Tengo una amiga que es flaca, morena, de ojos grandes y boca de labio grueso. Dientes grandes y muy derechos por obra de años de aparatos correctores de la sonrisa. Mi amiga usa sombreros ridículos y ropa que de ninguna manera podría ser considerada como combinación. A mi amiga le gustan los clásicos griegos. Le gusta citar a Hesíodo en medio de una plática casual y poner en tela de juicio si Demóstenes era mejor poeta que Homero (pista: si). Mi amiga tiene un empleo estupendo en el gobierno y si usted la observa en su oficina, notará que viste un impecable uniforme hecho de traje sastre y blusa formal con el orondo escudo del Nuevo Sonora (ahora con 25% más funcionarios ineptos). Mi amiga es enemiga jurada de peines y cepillos y su cabello es una oda al cubismo en su estado más puro.
Tengo una amiga que vive en un pueblo pequeñísimo donde uno sólo va con afán de comer platillos típicos, observar lindos paisajes y quizá vivir los últimos años de su vida, si es norteamericano. Mi amiga prepara tragos en un bar todas las tardes. Es morena, de ojos grandes y lindos y nariz pequeña y graciosa. La típica belleza mestiza. Y si uno la observa en su trabajo piensa, casi indefectiblemente que es una pueblerina que mantiene a un trío de escuincles preparando cocteles en ese bar. La verdad es que es una Socióloga apasionada, con una especialidad, varios años de trabajo en la sierra y en la selva, y que puede citar una cantidad escalofriante de obras y estudios cuyos autores tienen nombres todavía más escalofriantes. Una mujer para la que términos como análisis fenomenológico a través de la revisión casuística le son tan comunes como a ustedes el botón de "me gusta" en feisbuk.
Como pueden ver, a mi vida no le faltan personajes, ni tramas, ni motivos para ser fan del humor negro. Y lo soy.
Pero hablando en serio. Poco a poco han ido saliendo de mi vida, de mi cotidianeidad, las personas cuyo relato más interesante consta de describir sus quehaceres diarios. Sinceramente, lector(a) querido(a), a menos que vos seáis un cazador de pterodáctilos robot, un notable ingeniero genético, una prestigiada dominatriz, es poco probable que me interese escuchar lo que haces todo el día. Si te despiertas, desayunas, te vistes, vas a trabajar, regresas a casa, comes, vas al gimnasio, ves televisión, todo eso y lo que hagas enmedio (cagar, hacerte fan del circo atayde en el FB, seguir al güiri güiri en twitter) me importa un soberano carajo. Y al mundo también.
¿Sabes por qué el Big brother dejó de venderse? Porque hay miles de millones de big brother gratis en la red. Todo mundo tiene un blog, un myspace, un hi5, FB, Twitter, metroflog y demás sarta de aplicaciones y redes sociales que permiten compartirle al mundo lo fútil, nimio, intrascendente y perdónenme que lo diga, estúpido de nuestras vidas. Hace más de dos años Jorge Pinto (Bunsen cómics) que es un genio, ya se quejaba de la escasez de usuarios 2.0 del internet. Bueno, malas noticias, el problema sigue ahí, cada vez más grave.
Y no me malinterpreten: respeto enormemente que Saramago haya tenido un blog, que Carmen Aristegui y Ruy Xoconostle twiteen todo el día, que Cracked tenga un perfil de FaceBook. Pero lo respeto porque esas personas y entidades entienden la utilidad de las aplicaciones cuya naturaleza radica en compartir información útil o interesante (no necesariamente ambas cosas) mientras que los usuarios promedio comparten información tan útil e interesante como un gamborimbo.
El mundo, lamentablemente, seguirá caminando siempre hacia allá. Y yo tendré cada vez menos amigos, hasta que al final sólo haya doce personas que puedan sentarse en mi mesa y compartir el pan y el vino antes de que los fariseos vengan por... No, esperen, ese era otro mesías. El asunto es que no me molesta, mientras queden pendientes en el mundo unos tres o cuatro mil buenos libros por leer, sólo necesito que alguien siga poniendo gasolina en mi carro, salchichas en el super y café en el punta-del-cielo para que el pedazo de mundo que me importa esté maravillosamente bien. Brindo por eso. Tomad y bebed... No, no, ese era el libreto viejo. Corten.
17 agosto 2010
29 junio 2010
Bienaventurados los perros.
Inevitablemente, la gente ha dado por llamarme Jerry London. Cuando digo mi nombre en una reunión social o me presentan a la amiga de una amiga; cuando veo mi registro en el directorio electrónico del celular de cualquier conocido, ahí está: Jerry London.
La gente, al parecer, tiene problemas con que me llame Gerardo Hernández, y ha decidido resolver el problema creándome ese alter-ego hipersocializado que estoy seguro que soy para más de tres. Jerry London, bartender de uno de los lugares de moda de esta ciudad hervorosa, un tipo que prepara buenos cócteles, cuenta buenas historias y “al parecer escribe libros o algo así”.
Fácilmente puedo pensar en diez clientes que han comprado mi novela y puedo apostar cada uno de los dedos de mis manos a que no la han leído. Creo que suelen conformarse con mi foto en la solapa y la garantía de que están bebiendo con un cantinero que se ha certificado en el departamento de contar historias. Ya he perdido la cuenta de cuántos me han dicho: “Mi vida te daría para dos o tres libros”. Seguro. En casi cualquier vida yace una historia, pero que alguien se sienta digno de ser personaje ya me provoca la suficiente pereza como para garantizar que no seré yo quien lo convierta.
Decía, sin embargo, que todo este asunto de ser Jerry London comienza a ser aburrido y, además, inconveniente. Hace un par de días tuve la oportunidad de conversar con uno de los gurús del teatro local en una exposición de pintura. Hablamos sobre todo de eso: teatro, pintura, el desierto para la danza de este año, las próximas luces literarias. El tipo resultó un admirador de mi novela, de la que incluso me corrigió un par de errores de continuidad (los cuales yo ya había visto, pero que la editorial se negó a corregir en la última versión). El asunto es que, casi al final de la plática, cuando vio mi cara con mejor iluminación, me soltó a bocajarro un: ¿No eres el cantinero de London Pub?
Efectivamente, soy yo, le dije. Su expresión fue de confusión, por decir algo. Hago eso para pagar la renta, seguí, del mismo modo que Tolkien daba clases de lingüística o Rulfo regenteaba su escritorio en el Instituto Nacional Indigenista.
“Murakami fue bartender” me dijo tras una larga pausa. “Muy bueno, según dicen los que probaron sus martinis”. Curiosamente yo estoy leyendo a Murakami ahora. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Al sur de la frontera, al oeste del sol antes de eso. Y Sputnik, mi amor, tan pronto termine.
Entonces quizá yo sea dentro de unos años un Rulfo, un Tolkien o un Murakami, contesté yo. Y ambos nos reímos. Yo me reí porque no lo creo. Él se rió porque quizá lo cree. Quizá.
Definitivamente en algún lugar del mundo se están formando los próximos escritores cuyos apellidos alguien utilizará para ejemplificar pesos pesados de la letra universal. Entre los que hoy son jóvenes yo lo tengo fe a Enrique Serna, que hace los mejores cuentos en castellano que he leído en los últimos cinco años; Antonio Ortuño escribió la novela más amena que le he leído a un mexicano joven (lo siento, Velasco) y Guillermo Fadanelli representa esa ala tosca, cruda y callejera que a la literatura (y a mi literatura) siempre le viene bien.
Si yo o alguno de mis colegas cercanos, con los que de pronto coincido en el café (de la forma como García Márquez coincidía con Hemingway en las calles de París y
Cortázar solía toparse con Sartre en el Le Monde, éste acompañado de su Simone y aquél solo, en la forma en que los que lo conocieron dicen que sólo Cortázar sabía estar así de solo. La aliteración es adrede. Si yo o alguno de mis colegas cercanos, decía, llegaremos en 20 o 40 años a ese Olimpo que es el mundo de los escritores que realmente venden libros y que además escriben bien (conceptos que suelen estar peleados) es un gran enigma para mí. Sobre todo tras conocer a una docena de personas que al enterarse de que escribo resultan haber publicado sus propios libros en la lejana juventud y ahora son prósperos empresarios, respetables periodistas, alegres catedráticos. Y las letras, bien, gracias.
Claro que además ahora vamos contra la revolución de la ignorancia y la anti-cultura. Después de la maravilla que significaron los 70’s y 80’s para el mundo literario (los libros baratos, los grandes escritores publicando mucho, la No-existencia del internet, la televisión por cable, el iPhone y Stephanie Meyer aprendiendo a usar las toallas sanitarias), ahora los que queremos hemos de topar contra todo eso y además con la bendita verdad de que el hábito de la lectura está para todos los efectos, extinto.
Labrarse entonces un nombre, parece cosa complicada, por lo menos en el mundo de las letras. En el mundo de la fiesta y el bartending, por el contrario, ha sido tan fácil como llamarme Gerardo, un nombre larguísimo y complicado, para haberme vuelto muy pronto Jerry. Jerry London. Nombre que ni siquiera puedo utilizar como seudónimo sin riesgo de que me crean heredero de Jack London, que a mi edad ya tenía un nombre literario rimbombante. Eran otros tiempos.
La gente, al parecer, tiene problemas con que me llame Gerardo Hernández, y ha decidido resolver el problema creándome ese alter-ego hipersocializado que estoy seguro que soy para más de tres. Jerry London, bartender de uno de los lugares de moda de esta ciudad hervorosa, un tipo que prepara buenos cócteles, cuenta buenas historias y “al parecer escribe libros o algo así”.
Fácilmente puedo pensar en diez clientes que han comprado mi novela y puedo apostar cada uno de los dedos de mis manos a que no la han leído. Creo que suelen conformarse con mi foto en la solapa y la garantía de que están bebiendo con un cantinero que se ha certificado en el departamento de contar historias. Ya he perdido la cuenta de cuántos me han dicho: “Mi vida te daría para dos o tres libros”. Seguro. En casi cualquier vida yace una historia, pero que alguien se sienta digno de ser personaje ya me provoca la suficiente pereza como para garantizar que no seré yo quien lo convierta.
Decía, sin embargo, que todo este asunto de ser Jerry London comienza a ser aburrido y, además, inconveniente. Hace un par de días tuve la oportunidad de conversar con uno de los gurús del teatro local en una exposición de pintura. Hablamos sobre todo de eso: teatro, pintura, el desierto para la danza de este año, las próximas luces literarias. El tipo resultó un admirador de mi novela, de la que incluso me corrigió un par de errores de continuidad (los cuales yo ya había visto, pero que la editorial se negó a corregir en la última versión). El asunto es que, casi al final de la plática, cuando vio mi cara con mejor iluminación, me soltó a bocajarro un: ¿No eres el cantinero de London Pub?
Efectivamente, soy yo, le dije. Su expresión fue de confusión, por decir algo. Hago eso para pagar la renta, seguí, del mismo modo que Tolkien daba clases de lingüística o Rulfo regenteaba su escritorio en el Instituto Nacional Indigenista.
“Murakami fue bartender” me dijo tras una larga pausa. “Muy bueno, según dicen los que probaron sus martinis”. Curiosamente yo estoy leyendo a Murakami ahora. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Al sur de la frontera, al oeste del sol antes de eso. Y Sputnik, mi amor, tan pronto termine.
Entonces quizá yo sea dentro de unos años un Rulfo, un Tolkien o un Murakami, contesté yo. Y ambos nos reímos. Yo me reí porque no lo creo. Él se rió porque quizá lo cree. Quizá.
Definitivamente en algún lugar del mundo se están formando los próximos escritores cuyos apellidos alguien utilizará para ejemplificar pesos pesados de la letra universal. Entre los que hoy son jóvenes yo lo tengo fe a Enrique Serna, que hace los mejores cuentos en castellano que he leído en los últimos cinco años; Antonio Ortuño escribió la novela más amena que le he leído a un mexicano joven (lo siento, Velasco) y Guillermo Fadanelli representa esa ala tosca, cruda y callejera que a la literatura (y a mi literatura) siempre le viene bien.
Si yo o alguno de mis colegas cercanos, con los que de pronto coincido en el café (de la forma como García Márquez coincidía con Hemingway en las calles de París y
Cortázar solía toparse con Sartre en el Le Monde, éste acompañado de su Simone y aquél solo, en la forma en que los que lo conocieron dicen que sólo Cortázar sabía estar así de solo. La aliteración es adrede. Si yo o alguno de mis colegas cercanos, decía, llegaremos en 20 o 40 años a ese Olimpo que es el mundo de los escritores que realmente venden libros y que además escriben bien (conceptos que suelen estar peleados) es un gran enigma para mí. Sobre todo tras conocer a una docena de personas que al enterarse de que escribo resultan haber publicado sus propios libros en la lejana juventud y ahora son prósperos empresarios, respetables periodistas, alegres catedráticos. Y las letras, bien, gracias.
Claro que además ahora vamos contra la revolución de la ignorancia y la anti-cultura. Después de la maravilla que significaron los 70’s y 80’s para el mundo literario (los libros baratos, los grandes escritores publicando mucho, la No-existencia del internet, la televisión por cable, el iPhone y Stephanie Meyer aprendiendo a usar las toallas sanitarias), ahora los que queremos hemos de topar contra todo eso y además con la bendita verdad de que el hábito de la lectura está para todos los efectos, extinto.
Labrarse entonces un nombre, parece cosa complicada, por lo menos en el mundo de las letras. En el mundo de la fiesta y el bartending, por el contrario, ha sido tan fácil como llamarme Gerardo, un nombre larguísimo y complicado, para haberme vuelto muy pronto Jerry. Jerry London. Nombre que ni siquiera puedo utilizar como seudónimo sin riesgo de que me crean heredero de Jack London, que a mi edad ya tenía un nombre literario rimbombante. Eran otros tiempos.
23 junio 2010
Antes que nada, Escritor
Pocas cosas en mi vida me han dado las satisfacciones que me da constantemente la literatura. Desde los eventos sencillos y cotidianos (esperar en la lavandería mis pantalones leyendo a Murakami, viajar en autobús leyendo a Eco), hasta lo poco común (presentar mi novela frente a un centenar de personas, dar un taller literario a preparatorianos entusiastas) las letras son unas compañeras benditas, solidarias, incansables de este servidor de todos ustedes.
Escribir es, de todas maneras, un ejercicio solitario. Fuera de algunos casos extraordinarios como El ciclo de la puerta de la muerte, los escritos a cuatro manos suelen ser obras resquebrajadas en las que es sencillo identificar cuáles manos son de cada quién y es inevitable tener pasajes favoritos del todo, distinguir los ingredientes del guiso, vaya. Sólo solo es posible adentrarse lo suficiente en los vericuetos de la propia historia que está intentando contarse (o ser contada, mire usted) para hacerlo de forma armónica, sutil, sin pasos en falso.
En ese sentido, escribir una buena historia es como caminar en el hielo, con el riesgo constante de que el siguiente paso sea sobre una capa muy delgada y uno termine hundiéndose en un relato que ni siquiera se parece al que se quería contar. Recuerdo que en alguna crónica biográfica de García Márquez, éste afirmaba que El Otoño del patriarca era su historia más querida, por la simple y sencilla razón de que era la única que se había dejado contar completa de principio a fin.
Para alguien que no escriba, la anterior puede resultar una afirmación de lo más confusa. ¿Quién cuenta una historia si no aquél que la escribe? Pues ni más ni menos que los personajes. That’s who. Un buen personaje, como un buen hijo, llega a una edad en la que camina solo, come, se baña y actúa sin preguntarte qué carajos pretendías hacer con él. A diferencia de un hijo, sin embargo, un personaje es susceptible de que le recuerdes que al final es tu personaje y si quiere seguir viviendo más le vale ajustarse o bien puedes hacer que lo atropelle un camión de sandías. También puedes hacer que a tu hijo lo atropelle un camión de sandías pero la última vez que revisé, seguía siendo ilegal (y aunque la cárcel es un gran lugar para escribir, también es un lugar perfecto para experimentar el sexo anal no consentido, usted decida).
Un personaje maduro experimentará siempre la etapa rebelde en la que tratará de decidir por sí mismo qué hacer. Y es sabido que los personajes deciden siempre mal. Lo cual no quiere decir que esos personajes vayan a hacer una mala historia, pero sí que, casi en la totalidad de los casos, harán una historia diferente en todo a la que usted había planeado hacer con ellos. Imagínese nada más que el día de mañana usted pusiera en una olla dos tomates, pimentón, camarones, arroz y azafrán, encendiera el fuego y media hora después, al revisar el guiso, se encontrara con un gazpacho de camarones en lugar de la paella que estábamos planeando. Caótico. No necesariamente malo, ¿me explico? Pero definitivamente inesperado.
Y un escritor debe haber dejado muy claro al principio de la hoja que las sorpresas están reservadas para el lector y no para sí mismo. Está muy bien que al final el asesino no sea el mayordomo, siempre y cuando uno sepa que el asesino es en realidad el Doctor Hughes. De lo contrario puede uno convertirse en John Katzenbach y encontrarse un día en una firma de libros ante quinientas personas preguntándose cuándo las chaquetas mentales se volvieron un ingrediente principal de los best-seller del sanborns local.
Quizá por eso escribir sea un acto tan íntimo como masturbarse. Nadie mejor que uno mismo para saber lo que le pone a tono. Quizá por eso yo todavía me sonrojo cuando me entero que mi abuela ha leído uno de mis cuentos y pienso prontamente en una excusa para evadir la próxima cena familiar. Porque uno escribe de la misma forma que uno cocina cuando tiene invitados: sabiendo que todos van a juzgar el resultado, pero a final de cuentas uno también habrá de tragárselo completo.
Escribir es, de todas maneras, un ejercicio solitario. Fuera de algunos casos extraordinarios como El ciclo de la puerta de la muerte, los escritos a cuatro manos suelen ser obras resquebrajadas en las que es sencillo identificar cuáles manos son de cada quién y es inevitable tener pasajes favoritos del todo, distinguir los ingredientes del guiso, vaya. Sólo solo es posible adentrarse lo suficiente en los vericuetos de la propia historia que está intentando contarse (o ser contada, mire usted) para hacerlo de forma armónica, sutil, sin pasos en falso.
En ese sentido, escribir una buena historia es como caminar en el hielo, con el riesgo constante de que el siguiente paso sea sobre una capa muy delgada y uno termine hundiéndose en un relato que ni siquiera se parece al que se quería contar. Recuerdo que en alguna crónica biográfica de García Márquez, éste afirmaba que El Otoño del patriarca era su historia más querida, por la simple y sencilla razón de que era la única que se había dejado contar completa de principio a fin.
Para alguien que no escriba, la anterior puede resultar una afirmación de lo más confusa. ¿Quién cuenta una historia si no aquél que la escribe? Pues ni más ni menos que los personajes. That’s who. Un buen personaje, como un buen hijo, llega a una edad en la que camina solo, come, se baña y actúa sin preguntarte qué carajos pretendías hacer con él. A diferencia de un hijo, sin embargo, un personaje es susceptible de que le recuerdes que al final es tu personaje y si quiere seguir viviendo más le vale ajustarse o bien puedes hacer que lo atropelle un camión de sandías. También puedes hacer que a tu hijo lo atropelle un camión de sandías pero la última vez que revisé, seguía siendo ilegal (y aunque la cárcel es un gran lugar para escribir, también es un lugar perfecto para experimentar el sexo anal no consentido, usted decida).
Un personaje maduro experimentará siempre la etapa rebelde en la que tratará de decidir por sí mismo qué hacer. Y es sabido que los personajes deciden siempre mal. Lo cual no quiere decir que esos personajes vayan a hacer una mala historia, pero sí que, casi en la totalidad de los casos, harán una historia diferente en todo a la que usted había planeado hacer con ellos. Imagínese nada más que el día de mañana usted pusiera en una olla dos tomates, pimentón, camarones, arroz y azafrán, encendiera el fuego y media hora después, al revisar el guiso, se encontrara con un gazpacho de camarones en lugar de la paella que estábamos planeando. Caótico. No necesariamente malo, ¿me explico? Pero definitivamente inesperado.
Y un escritor debe haber dejado muy claro al principio de la hoja que las sorpresas están reservadas para el lector y no para sí mismo. Está muy bien que al final el asesino no sea el mayordomo, siempre y cuando uno sepa que el asesino es en realidad el Doctor Hughes. De lo contrario puede uno convertirse en John Katzenbach y encontrarse un día en una firma de libros ante quinientas personas preguntándose cuándo las chaquetas mentales se volvieron un ingrediente principal de los best-seller del sanborns local.
Quizá por eso escribir sea un acto tan íntimo como masturbarse. Nadie mejor que uno mismo para saber lo que le pone a tono. Quizá por eso yo todavía me sonrojo cuando me entero que mi abuela ha leído uno de mis cuentos y pienso prontamente en una excusa para evadir la próxima cena familiar. Porque uno escribe de la misma forma que uno cocina cuando tiene invitados: sabiendo que todos van a juzgar el resultado, pero a final de cuentas uno también habrá de tragárselo completo.
06 mayo 2010
A-race-zona

Un preciso sumario de cómo será el procedimiento de distinción entre residentes legales e ilegales en Arizona. Los invito a que por lo menos por sentido de la humanidad dejen de ir por un par de semanas de compras a Tucson, Nogales o Phoenix. Ya que lo único que les duele a los gringos es el dinero, peguémosles ahí.
05 mayo 2010
El lugar del que aunque nunca me voy, siempre regreso.
Hoy me tomé un café con uno de mis grandes amigos: Otto Gómez Esperón. Como suele pasar entre nosotros, ambos conversadores insaciables y teóricos amateur de casi todos los campos de la psique humana, fueron casi tres horas de darle rienda suelta a la palabrería, coincidir en algunos puntos, diverger en otros y pasarla muy bien.
Otto se casó hace poco con su amor de siempre, una chica a la que conoció en la primaria y con la que siempre tuvo un romance secreto, hasta que ella se enteró y el romance dejó de ser secreto y se volvió una relación de poco más de un año, que se convirtió en matrimonio hace un mes y algunos días. Hablamos un poco de eso, de la transición, de adaptarse, de preservar el amor y de hacerlo crecer todo día con día.
Me da mucho gusto que mis amigos más queridos estén felices, casados, con buenos empleos y algunos de ellos ya criando a uno o dos pequeños. La madurez, las etapas, todo eso que llega con el tiempo, ha ido llegando poco a poco para todos.
Yo -lo digo con frecuencia- soy papá desde hace mucho. En eso radica una de mis mayores felicidades y uno de los grandes motores de mi vida. La paternidad ha sido una bendición, una enorme alegría, un sinfín de sorpresas y emociones. El matrimonio, por otro lado, sigue siendo un gran misterio.
En fin, fue bueno ver a mi amigo, verlo contento, emocionado en este nuevo principio, recordar que confío mucho en él, siempre he sabido que le irá bien en todo. De ahí fui a tomarme otro cafée (por lo tanto creo que hoy no voy a dormir) con mi gran amiga Edith Cota, fotógrafa y periodista, mi compañera infaltable de cine y eventos culturosos en esta ciudad soleada. Dos buenos cafés bien conversados que me dieron ganas de postear. Desafortunadamente para ustedes, tengo una emergencia desde el tercer párrafo de este post, así que por el momento es todo, pero al parecer ya voy a empezar a publicar de nuevo.
Mientras regreso, hablen entre ustedes sobre la Ley de Inmigración que se promulgó la semana pasada en Arizona y discutan diversas maneras de demostrar nuestro desprecio al país que nos desprecia. Cuéntenmelo todo en el apartado de comentarios y yo lo tomaré en cuenta. Besitos.
Otto se casó hace poco con su amor de siempre, una chica a la que conoció en la primaria y con la que siempre tuvo un romance secreto, hasta que ella se enteró y el romance dejó de ser secreto y se volvió una relación de poco más de un año, que se convirtió en matrimonio hace un mes y algunos días. Hablamos un poco de eso, de la transición, de adaptarse, de preservar el amor y de hacerlo crecer todo día con día.
Me da mucho gusto que mis amigos más queridos estén felices, casados, con buenos empleos y algunos de ellos ya criando a uno o dos pequeños. La madurez, las etapas, todo eso que llega con el tiempo, ha ido llegando poco a poco para todos.
Yo -lo digo con frecuencia- soy papá desde hace mucho. En eso radica una de mis mayores felicidades y uno de los grandes motores de mi vida. La paternidad ha sido una bendición, una enorme alegría, un sinfín de sorpresas y emociones. El matrimonio, por otro lado, sigue siendo un gran misterio.
En fin, fue bueno ver a mi amigo, verlo contento, emocionado en este nuevo principio, recordar que confío mucho en él, siempre he sabido que le irá bien en todo. De ahí fui a tomarme otro cafée (por lo tanto creo que hoy no voy a dormir) con mi gran amiga Edith Cota, fotógrafa y periodista, mi compañera infaltable de cine y eventos culturosos en esta ciudad soleada. Dos buenos cafés bien conversados que me dieron ganas de postear. Desafortunadamente para ustedes, tengo una emergencia desde el tercer párrafo de este post, así que por el momento es todo, pero al parecer ya voy a empezar a publicar de nuevo.
Mientras regreso, hablen entre ustedes sobre la Ley de Inmigración que se promulgó la semana pasada en Arizona y discutan diversas maneras de demostrar nuestro desprecio al país que nos desprecia. Cuéntenmelo todo en el apartado de comentarios y yo lo tomaré en cuenta. Besitos.
17 marzo 2010
Vueltas Devueltas
La vida no se cansa de ser circular y perfecta.
Todo lo que me sucede me ha sucedido antes, me volverá a suceder, quizá, en otro momento futuro y entonces pensaré de nuevo que todo lo que me sucede me ha sucedido antes y me volverá a suceder quizá en otro momento futuro y así hasta la náusea.
La existencia del ciclo y su forma circular es lo que acerca nuestras cotidianeidades a la perfección, lo que hace nuestras rutinas a veces insoportables y lo que vuelve armónico y estable el devenir de nuestras vidas. Así hay personas y lugares a los que no sentimos conocer, sino simplemente reencontrar.
Me sucede con nuevos amigos que siento como viejos, me sucede con lugares nunca visitados que siento como parte del pasado y cuyos rincones recorro con una falsa sensación de deja-vuh.
Quizá por eso soy una persona de tan pocos amigos y con tan pocos y contados momentos inolvidables. Porque quizá no necesito recordar las cosas que al final volverán a suceder y estarán de nuevo disponibles para mí y volveré a caminar entre ellas como entre los pasillos de un wal mart cualquiera.
Ayer regresé de un viaje (Otro, sí, la gran maravilla de haberme dejado chupar por el sistema es que puedo costear esas cosas superficiales y estúpidas y pretenciosas y sentirme bien por hacerlo), esta vez de nuevo a Guadalajara (Álamos antes de eso, La FIL, Guanajuato), que es mi destino irresuelto desde siempre y donde he vivido y sido feliz y donde he conocido la tristeza y la miseria y la dicha y el amor. Fue un viaje corto pero sustancial, en el que tuve la oportunidad de recorrer los lugares que recorría en aquellos entonces, cuando la vida era menos sencilla y las cosas más confusas y ahora nebulosas.
Al parecer mi mecenas murió. La gran señora que me alimentaba y me proveía de techo y que cantaba ópera por las mañanas mientras yo preparaba mis libros y apuntes para la facultad parece haberse ido. Su casa está oscura y abandonada, sus flores marchitas. Parece haberle dicho adiós al mundo, pero yo no tuve el valor de tocar la puerta y ver si había quién me confirmara el temor. Toda la gente que vale la pena ha muerto o se prepara para morir y a mí me aterra que cada una de las cosas que he escrito ha encontrado la manera de suceder. No debo volver a redactar un párrafo profético y por eso ahora sólo relato crónicas pasadas.
Pero de nuevo, si han de volverme a suceder, no son crónicas pasadas, sino presagios del próximo viaje que hice dentro de dos meses atrás. O algo así. No lo sé. Extraño esa época que viene donde todo era más simple que antes.
Todo lo que me sucede me ha sucedido antes, me volverá a suceder, quizá, en otro momento futuro y entonces pensaré de nuevo que todo lo que me sucede me ha sucedido antes y me volverá a suceder quizá en otro momento futuro y así hasta la náusea.
La existencia del ciclo y su forma circular es lo que acerca nuestras cotidianeidades a la perfección, lo que hace nuestras rutinas a veces insoportables y lo que vuelve armónico y estable el devenir de nuestras vidas. Así hay personas y lugares a los que no sentimos conocer, sino simplemente reencontrar.
Me sucede con nuevos amigos que siento como viejos, me sucede con lugares nunca visitados que siento como parte del pasado y cuyos rincones recorro con una falsa sensación de deja-vuh.
Quizá por eso soy una persona de tan pocos amigos y con tan pocos y contados momentos inolvidables. Porque quizá no necesito recordar las cosas que al final volverán a suceder y estarán de nuevo disponibles para mí y volveré a caminar entre ellas como entre los pasillos de un wal mart cualquiera.
Ayer regresé de un viaje (Otro, sí, la gran maravilla de haberme dejado chupar por el sistema es que puedo costear esas cosas superficiales y estúpidas y pretenciosas y sentirme bien por hacerlo), esta vez de nuevo a Guadalajara (Álamos antes de eso, La FIL, Guanajuato), que es mi destino irresuelto desde siempre y donde he vivido y sido feliz y donde he conocido la tristeza y la miseria y la dicha y el amor. Fue un viaje corto pero sustancial, en el que tuve la oportunidad de recorrer los lugares que recorría en aquellos entonces, cuando la vida era menos sencilla y las cosas más confusas y ahora nebulosas.
Al parecer mi mecenas murió. La gran señora que me alimentaba y me proveía de techo y que cantaba ópera por las mañanas mientras yo preparaba mis libros y apuntes para la facultad parece haberse ido. Su casa está oscura y abandonada, sus flores marchitas. Parece haberle dicho adiós al mundo, pero yo no tuve el valor de tocar la puerta y ver si había quién me confirmara el temor. Toda la gente que vale la pena ha muerto o se prepara para morir y a mí me aterra que cada una de las cosas que he escrito ha encontrado la manera de suceder. No debo volver a redactar un párrafo profético y por eso ahora sólo relato crónicas pasadas.
Pero de nuevo, si han de volverme a suceder, no son crónicas pasadas, sino presagios del próximo viaje que hice dentro de dos meses atrás. O algo así. No lo sé. Extraño esa época que viene donde todo era más simple que antes.
07 marzo 2010
Post para leer escuchando Be-bop a lula, versión Presley
Por extraños e insondables motivos hoy tengo las ganas y el tiempo para postear. El día está horrendo en Hermosillo, gris, encapotado, lluvioso y melancólico. Recién me tomé un café más cargado que un buen torero y me preparé una de mis comidas favoritas. Todo ello me dejó en un estado de gracia similar a la meditación de la que me sacó recordar que hoy voy a ver el remake de la historia de Carroll que dirigió Burton y del que aún soy virgen de críticas y spoilers.
Con ello en mente abro el website de cinepolis y mi buscador me recuerda que yo solía tener un blog y que además solía actualizarlo de cuando en cuando (mi buscador, como ven, gusta del humor negro y la mezquindad), lo que me llevó a abrirlo y revisar las últimas cosas que había estado publicando. Y bueno, ¿qué puedo decir? Sí se nota un franco desgano en la parrafada que aunque nunca ha sido brillante, al menos no solía adolecer de contenido (como si los blogs se distinguieran por su buen contenido).
Quizá pueda culpar a ese advertido desgano de la larga, muy larga ausencia de nuevas publicaciones en Monitor; quizá pueda culpar también a que de pronto se me juntaron los proyectos y los trabajos y he andado del tingo al tango, entre el Simposium de la Sociedad Sonorense de Historia, el Festival de Cine en el Desierto, la puesta en marcha de mi proyecto para FECAS, mi debut como locutor, la asistencia y enorme disfrute del Festival Alfonso Ortiz Tirado (9 asistencias en 10 años, nenas) y esto y aquello y lo otro. Pero no. La verdad es que no puedo culpar a eso ni a nada, ni voy a hacerlo. No escribí porque simple y sencillamente no tuve ganas de hacerlo y santa vaca.
La semana pasada mi papá sufrió un problema cardiaco que se juntó con su largo historial de problemas de hiperglucemia y sus nuevos y mejorados problemas renales y entre los tres lo llevaron al hospital por cinco días. Nos sacó un buen susto, a mí en lo personal cuando lo vi con varios kilos menos y su legendaria pancita de renacuajo en franca retirada. Pero el lunes lo dieron de alta y desde el martes empezó a dirigir de nuevo el negocio con el teléfono en una mano y el control remoto en la otra. Buena señal.
La madre de mi hijo vino a Hermosillo el fin de semana para entregar las invitaciones de su boda próxima a Celebrarse (con C mayúscula) y eso dio ocasión de poder pasar un fabuloso sábado con mi hijo unigénito al que como no me canso de decir, amo con todo el corazón. Después de prepararle su desayuno favorito nos fuimos al parque infantil y corrimos y nos divertimos y reímos y él se paseó en todos los juegos mientras yo lo veía reír y abstraerse y recordaba un tiempo que ahora parece tan lejano en el que esos mismos juegos lo hacían llorar de miedo. Mi hijo crece muy rápido, cada vez lee mejor y eso me emociona y me hace pensar en lo maravilloso que sería que la lectura se le vuelva un vicio insaciable y poder dejarle mis libros, centenares de libros con los que él pasará las horas conociendo el mundo.
¡Miren, está saliendo el sol!
Con ello en mente abro el website de cinepolis y mi buscador me recuerda que yo solía tener un blog y que además solía actualizarlo de cuando en cuando (mi buscador, como ven, gusta del humor negro y la mezquindad), lo que me llevó a abrirlo y revisar las últimas cosas que había estado publicando. Y bueno, ¿qué puedo decir? Sí se nota un franco desgano en la parrafada que aunque nunca ha sido brillante, al menos no solía adolecer de contenido (como si los blogs se distinguieran por su buen contenido).
Quizá pueda culpar a ese advertido desgano de la larga, muy larga ausencia de nuevas publicaciones en Monitor; quizá pueda culpar también a que de pronto se me juntaron los proyectos y los trabajos y he andado del tingo al tango, entre el Simposium de la Sociedad Sonorense de Historia, el Festival de Cine en el Desierto, la puesta en marcha de mi proyecto para FECAS, mi debut como locutor, la asistencia y enorme disfrute del Festival Alfonso Ortiz Tirado (9 asistencias en 10 años, nenas) y esto y aquello y lo otro. Pero no. La verdad es que no puedo culpar a eso ni a nada, ni voy a hacerlo. No escribí porque simple y sencillamente no tuve ganas de hacerlo y santa vaca.
La semana pasada mi papá sufrió un problema cardiaco que se juntó con su largo historial de problemas de hiperglucemia y sus nuevos y mejorados problemas renales y entre los tres lo llevaron al hospital por cinco días. Nos sacó un buen susto, a mí en lo personal cuando lo vi con varios kilos menos y su legendaria pancita de renacuajo en franca retirada. Pero el lunes lo dieron de alta y desde el martes empezó a dirigir de nuevo el negocio con el teléfono en una mano y el control remoto en la otra. Buena señal.
La madre de mi hijo vino a Hermosillo el fin de semana para entregar las invitaciones de su boda próxima a Celebrarse (con C mayúscula) y eso dio ocasión de poder pasar un fabuloso sábado con mi hijo unigénito al que como no me canso de decir, amo con todo el corazón. Después de prepararle su desayuno favorito nos fuimos al parque infantil y corrimos y nos divertimos y reímos y él se paseó en todos los juegos mientras yo lo veía reír y abstraerse y recordaba un tiempo que ahora parece tan lejano en el que esos mismos juegos lo hacían llorar de miedo. Mi hijo crece muy rápido, cada vez lee mejor y eso me emociona y me hace pensar en lo maravilloso que sería que la lectura se le vuelva un vicio insaciable y poder dejarle mis libros, centenares de libros con los que él pasará las horas conociendo el mundo.
¡Miren, está saliendo el sol!
23 enero 2010
Los orígenes del nudo (y viceversa)
¿Acaso todos compartimos una infancia?
Leo y releo párrafos completos de La misteriosa llama de la reina Loana, de Umberto Eco y no consigo desligar los recuerdos infantiles de Yambo Bodoni, su protagonista único y tangencialmente del propio Eco, de mis propios recuerdos de la infancia.
El hombre acomodado de la urbe metropolitana que pierde la memoria por un suceso traumático y se ve obligado a reconstruirla mediante un viaje a la denostada casa de los primeros años en un pueblo en las villas cordilleranas de Italia. Una casa en Solara donde las cabras pacen en el llano,las gallinas se reparten el patio y los gusanos y una mujer hacendosa recoge los huevos, ordeña las vacas y cocina con leña. Una casa que bien podría ser en Huatabampo, al resguardo del viejo y grande patio fiel donde ahora nacen papayas nuevas en el lugar que antes ocupaba la palmera de los dátiles dulces y amielados.
El hombre que se refugia en el desván a hurgar entre las pertenencias del niño que fue para recrear al hombre que es pero que se ha olvidado de ser. Quién sabe cuántos sueños uno va llenando de polvo en el camino hasta dejarles sepultados y condenarlos al olvido inmisericorde. Quién sabe cuánto de niño uno deja guardado en cajas de cartón cuyo destino es tan insondable como la botella de plástico que arrojó al mar una niña de cuatro años en Acapulco hace mil días y termina enredándose en mis pies en San Carlos hoy. El hombre, ese hombre, puedo ser yo dentro de 40 años.
Refugiado pero también oculto para hurgar en los recuerdos de alguien que ya no soy yo. El niño que fuimos muy rara vez es el hombre que somos. En mi caso, no hay excepción. El niño que fui es muy amado por el hombre que soy, pero no existe más. Ni su inocencia, ni su energía, ni su vivacidad. Pero su recuerdo, vivo, llameante, convive con el recuerdo más cercano de la semana pasada en los labios de mi mujer y puedo invocarlo con los ojos entornados y verlo montando su bicicleta verde a través de hectáreas de trigo, por un sendero que bordeaba el arroyo y moría en el lecho de un río de aguas mansas. Puedo verlo sentado ahí, bajo unos álamos gigantes, sentado al lado de su mejor amigo -Andrés, que hace un par de días cumplió años y sólo entonces, mirando el calendario recordé que no tengo idea dónde vive, ni quién es ahora- y bebiendo sorbos de una coca cola mientras hablan de lo que un niño de 10 años piensa que es la vida.
Yambo Bodoni hojea con nueva sorpresa los cómics de la infancia, de la misma forma en la que yo recorrería con placer el libro viejísimo de Las Travesuras de Floro. Él revisa los enredos de Topolino con el mismo callado reconocimiento con que yo podría recapitular centenares de Archies. Se imagina a sí mismo reconstruyendo una aventura de Flash Gordon como yo me recordaría acompañando al Fantasma por la selva del Amazonas.
Me siento Bodoni, y al mismo tiempo me siento Eco, porque también yo fui ese niño. Solo, en un mundo de adultos, en una realidad que distaba mucho de ser mi realidad (¿Qué son para un niño palabras como Guerra, Política, Bagdad, Kuwait?) y como ellos descubrí la sexualidad en el relámpago furtivo de una fotografía demasiado sugerente y conocí el latigazo del amor en una niña de pecho todavía plano y ojos claros que jamás se dignó a mirarme.
Por eso leo y releo los libros que me gustan. Por eso tolero a Eco a pesar de sus continuos alardes de erudito (que lo es) y su verborrea insaciable. Porque una historia que logra que uno mismo sea el protagonista y logre volver a contarme mi propia historia, arrojando luces en las zonas que permanecían oscuras, siempre será recompensa digna a la misión.
Leo y releo párrafos completos de La misteriosa llama de la reina Loana, de Umberto Eco y no consigo desligar los recuerdos infantiles de Yambo Bodoni, su protagonista único y tangencialmente del propio Eco, de mis propios recuerdos de la infancia.
El hombre acomodado de la urbe metropolitana que pierde la memoria por un suceso traumático y se ve obligado a reconstruirla mediante un viaje a la denostada casa de los primeros años en un pueblo en las villas cordilleranas de Italia. Una casa en Solara donde las cabras pacen en el llano,las gallinas se reparten el patio y los gusanos y una mujer hacendosa recoge los huevos, ordeña las vacas y cocina con leña. Una casa que bien podría ser en Huatabampo, al resguardo del viejo y grande patio fiel donde ahora nacen papayas nuevas en el lugar que antes ocupaba la palmera de los dátiles dulces y amielados.
El hombre que se refugia en el desván a hurgar entre las pertenencias del niño que fue para recrear al hombre que es pero que se ha olvidado de ser. Quién sabe cuántos sueños uno va llenando de polvo en el camino hasta dejarles sepultados y condenarlos al olvido inmisericorde. Quién sabe cuánto de niño uno deja guardado en cajas de cartón cuyo destino es tan insondable como la botella de plástico que arrojó al mar una niña de cuatro años en Acapulco hace mil días y termina enredándose en mis pies en San Carlos hoy. El hombre, ese hombre, puedo ser yo dentro de 40 años.
Refugiado pero también oculto para hurgar en los recuerdos de alguien que ya no soy yo. El niño que fuimos muy rara vez es el hombre que somos. En mi caso, no hay excepción. El niño que fui es muy amado por el hombre que soy, pero no existe más. Ni su inocencia, ni su energía, ni su vivacidad. Pero su recuerdo, vivo, llameante, convive con el recuerdo más cercano de la semana pasada en los labios de mi mujer y puedo invocarlo con los ojos entornados y verlo montando su bicicleta verde a través de hectáreas de trigo, por un sendero que bordeaba el arroyo y moría en el lecho de un río de aguas mansas. Puedo verlo sentado ahí, bajo unos álamos gigantes, sentado al lado de su mejor amigo -Andrés, que hace un par de días cumplió años y sólo entonces, mirando el calendario recordé que no tengo idea dónde vive, ni quién es ahora- y bebiendo sorbos de una coca cola mientras hablan de lo que un niño de 10 años piensa que es la vida.
Yambo Bodoni hojea con nueva sorpresa los cómics de la infancia, de la misma forma en la que yo recorrería con placer el libro viejísimo de Las Travesuras de Floro. Él revisa los enredos de Topolino con el mismo callado reconocimiento con que yo podría recapitular centenares de Archies. Se imagina a sí mismo reconstruyendo una aventura de Flash Gordon como yo me recordaría acompañando al Fantasma por la selva del Amazonas.
Me siento Bodoni, y al mismo tiempo me siento Eco, porque también yo fui ese niño. Solo, en un mundo de adultos, en una realidad que distaba mucho de ser mi realidad (¿Qué son para un niño palabras como Guerra, Política, Bagdad, Kuwait?) y como ellos descubrí la sexualidad en el relámpago furtivo de una fotografía demasiado sugerente y conocí el latigazo del amor en una niña de pecho todavía plano y ojos claros que jamás se dignó a mirarme.
Por eso leo y releo los libros que me gustan. Por eso tolero a Eco a pesar de sus continuos alardes de erudito (que lo es) y su verborrea insaciable. Porque una historia que logra que uno mismo sea el protagonista y logre volver a contarme mi propia historia, arrojando luces en las zonas que permanecían oscuras, siempre será recompensa digna a la misión.
21 enero 2010
El conflicto entre ser mexicano, ser librepensador y ser rico.
Existe un punto en la existencia de todos nosotros, en el que se forjan los ideales. Puede no ser un día preciso, sino una época completa, en la que las vivencias, el aprendizaje, la entronización de figuras paternas y otro sinfín de eventualidades, nos moldearán para ser un arquetipo determinado, y ese arquetipo, a menos que medien unas circunstancias tremendas, seremos por el resto de nuestras vidas.
Curiosamente, casi todos damos algún golpe de timón en el trayecto y terminamos llevando la barca hacia un lugar no-pensado. He ahí que hay hijos de médicos que terminan ellos mismos como brillantes cirujanos o excelentes pediatras, mientras que hay otros vástagos de magníficos neurólogos que malviven como pintores muralistas becados por alguna institución paraestatal. Hay cosas, millares de cosas que intervienen.
Pero más allá del destino (y su primo gramatical más cercano: el desatino), el talento, la propia decisión, la perseverancia y la disciplina, en el momento de las decisiones interviene el factor X, donde X= Cantidad de dinero que uno podrá llevarse a los bolsillos realizando la tarea determinada.
Y no nos engañemos: Yo soy tan romántico como cualquiera de ustedes, pero honestamente me gusta comer mucho más que a la mayoría, me gusta vivir en mi departamento con todos los servicios (incluídos el internet y la televisión por cable tan innecesarios como disfrutables), me gusta tener mi carro listo para salir a carretera si me da la gana pasar la noche en la playa, me gusta poder llevar a mi mujer al restaurante más caro de la ciudad y siempre y sobre todo, me gusta que mi hijo no sufra de ninguna privación.
Al igual que todos ustedes, pobres muchachos del lado equivocado del escritorio, yo soy un asalariado. No somos muchos los asalariados que podemos darnos la dolce vita con lo que nos llega en el cheque. Es por ello que, además de ser un asalariado, soy un freelancer en campos como la publicidad, el diseño creativo y esencialmente, la literatura. Eso significa, por un lado, darle hilo a un papalote donde vuelan mis ambiciones vitales (una carrera editorial destacada, una cátedra literaria en una buena universidad): significa, por el otro lado, una lanita extra que cae por aquí y por allá, dándome la oportunidad de vivir como algo que no soy (rico) pero que quizá algún día sea, si se me ocurre un best seller de maguitos nerds o vampiros muy bonitos (¿vampiros nerds? humm...)
Sin embargo, como lo he dicho hasta el cansancio, el dinero no pasa de ser un medio. Y el problema es que la gente en general (hablo por supuesto de la gente que me rodea, sabiendo que existe gente muy chida y espiritual y buena onda mil goei) el dinero es un fin. Un fin en sí mismo. Como en "cuando sea grande, quiero tener mucho dinero".
Por ejemplo cuando sea mayor -puesto que ya soy grande- me gustaría tener una casa muy bonita, onda loft moderrrno minimalista. Me gustaría tener una camioneta pequeña onda Liberty o algo de Jeep. Me gustaría pagarle buenas escuelas a mi hijo actual y a los futuros, si llegan. Para todo eso, por supuesto, voy a necesitar dinero. Pero no por el dinero, ¿o sí? El dinero se cambia por productos y servicios. Veinte dólares compran mucho maní.
Ahora enfrentemos la realidad de vivir en un país donde hacer dinero es cada vez más difícil -a menos que uno se apellide Slim, Saba, Hank o equivalentes- y perder dinero es cosa de todos los días -IVA al 16%, gasolina aumentando semanalmente, tenencia y predial- y uno tiene un cóctel perfecto para el estrés.
¿Y saben para qué sirve el estrés? Para una chingada, para eso. Estresado uno toma las peores decisiones, arruina su salud, pierde el cabello y come mal o peor. Estresado uno repele al sexo opuesto, disminuye considerablemente su desempeño sexual y crea mala vibra a su alrededor. Ninguna de esas cosas, salvo la calvicie, se llevan bien con el éxito.
El asunto es ser distinto. El asunto es crear. El asunto es arrojarse y ser fuerte, ser decidido y sobre todo, ser honesto con uno mismo. Nadie creyó que un puñado de libros sobre un niño huérfano que viaja todos los años a estudiar a una escuela de magia fueran a convertir a Rowling en la mujer más rica de Inglaterra, y lo es. Nadie pensó que una red social dedicada por entero a subir fotos y publicar breves notas a tus amigos y conocidos llegaría a costar miles de millones de dólares (es un chingado anuario electrónico, joder) pero los cuesta. No los vale, ¿ok? Los cuesta. Sin embargo esa mujer y esos tipos lo hicieron de todos modos, porque creían en su proyecto. Y ahí está.
Sin concesiones, sin doblarse para recibirla por detrás. Sin ceder. Con la fuerza para defender lo que hacemos y con valor para hacerlo cada vez mejor. Vamos a hacer algo por nosotros y con ello, lo haremos por el mundo. Vengan, el futuro es allá adelante.
Curiosamente, casi todos damos algún golpe de timón en el trayecto y terminamos llevando la barca hacia un lugar no-pensado. He ahí que hay hijos de médicos que terminan ellos mismos como brillantes cirujanos o excelentes pediatras, mientras que hay otros vástagos de magníficos neurólogos que malviven como pintores muralistas becados por alguna institución paraestatal. Hay cosas, millares de cosas que intervienen.
Pero más allá del destino (y su primo gramatical más cercano: el desatino), el talento, la propia decisión, la perseverancia y la disciplina, en el momento de las decisiones interviene el factor X, donde X= Cantidad de dinero que uno podrá llevarse a los bolsillos realizando la tarea determinada.
Y no nos engañemos: Yo soy tan romántico como cualquiera de ustedes, pero honestamente me gusta comer mucho más que a la mayoría, me gusta vivir en mi departamento con todos los servicios (incluídos el internet y la televisión por cable tan innecesarios como disfrutables), me gusta tener mi carro listo para salir a carretera si me da la gana pasar la noche en la playa, me gusta poder llevar a mi mujer al restaurante más caro de la ciudad y siempre y sobre todo, me gusta que mi hijo no sufra de ninguna privación.
Al igual que todos ustedes, pobres muchachos del lado equivocado del escritorio, yo soy un asalariado. No somos muchos los asalariados que podemos darnos la dolce vita con lo que nos llega en el cheque. Es por ello que, además de ser un asalariado, soy un freelancer en campos como la publicidad, el diseño creativo y esencialmente, la literatura. Eso significa, por un lado, darle hilo a un papalote donde vuelan mis ambiciones vitales (una carrera editorial destacada, una cátedra literaria en una buena universidad): significa, por el otro lado, una lanita extra que cae por aquí y por allá, dándome la oportunidad de vivir como algo que no soy (rico) pero que quizá algún día sea, si se me ocurre un best seller de maguitos nerds o vampiros muy bonitos (¿vampiros nerds? humm...)
Sin embargo, como lo he dicho hasta el cansancio, el dinero no pasa de ser un medio. Y el problema es que la gente en general (hablo por supuesto de la gente que me rodea, sabiendo que existe gente muy chida y espiritual y buena onda mil goei) el dinero es un fin. Un fin en sí mismo. Como en "cuando sea grande, quiero tener mucho dinero".
Por ejemplo cuando sea mayor -puesto que ya soy grande- me gustaría tener una casa muy bonita, onda loft moderrrno minimalista. Me gustaría tener una camioneta pequeña onda Liberty o algo de Jeep. Me gustaría pagarle buenas escuelas a mi hijo actual y a los futuros, si llegan. Para todo eso, por supuesto, voy a necesitar dinero. Pero no por el dinero, ¿o sí? El dinero se cambia por productos y servicios. Veinte dólares compran mucho maní.
Ahora enfrentemos la realidad de vivir en un país donde hacer dinero es cada vez más difícil -a menos que uno se apellide Slim, Saba, Hank o equivalentes- y perder dinero es cosa de todos los días -IVA al 16%, gasolina aumentando semanalmente, tenencia y predial- y uno tiene un cóctel perfecto para el estrés.
¿Y saben para qué sirve el estrés? Para una chingada, para eso. Estresado uno toma las peores decisiones, arruina su salud, pierde el cabello y come mal o peor. Estresado uno repele al sexo opuesto, disminuye considerablemente su desempeño sexual y crea mala vibra a su alrededor. Ninguna de esas cosas, salvo la calvicie, se llevan bien con el éxito.
El asunto es ser distinto. El asunto es crear. El asunto es arrojarse y ser fuerte, ser decidido y sobre todo, ser honesto con uno mismo. Nadie creyó que un puñado de libros sobre un niño huérfano que viaja todos los años a estudiar a una escuela de magia fueran a convertir a Rowling en la mujer más rica de Inglaterra, y lo es. Nadie pensó que una red social dedicada por entero a subir fotos y publicar breves notas a tus amigos y conocidos llegaría a costar miles de millones de dólares (es un chingado anuario electrónico, joder) pero los cuesta. No los vale, ¿ok? Los cuesta. Sin embargo esa mujer y esos tipos lo hicieron de todos modos, porque creían en su proyecto. Y ahí está.
Sin concesiones, sin doblarse para recibirla por detrás. Sin ceder. Con la fuerza para defender lo que hacemos y con valor para hacerlo cada vez mejor. Vamos a hacer algo por nosotros y con ello, lo haremos por el mundo. Vengan, el futuro es allá adelante.
30 diciembre 2009
The way of the wolf
Gustavo "Guffo" Caballero, publicó hace un par de días en su muy recomendable blog sobre la inevitabilidad de la soledad en las vidas de aquellos que nunca se resignarán a ser estúpidos.
Y yo aprovecho el pretexto para retomar un tema sobre el que no hace mucho escribía aquí mismo y que, si no recuerdo mal, abordé en aquella ocasión en palabras de Shaw: Ignorance is a bliss.
La cita aparece también en el nudo dramático de Matrix, cuando Cypher entrega la locación de Morpheus, Neo y los demás rebeldes a un lacónico agente Smith mientras engulle con placer un jugoso filete mignon y bebe una copa de pinot noir. En el sentido tecnogeek de la película, Cypher sabe perfectamente que ni el filete ni el vino existen fuera del código informático operado por la Matrix que le dice a su mente que efectivamente el filete es tierno y delicioso y el vino es robusto y amargo. Pero eso no importa, si la capacidad sensorial registra que la carne es masticada, el vino es bebido, el estómago es satisfecho.
La ignorancia es felicidad.
De esa misma manera, extrapolando el comentario al país, a nuestra situación económica, a las perspectivas sociopolíticas en el corto y mediano plazo, uno quisiera, anhelaría ser un perfecto ignorante para no darse cuenta de cómo las piezas están puestas para que aquellos que hoy, a 24 horas de terminarse el 2009 están jodidos, muy pronto, en algún punto del 2010, estén mucho peor.
Nadie se haga ilusiones de un año mejor. Será mejor, sí, para aquellos que tienen el privilegio de un buen trabajo, la capacidad monetaria para no preocuparse demasiado porque en enero aumentará el precio de la leche, el maíz, el pollo y pescado, los huevos; subirá mucho más la cerveza, los cigarrillos; para esos pocos, muy pocos (menos del 10% de la población de esta patria nuestra) quizá quepa la posibilidad de un año mejor. De un Feliz año nuevo.
Para todos los demás, el 1 de Enero próximo, viene envuelto en facturas, pagarés, notas de casas de empeño y esquelas de defunción.
Ni soy un pesimista ni lo he sido jamás, pero me precio de buscar la objetividad a toda costa en la mayoría de los asuntos de la vida. Más allá de mis pasiones, que no son pocas ni relevantes, pienso que hay que tratar de ver las cosas en su justa medida. Que existen el bien y el mal. Que el amor y el miedo son perfectos antagónicos y que hay pocas cosas tan susceptibles de ser despreciadas como la vida de un ser humano.
El problema radica en que la sociedad como ente ha encontrado la forma perfecta hacia la insensibilización. ¿La fórmula? Se las dije hace unos renglones: Ignorancia. Buscarla como se busca refugio bajo un tejabán si la tarde se pone lluviosa. Buscarla como se busca un taxi cuando el tiempo avanza más rápido que las piernas. Como se busca un café por la mañana. Como algo que no es completamente bueno, pero resulta necesario para subsistir.
Ejemplifico sin ser terriblemente específico y consciente de que voy a citar un trilladísimo cliché. Son las 3 de la tarde, uno llega del trabajo, enciende la televisión mientras el horno calienta la comida y empieza el zapping. El canal X presenta un noticiero vespertino en el que un presentador obsesionado con la fonética de merolico judío grita a la pantalla sobre la más reciente tragedia en Gurmekistán, donde la hambruna mata a 120, 000 niños al año. Zapping al canal Y donde un inglés mala leche recorre ciudades exóticas probando los manjares locales y hablando sobre las costumbres de los nativos y la cultura autóctona. Zapping al canal Z, donde una ex estrella de un ex grupo de ex rock ochentero, ya acabado por la vida y con muy poca dignidad para salvar, observa a una docena de veinteañeras de tetas sintéticas y jeans ajustados pelear por ganar sus favores.
Tómense un momento para sincerarse con ustedes mismos y traten de ser lo más honestos posibles al responderse la siguiente pregunta: En una muestra de sus 10 amigos más cercanos, ¿Cuántos dejarían el canal X, cuántos el Y y cuántos el Z?
Ahora, si tenemos suerte, la respuesta personal de algunos de ustedes que ahora leen esto, será: Yo prendería el DVD y/o le pediría al dios del internet que me ilumine la tarde. Eso está bien. 3 horas de Facebook está mal. Myspace, Messenger, el 95% de Twitter que está destinado a decir: me estoy haciendo unos molletes, también está mal.
No es cuestión de opiniones ni de criterios: Está mal. En el mundo hay COSAS QUÉ HACER. El ocio no está justificado. Los medios de exposición masiva no han acercado a la gente, todo lo contrario. El espejismo de tener 200 contactos de Facebook es sólo eso, una ilusión. Nadie tiene tantos amigos, ni tiempo para disfrutarlos a todos. Las redes sociales son otra manera de enmascarar una soledad interior que irónicamente, en esta década, ha aumentado exponencialmente la soledad de los que poblamos este país y este planeta.
Entendámoslo: la tecnología, el internet 2.0, las redes sociales, no son el demonio. Nuestra estupidez al aprovecharlos, nuestra cortedad de miras y sobre todo nuestra escasa, escasísima ambición son los que nos han condenado y lo seguirán haciendo durante al menos una generación más, a ser un pueblo retrógada, ignorante, oscurantista y agachón, al que se le puede asesinar, secuestrar, subir impuestos hasta niveles impagables, vender automóviles y casas a precios estratosféricos y aún sigue pensando que es un héroe por poder pagarlos.
Despierten, gente, nos estamos dejando morir. Les deseo un 2010 de profunda reflexión interior. El mundo seguirá ahí afuera, esperando que dejes de subir las fotos de la fiesta del viernes y empieces a preocuparte por abrazar a tu hermano.
Feliz año nuevo, para aquellos que así lo decidan.
Y yo aprovecho el pretexto para retomar un tema sobre el que no hace mucho escribía aquí mismo y que, si no recuerdo mal, abordé en aquella ocasión en palabras de Shaw: Ignorance is a bliss.
La cita aparece también en el nudo dramático de Matrix, cuando Cypher entrega la locación de Morpheus, Neo y los demás rebeldes a un lacónico agente Smith mientras engulle con placer un jugoso filete mignon y bebe una copa de pinot noir. En el sentido tecnogeek de la película, Cypher sabe perfectamente que ni el filete ni el vino existen fuera del código informático operado por la Matrix que le dice a su mente que efectivamente el filete es tierno y delicioso y el vino es robusto y amargo. Pero eso no importa, si la capacidad sensorial registra que la carne es masticada, el vino es bebido, el estómago es satisfecho.
La ignorancia es felicidad.
De esa misma manera, extrapolando el comentario al país, a nuestra situación económica, a las perspectivas sociopolíticas en el corto y mediano plazo, uno quisiera, anhelaría ser un perfecto ignorante para no darse cuenta de cómo las piezas están puestas para que aquellos que hoy, a 24 horas de terminarse el 2009 están jodidos, muy pronto, en algún punto del 2010, estén mucho peor.
Nadie se haga ilusiones de un año mejor. Será mejor, sí, para aquellos que tienen el privilegio de un buen trabajo, la capacidad monetaria para no preocuparse demasiado porque en enero aumentará el precio de la leche, el maíz, el pollo y pescado, los huevos; subirá mucho más la cerveza, los cigarrillos; para esos pocos, muy pocos (menos del 10% de la población de esta patria nuestra) quizá quepa la posibilidad de un año mejor. De un Feliz año nuevo.
Para todos los demás, el 1 de Enero próximo, viene envuelto en facturas, pagarés, notas de casas de empeño y esquelas de defunción.
Ni soy un pesimista ni lo he sido jamás, pero me precio de buscar la objetividad a toda costa en la mayoría de los asuntos de la vida. Más allá de mis pasiones, que no son pocas ni relevantes, pienso que hay que tratar de ver las cosas en su justa medida. Que existen el bien y el mal. Que el amor y el miedo son perfectos antagónicos y que hay pocas cosas tan susceptibles de ser despreciadas como la vida de un ser humano.
El problema radica en que la sociedad como ente ha encontrado la forma perfecta hacia la insensibilización. ¿La fórmula? Se las dije hace unos renglones: Ignorancia. Buscarla como se busca refugio bajo un tejabán si la tarde se pone lluviosa. Buscarla como se busca un taxi cuando el tiempo avanza más rápido que las piernas. Como se busca un café por la mañana. Como algo que no es completamente bueno, pero resulta necesario para subsistir.
Ejemplifico sin ser terriblemente específico y consciente de que voy a citar un trilladísimo cliché. Son las 3 de la tarde, uno llega del trabajo, enciende la televisión mientras el horno calienta la comida y empieza el zapping. El canal X presenta un noticiero vespertino en el que un presentador obsesionado con la fonética de merolico judío grita a la pantalla sobre la más reciente tragedia en Gurmekistán, donde la hambruna mata a 120, 000 niños al año. Zapping al canal Y donde un inglés mala leche recorre ciudades exóticas probando los manjares locales y hablando sobre las costumbres de los nativos y la cultura autóctona. Zapping al canal Z, donde una ex estrella de un ex grupo de ex rock ochentero, ya acabado por la vida y con muy poca dignidad para salvar, observa a una docena de veinteañeras de tetas sintéticas y jeans ajustados pelear por ganar sus favores.
Tómense un momento para sincerarse con ustedes mismos y traten de ser lo más honestos posibles al responderse la siguiente pregunta: En una muestra de sus 10 amigos más cercanos, ¿Cuántos dejarían el canal X, cuántos el Y y cuántos el Z?
Ahora, si tenemos suerte, la respuesta personal de algunos de ustedes que ahora leen esto, será: Yo prendería el DVD y/o le pediría al dios del internet que me ilumine la tarde. Eso está bien. 3 horas de Facebook está mal. Myspace, Messenger, el 95% de Twitter que está destinado a decir: me estoy haciendo unos molletes, también está mal.
No es cuestión de opiniones ni de criterios: Está mal. En el mundo hay COSAS QUÉ HACER. El ocio no está justificado. Los medios de exposición masiva no han acercado a la gente, todo lo contrario. El espejismo de tener 200 contactos de Facebook es sólo eso, una ilusión. Nadie tiene tantos amigos, ni tiempo para disfrutarlos a todos. Las redes sociales son otra manera de enmascarar una soledad interior que irónicamente, en esta década, ha aumentado exponencialmente la soledad de los que poblamos este país y este planeta.
Entendámoslo: la tecnología, el internet 2.0, las redes sociales, no son el demonio. Nuestra estupidez al aprovecharlos, nuestra cortedad de miras y sobre todo nuestra escasa, escasísima ambición son los que nos han condenado y lo seguirán haciendo durante al menos una generación más, a ser un pueblo retrógada, ignorante, oscurantista y agachón, al que se le puede asesinar, secuestrar, subir impuestos hasta niveles impagables, vender automóviles y casas a precios estratosféricos y aún sigue pensando que es un héroe por poder pagarlos.
Despierten, gente, nos estamos dejando morir. Les deseo un 2010 de profunda reflexión interior. El mundo seguirá ahí afuera, esperando que dejes de subir las fotos de la fiesta del viernes y empieces a preocuparte por abrazar a tu hermano.
Feliz año nuevo, para aquellos que así lo decidan.
23 diciembre 2009
14 diciembre 2009
Proyectos para cerrar el año, notas sueltas, et caeteris.
Es bien común que lleguen a mis ojos y oídos quejas amargas sobre el sistema cultural mexicano. Quejas que van desde la inoperancia, ineficiencia e inexistencia de programas de alcance universal que lleven la cultura hasta donde debe llegar, hasta los sistemas de repartición de beneficios, la carencia a nivel local de foros, plataformas y ofertas para mostrar el trabajo de creadores no consagrados.
Supongo -es mi deber- que algunas, muchas, de esas quejas tienen fundamento en la experiencia personal de aquellos que las emiten. Es notorio que cada quién habla de la feria según le va en ella y debe ser difícil elogiar a un sistema o a un programa que le niega a uno el beneficio solicitado. En mi caso, este año ha sido de contrastes.
Por un lado, el Instituto Sonorense de Cultura nos regaló un taller interesantísimo del que ya les hablé. La A.C. Cison nos regaló otro taller igual de interesante sobre un tema radicalmente distinto. Poco antes de eso, CONACULTA, a través del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, FONCA, nos había dado un rotundo no a la propuesta que junto a mi socio Joel Gastélum presentamos al comité.
Obviamente, cuando uno aspira a un fondo que significa recibir cinco mil pesos mensuales durante un año, uno debe saber que va a tener competencia. Uno no es ni de lejos el único -ni el mejor- creador que han parido los dioses. Uno entrega el mejor proyecto para el que le dan las capacidades y espera que el comité lo bendiga con la misericordia de su dedo mágico. Pero a veces no lo hace y en esos casos uno debe callarse la boca y seguir trabajando para mejorar y tener una propuesta que sea más viable, más interesante, de mayor calidad y atractivo.
Fue el caso, supongo, de ese proyecto. Tanto Joel como yo decidimos tomar ese NO como lo que era, una simple prórroga a un proyecto que tarde o temprano se realizará. ¿Por qué? Porque es bueno, es viable, es atractivo y será fácil de vender. Es simple. Recibir ese no, más que un desencanto, fue un fuerte empujón para seguir con otros proyectos que habíamos detenido.
Fue así como Joel inició su largamente postergado proyecto para consolidar su portafolio fotográfico (del que espero tenerles noticias pronto) y yo, en mi proyecto personalísimo, pude avanzar hasta tener una propuesta concreta, mesurable, bien estructurada, para la que será mi siguiente novela.
La semana pasada, durante el tercer día de mi viaje decembrino a Guadalajara, recibí la llamada que me confirmó que habíamos tomado una buena decisión siguiendo el trabajo. Mi proyecto recibió la aprobación del comité del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes y estará becado durante todo el próximo 2010. Esto, por supuesto, supondrá la realización disciplinada y responsable de una obra literaria con la que yo estoy completamente casado. Hay todo un equipo, un genial equipo de gente que se ha comprometido junto conmigo para llevar la nave a buen puerto y no tenemos ninguna duda que de ello resultarán grandes cosas. Ya les estaré contando.
Y bueno, sirva esto de preámbulo para contarles que estuve en el fin de semana de cierre de la Feria Internacional del Libro en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Un evento monumental, con más de 200 casas editoriales del país y del mundo, con las visitas de Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska, Jis y Trino, Carlos Monsiváis y un largo etcétera. Me gasté todos mis aguinaldos en bellos y olorosos libros nuevos, lo que aumentó el número de pisos de mi mesa de lecturas pendientes a niveles insospechados, y además sirvió como un útil pretexto para ir a caminar las nostálgicas calles de Guadalajara, esa ciudad con la que tengo un romance tan nocivo como terapeútico.
Hay mucho que contar, claro, pero no es el mejor día ni el mejor ánimo para soltar aquí la pluma. Tomémonos mejor un día de estos un café y hablemos largo rato, ¿Les parece? Reciban un abrazo.
Supongo -es mi deber- que algunas, muchas, de esas quejas tienen fundamento en la experiencia personal de aquellos que las emiten. Es notorio que cada quién habla de la feria según le va en ella y debe ser difícil elogiar a un sistema o a un programa que le niega a uno el beneficio solicitado. En mi caso, este año ha sido de contrastes.
Por un lado, el Instituto Sonorense de Cultura nos regaló un taller interesantísimo del que ya les hablé. La A.C. Cison nos regaló otro taller igual de interesante sobre un tema radicalmente distinto. Poco antes de eso, CONACULTA, a través del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, FONCA, nos había dado un rotundo no a la propuesta que junto a mi socio Joel Gastélum presentamos al comité.
Obviamente, cuando uno aspira a un fondo que significa recibir cinco mil pesos mensuales durante un año, uno debe saber que va a tener competencia. Uno no es ni de lejos el único -ni el mejor- creador que han parido los dioses. Uno entrega el mejor proyecto para el que le dan las capacidades y espera que el comité lo bendiga con la misericordia de su dedo mágico. Pero a veces no lo hace y en esos casos uno debe callarse la boca y seguir trabajando para mejorar y tener una propuesta que sea más viable, más interesante, de mayor calidad y atractivo.
Fue el caso, supongo, de ese proyecto. Tanto Joel como yo decidimos tomar ese NO como lo que era, una simple prórroga a un proyecto que tarde o temprano se realizará. ¿Por qué? Porque es bueno, es viable, es atractivo y será fácil de vender. Es simple. Recibir ese no, más que un desencanto, fue un fuerte empujón para seguir con otros proyectos que habíamos detenido.
Fue así como Joel inició su largamente postergado proyecto para consolidar su portafolio fotográfico (del que espero tenerles noticias pronto) y yo, en mi proyecto personalísimo, pude avanzar hasta tener una propuesta concreta, mesurable, bien estructurada, para la que será mi siguiente novela.
La semana pasada, durante el tercer día de mi viaje decembrino a Guadalajara, recibí la llamada que me confirmó que habíamos tomado una buena decisión siguiendo el trabajo. Mi proyecto recibió la aprobación del comité del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes y estará becado durante todo el próximo 2010. Esto, por supuesto, supondrá la realización disciplinada y responsable de una obra literaria con la que yo estoy completamente casado. Hay todo un equipo, un genial equipo de gente que se ha comprometido junto conmigo para llevar la nave a buen puerto y no tenemos ninguna duda que de ello resultarán grandes cosas. Ya les estaré contando.
Y bueno, sirva esto de preámbulo para contarles que estuve en el fin de semana de cierre de la Feria Internacional del Libro en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Un evento monumental, con más de 200 casas editoriales del país y del mundo, con las visitas de Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska, Jis y Trino, Carlos Monsiváis y un largo etcétera. Me gasté todos mis aguinaldos en bellos y olorosos libros nuevos, lo que aumentó el número de pisos de mi mesa de lecturas pendientes a niveles insospechados, y además sirvió como un útil pretexto para ir a caminar las nostálgicas calles de Guadalajara, esa ciudad con la que tengo un romance tan nocivo como terapeútico.
Hay mucho que contar, claro, pero no es el mejor día ni el mejor ánimo para soltar aquí la pluma. Tomémonos mejor un día de estos un café y hablemos largo rato, ¿Les parece? Reciban un abrazo.
24 noviembre 2009
Hombres muy hombres. Y otros temas menos chovinistas.
Sonora, mi tierra, tiene un montón de cosas para presumirle al mundo. Al país no, porque eso es como presumirle una orden de tacos de maciza a un pequeño somalí harto de comer engrudo. O sea, hacer leña del árbol caído. Creo que me explico.
Pero decía: entre las muchas cosas que Sonora, mi fantabuloso estado, puede presumir, está el ser uno de los 3 más grandes de la república (ya que estamos misogineando, pues el tamaño debe importar, supongo). Puede presumir también -y lo hace constantemente- de ser la cuna y hogar de la única tribu mexicana que nunca jamás fue conquistada por absolutamente nadie: Los Yaquis, que resistieron al dominio español, lucharon valientemente en la guerra de independencia y en la revolución mexicana, e incluso hay registros de Yaquis que, al mando del generalísimo Villa, invadieron Columbus, EUA.
Además de ello, fue durante muchas décadas el abastecedor principal de todo tipo de granos y cereales para la dieta del país, lo que le granjeó el apodo de "el granero de México". Para aquellos que no lo saben, también, la revolución mexicana verdadera nació aquí, en el norte, en la ciudad de Cananea.
Pero claro, un estado, por mucho que tenga, ningún recurso o belleza natural puede tener que supere a la calidad de sus habitantes. Y ahí sí, compermiso. Sonora tiene a la gente más amable, trabajadora, dicharachera y sobre todo feliz de estar viva que usted vaya a encontrar en este país (dicen por ahí que los porteños de Veracrú nos dan vuelta, pero quién sabe).
Hoy estoy escribiendo estas líneas antes de lanzarme al lecho, pues por fin y tras mucho tiempo de buscarlo, me han contado al detalle una famosa anécdota. Un relato a voces entre Enrique Flores López, presidente de la Sociedad Sonorense de Historia, Rómulo Félix, delegado en Sonora para los festejos del Centenario y Bicentenario y otros distinguidos historiadores locales.
La anécdota va así: La sede de la SSH aquí en Hermosillo, también es conocida como la Casa Uruchurtu. Obviamente, en el siglo antepasado, la casa perteneció a la familia que porta orgullosa ese apellido. Está situada sobre el Boulevard Rosales, en el mero centro histórico y es una de esas viejas casas solariegas que hacen las delicias de sus visitantes. Pues si el apellido Uruchurtu no les dice nada, les contaré que Don Manuel E. Uruchurtu fue el único mexicano a bordo de un barco que se hundió a pesar de que sus fabricantes lo habían proclamado "Unsinkable" (lo que se traduciría como Inhundible, si no sonara tan feo). El barco se llamaba Titanic.
El señor Uruchurtu era un bon vivant en la mejor de sus acepciones. Hermosillense de nacimiento, estudió leyes en la UNAM y cuando abordó el Titanic, regresaba de Francia, donde había ido a visitar a un General exiliado, amigo suyo. Mal momento para tomar un barco, diría yo.
Lo que trasciende del asunto es que ese hombre que tenía para todos los estándares una muy buena vida, dejó una viuda y nada menos que siete hijos. Y sin embargo, cuando la nave gigante se hundía, Manuel tuvo la oportunidad de abordar un bote de salvamento que lo pondría a salvo. ¿Lo hizo? Por supuesto que no. Caballero norteño, como debe de ser uno hasta en un momento tan histérico como ese, el Señor Uruchurtu buscó a la dama más cercana, que resultó ser Elizabeth Ramell Nye, una mujer inglesa que viajaba en segunda clase. Don Manuel le ofreció una mano solícita y la ayudó a tomar el lugar que él hubiera ocupado, salvándole la vida. Poco después murió ahogado en las gélidas aguas. Seguro que una docena de tiburones se dieron un festín de dos semanas con los huevos gigantes de ese hombre.
Así que si me preguntan, sí, me la estoy pasando muy bien atendiendo el simposium Historia Cultural del Noroeste de México. Ya me siento hasta más varonil.
Pero decía: entre las muchas cosas que Sonora, mi fantabuloso estado, puede presumir, está el ser uno de los 3 más grandes de la república (ya que estamos misogineando, pues el tamaño debe importar, supongo). Puede presumir también -y lo hace constantemente- de ser la cuna y hogar de la única tribu mexicana que nunca jamás fue conquistada por absolutamente nadie: Los Yaquis, que resistieron al dominio español, lucharon valientemente en la guerra de independencia y en la revolución mexicana, e incluso hay registros de Yaquis que, al mando del generalísimo Villa, invadieron Columbus, EUA.
Además de ello, fue durante muchas décadas el abastecedor principal de todo tipo de granos y cereales para la dieta del país, lo que le granjeó el apodo de "el granero de México". Para aquellos que no lo saben, también, la revolución mexicana verdadera nació aquí, en el norte, en la ciudad de Cananea.
Pero claro, un estado, por mucho que tenga, ningún recurso o belleza natural puede tener que supere a la calidad de sus habitantes. Y ahí sí, compermiso. Sonora tiene a la gente más amable, trabajadora, dicharachera y sobre todo feliz de estar viva que usted vaya a encontrar en este país (dicen por ahí que los porteños de Veracrú nos dan vuelta, pero quién sabe).
Hoy estoy escribiendo estas líneas antes de lanzarme al lecho, pues por fin y tras mucho tiempo de buscarlo, me han contado al detalle una famosa anécdota. Un relato a voces entre Enrique Flores López, presidente de la Sociedad Sonorense de Historia, Rómulo Félix, delegado en Sonora para los festejos del Centenario y Bicentenario y otros distinguidos historiadores locales.
La anécdota va así: La sede de la SSH aquí en Hermosillo, también es conocida como la Casa Uruchurtu. Obviamente, en el siglo antepasado, la casa perteneció a la familia que porta orgullosa ese apellido. Está situada sobre el Boulevard Rosales, en el mero centro histórico y es una de esas viejas casas solariegas que hacen las delicias de sus visitantes. Pues si el apellido Uruchurtu no les dice nada, les contaré que Don Manuel E. Uruchurtu fue el único mexicano a bordo de un barco que se hundió a pesar de que sus fabricantes lo habían proclamado "Unsinkable" (lo que se traduciría como Inhundible, si no sonara tan feo). El barco se llamaba Titanic.
El señor Uruchurtu era un bon vivant en la mejor de sus acepciones. Hermosillense de nacimiento, estudió leyes en la UNAM y cuando abordó el Titanic, regresaba de Francia, donde había ido a visitar a un General exiliado, amigo suyo. Mal momento para tomar un barco, diría yo.
Lo que trasciende del asunto es que ese hombre que tenía para todos los estándares una muy buena vida, dejó una viuda y nada menos que siete hijos. Y sin embargo, cuando la nave gigante se hundía, Manuel tuvo la oportunidad de abordar un bote de salvamento que lo pondría a salvo. ¿Lo hizo? Por supuesto que no. Caballero norteño, como debe de ser uno hasta en un momento tan histérico como ese, el Señor Uruchurtu buscó a la dama más cercana, que resultó ser Elizabeth Ramell Nye, una mujer inglesa que viajaba en segunda clase. Don Manuel le ofreció una mano solícita y la ayudó a tomar el lugar que él hubiera ocupado, salvándole la vida. Poco después murió ahogado en las gélidas aguas. Seguro que una docena de tiburones se dieron un festín de dos semanas con los huevos gigantes de ese hombre.
Así que si me preguntan, sí, me la estoy pasando muy bien atendiendo el simposium Historia Cultural del Noroeste de México. Ya me siento hasta más varonil.
08 noviembre 2009
Duraznos todavía.
Porque la verdad es que ni siquiera Marsha, y eso que ella se complicaba por temas mucho menos estéticos y mucho más teóricos, siguió quejándose de aquello después de lo de abril. Ni Marsha con sus piernas feas y demasiado pálidas surcadas de venitas azules, insistía en lamentarse como ella, como Ana, de no haber salido así como llegaron, nulas, inmaculadas, cuando se juntaban por la tarde en la terracita del club a hablar de intrascendencias con dos vasos helados de té de jazmín por cuyos bordes resbalaban gotas gruesas y brillantes, como los lagrimones que Marsha a veces le secaba cuando ya le iban por las mejillas y aún no le tocaban los labios, y le decía Come on, Annie, you’ll be okay aunque ella le había dicho treinta veces que nada de Annie, nunca y por nada del mundo, sino Ana, sólo Ana y de ninguna otra manera. Pero a Marsha no la detenían esas menudencias a la hora de secarle las lágrimas con aquellas manos huesudas y blanquísimas de dedos resecos que raspaban la piel del rostro y olían como a loción de hombre y a jabón.
Lo más triste de todo es que yo le compraba los cigarros que odiaba verla fumando las tardes en que regresaba caminando desde el bar de Lucho, con las manos azuladas de frío en los bolsillos del sobretodo de pana que me cuidó todo el invierno. Se los compraba en un estanquillo sobre el periférico, por una ventana hueca, junto a un par de mazapanes para mí y una coca cola ocasional los días de pago. Nunca vi esos cigarros en ninguna de las muchas tiendas por las que me pasé a buscarlos, ni tampoco en los grandes centros comerciales por donde paseábamos los fines de semana elaborando planes para pagar a plazos la cocina y remodelar por fin el piso de azulejos. Alguna vez pregunté por ellos en la gran librería de Navarra, cuyos dueños surtían puntualmente las vitrinas con habanos legítimos y puros de cualquier calidad y con cajetillas coloridas y costosas de varias partes del mundo y no sólo no pudieron darme razón de sus cigarros, sino que un empleado con pinta de erudito se atrevió a asegurarme que esos rubios habían dejado de circular a fines de los ochenta.
A mí no me dejaba de sorprender que oliera a duraznos a pesar de que su ropa olía a tabaco, de que su cabello guardaba por muchas horas el olor del humo. Su piel en el rincón del cuello por donde siempre comenzaba a besarla olía a duraznos y agua fría que iba templándose conforme mis labios descendían por el escote de la blusa y buscaban la sutil coronación rugosa de sus pechos. Abrevaba mucho tiempo de los pezones delicados y en las breves pausas de nuestras caricias aspiraba hondo el olor a duraznos en el espacio entre los dos. Hacíamos el amor por horas largas y silentes; la majestuosidad de aquel mutismo sólo era rota por los gemidos ocasionales de su voz enronquecida por la excitación. Luego ella buscaba a tientas la cajetilla de rubios en el cajón de cartas y pastillas que tenía al lado de la cama y encendía uno y lo fumaba a veces ahí acostada y a veces envuelta en la sábana y de pie en el balcón que daba sobre la avenida de la paz.
Marsha nunca dio muestras de extrañar su cabello. A mí incluso me pareció siempre un poco feliz cuando la miraba frente al peinador blanco de su cuarto, acicalando con esmero las diez o doce pelucas que había ido acumulando con el tiempo. Creo que disfrutaba cambiar todos los días el color y el largo, jugar a tener un flequillo marrón y rebelde los martes y una larga melena color caramelo los sábados. Los domingos, por tradición, era rubia y de cabellos de hombre bajo las boinas grises que se ponía para jugar a las cartas con Ana en la misma mesita blanca en la que habían visto todos los fines de semana de sus últimos dos años.
Ana, en cambio, fue un pabilo frágil consumiéndose durante toda su última primavera, y era triste como nada verla contemplar por la ventana las explosiones de color de la estación rabiosa que florecía y retoñaba en los jardines vecinos mientras ella iba quedando sin color, su rostro palideciendo y sus ojos siempre azules apagándose entre unas ojeras cada vez más grises, más profundas. La veía mesarse los mechones de su propia peluca de cabellos negros hasta el hombro con una tristeza singular por lo solitaria, por lo interior. Una tristeza que era como una mansión de muchos cuartos por los que Ana caminaba un poco a tientas, sin habituarse por completo.
A veces la encontraba en el mecedor junto a la misma ventana y veía su cuerpo iluminado en sesgo por el sol de marzo y en sus manos la peluca muy negra que ella seguía acariciando como si la tuviera puesta, casi con cariño, aunque yo sabía que la odiaba, que la veía como otro síntoma de esa putrefacción invisible que iba todos los días destruyéndole las entrañas.
La puta vida y sus putas ganas de burlarse de uno no hicieron menos irónico que Marsha terminara muriéndose primero. Cómo la recuerdo recostada con los brazos en cruz sobre el regazo, el traje gris claro de blazer y pantalón cubriendo su cuerpo ya completamente óseo, su silueta que a fuerza de ser agónica había terminado por ser angélica también, un tanto asexuada y de un gesto tiernísimo en el rostro, en los ojos verdes radiantes como cristal. Cómo se me quedó en la mente que entre sus últimas disposiciones quedó la de que la enterraran con la peluca rubia de cabellos cortos con la que se reunía con Ana, con esa y con ninguna otra, como si la Marsha que se fuera al otro mundo tuviera que ser exactamente la Marsha que esperaba todos los domingos a mi Ana en la misma silla blanca de jardín, ya con los dos vasos servidos pero ambos intactos hasta que ella llegara. Y a mí no me pareció tanto una cortesía ni un detalle lindo de su parte como un presagio de los más aciagos, porque desde ese día todos los días se me volvieron el probable domingo en el que Ana podía irse a ver a Marsha para siempre, a beberse el primer sorbo de aquel té de jazmín y luego mirar a lontananza hacia donde ya no estaría la ventana que la ponía tan minúscula, tan ínfimamente triste, sino el horizonte verde y blanquecino de la muerte.
Desde ese día terminó para mí el martirio de los domingos largos de buscar algo qué hacer en el tiempo que Ana tardaba en regresar de sus pláticas con Marsha, pues en las mañanas despertaba para encontrarla vistiéndose frente al espejo, demorándose con las manos en acariciar su costado, donde habían comenzado a sobresalir los huesos de la pelvis, la silueta insinuante de las últimas dos costillas, el ombligo delicado y la pequeña cicatriz de su apendicitis de adolescente. Peinaba la peluca todavía puesta en la cabeza de maniquí que nunca se pareció a ella y a mí se me empequeñecía el corazón imaginándola cepillar los cabellos de la hija que nunca llegaríamos a tener y a la que yo ya había decidido llamar Sofía y luego se la ponía y volvía a parecerse a sí misma con el largo cabello lacio cayéndole sobre el perfil.
Me metía bajo la regadera todavía viéndola frente al espejo, entretenida en poner colores con sus trucos de artista sobre el lienzo cada vez más blanco de su rostro. Ponía azules pálidos en los párpados y carmines sutiles en las mejillas. Rosas perlados en los labios y negros nocturnos en las pestañas y yo sentía que se estaba inventando un rostro de la misma forma en que Marsha se había inventado tantos cuando elegía de entre sus muchos distintos cabellos y que en esa libertad de elección radicaba ya la última de sus felicidades patibularias.
Estaba más solo que nunca cuando no estaba con ella, sentado frente a la pantalla muda de la computadora, contestando mecánicamente en las charlas digitales que hablaban siempre de Ana y de la salud de Ana, y que intentaban cada dos por tres hablarme de un dios de infinita sabiduría que sin lugar a dudas tendría un motivo insondable para más temprano que tarde terminar de llevarse a la mujer que estaba quitándome en abonos. Yo respondía a todo que sí, Ana se pondrá mejor, sí, Tendré fe, sí, Ánimo y esperanza, sí, Contaba con todos ellos, ajá, y luego me quedaba encerrado en un silencio de muchos ecos, mirando las hojas electrónicas con los balances del mes y comprobando junto al equipo de contadores que las cosas iban mejor que nunca.
Lo único que podía pensar era en Ana hojeando el viejo álbum de recortes de su infancia, aquel desgastado libro verde que había rescatado de casa de mis suegros un fin de semana del invierno pasado y en el que había, contenidos en papel adhesivo, docenas de recuerdos de la que ella había sido. Hojas secas y flores, conchas marinas y piedritas de río, rostros de Marilyn Monroe y de Jayne Mansfield, una envoltura de caramelo y antiquísimos boletos de matiné.
Por supuesto que me culpaba, qué esperabas, si cada vez que veía las placas contra la luz y encontraba ahí, en los espacios que deberían ser oscuros entre sus costillas aquella como nube amorfa que los médicos llamaban el problema, no podía dejar de recordar que era yo quien le llevaba los cigarros por las tardes, en parte porque sentía la culpa rencorosa de ir al bar con los colegas en lugar de ir directo hasta donde me esperaba ella recién salida de la ducha y con su batín de algodón suave y sus pantuflas y en parte porque aunque odiaba verla fumar a cualquier hora, ya no podía vivir sin el olor del humo de ese cigarrillo que se fumaba cuando terminábamos de hacer el amor como animales en la habitación, en la sala, en el cuarto de baño y alguna vez en el balcón, sobre la cornisa de las macetas y sin apenas desabrocharle el batín. Claro que me culpaba y pensaba que si yo no le hubiera tolerado aquel desliz del cigarrillo, el espacio oscuro entre sus huesos hubiera seguido siendo oscuro y yo no habría tenido que dejarla irse entre mis dedos como terminó yéndose lenta, dulcemente.
Con Marsha fue distinto, porque como ya te dije, Marsha fue una eficiente organizadora de su partida. A mí incluso me pareció más de una vez animada con los preparativos de su fiesta mortuoria. La recuerdo yendo y viniendo por el recibidor enorme de la casa que compartía con su esposo, disponiendo en qué esquina iban a estar las margaritas y en cuál los crisantemos y decidiendo inspirada que en la mesita del centro quería un canasto con once tulipanes y que se sirvieran empanadas de jamón y queso crema. Su marido la seguía atónito, sin saber si aquella gringa mexicanizada y loca con la que se había casado se estaba tomando aquello a broma o si sus tratos con la muerte eran tan serios que en lugar de preocuparse por dejarlo solo se afanaba en ser buena anfitriona de sus deudos. No puedo culparlo por haberle cumplido hasta el último de los caprichos, los once tulipanes, las empanadas y las galletitas de pasta, la peluca rubia y las canciones de Brassens, si yo sé muy bien que si Ana me hubiera pedido que su ataúd lo transportaran dromedarios, yo hubiera batido Arabia sin pensarlo mucho. Pero Ana se resistió hasta su último segundo a aceptar que se estaba muriendo. Siempre enfrentó su agonía como algo pasajero, como una mala noticia que iba a desmentirse pronto.
Por supuesto que yo sentía que mi sumisión había tenido algo qué ver, aunque bien sabía que si no hubiera sido yo, hubiera sido ella misma o alguien más quien se pasara por el estanquillo y comprara la dichosa cajetilla de rubios que Ana iba a fumarse entre el balcón, la sala y nuestra alcoba, uno por uno, con esa paz diletante con la que encendía la punta del cigarro y lo acunaba entre las manos y luego cerraba los ojos para inhalar la primera bocanada con un placer tan evidente que uno casi olvidaba los resquemores y se abandonaba a verla fumar su cigarrillo. Sobre todo, como ya te dije, cuando acabábamos de hacernos el amor furioso de todas las noches y ella se lo fumaba con el doble placer del orgasmo que seguía sucediéndole en la piel mientras se le consumía el tabaco entre los dedos y el humo picante le escocía las entrañas híper sensibilizadas por el clímax. Cómo quisiera no haberle negado las caricias las últimas noches en que se acurrucó junto a mí en la cama y me acarició el cuello con su nariz graciosa y fría, pero la verdad es que me daba un pánico insondable verla morir entre mis brazos y conmigo dentro, besarla y que de repente su piel ya no respondiera a mis besos. Me exasperaba acercarme a su mejilla cuando dormía en su cama de hospital para darle un beso de buenas noches y descubrir que olía a duraznos todavía, a través de químicos y soluciones, de cloro y de ruinas, olía a duraznos y al agua fría de siempre y yo tenía que salir de la habitación para no consumirme de las ganas de volver hasta sus pechos y bebérmela como tantas veces ahí mismo, con la cánula del suero inserta en su vena lánguida y sus ojos apenas abiertos y su voz cada vez más apagada, menos viva.
Era mucho más difícil imaginarla muerta, pensarme a mí mismo sin ella recorriendo los pasillos del centro comercial hasta donde la llevaba los domingos después de que Marsha murió y la observaba probarse ropas nuevas que se ajustaran mejor a su creciente delgadez, de lo que terminaría por ser vivir después de su verdadera muerte. Me asomaba como al descuido por sus tiendas favoritas con la ilusión infantil de encontrarla curioseando entre los precios de la galería de arte egipcio, o probándose el abrigo marrón con el que jugueteó sus últimos dos meses frente al espejo del probador, sin atreverse nunca a comprarlo. No tenía caso, decía ella misma sonriendo con un sarcasmo que no era suyo, si para el invierno ya habría recobrado los kilos perdidos. En realidad no hubiera tenido caso, porque Ana no llegó a ver el invierno, sino que esperó apenas la plenitud dorada del otoño para irse a hablar con Marsha de las tardes castañas y los amaneceres pardos de Noviembre.
Yo me seguí pasando por el estanquillo y comprando la cajetilla de rubios y los dos mazapanes todo el invierno y la primavera y el verano siguientes. A veces todavía me compraba la coca cola y la bebía a sorbos lentos mientras escuchaba el futbol o los viejos vinilos de Brassens que el esposo de Marsha me había dejado quedarme después del sepelio. Silabeaba pequeñas frases en mi pésimo francés mientras hurgaba en la alacena por un bocado y me intrigaba un poco que aquella música que debía serme tan triste me pareciera la más alegre del mundo. En las noches demasiado frías encendía uno de los rubios del cajón de las cartas y lo dejaba consumirse lentamente en el cenicero de cristal sobre el buró. El olor del tabaco me ayudaba a recordar más claramente a Ana, a su tosecita ridícula cuando se reía de repente en medio de una bocanada y yo me burlaba de ella diciéndole que le salía humo por las orejas como a los dibujos animados y ella me daba golpecitos en el hombro y luego me besaba despacito y su boca sabía apenas a tabaco y un poco a nuez y su cuerpo era tibio y elástico cuando me rodeaba con las piernas, sentándose a horcajadas en mi regazo y todavía besándome más hasta que el cigarrillo se consumía solo en el cenicero y Ana otra vez no estaba. Se me llenaban de lágrimas los besos.
Sí, esas dos cajas que tú me ayudaste a tirar a la basura el día que dejamos el apartamento estaban llenas con esos mismos cigarrillos. Fueron lo último que dejé ir cuando me convencí de que había superado el dolor de Ana en el refugio de tu regazo y en el tibio olor de jazmín de tus cabellos, cuando por fin acepté que te amaba y que ese amarte ya no significaba olvidar a Ana, ni ofender su memoria, sino sencillamente resignarme a que yo me había quedado de este lado de la muerte y que ni Ana ni yo debíamos estar solos. Por eso cuando tú quisiste que nos mudáramos al segundo piso de aquel edificio viejo pero lindo y con estupenda luz en las ventanas, supe que era hora de hacer las paces con mi conciencia y concordar en que Ana se había muerto porque la gente se muere sin saber por qué, ni para qué, ni cómo y que yo seguía vivo porque todavía tenía que aprender que uno no deja de creer en el amor porque uno quiera, sino porque el amor también a veces deja de creer en uno. Por eso me estoy yendo. Por eso y porque dos años después de todo este querernos, después de haber pintado las paredes y clavado los cuadros, después de por fin haber encontrado la cantidad exacta de leña que la chimenea necesita para calentarnos sin sentir que nos quema, después de todo este tiempo de mentirnos, me ha quedado claro que por más que tú lo quieras y yo lo quiera, no eres Ana. No eres Ana. Nunca lo serás.
Lo más triste de todo es que yo le compraba los cigarros que odiaba verla fumando las tardes en que regresaba caminando desde el bar de Lucho, con las manos azuladas de frío en los bolsillos del sobretodo de pana que me cuidó todo el invierno. Se los compraba en un estanquillo sobre el periférico, por una ventana hueca, junto a un par de mazapanes para mí y una coca cola ocasional los días de pago. Nunca vi esos cigarros en ninguna de las muchas tiendas por las que me pasé a buscarlos, ni tampoco en los grandes centros comerciales por donde paseábamos los fines de semana elaborando planes para pagar a plazos la cocina y remodelar por fin el piso de azulejos. Alguna vez pregunté por ellos en la gran librería de Navarra, cuyos dueños surtían puntualmente las vitrinas con habanos legítimos y puros de cualquier calidad y con cajetillas coloridas y costosas de varias partes del mundo y no sólo no pudieron darme razón de sus cigarros, sino que un empleado con pinta de erudito se atrevió a asegurarme que esos rubios habían dejado de circular a fines de los ochenta.
A mí no me dejaba de sorprender que oliera a duraznos a pesar de que su ropa olía a tabaco, de que su cabello guardaba por muchas horas el olor del humo. Su piel en el rincón del cuello por donde siempre comenzaba a besarla olía a duraznos y agua fría que iba templándose conforme mis labios descendían por el escote de la blusa y buscaban la sutil coronación rugosa de sus pechos. Abrevaba mucho tiempo de los pezones delicados y en las breves pausas de nuestras caricias aspiraba hondo el olor a duraznos en el espacio entre los dos. Hacíamos el amor por horas largas y silentes; la majestuosidad de aquel mutismo sólo era rota por los gemidos ocasionales de su voz enronquecida por la excitación. Luego ella buscaba a tientas la cajetilla de rubios en el cajón de cartas y pastillas que tenía al lado de la cama y encendía uno y lo fumaba a veces ahí acostada y a veces envuelta en la sábana y de pie en el balcón que daba sobre la avenida de la paz.
Marsha nunca dio muestras de extrañar su cabello. A mí incluso me pareció siempre un poco feliz cuando la miraba frente al peinador blanco de su cuarto, acicalando con esmero las diez o doce pelucas que había ido acumulando con el tiempo. Creo que disfrutaba cambiar todos los días el color y el largo, jugar a tener un flequillo marrón y rebelde los martes y una larga melena color caramelo los sábados. Los domingos, por tradición, era rubia y de cabellos de hombre bajo las boinas grises que se ponía para jugar a las cartas con Ana en la misma mesita blanca en la que habían visto todos los fines de semana de sus últimos dos años.
Ana, en cambio, fue un pabilo frágil consumiéndose durante toda su última primavera, y era triste como nada verla contemplar por la ventana las explosiones de color de la estación rabiosa que florecía y retoñaba en los jardines vecinos mientras ella iba quedando sin color, su rostro palideciendo y sus ojos siempre azules apagándose entre unas ojeras cada vez más grises, más profundas. La veía mesarse los mechones de su propia peluca de cabellos negros hasta el hombro con una tristeza singular por lo solitaria, por lo interior. Una tristeza que era como una mansión de muchos cuartos por los que Ana caminaba un poco a tientas, sin habituarse por completo.
A veces la encontraba en el mecedor junto a la misma ventana y veía su cuerpo iluminado en sesgo por el sol de marzo y en sus manos la peluca muy negra que ella seguía acariciando como si la tuviera puesta, casi con cariño, aunque yo sabía que la odiaba, que la veía como otro síntoma de esa putrefacción invisible que iba todos los días destruyéndole las entrañas.
La puta vida y sus putas ganas de burlarse de uno no hicieron menos irónico que Marsha terminara muriéndose primero. Cómo la recuerdo recostada con los brazos en cruz sobre el regazo, el traje gris claro de blazer y pantalón cubriendo su cuerpo ya completamente óseo, su silueta que a fuerza de ser agónica había terminado por ser angélica también, un tanto asexuada y de un gesto tiernísimo en el rostro, en los ojos verdes radiantes como cristal. Cómo se me quedó en la mente que entre sus últimas disposiciones quedó la de que la enterraran con la peluca rubia de cabellos cortos con la que se reunía con Ana, con esa y con ninguna otra, como si la Marsha que se fuera al otro mundo tuviera que ser exactamente la Marsha que esperaba todos los domingos a mi Ana en la misma silla blanca de jardín, ya con los dos vasos servidos pero ambos intactos hasta que ella llegara. Y a mí no me pareció tanto una cortesía ni un detalle lindo de su parte como un presagio de los más aciagos, porque desde ese día todos los días se me volvieron el probable domingo en el que Ana podía irse a ver a Marsha para siempre, a beberse el primer sorbo de aquel té de jazmín y luego mirar a lontananza hacia donde ya no estaría la ventana que la ponía tan minúscula, tan ínfimamente triste, sino el horizonte verde y blanquecino de la muerte.
Desde ese día terminó para mí el martirio de los domingos largos de buscar algo qué hacer en el tiempo que Ana tardaba en regresar de sus pláticas con Marsha, pues en las mañanas despertaba para encontrarla vistiéndose frente al espejo, demorándose con las manos en acariciar su costado, donde habían comenzado a sobresalir los huesos de la pelvis, la silueta insinuante de las últimas dos costillas, el ombligo delicado y la pequeña cicatriz de su apendicitis de adolescente. Peinaba la peluca todavía puesta en la cabeza de maniquí que nunca se pareció a ella y a mí se me empequeñecía el corazón imaginándola cepillar los cabellos de la hija que nunca llegaríamos a tener y a la que yo ya había decidido llamar Sofía y luego se la ponía y volvía a parecerse a sí misma con el largo cabello lacio cayéndole sobre el perfil.
Me metía bajo la regadera todavía viéndola frente al espejo, entretenida en poner colores con sus trucos de artista sobre el lienzo cada vez más blanco de su rostro. Ponía azules pálidos en los párpados y carmines sutiles en las mejillas. Rosas perlados en los labios y negros nocturnos en las pestañas y yo sentía que se estaba inventando un rostro de la misma forma en que Marsha se había inventado tantos cuando elegía de entre sus muchos distintos cabellos y que en esa libertad de elección radicaba ya la última de sus felicidades patibularias.
Estaba más solo que nunca cuando no estaba con ella, sentado frente a la pantalla muda de la computadora, contestando mecánicamente en las charlas digitales que hablaban siempre de Ana y de la salud de Ana, y que intentaban cada dos por tres hablarme de un dios de infinita sabiduría que sin lugar a dudas tendría un motivo insondable para más temprano que tarde terminar de llevarse a la mujer que estaba quitándome en abonos. Yo respondía a todo que sí, Ana se pondrá mejor, sí, Tendré fe, sí, Ánimo y esperanza, sí, Contaba con todos ellos, ajá, y luego me quedaba encerrado en un silencio de muchos ecos, mirando las hojas electrónicas con los balances del mes y comprobando junto al equipo de contadores que las cosas iban mejor que nunca.
Lo único que podía pensar era en Ana hojeando el viejo álbum de recortes de su infancia, aquel desgastado libro verde que había rescatado de casa de mis suegros un fin de semana del invierno pasado y en el que había, contenidos en papel adhesivo, docenas de recuerdos de la que ella había sido. Hojas secas y flores, conchas marinas y piedritas de río, rostros de Marilyn Monroe y de Jayne Mansfield, una envoltura de caramelo y antiquísimos boletos de matiné.
Por supuesto que me culpaba, qué esperabas, si cada vez que veía las placas contra la luz y encontraba ahí, en los espacios que deberían ser oscuros entre sus costillas aquella como nube amorfa que los médicos llamaban el problema, no podía dejar de recordar que era yo quien le llevaba los cigarros por las tardes, en parte porque sentía la culpa rencorosa de ir al bar con los colegas en lugar de ir directo hasta donde me esperaba ella recién salida de la ducha y con su batín de algodón suave y sus pantuflas y en parte porque aunque odiaba verla fumar a cualquier hora, ya no podía vivir sin el olor del humo de ese cigarrillo que se fumaba cuando terminábamos de hacer el amor como animales en la habitación, en la sala, en el cuarto de baño y alguna vez en el balcón, sobre la cornisa de las macetas y sin apenas desabrocharle el batín. Claro que me culpaba y pensaba que si yo no le hubiera tolerado aquel desliz del cigarrillo, el espacio oscuro entre sus huesos hubiera seguido siendo oscuro y yo no habría tenido que dejarla irse entre mis dedos como terminó yéndose lenta, dulcemente.
Con Marsha fue distinto, porque como ya te dije, Marsha fue una eficiente organizadora de su partida. A mí incluso me pareció más de una vez animada con los preparativos de su fiesta mortuoria. La recuerdo yendo y viniendo por el recibidor enorme de la casa que compartía con su esposo, disponiendo en qué esquina iban a estar las margaritas y en cuál los crisantemos y decidiendo inspirada que en la mesita del centro quería un canasto con once tulipanes y que se sirvieran empanadas de jamón y queso crema. Su marido la seguía atónito, sin saber si aquella gringa mexicanizada y loca con la que se había casado se estaba tomando aquello a broma o si sus tratos con la muerte eran tan serios que en lugar de preocuparse por dejarlo solo se afanaba en ser buena anfitriona de sus deudos. No puedo culparlo por haberle cumplido hasta el último de los caprichos, los once tulipanes, las empanadas y las galletitas de pasta, la peluca rubia y las canciones de Brassens, si yo sé muy bien que si Ana me hubiera pedido que su ataúd lo transportaran dromedarios, yo hubiera batido Arabia sin pensarlo mucho. Pero Ana se resistió hasta su último segundo a aceptar que se estaba muriendo. Siempre enfrentó su agonía como algo pasajero, como una mala noticia que iba a desmentirse pronto.
Por supuesto que yo sentía que mi sumisión había tenido algo qué ver, aunque bien sabía que si no hubiera sido yo, hubiera sido ella misma o alguien más quien se pasara por el estanquillo y comprara la dichosa cajetilla de rubios que Ana iba a fumarse entre el balcón, la sala y nuestra alcoba, uno por uno, con esa paz diletante con la que encendía la punta del cigarro y lo acunaba entre las manos y luego cerraba los ojos para inhalar la primera bocanada con un placer tan evidente que uno casi olvidaba los resquemores y se abandonaba a verla fumar su cigarrillo. Sobre todo, como ya te dije, cuando acabábamos de hacernos el amor furioso de todas las noches y ella se lo fumaba con el doble placer del orgasmo que seguía sucediéndole en la piel mientras se le consumía el tabaco entre los dedos y el humo picante le escocía las entrañas híper sensibilizadas por el clímax. Cómo quisiera no haberle negado las caricias las últimas noches en que se acurrucó junto a mí en la cama y me acarició el cuello con su nariz graciosa y fría, pero la verdad es que me daba un pánico insondable verla morir entre mis brazos y conmigo dentro, besarla y que de repente su piel ya no respondiera a mis besos. Me exasperaba acercarme a su mejilla cuando dormía en su cama de hospital para darle un beso de buenas noches y descubrir que olía a duraznos todavía, a través de químicos y soluciones, de cloro y de ruinas, olía a duraznos y al agua fría de siempre y yo tenía que salir de la habitación para no consumirme de las ganas de volver hasta sus pechos y bebérmela como tantas veces ahí mismo, con la cánula del suero inserta en su vena lánguida y sus ojos apenas abiertos y su voz cada vez más apagada, menos viva.
Era mucho más difícil imaginarla muerta, pensarme a mí mismo sin ella recorriendo los pasillos del centro comercial hasta donde la llevaba los domingos después de que Marsha murió y la observaba probarse ropas nuevas que se ajustaran mejor a su creciente delgadez, de lo que terminaría por ser vivir después de su verdadera muerte. Me asomaba como al descuido por sus tiendas favoritas con la ilusión infantil de encontrarla curioseando entre los precios de la galería de arte egipcio, o probándose el abrigo marrón con el que jugueteó sus últimos dos meses frente al espejo del probador, sin atreverse nunca a comprarlo. No tenía caso, decía ella misma sonriendo con un sarcasmo que no era suyo, si para el invierno ya habría recobrado los kilos perdidos. En realidad no hubiera tenido caso, porque Ana no llegó a ver el invierno, sino que esperó apenas la plenitud dorada del otoño para irse a hablar con Marsha de las tardes castañas y los amaneceres pardos de Noviembre.
Yo me seguí pasando por el estanquillo y comprando la cajetilla de rubios y los dos mazapanes todo el invierno y la primavera y el verano siguientes. A veces todavía me compraba la coca cola y la bebía a sorbos lentos mientras escuchaba el futbol o los viejos vinilos de Brassens que el esposo de Marsha me había dejado quedarme después del sepelio. Silabeaba pequeñas frases en mi pésimo francés mientras hurgaba en la alacena por un bocado y me intrigaba un poco que aquella música que debía serme tan triste me pareciera la más alegre del mundo. En las noches demasiado frías encendía uno de los rubios del cajón de las cartas y lo dejaba consumirse lentamente en el cenicero de cristal sobre el buró. El olor del tabaco me ayudaba a recordar más claramente a Ana, a su tosecita ridícula cuando se reía de repente en medio de una bocanada y yo me burlaba de ella diciéndole que le salía humo por las orejas como a los dibujos animados y ella me daba golpecitos en el hombro y luego me besaba despacito y su boca sabía apenas a tabaco y un poco a nuez y su cuerpo era tibio y elástico cuando me rodeaba con las piernas, sentándose a horcajadas en mi regazo y todavía besándome más hasta que el cigarrillo se consumía solo en el cenicero y Ana otra vez no estaba. Se me llenaban de lágrimas los besos.
Sí, esas dos cajas que tú me ayudaste a tirar a la basura el día que dejamos el apartamento estaban llenas con esos mismos cigarrillos. Fueron lo último que dejé ir cuando me convencí de que había superado el dolor de Ana en el refugio de tu regazo y en el tibio olor de jazmín de tus cabellos, cuando por fin acepté que te amaba y que ese amarte ya no significaba olvidar a Ana, ni ofender su memoria, sino sencillamente resignarme a que yo me había quedado de este lado de la muerte y que ni Ana ni yo debíamos estar solos. Por eso cuando tú quisiste que nos mudáramos al segundo piso de aquel edificio viejo pero lindo y con estupenda luz en las ventanas, supe que era hora de hacer las paces con mi conciencia y concordar en que Ana se había muerto porque la gente se muere sin saber por qué, ni para qué, ni cómo y que yo seguía vivo porque todavía tenía que aprender que uno no deja de creer en el amor porque uno quiera, sino porque el amor también a veces deja de creer en uno. Por eso me estoy yendo. Por eso y porque dos años después de todo este querernos, después de haber pintado las paredes y clavado los cuadros, después de por fin haber encontrado la cantidad exacta de leña que la chimenea necesita para calentarnos sin sentir que nos quema, después de todo este tiempo de mentirnos, me ha quedado claro que por más que tú lo quieras y yo lo quiera, no eres Ana. No eres Ana. Nunca lo serás.
07 noviembre 2009
Inviertan 7 minutos de su día en ver este clip
Si después de eso no se sienten como un ser humano totalmente patético, inútil, quejumbroso, lleno de achaques, llorón, cobarde y pusilánime, hay algo mal en ustedes y deberían correr al barranco más cercano y saltar
La música es mala y la calidad del video no es la mejor, pero ni una cosa ni la otra son de mi autoría, así que lo siento, traten de ver más allá de esos dos inconvenientes o véanlo con silenciador y pongan en su reproductor algo que les guste más como fondo. Yo sugiero WildSide de Motley Crue.
04 noviembre 2009
03 noviembre 2009
A little piece of poetry...
Párpados cayendo
ahí detrás de la mañana
en el anverso del juego
no jugado en pausa insert coin
Nos desgastamos en el roce ficticio
te veo
no
no te veo
te supongo en pixeles, nada más
pero te escucho
y mis oídos te dibujan
para que mis manos
(esas sí)
te vean
con todo lujo de detalles
...tampoco esta vez te has recortado
el pequeño sembradío castaño
que recubre tu pubis
y mis dedos se enredan como palabras
y se desenredan suavemente
sin que gimas
sin un quejido de tu voz
cursan la vía
hasta el arroyo tibio que yace
bajo el monte
esta noche tampoco...
Y eso que no estás aquí
imagina que tu presencia fuera
algo más que el sueño
que tuvieras algo más que mi mente
retorcida, soez, penumbrera
para transportarte
y estar entonces sí entre mis dedos
mis verdaderos, rudos, gentiles
ágiles, gastados
ásperos dedos
para que te caminaran
como te caminan de noche
cuando duermes, sudando
en el estero
y tu aliento disfraza la noche
de albahácar
y canela
seguro que corrías
huyendo como de un lobo
o una jauría de lobos
o sólo un lobo
seguro que gritabas
y eso que no soy un lobo
y me faltan al menos cuatro para ser jauría
(aunque tengo que aceptar
que si fuera lobo, tú
serías luna) y estaríamos otra vez como al principio
es decir, lejos
es decir tú
blanca y
hermosísima
y yo
peludo y feo
es decir, como siempre,
o al menos
como al principio
que es, por decir algo
todo
lo mismo.
ahí detrás de la mañana
en el anverso del juego
no jugado en pausa insert coin
Nos desgastamos en el roce ficticio
te veo
no
no te veo
te supongo en pixeles, nada más
pero te escucho
y mis oídos te dibujan
para que mis manos
(esas sí)
te vean
con todo lujo de detalles
...tampoco esta vez te has recortado
el pequeño sembradío castaño
que recubre tu pubis
y mis dedos se enredan como palabras
y se desenredan suavemente
sin que gimas
sin un quejido de tu voz
cursan la vía
hasta el arroyo tibio que yace
bajo el monte
esta noche tampoco...
Y eso que no estás aquí
imagina que tu presencia fuera
algo más que el sueño
que tuvieras algo más que mi mente
retorcida, soez, penumbrera
para transportarte
y estar entonces sí entre mis dedos
mis verdaderos, rudos, gentiles
ágiles, gastados
ásperos dedos
para que te caminaran
como te caminan de noche
cuando duermes, sudando
en el estero
y tu aliento disfraza la noche
de albahácar
y canela
seguro que corrías
huyendo como de un lobo
o una jauría de lobos
o sólo un lobo
seguro que gritabas
y eso que no soy un lobo
y me faltan al menos cuatro para ser jauría
(aunque tengo que aceptar
que si fuera lobo, tú
serías luna) y estaríamos otra vez como al principio
es decir, lejos
es decir tú
blanca y
hermosísima
y yo
peludo y feo
es decir, como siempre,
o al menos
como al principio
que es, por decir algo
todo
lo mismo.
02 noviembre 2009
Pa'lo'mero Weekend
Como ya he dicho demasiadas veces, el lunes 9 de Noviembre empezamos el taller de guión cinematográfico con el maese Armando Vega Gil y estamos emocionados como colegialas en concierto de los Jonas Brothers.
Y resulta que Vega Gil nos pide como requisito para iniciar con el pie derecho que lleguemos al taller digiriendo el siguiente paquete de filmes:





Lo cuál debe darles una idea aunque sea somera de por dónde va la cosa. Terciopelo azul, de David Lynch, es la única de ellas que aún no he visto, por lo que me daré a la tarea de conseguirla entre mañana y el viernes. Todas las demás están en mi videoteca, en la sección de favoritos, donde pertenecen. Pronostico que la tienda cerca de mi casa está por sufrir un desabasto de doritos, por si alguien quiere ir antes que yo.
Y sí, a mí también me molesta que blogger justifique las imágenes y el texto a su placer, pero: ¿quién soy yo para contrariarlo?
Y resulta que Vega Gil nos pide como requisito para iniciar con el pie derecho que lleguemos al taller digiriendo el siguiente paquete de filmes:





Lo cuál debe darles una idea aunque sea somera de por dónde va la cosa. Terciopelo azul, de David Lynch, es la única de ellas que aún no he visto, por lo que me daré a la tarea de conseguirla entre mañana y el viernes. Todas las demás están en mi videoteca, en la sección de favoritos, donde pertenecen. Pronostico que la tienda cerca de mi casa está por sufrir un desabasto de doritos, por si alguien quiere ir antes que yo.
Y sí, a mí también me molesta que blogger justifique las imágenes y el texto a su placer, pero: ¿quién soy yo para contrariarlo?
30 octubre 2009
Y agregándole a Noviembre...
...también el Domingo 15, recién confirmado, estaré tomando parte como conferencista en el ciclo del Taller literario que impartirá Liliana Chávez para jóvenes de preparatoria.
El taller se llama tentativamente "Para tramar: Jóvenes escritores en busca de historias", y tratará precisamente de eso: Cómo uno decide qué historia contar y cómo contarla. Los ponentes serán, además de un servidor: Claudia Velina, Iván Ballesteros y Josué Barrera, que hablarán de Cuento, Poesía y Ensayo, respectivamente. Yo me dedicaré a Novela. Hablaré un poco de las 3 que ya he escrito y un poco menos de la que actualmente estoy trabajando (que es por mucho, creo yo, la más interesante) y trataremos por todos los medios de sacarle inquietudes a la multitud de pequeños emos descarriados que seguramente asistirán.
Con lo anterior, oficialmente tengo copados desde el domingo 8 hasta el domingo 15, con posibilidad de albóndigas el 16.
Por cierto, traigo una fijación con las grosellas desde hace días y no tengo ni idea de dónde puedo conseguir algunas. Si alguien lo sabe, dígamelo, por favor. También se les conoce como zarzaparrillas, creo.
El taller se llama tentativamente "Para tramar: Jóvenes escritores en busca de historias", y tratará precisamente de eso: Cómo uno decide qué historia contar y cómo contarla. Los ponentes serán, además de un servidor: Claudia Velina, Iván Ballesteros y Josué Barrera, que hablarán de Cuento, Poesía y Ensayo, respectivamente. Yo me dedicaré a Novela. Hablaré un poco de las 3 que ya he escrito y un poco menos de la que actualmente estoy trabajando (que es por mucho, creo yo, la más interesante) y trataremos por todos los medios de sacarle inquietudes a la multitud de pequeños emos descarriados que seguramente asistirán.
Con lo anterior, oficialmente tengo copados desde el domingo 8 hasta el domingo 15, con posibilidad de albóndigas el 16.
Por cierto, traigo una fijación con las grosellas desde hace días y no tengo ni idea de dónde puedo conseguir algunas. Si alguien lo sabe, dígamelo, por favor. También se les conoce como zarzaparrillas, creo.
28 octubre 2009
Noviembre.
Hace un par de meses una buena amiga me pasó la película que lleva el mismo título de este post. Es un filme muy bueno, con una historia originalísima, un guión que peca de bueno y un final que te encoge las pelotas y te deja listo para odiar al mundo.
La película, en fin, me encantó. Y como mi vida no sería mi vida sin el montón de paralelismos que la rigen, Noviembre ha resultado también un buen mes para mí, o al menos pinta para serlo. Por lo pronto se confirmó el taller de guión cinematográfico que dará el maestrazo Armando Vega-Gil y al que por supuesto ya estoy enlistado. Si alguien por ahí tiene el interés, en el programa de la Feria del Libro 2009 vienen las fechas y requisitos. Googléenlo. No esperarán que lo haga por ustedes, ¿verdad?
Además del taller y en el mismo marco de la Feria, su servidor ha sido invitado a presentar el libro Meteoro y otras historias de sol, del sinaloense Juan Esmerio. La presentación será el lunes 09 de Noviembre, el lugar y la hora están por confirmar. Tan pronto tenga el dato exacto se los haré saber acá por si alguien quiere y puede echarse la vuelta.
Ah, también ya me entregaron el número nuevo (11 y último) de La línea del cosmonauta, donde viene mi cuento Dibujar un círculo. Contáctenme vía comentario si quieren hacerse de un ejemplar, o pueden ir a comprarlo en la Libreria Milenio de esta ciudad.
A lo mejor por eso le dicen Sweet November. Paz para todos ustedes.
La película, en fin, me encantó. Y como mi vida no sería mi vida sin el montón de paralelismos que la rigen, Noviembre ha resultado también un buen mes para mí, o al menos pinta para serlo. Por lo pronto se confirmó el taller de guión cinematográfico que dará el maestrazo Armando Vega-Gil y al que por supuesto ya estoy enlistado. Si alguien por ahí tiene el interés, en el programa de la Feria del Libro 2009 vienen las fechas y requisitos. Googléenlo. No esperarán que lo haga por ustedes, ¿verdad?
Además del taller y en el mismo marco de la Feria, su servidor ha sido invitado a presentar el libro Meteoro y otras historias de sol, del sinaloense Juan Esmerio. La presentación será el lunes 09 de Noviembre, el lugar y la hora están por confirmar. Tan pronto tenga el dato exacto se los haré saber acá por si alguien quiere y puede echarse la vuelta.
Ah, también ya me entregaron el número nuevo (11 y último) de La línea del cosmonauta, donde viene mi cuento Dibujar un círculo. Contáctenme vía comentario si quieren hacerse de un ejemplar, o pueden ir a comprarlo en la Libreria Milenio de esta ciudad.
A lo mejor por eso le dicen Sweet November. Paz para todos ustedes.
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