02 agosto 2004

Sobre los desencuentros que perduran

Digamos siempre.

1.

Existen dos formas de hacer esto, y creo que lo sabes tan bien como yo. Pero voy a decírtelo de todas formas, ¿sabes? Sólo para que, por esta vez, no tengas el eterno pretexto de que no se te ocurrió una mejor manera de hacer las cosas. La primera forma es muy sencilla: los dos nos levantamos en este momento, nos ponemos de pie así nomás, al fin que es cosa de todos los días ponerse de pie entre estas apretadas mesas de café y luego darse la espalda y caminar sin voltear a vernos. Y luego asegurarnos que ese dejar de vernos perdure por, no sé, digamos siempre. Pasa el azúcar por favor. Gracias.
Te ves bien de negro. Recuerdo cuándo fue la última vez que te vi vestida así, toda de negro, toda luctuosa, tan tú, tan invierno. París, sí, en aquel París de Noviembre en que nos encontramos (aunque encontrarse sea una palabra tan ambigua) y caminamos juntos por la ribera, entre las docenas de sombrillas azul marinas de los ancianos y entre los cientos de palomas mendicantes del parque de la rue delatoûr. Si, yo sé que no es buen momento para recordar esas cosas, que en este momento debería de apelar mejor a lo malo. Qué quieres que te diga, para mí es mejor recordar lo bueno, recordar aquella tarde tan amarilla, tan premonitoria en que nos encontramos.
No. Te he dicho mil veces que no pensé que fueras fácil. Parece que no has terminado de conocerme, que no alcanzas a entender que no te hubiera juzgado aún si no me hubiera enamorado de ti (aunque enamorarse sea una palabra tan inmensa). Hacer el amor contigo esa tarde fue, sin duda, y contando mi vida hasta este momento en el que estamos de nuevo sentados frente a frente, el suceso más extraordinario, más perfectamente deseado y concedido que me pudiera pasar.
Dos horas después, cuando desperté y descubrí que te habías ido, me fui a tomar un café con Alejandro y Mario y fueron dos tazas bien conversadas. Me di cuenta que a Mario había dejado de parecerle para morirse de risa el hecho llano de que le pongo azúcar a mi café. Parece una idiotez (sobre todo a mí, qué quieres) el reírse del gusto de alguien por endulzar el típicamente amargo líquido, pero Mario siempre lo ha encontrado como un tópico por donde abrir la broma y desamodorrar la plática. En fin. Alejandro, como siempre, estuvo abstracto, hablando de mucho sin llegar a nada, y mayormente haciéndome preguntas de Ardana Castillo, la trigueña fantástica de la cátedra de Política que nos tenía embelesados a los dos con su talante sombrío, sus cabellos rizados, oscuros y larguísimos, y su mirada anónima (estuve tentado a decir apócrifa por esa manía innata de usar palabras que no sabemos exactamente lo que significan). Venga, no me mires así ni me reclames porque no te hablé de ella. Créeme que para el momento en el que separaste tus labios de mi cuello la trigueña era un recuerdo lejanísimo en el horizonte de la poca conciencia que me quedaba. Como sea, ambos se fueron del café a la misma hora, once treinta y dos, uno a la oficina y el otro a seguir esperando una llamada de trabajo en dondequiera que le hagan la caridad de apreciar sus dos especializaciones en Alemania. No le augurábamos nada bueno, quién diría.
Yo me quedé a terminar el café. Me tardé cosa de diez minutos, más cinco que demoré pensando en el rescoldo amargo en la parte de atrás de la lengua que me deja el elíxir y que se parece mucho al sabor de la boca después de hacerte el amor. No, después de besarte no. No asientas así nada más, eso, aunque sencillo, implica algunas cosas no tan fácilmente inteligibles. Primero: que el sabor no es de tu saliva-labios-lengua, sino de tu piel-sudor (pienso en decir vagina, pero no me atrevo). Segundo: que si proviniera de tu saliva, pero fuera únicamente perceptible después de hacer el amor, entonces tú llevas en la sangre una especie de tendencia filicida que procura envenenar tus fluidos mientras te reproduces (algo parecido a las mantis que se tragan al amante exhausto); y tercero: que hay sabores que son amargos por la nostalgia que sentimos de percibirlos.
Perdona, si tienes tanta prisa regresaré al tema (no deja de parecerme risible tu afán por tomar refrescos de dieta). La segunda forma de hacer esto es la no tan sencilla. En esta no nos ponemos de pie, ni caminamos dándonos la espalda en direcciones opuestas como en un duelo de vaqueros. En lugar de eso tú extiendes tu mano derecha, todos los cinco dedos largos, blancos y perfectamente femeninos de tu mano derecha sobre la mesa y la dejas ahí, como a unos veinticinco centímetros del plato. Yo, por mi parte, extenderé mi mano izquierda, los cinco dedos un poco menos estirados y, con lentitud, la pondré sobre la tuya, mirándote a los ojos. Tú, por supuesto, deberás también mirar los míos y de ver si encuentras en ellos todavía una razón para quedarte.

2.

La verdad es que me he roto demasiado la cabeza pensando en una manera de decidir que hacer con esto, contigo (aunque decir contigo sea un riesgo innecesario) y no llego a nada. Habría que escribir un manual para estos casos. Pero claro, existe el riesgo de que el manual esté errado y tampoco comprándolo lleguemos a nada. Estoy divagando, perdona. Ahí tienes tu azúcar. Por nada.
Decir Siempre me parece otro riesgo innecesario. ¿Si la vez de París te hubiera dicho que iba a amarte siempre me lo habrías creído? Ya lo creo que no, si acabábamos de conocernos. Lo que debes haber pensado es que era una fácil porque a las dos horas de charla ya estaba metida en tu cuarto en la pensión de madame Bautier. Lo que no sabes, quizá no te enterarías nunca si no fuera a decírtelo en este momento, es que no nos encontramos, sino que yo te encontré a ti, y luego quise dejar que tu también me encontraras, para que lo nuestro tuviera esa pequeña dosis de cine que le hace falta a todos los amantes, aunque sea sólo para quitarse la culpa. Yo te vi antes, incluso te tomé una foto que aún conservo con la vieja Polaroid de 35mm. Apareces recargado en la baranda del parque, mirando el río, las mismas sombrillas por entre las cuales caminamos, las mismas palomas que nos sobrevolaban cuando me diste el primer beso. Porque el primero lo diste tú, y de ahí en adelante quedó claro nuestro camino.
Nunca había hecho el amor. No podría mentirte. Tampoco lo he vuelto a hacer, y aunque en esto sí pudiera mentir, sabes bien que no lo estoy haciendo. Sólo por esa vez que lo hice contigo sé del sabor que le queda a una en la lengua, en alguna parte del paladar, tal vez almacenado como una enfermedad en el mismo hipotálamo, contaminando el sentido del gusto, cuando se besa aquella piel que sabe tan bien el cómo y el cuándo erizarse, volverse ávida, trémula de caricias. No se porqué guardo tantos recuerdos de ti y de tu cuerpo espigado, escurridizo, tan difícil de grabar en la memoria y que sin embargo se me plasmó en el cuerpo, en el torso, especialmente en las palmas de las manos y en la punta de la lengua. Siempre será mejor recordar lo bueno. Aunque lo malo se quede ahí, digamos agazapado.
Para ser sincera, no pensaba estar ahí cuando te despertaras por dos razones. La primera, para no tener que decirte mi nombre. La segunda, porque no quería que me vieras desnuda. No te rías. Me da pena mi desnudez de pechos redondos, de caderas rectas y piernas demasiado flacas. No, no me parece ridículo querer conservar ese misterio aún después de habernos hecho el amor (aunque hay quien dice que ya está hecho). Así que me fui a caminar un poco. Pensaba regresar, pero en lugar de eso terminé sentada en una de esas bancas de hierro forjado del parque donde nos encontramos, contemplando las estrellas en la superficie del río, un poco triste. No pensé que alguna vez volvería a verte. Dos coincidencias en un mundo tan grande son demasiadas. Tú volverías a tu ciudad sin intenciones de volver a pisar París, a mi me aguardaban otros dos años ahí. Volver a encontrarte alguna vez, en cualquier momento de mi vida, parecía un acontecimiento que de suceder hubiera sido más risible que asombroso.
Este debe ser el café más hermoso de Antofagasta. ¿Se parece en algo al café en el que hablaron de Ardana Castillo? Tal vez no, los franceses son tan distintos en todo, hasta en el aroma.
La verdad tengo un poco de prisa, y escucharte disertar sobre las impresiones de un encuentro sexual tan lejano está comenzando a dejarme el sabor del resabio ácido que sentiste entonces, así que vuelve al tema. ¿Cuál es la otra manera de terminar esto? Si, ya sé que te ríes de mi debilidad por los refrescos de dieta. Parecerá tonto, pero el vicio se me formó en París.
Siempre me gustaron tus manos. Tienen una sensación de paternidad confortante. Ese anillo que llevas en el anular no podría llevarlo nadie más. Es muy tuyo. Pocas cosas son tan de alguien como ese anillo. Por mi parte, mis manos no me parecen la gran cosa. Son tal vez las manos más simples que conozco, sin marcas ni lunares. Tal vez por eso te gustan.
No creo que deba dejar que nos tomemos las manos, y mucho menos verte a los ojos. No es por desdén, ¿Sabes? Es que siempre me gustó hacer las cosas de la forma sencilla.


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