30 noviembre 2008

Si hoy me preguntaran por qué las prefiero naturales, diría:



Pero claro, no puedo solo contra Revlon, Maybelline, MayFair, Avon, Clinique, L'oreal, Füller, Mary Kay, Victoria's Secret...

25 noviembre 2008

Cuida tus palabras, podrían volver y morderte el culo.

A Carlos lo metieron al bote cuando tenía veintitrés años. Lo metieron por asaltar un oxxo. O por asaltarlo mal, la verdad, que si metieran al bote a todos los que han asaltado un oxxo nomás en Hermosillo ya hubieran tenido que construir unos 4 o 5 CERESOS más.

Yo me enteré de una de las maneras más raras. Estaba en el café leyendo el diario, uno en particular que nunca leía por ser intensamente amarillista (una versión pueblerina y persignada del Alarma!) y me encontré en la segunda página de la sección policiaca con el rostro de Carlos convertido en maleante. Tenía un tipo a cada flanco, cómplices del robo, según los dos parrafitos al pie de la foto y su cara se veía, tal vez por lo oportuno de la toma, por su vestimenta desaliñada, por el obvio estado de intoxicación en el que andaba, verdaderamente criminal. Tenía ese dejo retador en la mirada, esa media luna descendente en la boca, ese ligero adelanto agresivo en el pecho que gritaban al observador “soy un criminal”.

Yo no lo consideraba un criminal. Carlos había sido mi compañero en la facultad de leyes, había sido un buen compinche de fiesta, un alegrador cotidiano de las mañanas perezosas en la banca del café y posteriormente había sido mi socio en el litigio en aquel despacho civil y mercantil en el que ambos hicimos los pininos legales. Por supuesto yo sabía que además de los muchos churros de mota que se había fumado, a Carlos le complacía darse jugosos arponazos de heroína en los brazos. Había sido testigo presencial de ese desliz en los baños del pluma blanca y confieso sin pena que en aquel lejano entonces no sentí la compasión que siento ahora por el triste vicio de Carlos y su férrea dependencia del narcótico aquél, sino una especie de complacencia por encontrarme de pronto en una escena de Trainspoting, a la sazón una de mis películas favoritas.

Creo que lo he repetido hasta el cansancio en esta bitácora: Jamás me metí una droga dura en el cuerpo. Mis escarceos más intensos son la cafeína y el chocolate y aquel brownie chistoso del que les conté unos meses atrás. Fuera de eso, soy el tipo más abstemio del mundo. Sin embargo, no me cuesta trabajo encontrarle el glamour a la decadencia propia de películas de Boyle o de libros de Bukowski o Kerouac que es moneda común en la farándula artística local. Tengo muy claro que esa es una de las razones de mayor peso para que este que les escribe no encaje entre las divas de la cultura pitiquense. No confían en mí porque nunca me verán vomitando sus baños, dormitando en sus alfombras o llorando en los visos de sus ventanas por el amor que se me fue. Se me dificulta hermanarme y además delezno el recurso de ponerme hasta la madre de inhibidores para hacérmelo más fácil.

Entonces, ver a Carlos y al Buffon haciendo el truco de la chiva en aquellos baños malolientes y graffiteados, me hacía partícipe y testigo directo de un espectáculo improbable hasta entonces. La mecánica de la dosificación, preparación e inyección de la negra tomasa, paso a paso y fase a fase, aunque no la deseaba para mí, me resultaba tremendamente nueva, ajena y por tanto interesante. Algún día serviría como recurso descriptivo, como simple sentencia anecdótica o lo que fuera, de eso estaba seguro.

Pero en horas de oficina, Carlos era el abogado más responsable y eficiente que se puedan imaginar. Costaba relacionar al heroinómano dicharachero cuyos chistes de gallos hacían reír al más amargo de los cuates con el jurista dedicado que se sumergía por días completos en mares de jurisprudencia digital para encontrar un argumento infalible contra consideraciones judiciales adversas. Un buen abogado, Carlos, un buen tipo. Conducía un buen coche y habitaba una buena casa con sus padres y hermanos. Recuerdo que lo primero que me vino a la mente cuando leí la noticia de su aprehensión fue el rostro de sus padres, maestros ambos, consternados de pronto ante la noticia de que el hijo pródigo (lo aman, me consta) se había convertido en “víctima del sistema penal mexicano” –porque, claro, lo primero que se piensa es que se trata de un error, ¿mi hijo? Están pendejos.

Lamentablemente sí, su hijo era culpable de robo agravado. Mil trescientos pesos en efectivo y casi cuatro mil en tarjetas prepago de teléfono celular, más algunos cigarrillos y no sé qué más, constituía el “botín” por el que Carlos y dos desechables fueron a parar a La grande. No lo he vuelto a ver. No sé si siga purgando condena o haya salido por buena conducta, fianza o pretexto similar. La última vez que lo vi, meses antes de enterarme de esto, fue en las oficinas del Seguro Social, entregando unos acuerdos judiciales en vía de notificación. Se había cortado el pelo a rape y acababa de cambiar de coche. Se sentía bien, un ascenso estaba próximo en el trabajo y la vida pintaba colores alegres en el futuro cercano. Me despedí de él con un abrazo y la promesa de vernos pronto para hablar a la sombra de un par de cervezas. Por esos días me había enterado de un jugoso premio literario y a Carlos le dio mucho gusto saberlo y felicitarme por ello.

“No te pierdas- me dijo- Y busca un empleo útil. Capaz que la próxima vez que te vea tenga que sacarte del bote”.

Pocas, muy pocas cosas tan eficientes como la ironía, ¿eh, Carlos?

Del maestro.

El siguiente post andaba perdido entre los borradores de mayo y hace unas horas me lo encontré y no pude recordar por qué no lo publiqué entonces. Aquí va, como una forma de desfacer el entuerto.

Por lo general me parece un poco triste, quizá hasta ridículo en una acepción no cómica de la palabra, el gusto que tenemos algunos de ponernos de repente, y sin que venga a cuento, a soltar largas peroratas, a veces demasiado detalladas, sobre la cantidad y calidad de las lecturas que a lo largo de nuestras vidas hemos acumulado en forma de hojas de imprenta apiladas en libreros o, en mi caso actual, en grandes cajas de cartón corrugado (sí, de esas cafés muy feas que dicen Huevo Blanco, Frágil, This side up y todas esas cosas).

Sin embargo, hoy lo haré. En razón principalmente de dos cosas. La primera, estoy terminando la mudanza a un nuevo departamento (más grande, más bonito, sin mala vibra) y en este momento una de las recámaras está atestada con nada más que cajas de libros, las cuáles ocupan el espacio de más o menos la mitad del cuarto y con las que ya me he dado por lo menos dos tropezones de esos que te ponen de muy mal humor. La segunda, es que por estos días termino de leer El viaje a la semilla, una biografía exhaustiva y primosoramente labrada que hizo Dasso Saldívar de Gabriel García Márquez.

Siempre me ha resultado divertido el que, al recibir visitas de nuevos amigos a los lugares donde vivo, me hagan el comentario de que tengo demasiados libros. No es cierto, por supuesto (difícilmente llegarán a un par de cientos) pero en un país donde según la estadística oficial se lee menos de un libro por año, supongo que para el lector promedio se verá como la muralla china hecha de papel.

Estoy muy enamorado de los libros. No sólo de la literatura, ni del oficio de escribir, ni tampoco de la lectura (que es, sin niguna duda, mi gran desliz) sino de los libros. Física, tangiblemente. Me encantan. Me gusta mucho verlos cubriendo las paredes de mi cuarto, dándo vueltas en las esquinas, adornando los vanos, dándole un montón de colores al generalmente soso tono de la pintura de los muros. Me gustaría tenerlos por miles, por supuesto, y si tuviera tan sólo los que he leído, debería andar por ahí de los seiscientos, más o menos.

No todos son buenos, claro está, confieso apenadísimo que me leí los cinco primeros libros de el apóstol del opus dei C.C.Sánchez. Estaba en la secundaria, mi hermana mayor me dejó uno cerca, el personaje principal se llamaba -nombre y apellido- exactamente como yo. Me llamó la atención, ¿está bien? Cállense. Leí uno de Coelho, intenté leer un segundo, pero ya no pude más. En fin, no tiene caso seguirme lacerando con el recuento de mis malas lecturas. El punto al que quiero llegar es a que he leído todo lo que he podido hasta el momento y sólo lamento no haber empezado antes para haberlo hecho mejor y sobre todo con más calma.

Las circunstancias de mi niñez me prepararon para ser un lector voraz. Una de las hermanas de mi madre, que se encargaba de cuidarme los fines de semana, era maestra de primaria. Los alumnos de primer grado, en aquellos ya lejanos entonces, hacían sus pininos en la lectura con un libro que recuerdo muy colorido y de ilustraciones encantadoras, llamado Mis primeras letras. A mis tres años y medio, la tía se sentaba conmigo y hojeábamos juntos el libro aquel, donde decía que la C era de Coco. Yo tenía un gran conflicto con la C, porque cada letra traía junto un dibujo de algo cuyo nombre empezara con esa letra (ya saben, V de vaca, S de sopa, y así) y el dibujo de ese "coco" era igualito a una bola de boliche, es decir, una forma esférica y oscura con tres agujeritos (en mi cochina vida he visto un coco con esos tres agujeritos y por su parte todas las bolas de boliche que he visto los tienen) sin embargo aquello era un coco y empezaba con C.

Así aprendí a leer, poco antes de cumplir los cuatro años. Para celebrarlo, me regalaron El principito. Y me gustó mucho. Luego me regalaron Platero y yo. Y me gustó más. Luego vino un largo, largo silencio en la vida de un lector que nacía y que años más tarde descubriría que estaba creciendo en un hogar donde nadie más sería lector. Nunca hubo más libros en mi casa y así se fue la infancia entre docenas y docenas de ejemplares de Condorito, Archie, Memín Pinguín, Ricky Ricón, Patoaventuras, El libro Vaquero y un sinfín de historietas de dudosa calidad pero de enorme entretenimiento y que mantenían, al menos en su aspecto de hábito, al lector leyendo.

En quinto de primaria, dándole la primera hojeada al flamante libro de español lecturas, nuevo, recién forrado, oloroso al papel grueso en el que estaba fabricado, me encontré con un texto llamado Macondo. Quedé fascinado. Más adelante, en el mismo libro, había otro mini texto llamado La casa de José Arcadio Buendía. Y me fasciné de nuevo. Sin embargo, ni en uno ni en otro había la más mínima pista de que aquellos dos textos pertenecían al mismo todo, y que ese todo se llamaba Cien años de Soledad y tenía por aquellos entonces, menos de una década de haberle dado el Nobel de literatura a su creador, un tal Gabriel García Márquez.

Cuatro años de oscuridad. Sexto de primaria, que se trató de aprender a interpretar los calores que de pronto hacían nido en partes del cuerpo donde nunca habían estado, de intentar aprender que las niñas servían para algo más que utilizarlas como enemigo ideal en los juegos del recreo y en fin, de disfrutar el ser niño antes de que fuera demasiado tarde. Y al terminar el verano ya era demasiado tarde, y se vino encima la secundaria, los otros tres años de oscuridad, la llegada de C.C. Sánchez a mi joven e inocente concepto literario y la intoxicación verborreica, moralina, emocionaloide, que -carajo- era muy entretenida.

Tenía dieciséis años. Medía un metro y sesenta y cinco centímetros. Pesaba cincuenta y cuatro kilogramos. Era joven, rico y lleno de azúcar. Era obvio que algo iba a pasar. Y lo que pasó fue un ejemplar roto y medio correteado de Cien años de soledad, que llegó a mis manos vía mi maestra de taller de lectura y redacción, la muy venerada Norma Morales (conocida en el bajo mundillo preparatoriano como Mafafa), que me lo dio en modalidad "lo lees y lo regresas" porque por aquellos entonces yo andaba publicando muy malos poemas en la gaceta escolar y supongo que se sintió obligada a cortarme los naipes para que viera que lo mío era basura y que más me valía empezar a mejorar.

Cien años es definitivamente el libro que me hizo un lector “serio”. Hubo tantas cosas, tantos pequeños y grandes detalles que no entendí la primera vez que lo leí, que en definitiva me sentí obligadísimo a releerlo. Recuerdo así por mencionar algunas cosas, el asombro sin límites que me causó la primera historia del libro, cuando el coronel Aureliano Buendía va de la mano de su padre José Arcadio a conocer el hielo. El que García Márquez no se conformara con empezar a contar un relato diciendo que el primer personaje del que hablaba estaba a punto de morir fusilado, sino que además el primer recuerdo del condenado se remontara hasta la temprana infancia y a un hecho tan insólito como ver por primera vez el hielo –una cotidianeidad para un adolescente como yo, cuyos abuelos fueron dueños por mucho tiempo de una gran nevería- simplemente me compró para siempre como un fiel devoto de la narrativa del colombiano. Recuerdo con la misma intensidad que al descubrir desde el segundo párrafo aquella descripción de Macondo que me había hipnotizado a los nueve años, supe con toda certeza que Cien años de soledad me había estado esperando durante siete años, en el librero de aquella maestra de literatura, entre las repisas empolvadas, quizá entre Horacio y Sófocles o tal vez entre Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa. Como sea, esa historia había estado aguardando por mis ojos ahí, tan tranquila y reposada como si hubiera sabido desde siempre que un día yo iba a llegar a ayudarle a suceder de nuevo, como había sucedido setecientas mil veces (el número de ejemplares vendidos en lengua castellana en la década de los 80) frente a otros ojos.

Por supuesto, llegué al final del libro de la misma manera en que uno podría atravesar el amazonas desnudo y descalzo. Estragado por la sed, mordido por serpientes venenosas, herido por las fieras y dado a la miseria. Endiabladamente feliz. Había descubierto la literatura y el sinfín de posibilidades que esta retoñaba en su vasto jardín. Había recorrido todo Macondo, con la omnisciencia y la omnipresencia que sólo podía dar un narrador tan integral y completo como el Gabo, había visto nacer y morir a generaciones enteras de Buendías, había visto subir al cielo a Remedios la Bella, había visto el homicidio masivo de Roque Carnicero (nací hijo de puta y muero hijo de puta), había presenciado la convivencia real entre vivos y muertos en los diálogos de Melquíades con los Aurelianos y había vislumbrado, más allá del horizonte de la historia, hacia dónde iba la vida cuando uno no tiene más que esta maldición de narrar para enfrentar a la muerte.
Al día siguiente comencé a leerlo de nuevo. Y tres días después lo leí por tercera vez. A la fecha, lo he leído veintidós veces y le debo cuatro al maestro para cumplir con mi pacto de leerlo una vez por cada año de mi vida. Me sigue pareciendo una historia perfecta y maravillosa, pero por algún motivo, me parece cada vez más corta. No es un defecto, ni me desanima en absoluto, ni mucho menos demerita la virtud creadora de GGM, pero es un hecho que cada vez lo termino más rápido y me quedo más y más con la sensación de haber salteado pedazos, de haber soltado partes aquí y allá.

Sólo con El otoño del patriarca he vuelto a ver al García Márquez de Cien Años de soledad. He vuelto a encontrar esa casi magia con la que me hace creer en lo improbable como si fuera lo más lógico. El resto de sus libros, aunque los he disfrutado enormemente, me parecen mucho más áridos. Sólo en Cien años y en El otoño está ese Gabo místico, totalmente aldeano, supersticioso, exagerado, grandilocuente y soberbio que me volvió un lector compulsivo.

Por supuesto es muy poco lo que este servidor podría aportar críticamente a los cientos de kilos de papel que se han gastado escribiendo sobre García Márquez y su obra (una obra, además de todo, pletórica, vasta y multidisciplinaria, que pasa por la novela, el cuento, el periodismo, el guión cinematográfico, la crónica y casi cualquier cosa escrita que tenga nombre), pero dentro de lo poquísimo que puedo ofrecer, es mi certeza de que fue él y específicamente esta historia suya los que me hicieron descubrir las posibilidades reales de la narrativa y abandonar definitivamente la poesía y sus vericuetos para entrar al mundo de la prosa en el que navego desde entonces, con más o menos suerte y para bien mío y de cuantos me han leído.

Al Gabo le pasó eso cuando leyó a Kafka, y años después, a Rulfo. Yo, en las horas que ocupo en lanzar el anzuelo a ver si las palabras pican, no puedo sino esperar que, como al Gabo le hizo La metamorfosis y el Pedro Páramo y a mí me hizo Cien años de soledad, una tarde de jueves un niño tome en sus manos un libro con mi nombre y cuando lo suelte, una semana después, ya no sea el mismo niño, sino otro distinto, más lleno de magia, de posibilidades e imaginación. Otro contagiado de eso que los mamadores de gallo de la cueva llamaban “el sarampión literario”. Así es uno de ambicioso, qué se le va a hacer.

22 noviembre 2008

instrucciones para dibujar un árbol.

Abrí las hojas del diario. Uno de los dos columnistas que solía leer con deleite no había publicado. Era jueves. No había disculpa escrita, ni justificación para su ausencia. Leí al otro. Su columna era desabrida ese día, como casi nunca. Los dos chistes que incluyó, uno como prefacio, el otro colofón, los conocía yo desde la infancia. En lugar de la otra columna, la que me faltaba esa mañana, estaba una colaboración de alguien a quien supuse intelectual y supuse sureño. No me dio la gana concederle una oportunidad.

Pasé a los deportes. Mi equipo había ganado. Claro que había ganado. Era el equipo de mi padre y él sí que sabía elegir al bando ganador. Volveríamos a ser campeones de liga si se ganaba uno de tres encuentros que faltaban por disputar. Los coleros de la liga. El olor a trofeo, a cerveza, a la tela suave y lustrosa de la camiseta oficial –novecientos pesos avalaban su suavidad y su lustre- acariciaron suavemente mi nariz. Anoté en el blackberry que esa tarde habría de llamar a De la Rosa para preguntarle en donde sería el festejo el próximo domingo. De la Rosa era el lateral izquierdo del equipo con el que dábamos a veces pena y a veces risa en una liga local. Alto, fuerte, de cabello endiabladamente ensortijado y una cara que era mil veces más de filósofo renacentista que de defensor, De la Rosa era también el icono pop de la ciudad.

Bebí el café que Luisa había preparado. El primer trago, como de costumbre, me quemó la lengua. Puteé a Luisa y a su puta manía de dejar encendida la resistencia de la cafetera eléctrica, hirviendo al café más tiempo del necesario. A Luisa, ocupada en recoger por toda la casa las muchas miserias que esa semana se habían acumulado, le valió madre. Le agradecí humildemente al dios de los desarrapados que me hubiera mandado a Luisa, la maldita mije a la que le importaban dos carajos mi mal genio y mi completa ausencia de dotes domésticos.

La pantalla de la laptop se iluminó, respondiendo a la caricia de una servilleta de tela con la que quité dos gotas de café del teclado. Dos recuadros destellaban un azul muy brillante, anunciándome que alguien, vía mensajería instantánea, tenía algo qué decir. Inhalé profundamente el venerado aroma del café que seguía humeando desde su negro tazón antes de abrir la primera ventana.

(Aquí usted puede ser un lector ortodoxo y continuar en el párrafo siguiente, o ser un lector heterodoxo y dar clic aquí para husmear en la vida del narrador más allá de lo que éste quiere contarle, hasta las minucias verdaderas de lo que aquél efectivamente ve)

La sección de Política estuvo entretenida. Ya faltaban dos años para la elección estatal. Era la víspera de los destapes, las apuestas a los caballos políticos y las equivocaciones de todos a la hora de elegir bando. A mi me gustaba elegir y apoyar con toda la anticipación posible al gran perdedor, sólo para sacarle úlceras nuevas a mi padre, siempre en el escuadrón de los gloriosos.

Yo admiraba a mi padre. Me embelesaba y me hacía sentir un orgullo culposo el verlo bajar de la gran camioneta del poder, enfundado en su traje de corte impecable, la corbata al viento, mancuernas doradas con estilo y discreción, un tipazo de presencia demoledora. Descendía para encontrarse a la corte usual de lame suelas, le daba la mano a uno o dos, su apretón siempre firme, quizá hasta la caridad de unas palabras, cómo está licenciado, un gusto, saludos a su señora, etcétera.

Nadie recordaba. Nadie quería recordar, que el ínclito Diputado Reséndiz, el gran legalista, el político severo, el economista hábil, le había roto una pierna al gigante. Yo lo recordaba. Yo quería recordarlo. Yo tenía un morral de hilo muy viejo, huichol de origen, que dormía bajo mi cama desde hacía muchos años, regalo de mi abuela, la gran matriarca de los Reséndiz Albán. Un morral lleno de fotografías, de recortes de diario, de declaraciones de principios, de folletos y pasquines, de convocatorias multitudinarias, de órdenes de aprehensión, de actas de cateo, de colaboraciones subterráneas para fanzines nebulosos, y en todos ellos estaba mi padre, César Reséndiz, uno de los hombres fuertes del gobierno estatal, de la sociedad capitalina, cuando era otro, cuando era apenas “el truco” Reséndiz, un alias que a los periodistas de planta de las banquetas de palacio se les había hecho muy fácil embonarle, basados en la gran destreza del viejo en artimañas legaloides para entrar y salir del bote en un tris.

El viejo era de buena casa. Mis abuelos se habían hecho ricos cuando la minería derramó sus dones por el norte del estado y los dueños de terrenos llenos de piedras y sahuaros se enteraron que eran dueños también de toneladas de plata. Los pueblos chicos donde apenas y se enteraban del progreso cuando visitaban la capital, se vieron de pronto llenos de grandes casas con jardines amazónicos, columnas de piedra, ornamentos de mármol, herrerías artesanales, lámparas de Italia, albercas azules que todo el año se llenaban de las hojas caídas de los tamarindos enormes que reinaban los patios y de abejas muertas de cansancio tras chupar las azaleas y begonias cuyos tiestos cubrían los linderos del cerco.

Las familias deslumbradas por el dinero que no dejaba de caer en las arcas domésticas se empecinaban en todo tipo de empresas. Lo mismo se dragaba un río para hacer que un arroyo bordeara el pueblo que se decidía plantar cien hectáreas de árboles de ciruelo, a sabiendas de que jamás había brotado uno en aquellas tierras agrestes. La buena racha no parecía tener ocaso. Se daban los ciruelos, el arroyo hacía crecer un follaje verde donde antes era un páramo lodoso, los primeros tractores azules cuyas llantas eran más altas que un caballo sustituían a los viejos jamelgos del arado y los jornaleros de siempre se sentían príncipes montados en la máquina gigante que dibujaba surcos en toda una parcela en medio día de trabajo. Los techos de las casas empezaron a poblarse de antenas parabólicas, un invento descabellado que había puesto a la televisión a hablar en mil idiomas babélicos y les había mostrado a los niños la maravilla de los dibujos animados y a los padres el recurso estimulante del cine erótico y el acabóse de la pornografía a toda hora.

Entonces el gobierno decidió expulsar a los chinos. Y la gente se dio cuenta de repente de que los chinos se iban a ir y que con ellos se iba a ir un pedazo muy grande de la suerte que le estaba sonriendo al pueblo, porque eran los chinos los que trabajaban más duro y por menos dinero en las minas del norte, y eran también los chinos los que pizcaban más algodón y cosechaban más rápido el trigo y barbechaban mejor la tierra para echar la semilla del tomatillo y atendían mejor que nadie las dolencias de los viejos a los que la droga del doctor Franco no les hacía nada con sus artes antiquísimas de clavar agujas en el cuerpo y de tronar los huesos para que se confortara el alma en su cajita, y eran los chinos también los que comerciaban las telas más ricas y los perfumes más exquisitos y las artesanías más primorosas y las hierbas más raras, desde las semillas de cardamomo para trabajar todo el día y las pepitas de calabaza para comer sin comer y las raíces de jengibre para ser un tigre en la cama sin despertarse al día siguiente sintiendo que el tigre había sido la mujer y no uno.

La gente de pueblo, que no sólo había recibido de buen grado a los chinos, sino que incluso había trabado amistad con ellos, que había basado su negocio en los lazos que tenía con ellos y que había aprendido de ellos la diligencia extrema, la disciplina rígida, la administración quisquillosa, cerró filas en torno a aquel pueblo silencioso, cuyas figuras espigadas y vestidas en trajes verticales de lienzo azul marino se veían regresar muy tarde a sus casas después de las jornadas agotadoras.

La vida siguió su curso. Se levantaban los tenderetes al alba, cuando el sol apenas se desperezaba tras los cerros más lejanos. Se escuchaba el trajín de los mineros que se amontonaban en los grandes camiones para dirigirse a la veta, los jornaleros terminaban su itacate y salían de sus casas sin despertar a nadie y las calles se empezaban a llenar de la campanilla del lechero y los gritos del viejito de las verduras.

Hasta la mañana de mayo en que mi abuela se despertó, la nuca apoyada en su grueso almohadón de plumas, el cuerpo arropado por el suave edredón que le habían traído de Bruselas unas jovencitas encantadoras que los vendían a plazos, la cara todavía fresca del hálito de agua de flores que mi abuelo usaba para las visitas formales, y se dio cuenta de que por primera vez en quince años, había amanecido sola en la cama.

Se vistió medio a las volandas, preocupada de que por primera vez en el largo historial de su estable vida conyugal se le hubiera hecho tarde para esperar a su marido en el lado opuesto de la mesa, tras el tazón humeante de café negro recién molido y el plato con los tres huevos cocidos y las lonjas de tocino que le servían al desayuno, y sólo cuando se hubo puesto el segundo de sus zapatos reparó que en el hermoso reloj de péndulo que adornaba la estancia, eran las seis de la mañana y diez minutos, la hora exacta a la que el abuelo se había despertado cada uno de los días durante los últimos quince años, antes de meterse a bañar y vestirse con los minutos contados para aparecer en el comedor a las siete.

Doña Juanita, la mayor de las sirvientas de la casa, fue la encargada de decirle que el patrón había salido en la mañana con una maleta pequeña y se había llevado el chevrolet. Hacia el final del día, cuando la abuela decidió aceptar el hecho de que su marido no volvería a pisar la casa, una de las sirvientas más jóvenes, la única que todavía no le daba tiempo de aprenderse su nombre, le musitó con mucha pena el nombre de Esperanza Wong.
-La hija del médico- le dijo – el viejito ese que les clava agujas a las señoras en la espalda y en las orejas quesque para adelgazar y pa’ las dolencias de todo.

La verdad es que sólo mi abuela ignoraba los pormenores de ese desliz. Desde el octubre anterior, cuando el doctor Wong había instalado un futón, dos taburetes y unos lienzos grandes con dragones rojos en las paredes del cuartito que estaba junto a la barbería donde se acicalaba don Eleazar Reséndiz, y le había clavado afuera un maderito con la leyenda: Wong Hai, medicina naturista, medio pueblo murmuraba que era demasiado el tiempo que duraban las consultas de don Eleazar y que era mucho más raro que no se conformara con las sesiones de acupuntura del doctor Wong, sino que le dedicara muchos más minutos a los delicados masajes que su hija Esperanza administraba como parte alternativa del tratamiento.


Mensaje de:
6625596230 Mónica
Texto:
Buenos días, Lic. Nada más
para avisarle que le llamó el
Sr. Correa, que le urge que
se comunique.
Salir Responder


Mensaje de:
6625091827 Lic. Reséndiz
Texto:
Buenos días, Mónica, por
favor sea tan amable de
decirle al Sr. Correa que no
esté chingando, que me
llame a mi celular si tiene
tanta prisa.
Salir Responder


Si vieras cómo me pudre que me interrumpan para idioteces como esta cuando estoy recordando cosas que realmente no recuerdo, sino que supongo y que he ido armando con la providencial ayuda de mi madre, esa gran biógrafa de las ramitas paternas de mi árbol genealógico; si tuvieras una idea mínima de cuánto me rompe los huevos que una persona, no importando que tenga el soberbio par de nalgas que te adornan la cajuela, me quite estos preciosos momentos en los que aparento tener noción de los orígenes de estos que somos los Reséndiz actuales, lo pensarías tres veces antes de arriesgar tan feo el asientito ultra confort que con tanto cariño le compré en el office depot a tu riquísimo par de posaderas y mandarías a Correa, ese nefasto analfabeto que le juega al editor en un pasquín sobrevaluado, directito a


Mensaje de:
6625596230 Mónica
Texto:
Ok, Lic. Yo le digo, cómo
a q hr lo veo?
Salir Responder

Mensaje de:
6625091827 Lic. Reséndiz
Texto:
A las nueve y media,
como todos los días,
¿Necesita algo?
Salir Responder


¿En qué estaba? Ah, sí. Resultó que mi abuelo había sido amante de Esperanza Wong durante más de seis años, tenía con ella una niña que en los días de la fuga estaba por cumplir los tres y era rubia como él pero de rasgos finos y ojos muy rasgados como ella. Fue él quién hizo el gasto de instalar el consultorio del doctor Wong y también él quien se encargó de que su clientela fuera aumentando de a poco, sobre todo con la artimaña del rumor de que en aquellas agujas se escondía el secreto de la virilidad desbocada y cerril que por supuesto ya era cosa deseada en aquellos empolvados entonces. Esperanza quería a mi abuelo con una veneración tan tranquila como la de una madre hacia su hijo y le soportaba los berrinches, los desplantes, las borracheras, las a veces insoportables ausencias cuya justificación era siempre mi abuela, con una paciencia y unos silencios eternos y estoicos que sólo podían ser orientales.

A lo mejor por eso el abuelo no pudo pensar en algo mejor aquella madrugada, cuando alguien cuya identidad francamente ignoro le pasó la noticia de que al día siguiente empezaba el éxodo de los chinos, que irse a su casa, empacar sus ropas más indispensables y desaparecerse para siempre en su viejo chevrolet de ocho cilindros con aquella mujer con la que no tenía ninguna seguridad más que la de que ella lo quería más de lo que la quería él.

Las nueve. Qué clase de recordador tan malo debo ser si me ha tomado casi media hora hacer esta simple sinopsis de cómo mi abuelo escogió su vida al lado de la menuda y silenciosa amante sobre la de lujo y renombre que tenía al lado de la abuela.

Media hora para llegar a la oficina. Y seguro que hay un tráfico de mierda.

21 noviembre 2008

Walkaways.

Por supuesto yo sé que te duele, mujer, a fin de cuentas no es para menos. Cómo no va a dolerte si jamás aprendiste que ser tan bella no es un argumento, ni ser tan linda una razón válida. Si jamás pudiste entender que no era cosa de quererme y que yo te quisiera, sino mucho más una cuestión de que fuera al mismo tiempo y no escalonadamente como terminó pasando. Por supuesto que sé que te duele y lo respeto. Cómo no voy a respetar que te duela si a mí me ha dolido lo mismo tantas veces.

Yo sé que no duermes bien con tu cabeza tan llena de pájaros y flores pensando en lo suave pero tajante que es mi forma de esquivar tus labios cuando intentas el último beso de buenas noches y te das cuenta que lo mejor que te puedo ofrecer es mi mejilla. No me costaría nada aceptar tus labios, ya lo sé, pero la verdad es que no quiero sentirlos en los míos. No quiero nunca más tus labios en los míos, porque los tuyos traen amor y los míos no traen más que saliva y a veces un poco de ese protector labial sabor manzana verde que tanto te rompe los cojones pero que a mí me hace la vida más ligera. Y es bien sabido que no se deben mezclar amor y manzana verde. Mi amor, como tal vez aún no descubras, es un carnívoro irredento. Quizá por eso no pude hacer feliz a esa vegetariana a la que amé tanto.

Pero vamos, mujer, no llores. O llora si quieres, pero al menos sé consciente de que sin mí nunca hubieras aprendido a sufrir.

Siempre la tuviste fácil con ese enjambre de cortejantes revoloteando siempre alrededor de tu sonrisa, ofreciéndote todo a cambio del acceso a tus secretos. Y luego llegué yo y no te ofrecí nada más que un poco de literatura, sólo la pizca necesaria de fantasía y lirismo para que tu entendieras que la vida no era esa cosa robusta y cotidiana que habías estado deshojando como calendario de refaccionaria, sino mucho más esta novela negra que caminaste por un tiempo conmigo, aprendiendo a reírte de las tragedias y llorar de abatimiento por las alegrías y su veneno oculto.

Aún hoy, cuando ha pasado algo de agua bajo nuestro puente de cuerdas y maderos, me sigue dando ternura que me busques con los ojos cuando otro se te acerca y estoy presente. No sé qué esperas de mí, mujer, si ni siquiera en ese breve lapso que te consideré mía hubiera movido un dedo por celarte. Mucho menos lo haría ahora, en estos días que me transcurren alrededor y en los que lo mejor que te puedo ofrecer es mi sincero deseo de que no te topes a uno peor que yo. A uno que realmente te deje rota, no como yo que te desarmé sólo para ver cómo estabas hecha y luego uní las piezas de nuevo y puedo decir sin soberbia que hasta te dejé un poco mejor, más sólida, más fuerte.

De nada, mujer, de nada, sólo házme un favor: no llores.

19 noviembre 2008

Paternidad y béisbol.

Mi padre siempre fue uno de esos hombres a la antigüa: un gran proveedor, un firme aplicador de la disciplina, un trabajador incansable y un líder contra el que no cabían las discusiones. Nunca jamás me pegó, ni tampoco le di motivos, pero creo que no lo hubiera hecho aún teniéndolos. Nunca en mi infancia tuvimos una conversación distinta a preguntas sobre la escuela y uno que otro regaño por mis tonterías de niño y mi arraigadísimo vicio de jugar maquinitas.

La primera vez que lo vi orgulloso, que me sentí realmente a la altura de lo que mi padre esperaba de mi, fue la primera vez que me vestí con el uniforme del equipo de béisbol de ligas menores. La única afición intensa de mi padre fue siempre el béisbol. Nunca disfrutó del cine, el teatro, beber con los amigos o apostar. El béisbol fue siempre su remanso y dentro del béisbol, su equipo bienamado: Los Mayos de Navojoa.

Mi padre creció frente al Estadio Oro, un viejo recinto deportivo que en los años 50 y 60 fue la casa de Los Mayos, y desde que era un niño en pantalones cortos encontró siempre la forma de colarse a los partidos los fines de semana. Equipos que ya no existen, como los Rieleros de Empalme o los Ostioneros de Guaymas jugaron ahí contra los Mayos de mi padre, y sus jugadores escucharon las rechiflas y los insultos de la palomilla del niño que fue. Me resulta bien difícil imaginar a mi padre de niño, sabiendo que mi abuela siempre fue una vieja miserable que no supo quererlo, pero sé de buena fuente que era un mocoso extremadamente trabajador. Hizo de todo, el viejo, desde bolear zapatos con un cajoncito de madera por las calles del centro a vender paletas y periódicos y desde ayudarle a sus abuelos en los quehaceres de rancho hasta comerciar con las melcochas que hacía su nana Trini. Pero los días que jugaban los Mayos, dejaba guardado el cajón de bola, la canasta de melcochas y lo que hubiera, para ponerse una gorra vieja y doblada y colarse al estadio a ver el béisbol.

Cuando yo empecé a jugarlo de manera seria, mi padre empezó a comprar junto con su boleto para cada partido, un boleto infantil. Ahí puedo decir que empezó la etapa real de convivencia con mi padre. Antes de eso, yo había sido el niño al que mantenía y al que supongo que siempre amó. Pero a partir de nuestras noches en el estadio, sentados lado a lado, comentando las jugadas del partido, las características de tal o cuál jugador, empezamos realmente a ser Padre e Hijo.

Mi padre me enseñó lo que es un Wild Pitch, un Squeeze Play, un "podrido", me llevó de la mano por los más intrincados recovecos del argot beisbolero: La cuenta de las delgadinas, el Lucky 7, un Mata Rally y me habló de tantos jugadores y tantos partidos como apenas puedo recordar. Me acuerdo que me maravillaba que el anunciador dijera en el sonido local: "Cambio de pitcher, sale Héctor "el caballo" Heredia y entra..." y antes de que tuviera tiempo de decirlo, mi padre decía algo como "entra Isabel "Chabelo" Ceceña" e inmediatamente después el anunciador lo confirmaba. También mi padre me contaba detalles biográficos de los bateadores. Cuando anunciaban por ejemplo a Remigio Díaz, mi padre me decía "este muchacho es de Benjamín Hill, tiene 27 años y antes era segunda base, pero quedó mejor en el short. No batea mucho pero es muy confiable con el guante". Y yo me quedaba atónito de que mi padre supiera tantas cosas de tanta gente.

Yo, por supuesto, no iba tanto por el juego como por el sinfín de chucherías que vendían en el estadio y por la facilidad ridícula con la que mi padre accedía a comprarme todo lo que cotidianamente me negaba. Si yo le pedía dinero para, por ejemplo, unas pizzerolas, siempre me preguntaba "¿y ya comiste?", si le pedía para una coca cola me decía "te va a doler la panza" y así. Pero en el estadio podía cómodamente pedir un elote, una bolsa gigante de doritos, un montón de chocolatinas, un duro con chamoy, y mi padre no sólo no preguntaba nada, sino que se compraba su propia dotación de cacahuates, su propio elote y su coca cola y los comíamos juntos, prediciendo la próxima jugada, el inminente ponche, el esperado jonrón.

A mí me gustaba ser amigo de mi padre. Cuando el equipo hacía una de esas proezas heroicas, como regresar de un marcador de 5-0 para ganar en extra innings 6-5 con un largo y panorámico doblete, mi padre gritaba eufórico y rápidamente buscaba mis pequeñas manos infantiles para chocarlas en alto con las suyas. Era siempre el primer aficionado con el que festejaba, por encima de sus amigos y de los asistentes eternos con los que también habíamos terminado por camarear. Después de todo habíamos compartido tantas alegrías y tantas penas en este estadio que ser amigos era el único remedio. Pero mi padre siempre celebró primero conmigo.

Muy pronto el béisbol dejó de ser mi deporte. En la secundaria descubrí el futbol y empezó mi fiebre que perdura hasta el día de hoy. A mi padre nunca le entusiasmó gran cosa que yo jugara futbol, a pesar de que tuve algunos logros mejores que los que tuve en el béisbol, pues el deporte de las patadas siempre le pareció demasiado chilango. Nunca dejamos de ir al estadio y a mí cada vez me gustaba más ver los partidos y estar con mi padre. Un día me aventuré a hacer mis propios comentarios sobre las decisiones del coach y me senti muy orgulloso de que mi padre, el conocedor, las aprobara con la cabeza. Ya por la preparatoria empezamos a estar en desacuerdo y los partidos se volvían cada vez más divertidos. Él pensaba que era mejor meter al cerrador desde la séptima y yo sostenía que era mejor tener un intermedio y relevarlo en la octava con un taponero y discutíamos hasta que el mánager hacía una de las dos cosas y el partido terminaba en victoria o derrota para los Mayos y para uno de nosotros.

Cuando me fui de casa de mis padres, Papá fue dejando paulatinamente de ir al estadio. Siempre argumentando que el equipo iba mal, que no tenía tiempo, que esto y aquello. La verdad -y yo siempre lo he sabido- es que dejó de ir porque ya no estaba su eterno compañero de palco, el aficionado al que él le enseñó a amar el equipo y los colores con su misma pasión. La prueba de ello es que cada vez que voy por unos días a visitarlos, mi padre me recibe con boletos para Los Mayos y nos pasamos por lo menos una noche en el estadio, volviendo a conocer al equipo, haciendo nuestros pronósticos ingenuos de siempre y comiendo todo lo que nos quepa en el estómago.

El domingo pasado, sin embargo, la cosa volvió a ser única y mágica. A mi padre y a mí se nos unió un invitado especialísimo: El único nieto de mi padre, mi hijo de cuatro años. No pudimos evitar pensar en el niño que fue mi padre colándose al estadio, y el niño que fui yo, llegando de la mano de mi padre a un estadio distinto a ver al mismo equipo. Pero cuando Ángel se comió sus primeras golosinas teniendo como fondo musical los aplausos de la gente y el crujido de los bates al golpear la de hueso, creo que tanto mi padre como yo entendimos que la vida sólo da vueltas para mejorar.

15 noviembre 2008

Chau número tres

te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía

M. Benedetti


Porque la verdad de las cosas es que hay pocas situaciones tan tristes como descubrir que te alejas de alguien no porque pienses que ese alguien ya no le aporta nada a tu vida, ha dejado de enriquecerte con sus retroalimentaciones o ha cultivado en su interior, y sólo para ti, un hermoso y profundo silencio, sino que un día, buscando en tu propia alma la cajita de cartón donde guardabas las envolturas de los dulces comentarios que tenías para ella te das cuenta de que la caja está vacía y que te has quedado sin nada más que dar y te aterrorizas cuando piensas que tu vida con esa caja vacía tiene tanto significado como el que tuvo cuando la caja estaba llena, pero su trascendencia y su baraja de posibilidades se ha reducido a la mínima expresión.

Es bien triste darte cuenta que el número de personas que han salido de tu vida en los pocos años que llevas caminándola como se caminan los pasillos de un supermercado es mayor que el de las alegrías que llevas en el carrito y que además en ese tiempo tú has salido por la puerta de atrás de la existencia de muchas personas que se hubieran apostado la vida a que siempre estarías ahí al lado cuando les hicieras falta. Y que no te ha dolido. Y que no extrañas a nadie. Y que nadie te extraña. Porque al final de todo, lo único realmente trascendente es cómo recuerdas a la gente y la etiqueta que le cuelgas para siempre en el cuello cuando por fin logras purificarla de odios y amores y rencores y dichas y le quitas el polvo y la colocas en la vitrina de las memorias inmaculadas como lo que fue: Tu ex-mejor amigo, tu ex-novia más amada, tu ex-amante más disfrutada, tu ex-mejor compañero de fiesta, y un largo y profuso etcétera.

Mi vida está hecha de las ausencias más hondas. Y sé que mi muerte se compondrá también de ausencias. A veces me pregunto si desde el crisol pálido del más allá podré ver quién en todo el mundo será la persona que más me extrañe, y si alguien llorará por mí las mañanas de enero en que haga frío. Y quiero pensar que no, pero es muy triste. Pero a veces pienso que sí, y eso, hermano, es muy triste.

Por eso o quizá por eso, he sido siempre un desapegado. Y tal vez por eso o seguramente por eso, hay gente a mi alrededor que piensa que mi sistema emocional no funciona y vino mal de fábrica o alguna de las muchas mujeres que han cohabitado mis días la pateó hasta el cansancio y terminó por averiarme el corazón. No es así, lamentablemente, pues de ser cierto eso supondría la posible compostura de lo roto. Pero no, la verdad es que he amado tanto o más que cualquiera y he odiado con la misma intensidad y he mentido por amor, golpeado por odio, blasfemado por dolor y estoy muy seguro que mataría si el destino me pusiera en esa disyuntiva.

Pero la verdad es que aprendí hace tiempo a pararme en el muelle y despedir el barco donde parten las personas que encuentran en otras costas una playa más bella y aprendí a darme la vuelta y caminar de regreso al pueblo cuando el barco se hace muy pequeño en el horizonte y me queda claro que ya no bajará el ancla ni navegará de regreso. Mar tranquila y próspero viaje, y todas esas cosas que se dicen.

Otras personas llegan y se van, otros barcos atracan y zarpan, otras nubes ocupan el cielo y otros cangrejos colonizan la playa. Pero el cielo es el mismo, el mar es el mismo, la playa es la misma. Aquí estará cuando regrese.

Mar tranquila y próspero viaje.

11 noviembre 2008

Monitor responde:

María Jesús: claro que me acuerdo de ti, aunque no recuerdo haber sido tu paño de lágrimas, creo que más bien tú fuiste el mío. Me da mucho gusto saber de ti.

Perséfone: A mí también me gusta más este que parezco ser ahora, aunque a veces me caen bien todos los que parezco no ser y soy de todos modos.

Charlotte: Sí, las cosas encuentran su lugar en el mundo cuando uno encuentra el suyo, y todo se vuelve una gran cubeta de legos. Siempre me gustaron los legos.

Gracias a las tres por la visita, no deja de causarme curiosidad el que mi lectorio sea tan avasalladoramente femenino.

Tres líneas arbitrarias de El lado oscuro del corazón.

“Nunca veas a una puta con luz de día, es como mirar una película con la luz encendida. Como el cabaret a las diez de la mañana, con los rayos de sol atravesando el polvo que se levanta cuando barres. Como descubrir que ese poema que te hizo llorar a la noche, al día siguiente apenas te interesa. Es como sería este puto mundo si hubiera que soportar las cosas tal y como son. Como descubrir al actor que viste haciendo Hamlet en la cola del pan. Como el vacío cuando te pagan y no sentís ni siquiera un poquito. Como la tristeza cuando te pagan y sentiste por lo menos un poquito. Como abrir un cajón y descubrir una foto de cuando la puta tenía nueve años. Como dejarte venir conmigo sabiendo que cuando se acabe la magia vas a estar con una mujer como yo, en Montevideo”.

"Yo no sabía que no tenerte podía ser dulce como nombrarte para que vengas, aunque no vengas y no haya sino tu ausencia, tan dura como el golpe que me di en la cara pensando en vos".

"No me sirve tan mansa la esperanza, la rabia tan sumisa, tan débil, tan humilde; el furor tan prudente no me sirve, no me sirve tan sabia tanta rabia".

05 noviembre 2008

Mutatis mutandis.

Yo alguna vez fui un estereotipo del muchacho que toda madre quiere para su hija. Hace mucho, mucho tiempo, pero lo fui. Era cotidiano verme recorriendo los pasillos de una facultad inmaculada, enfundado en mis dockers de pinzas, camisa planchada a la perfección, cinturón y zapatos a juego, reloj de acero, lentes de lectura, dos o tres volúmenes jurídicos bajo el brazo, un maletín de documentos y legajos colgado de mi hombro, buscando entre distraído y divertido un número de aula. Al igual que hoy no fumaba, ni bebía, manejaba un automóvil relativamente nuevo, tenía un empleo bien visto y otro bien remunerado, y acudía religiosamente a mis clases siete horas al día.

Era, en resumen, el yerno que las mamis de todas ustedes hubieran querido. Atento, caballeroso, de buena cuna, económicamente desahogado, de familia católica apostólica y romana, amante de la literatura, el buen cine, el teatro y todas las formas de arte, buen conversador, de una nobleza vergonzante y practicante activo del celibato. Coordinaba un área de la sociedad de alumnos, participaba en la campaña de un candidato a gobernador, litigaba en un despacho de prestigio y escribía cuentos a veces malos y a veces regulares y algunos poemas que pecaban de dulces pero que cumplían el cometido de tocarle una fibra a la destinataria ocasional.

Era un asco de ser humano, claro, me causaba arcadas el 90% de la gente con la que convivía, detestaba mi trabajo, se me hacía repelente verme en un espejo y parecerme tan ajeno, tenía pláticas inteligentes cuando mucho dos veces al mes y el resto del tiempo lo gastaba en charlas que no me interesaban o en casos drásticos me hacían sentir más falso que un billete de tres pesos. Pero era exactamente lo que mis padres, mis jefes, mis maestros y el mundo en general esperaban que fuera.
Y un día me di cuenta de que estaba cansado, muy cansado, de no sólo trabajar, estudiar, escribir y organizar congresos, conferencias, eventos deportivos y un largo etcétera, sino además de hacer todo eso siendo alguien más. Era como ser actor de tiempo completo, en un rol que no sólo no me correspondía, sino que con el tiempo había terminado por volvérseme aborrecible.

Renuncié a la sociedad de alumnos. Renuncié al despacho. Renuncié al restaurante. Renuncié a los dockers de pinzas y a las camisas cavallati, a los zapatos y al cinturón, al automóvil y al maletín de expedientes y demandas. Renuncié a todo lo que pudiera considerarse un rastro de lo que yo había sido y una buena mañana me desperté con la perspectiva maravillosa de tener 16 horas por delante sin tener la más mínima idea de por dónde comenzar a armar la nueva rutina de mis días.

Tomé un autobús de la ruta 16 hasta el centro de la ciudad y caminé por largos minutos entre los puestos y tenderetes del mercado, recorrí las librerías de viejo, escudriñé las curiosidades de las tiendas de segunda, me senté a leer a Benedetti en la vieja plaza de armas, comí unas chimichangas exquisitas en el viejo parque de rectoría. Mis pasos dejaban huellas polvosas tras de mí, los pies cómodos en los añorados vans de aquellos días, las piernas malcubiertas por unos rotos pantalones de mezclilla, en el rostro los primeros indicios de una barba que crecía furiosa por los largos meses de represión y en los ojos el brillo de la ausencia. Salía de mí mismo y proyectaba mi ser hacia todas las cosas que rodeaban mi cuerpo y bajo el mediodía blanco y naranja de la ciudad de aquel entonces mi mente tomaba una nueva conciencia de las cosas.

En esos días decidí que sería escritor. Mis tablas se reducían un par de cientos de libros leídos y a una imaginación pletórica de recursos para apuntalar como estacas largas y sosegadas historias de amores contrariados, sueños psicotrópicos, tragedias urbanas de esas de todos los días, visceralidades propias de una adolescencia apenas concluída y narrativas serenas más coherentes con la madurez que se veía venir tranquilamente por la gran avenida del tiempo. Fue así que escribí mis primeros cuentos –Bohemia de un amor que no existió, Aquella mala película francesa, Se fueron los pájaros, entre otros- y algunas de mis escasas poesías –De ausencia, Extraños, Líquida, por mencionar las menos malas. Fue así también que escribí mi primera novela –Quince minutos tarde- que fue un intento valiente pero falto de prudencia de narrar con recursos estilísticos más acabados que aún estaban fuera de mi alcance. Seguí escribiendo por varios meses, más por capricho que por convicción, hasta que una mala tarde decidí mandar el folder con el manuscrito al cesto de la basura y olvidarlo para siempre.

Me consolaba pensando en Hemingway, uno de los gordos, cuyos cuentos eran estructuras sólidas como el concreto, pero cuyas novelas cojeaban siempre de una pata invisible. Así que el cuento breve se convirtió en mi herramienta idónea para producir sin grandes riesgos –“cuentos de una sentada” les llamaba entonces, pues si no los escribía de principio a fin de un solo tirón y en menos de tres horas no los terminaba nunca y quedaban para siempre en el limbo de lo que pudo ser- y la novela en ese objetivo futuro e incorpóreo en el que uno pone a las cosas que desea y teme al mismo tiempo.

Una noche, mientras escribía uno de esos “cuentos de una sentada”, asistí al momento providencial del nacimiento literario. Recuerdo haberle puesto el punto final a la frase corolaria de aquella historia, haberle dado enter a la opción de “guardar archivo como”, haberle puesto nombre al documento –Aurora, se llamaba- y haberme levantado de la silla, dispuesto a buscar algún bocado en la cocina. Y luego me recuerdo de nuevo frente al teclado, escribiendo enfebrecido lo que a la postre sería el segundo capítulo de Dos píldoras azules. No fue, por supuesto, la primera vez que una historia decidió por sí misma lo que había de pasar, pero quizá haya sido, hasta el momento, la más afortunada.

Desde hace tiempo me considero, sobre todos los oficios y empleos que pueda tener, un escritor. Tal vez ya no sea el muchacho aquel que toda madre sueña para su hija, pero soy un tipo que ha encontrado su lugar en el mundo. Y eso, en muchos sentidos, es mejor.

03 noviembre 2008

Olor a regaliz.

Regina contemplaba la noche a través de la ventana. Las dos luciérnagas habían quedado dormitando sobre las hojas frescas del laurel, y un saltamontes furtivo hacía su cena de los pétalos blancos del rosal. Regina comía un trozo de regaliz y toda la habitación rezumaba el olor de caramelo de aquella masticación irregular y de chasquidos frecuentes en cuya profusa salivación podía suponerse con toda claridad el deleite que el sabor a cereza causaba bajo la lengua de Regina, en la parte interior de sus mejillas, el calor extraño que le recorría los costados del vientre y hacía una espiral en los pezones por el gusto todavía infantil del regaliz.

Bernardo caminaba sin pausas sobre el linóleo alfombrado de la habitación, a veces mirando a Regina, siempre entretenida en desenrollar el regaliz y comer un trocito más, contemplando las luciérnagas durmientes y el saltamontes gourmet, a veces embebido en sus propios pensamientos. Había qué hacer algo con el vecino y con esa manía de dejar su basura en la banqueta ajena, con ese hábito tan poco sano de amontonar las hojas doradas pardas del otoño en la base del tronco del almendro. Había que hacer algo, sin duda, con el vidrio roto del ventanal del patio, por donde se colaba, sobre todo los lunes en la noche, una fresca ventisca que amenazaba con provocarle un buen resfriado a Regina cualquier mañana de estas.

Regina quería que Bernardo viniera hasta la cama, recostara la cabeza en su regazo y la dejase jugar con su melena grisácea mientras seguía masticando el regaliz. Pero a él le disgustaban los tonos dulzones del aroma que desprendía la golosina siempre al ritmo del masticado de la muchacha. Por eso seguía mirando la ventana y sólo vigilaba con el rabillo del ojo el sigiloso caminar de Bernardo, cuyos pasos apenas hacían un eco grave en la suave superficie blanco y negro de la alfombra. Él quería que Regina se pusiera de pie y fuera con él hasta el jardín y quizá corretearan juntos a las libélulas y él atraparía al maldito saltamontes que mordisqueaba todas las noches su botón favorito.

Era muy noche, él lo sabía, Regina nunca salía tan tarde hasta el jardín. A veces, cuando mucho, se servía una copa de merlot y caminaba con ella hasta los grandes cojines de la sala, ponía un viejo vinil de Debussy y lo escuchaba completo, bebiendo a sorbos muy lentos aquel vino oscurísimo que también tenía un recóndito olor de regaliz, mientras Bernardo comía algún bocado recostado en el suelo junto a ella. Regina siempre le acariciaba el lomo, frotaba el espacio detrás de sus orejas y pensaba en lo inteligente que había sido al comprar un gato que acompañara su soledad esas largas, eternas, noches de noviembre.