queriéndolo o no, sigo de forma inconsciente con muchas de las influencias de grandes maestros de la narrativa a la hora de ejecutar mi propia prosa. Nada de lo que escribo es nuevo, porque remo en un mar finito de palabras y mi único mérito es buscar combinaciones estéticamente afortunadas para que esas palabras se lean de una forma rítmica y tengan una melodía coherente, un sentido último al lector.

 Dicen que soy un creador, pero yo sé que no tengo el don de la vida. No puedo crear a la manera divina (existir viene literalmente de ex sistere: salir de la nada) y acaso puedo aspirar a contar historias que no se han contado de esta manera (muchas veces descubro que sí, ya se habían contado, y hasta mejor). Sin embargo escribo porque soy un poco necio y un poco perezoso. Un poco necio para dejar de hacer algo para lo que siento que tengo aptitudes y un poco perezoso para dedicarme a la música, las artes plásticas o el macramé.

Hay un elemento secreto, un gramo de locura en todos los que decidimos dedicarnos a lo creativo y hacer piruetas mentales un día sí y otro no, con el afán de describir realidades secretas, y es ese elemento el que no suele dar reposo, un poco a la manera del hambre, que uno trata de ignorar yéndose temprano a la cama o fumando un cigarrillo, pero que sigue ahí, clavándose de a pocos en el vientre hasta que uno la sacia con comida y no otra cosa que comida. Un poco así.

Soy muy infeliz cuando no escribo. Puedo escribir esa frase al revés. Cuando soy muy infeliz, escribo. Realmente la frase al revés debía ser Cuando no escribo, soy muy infeliz. Pero creo que todo es cuestión de sintaxis. Una conocida filóloga y lingüista local sigue burlándose de mí porque alguna vez dije en un taller que yo sólo escribo de lo que me da rabia. Quizá sea cierto que es risible, pero no es menos cierto que es verdad. Muchas veces he escrito como una forma de reclamo hacia mí mismo.

Mi primera novela, ya olvidada gracias a los cielos, era un bofetón en el rostro de mi cobardía adolescente (un amor frustrado por nada más que indecisiones), y mi segunda novela una sucesión de quejas hacia mi existencia veinteañera (nunca probé las drogas, nunca fui un desenfrenado, nunca maté a nadie). No fui un tío divertido, ni lo soy ahora. Mi novela más reciente (Crucigrama, editada este año) es una catarsis desde el humor negro de todo lo que me molesta en la actualidad de mi país. Mi país del que tanto me quejo. Juro que no es pose. Pero no odio al país. El país no existe mas que como una abstracción. Odio a la gente que lo habita por los mismos motivos que suelo odiarme a mí. Por indolente. Por perezoso. Por abúlico.

No los voy a aburrir con mi reseña trillada de lo que pienso del país. Lo resumo muy fácil: tenemos uno de los peores gobiernos del continente con los peores gobiernos. Fin. Crucigrama trata eso desde la burla sesgada. Lo hice así porque trato de que mi narrativa sea sincera y sinceramente de esa forma es como lo llevo. No puedo evitar ser sarcástico con los policías que me detienen tres veces por semana para ver si voy manejando borracho y pueden llevarse una tajada. No puedo evitar violentarme ante sus comentarios burlones cuando les digo que no pruebo el alcohol. Me molesta que duden que pueda pagar mi camioneta con el trabajo que tengo y también que necesiten ver mi licencia y documentos cuando no he cometido ninguna infracción. No le están haciendo un favor a nadie. Seguro que en marzo, mientras me robaban mi carro de afuera del departamento, había una patrulla parada a menos de cinco cuadras molestando a otro trabajador honrado y cansado como yo cuando vengo de la chamba. Son una mierda. Todas las autoridades judiciales de este país lo son y yo los detesto desde lo más profundo de mi corazón. Si alguno de mis hijos decide ser policía, lo mataré antes de que entre a la academia o lo convenceré de volverse transexual, narcotraficante o cantante pop. Lo que sea, menos policía.

Lo mismo pienso de la clase política (municipal, local y federal, es lo mismo). Estoy en ese momento vital en el que, siendo graduado de la escuela de leyes, mi generación universitaria empieza a ocupar los cargos de mediana importancia en el aparato estatal. ¿Y qué veo? Obvio: todos los ineptos, ebrios consuetudinarios, cocainómanos, cabezas huecas, pedantes hijos de papi, son los nombres elegidos. Los pocos compañeros brillantes que tuve, están atascados en el aparato judicial: actuarios, secretarios, con miras a la eternidad. Ser un lamehuevos es el camino al éxito. Si esa es verdad, no conoceré el éxito en esta vida.

Ser rico está muy bien. No hace calor cuando se es rico. No hace hambre cuando se es rico. Las distancias son cortas, las enfermedades llevaderas. La comida sabrosa y veloz. Las sobremesas largas. La muerte es igual de infalible, claro, pero dice un buen amigo: si te vas a matar en un choque, trata de que sea en un ferrari. No le tengo miedo ni asco al dinero, pero definitivamente quiero que llegue limpio. Sin sangre y sin mierda, que son dos fluidos muy infecciosos.

Pero divago: Crucigrama trata de estas cosas y además del germen de la revolución, del terrorismo social, de la nueva realidad que existe en estas burbujas de irrealidad que se crean en los que "viven bien", y en las que es facilísimo abstraerse de las tragedias que se siguen forjando y el caldo de cultivo que sigue fermentándose detrás de los cerros, en la vida real de perros sarnosos y días sin comer. Ahí es donde está el ochenta por ciento del país al que nadie se está ocupando de educar ni alimentar. Cuando los pobres enloquezcan, lo primero que harán será comerse a los ricos y cagar en sus albercas. Así me dijo un amigo sociólogo y yo decido creerle y además, esperar que tenga razón.

Por eso escribí Crucigrama estando enojado. Por eso espero que, como me sucedía a mí cuando releía pasajes, rían un rato, pero la sonrisa se les vuelva una mueca de rabia o por lo menos un chasquido de la lengua.

Sé que no voy a cambiar al país, pero no pienso morirme sin darle una buena patada en los huevos.

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